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27/09/2015 n256
El fallo del Tribunal Supremo que tacha de prescrito el daño causado por Grünenthal con la talidomida ha supuesto un auténtico mazazo para las víctimas españolas, que se consideran desamparadas por la justicia de su propio país. Los afectados no recibirán indemnización por parte de la farmacéutica alemana que fabricó el medicamento y esto les ha arrebatado todas las esperanzas que tenían para que el laboratorio pague por haberles arruinado sus vidas. ‘Revista Médica’ narra algunas de esas dificultades en tareas cotidianas que solo conocen quienes las viven en primera persona y los que les ayudan.
CRISTINA ALCALÁ / JESÚS VICIOSO HOYO

Rafael no puede ponerse ni un traje de chaqueta. Heriberto ha tenido que dejar su trabajo de informático. Antonio convivió desde pequeño con frases como “pobrecito” o “qué pena, con lo guapo que es”. Bajo estos tres nombres se esconden tres historias reales, tres personas que no lo tienen nada fácil ni siquiera para hacer las tareas más habituales del día a día. Todo por culpa de la talidomida.

Vestir, desplazarse o comer son un suplicio para los cientos de afectados a los que este medicamento de la fábrica alemana cuyo nombre les quema en la boca, Grünenthal, les ha convertido en víctimas. Esta semana han recibido un mazazo judicial prácticamente definitivo que les ha truncado aún más su ya de por sí complicada jornada, porque les ha arrebatado las esperanzas de que se hiciese lo que reclaman desde que nacieron: justicia.

La sentencia del Supremo que ha declarado prescrito el daño provocado por la farmacéutica alemana y que ha dejado sin indemnización a los integrantes de la Asociación de Víctimas de Talidomida en España y Otras Inhabilidades (Avite) que llevaban años luchando. La pugna judicial continuará en instancias superiores, tal y como han anunciado estos pacientes, mientras no paran de recibir continuas muestras de apoyo procedentes de ciudadanos de a pie, pero también de partidos políticos, representantes institucionales y hasta administraciones públicas.

Pero todo esto no es más que un nuevo golpe a sus vidas. Golpes que comenzaron incluso antes de que sus madres dieran a luz, cuando ellas, embarazadas, tomaron en los principios de la segunda mitad del siglo XX la talidomida recetada por su médico para evitar complicaciones propias del periodo de gestación, como las nauseas o los mareos. Después se descubrirían las terribles consecuencias provocadas por el medicamento, del que siempre hubo sospechas. Hasta 3.000 niños, según cálculos de Avite, habrían sido afectados por este ‘veneno’ con el tatuaje de Grünenthal, comercializado con el permiso del Estado alemán.


"Una lista de lo que no puedo hacer por la talidomida"

Rafael Basterrechea  y Ana Pastor, tras una reunión.

Y he aquí que los que han logrado sobrevivir (las muertes son incalculables) todavía arrastran las secuelas. Rafael Basterrechea es uno de ellos. Las malformaciones connatales hechas por la talidomida le impiden, por ejemplo, algo tan sencillo para cualquier no discapacitado: doblar los codos. Requiere de ayuda constante de otra persona, normalmente su mujer, para hacer cosas sencillas. “No puedo doblar los codos. Siempre que me preguntan por lo que tengo, lo primero que les digo es que intenten en cualquier momento hacer alguna cosa sin doblar los codos”, manifiesta Basterrechea. “A lo que he de añadir que tengo los brazos más cortos y que soy ambidiestro por obligación, lo que me hace más torpe. Necesito objetos adaptados para casi todo, hasta un peine especial”, relata. 

Este madrileño es el vicepresidente de Avite, y explica que el colectivo encargó un informe pericial a un doctor para más de doscientos afectados por la talidomida. Él, además de todos los archivos típicos para este tipo de trámites, mandó al perito un documento muy especial.

“Se me ocurrió enviarle una lista con cosas normales que no puedo hacer. Y él se asombró. Dijo que nunca le habían dado algo así, y que llevaba mucha razón: es un documento muy importante. Yo, por ejemplo, no puedo llevar ni siquiera un traje con corbata. Y no porque no me lo puedan adaptar, sino porque cada prenda que me ponga me reduce mucho la movilidad. Tampoco puedo hacer tareas de higiene sin ayuda”, explica a ‘Revista Médica’ este hombre que ha luchado como nadie para labrarse una carrera que lo ha convertido en un jefe de obra con gran experiencia..

Informático obligado a jubilarse a los 42 años

Miembros de Avite, durante una reciente protesta ante el Congreso de los Diputados. 

A Heriberto Rodríguez la talidomida ‘le jubiló’ de su puesto de informático en una entidad bancaria. En septiembre de 2012 y con tan solo 42 años de edad, este afectado recibió la incapacidad por parte de un tribunal médico, que consideró que las hernias discales que le provocaban las prótesis de sus piernas le impedían seguir trabajando.

No llevaba prótesis por discapacidad adquirida. Desde su nacimiento, a este madrileño le faltan las piernas y tiene limitaciones de movilidad en uno de sus brazos. “Vivo mi enfermedad como puedo, pero mi problema se va agrandando cada año”, asevera Rodríguez, quien añade: “Intento llevarlo de la mejor forma posible, ya que tengo una hija pequeña y me toca tirar para adelante”.

Esta víctima de la talidomina no tiene reparos en reconocer que la enfermedad le ha impedido desde muy joven, pero no por ello se ha llevado los mejores años de su infancia. Sus padres, concienciados de que los problemas físicos de su hijo no podían arrebatarle una vida con los mismos derechos que quienes no fueron afectados por el maldito fármaco de Grünenthal, intentaron en todo momento que él llevara una vida normal, a sus clases de rehabilitación desde muy pequeño le condicionaron no poco la agenda de un niño inocente. 

A Grünenthal le saldrá gratis todo el daño causado
“Ya hemos perdido”. Rafael Basterrechea lamenta que la sentencia del Tribunal Supremo, que todavía no se ha publicado de manera oficial, no tiene vuelta atrás. Avite ya ha anunciado que recurrirá al Tribunal Constitucional (TC). Sin embargo, las expectativas son totalmente distintas. “Los jueces del Constitucional juegan en el mismo campo de golf que los del Supremo”, dice el ‘número dos’ del colectivo de afectados españoles. Basterrechea explica que en el caso de que el Alto Tribunal les dé la razón, lo único que pasaría es que la sentencia del Supremo sería declarada inconstitucional y, por tanto, el asunto volvería a los mismos que no les han dado la razón.

Ante un más previsible segundo rechazo judicial del órgano presidido Carlos Lesmes, la asociación ya anuncia que trasladarán el caso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos, en Estrasburgo. Ante un panorama distinto, las consecuencias serían también diferentes, porque Grünenthal ya no tendría nada que ver, ni mucho menos pagar a los afectados. Es decir, que a la empresa alemana le volvería a salir gratis el infierno de estos españoles. 

“Lo que Estrasburgo puede determinar es que la justicia española no vale para nada, y si ganáramos, que hay muchas opciones, porque allí se tiene un poco más de sentido común, quien indemniza es el Estado español, no la farmacéutica. Cada español pagaría la indemnización que tendría que haber pagado Grünenthal. Por unos monstruos, vamos a acabar pagando todos los españoles”, concluye el vicepresidente de Avite. 

Una vida oyendo "pobrecito"

Un hombre reclama  justicia con una  pancarta.

Unas limitaciones que también ha sufrido en sus propias carnes Antonio Miguel. Este soriano lleva conviviendo con la enfermedad 53 años, afectando, principalmente, a la parte derecha de su cuerpo. Al igual que Heriberto Rodríguez, la infancia de Miguel tampoco fue un camino de rosas. 

Desde niño convivió con expresiones como “pobrecito” o “qué pena, con lo guapo que es” que escuchaba a su alrededor cuando le veían. Con los años se ha acostumbrado a sobrellevar este tipo de situaciones. “Pero siempre hay un graciosillo que intenta mofarse”, asegura a esta revista. “Yo le respondo con una sonrisa”, subraya. En este caso, la familia igualmente ha sido el apoyo principal y los primeros en acompañarle al Hospital Universitario Infantil Niño Jesús, en Madrid, donde ha sido operado en incontable ocasiones. 

Sin embargo, el gran escollo que ha tenido que superar Antonio Miguel es el burocrático. La Administración ha tardado más de 50 años en reconocer que su enfermedad estaba asociada a la talidomida, y no a un retraso mental como le llegaron a diagnosticar en los años 70. “Llegué a pensar que mi invalidez se debía a que me había tocado por naturaleza, ya que en España nadie reconocía que vendía el medicamento”, indica.

No fue hasta el 2011 cuando el Centro de Investigación de Anomalías Congénitas (CIAC) resolvió su situación y el Gobierno en darle la prestación que ahora recibe. Una ayuda económica que califica de “escasa”, ya que él tiene que costear de su propio bolsillo prácticamente todas sus necesidades. Y no son precios baratos. Algunos ejemplos: transformar su coche para manejarlo con las manos, 3.000 euros, y calzar unos zapatos especiales, 600 euros. También ha tenido que acondicionar su casa sin barreras arquitectónicas. Su trabajo, en una residencia universitaria de Soria está adaptado con varios ascensores. “Por suerte”, alega.

"¿Mis brazos y mis piernas han prescrito?"

Miembros del colectivo de afectados, junto al eurodiputado de Podemos Pablo Echenique.

Aunque a día de hoy, los tres casos han normalizado su situación, Rafael, Antonio y Heriberto no dudan en tachar de “injusta” la decisión del Tribunal Supremo de eximir de culpa a Grünenthal por haber prescrito el delito contra estos afectados. “¿Qué ha prescrito? ¿Mis brazos y mis piernas han prescrito? ¿Eso significa que voy a poder andar mañana?”, lamenta Antonio Miguel. “Creo que el Supremo no quiere saber nada de nuestro problema. Las personas no prescriben”, alega, por su parte, Heriberto Rodríguez. 

A pesar de que consideran que la farmacéutica alemana ha salido indemne del asunto, afrontarán de forma muy diferente su batalla legal en un futuro. Rodríguez ha tirado la toalla y no quiere saber nada más de este asunto tras el fallo de esta semana. Miguel, por su parte, se ve con fuerzas de pelear hasta el final y luchar porque el Constitucional les otorgue el “reconocimiento que merecemos”. “Mi familia me ha enseñado a luchar, y si no hubiera sido por ellos, aún seguiría en la cama”, dice. Basterrechea lamenta que el Supremo no haya hecho nada contra una empresa “que ha asesinado y mutilado a 3.000 españoles”.


El vicepresidente de Avite pone un ejemplo de desigualdad en cuanto al trato recibido. “Hace unos años, Alemania, por una simple sospecha totalmente infundada en unos pepinos, paralizó la importación de productos frescos españoles. Algo que indignó a toda España y que costó a los españoles 1.500 millones de euros. Pues Grünenthal es una empresa alemana a la que los destrozos de miles de vidas no les ha costado un euro”.

“Grünenthal es una mafia que se ríe de los pacientes”, concluye Antonio Miguel. Sin haber sido reconocida la justicia que reclamaban, el infierno de su día a día quema todavía más que antes.