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10/05/2015 n236
Carlos Lens, subdirector general de Calidad de Medicamentos y Productos Sanitarios, tiene una doble vida: al tiempo que es uno de los principales técnicos del Ministerio de Sanidad, también es un escritor de novelas de prolífica producción, además de autor de haikus en sus (escasos) ratos libres. Divorciado y padre de tres hijos, repasa su carrera en el departamento (sin dejar de tocar temas tan polémicos como Biobac, la vacuna de la varicela o la hepatitis C), de la que afronta sus últimos años, consciente de que va a ser más recordado por su legado legal que por el literario.
Eduardo Ortega
Imagen: Cristina Cebrián
¿Qué se considera más Carlos Lens: un literato o un técnico?
(Risas) Me lo pone fácil. Parafraseando a Antón Chejov, la Medicina es mi esposa legal, la literatura solo mi amante. Los 40 años de profesional se imponen a los 20 que he podido dedicar a la pluma. Vivo de mi trabajo y no de lo que escribo.

Usted nace en Galicia en 1954. ¿Cómo comienza su relación con la industria farmacéutica, en la que se acabaría desarrollando profesionalmente?
Estudié Farmacia, que fue mi primera licenciatura. En el año 1976 Abelló puso un anuncio en el que se requería a alguien que supiera inglés, lengua que dominaba. Me llamaron, pero al final no me cogieron por la oferta de trabajo, que era en farmacología experimental. Cuando vieron que tenía varios idiomas me ofrecieron un puesto en el que, básicamente, se trabajaba en el exterior. Y así empecé, y muy satisfecho con ello, porque Abelló no era solo una gran empresa, sino también una magnífica escuela que me dio las primera oportunidades de conocer el negocio ‘pharma’ en sitios tan atractivos como Japón o Estados Unidos.

¿Cómo fue esta experiencia en el extranjero?
Entiendes que hay diferencias notables entre países. Japoneses y nórdicos se encuentran entre las sociedades más xenófobas o más chauvinistas según los estándares internacionales, pero la defensa de lo propio es algo que echo de menos, con matices claro. Ese amor a la tierra, a lo suyo, ese afán de sacrificio… Además, me he interesado por la historia japonesa, y es algo que echo de menos. Hasta el propio Yukio Mishima [escritor y dramaturgo considerado uno de los más grandes escritores de la historia de Japón], un romántico con un siglo de retraso, solo mira hacia Japón. Es muy curioso cómo primero miran a lo suyo antes que hacia fuera.

¿Cree que este esquema de las cosas tendría que adoptarse más desde España?
Creo que España se ha desindustrializado con demasiada rapidez. Todos los gobiernos de la democracia han contribuido a ello, y también a la deslocalización de la producción a otras zonas del mundo. Deberíamos haber sido bastante más cuidadosos con esto. Recuerdo muy bien cómo François Mitterrand le decía a los principales empresarios franceses en 1983: “Invierta en España, el país está en venta”. Y podría poner unos cuantos ejemplos.

Su carrera en la Administración comenzaría poco después de su primera experiencia en el extranjero…
Me hice funcionario en el año 81, porque mi entonces mujer no quería vivir fuera. Pero en el 86 me cogí una excedencia para volver al sector privado internacional hasta el 96.

¿Por qué volvió a la industria farmacéutica?
Porque era una época muy interesante. España entraba en la Comunidad Europea y la globalización era un reto profesional atractivísimo. Y la verdad es que me llegaron muchas ofertas. Es una etapa de la que no me arrepiento, en la que, entre otras compañías, estuve en Bristol-Myers Squibb y el Grupo Chemo. Y solo en diez años.

¿Cree usted que es necesario que aquellos que trabajan en la Administración hayan pasado por la experiencia de trabajar en un laboratorio?
Hombre… Si le digo que sí estoy haciendo de menos a muchos de mis compañeros. Creo que es muy útil tener la experiencia de varios sitios, y compañeros con los que comparto esta característica lo ven también así. Permite ver los intereses de las dos partes. Pero esto no debe interpretarse como hacer de menos al funcionario, sobre todo cuando se trata de funciones públicas muy especializadas, como la de los jueces.

Pero en el caso de los sectores industriales, es positivo vivir la experiencia de la privada antes de estar en la Administración. Por ejemplo, como a la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) se accede por la vía curricular, varios compañeros de allí tienen varios paquetes de gestión en el sector privado.




Usted ya sabe que la sociedad está mucho más sensibilizada con la posible ‘puerta giratoria’ entre la Administración y el sector privado…
A ver, los periodistas tienen mucho que ver en esa sensibilización. Cuando entro en la Administración Pública por primera vez, en los 70 y los 80, el cuerpo del conocimiento estaba en la industria y el funcionario está allí porque no hay ningún trabajo asequible. Hay una enorme diferencia respecto a lo que ocurre ahora. Del 65 al 75 se gesta la norma de acervo comunitario ‘Pharma’, y algunos decretos notables aprobados durante el régimen franquista transponiendo parte de estas directivas europeas a la legislación española. ¿Qué había en la función pública? Farmacéuticos que no habían podido optar a oficina de farmacia, mientras que en la industria había profesionales con mayor trayectoria y experiencia.

En cambio, ahora, tras la creación de la EMA, la situación puede ser inversa. Hay mayor conocimiento normativo en el empleado público que en los servicios de 'govenment affair' o relaciones institucionales de una compañía. Esto es un hecho que aquí en el Ministerio vemos a diario. En este entorno, un profesional de relaciones instituciones en una multinacional puede tener una supervivencia muy difícil, que a lo mejor le impide formarse o desarrollarse debidamente en el asunto normativo.

Es en estos casos cuando a lo mejor se pasa de la Administración al sector privado. ¿Que también llevas una agenda de contactos? Imagínate yo con cuarenta y tantos años de servicios. Pero esto va más con la profesionalidad de la persona. Y para evitar polémicas ahí está la normativa. En realidad sería posible cambiarla y que la incompatibilidad de dos años que hasta ahora afecta solo a los directores generales llegue también al nivel 28. Es solo arreglar un par de artículos, y ya está. Ahora, imaginémonos esta situación en una autonomía en la que ha habido poco recambio en el poder, razón por la que el cuerpo de empleados públicos queda muy relacionado a un partido, y entra una nueva formación. La limpieza de puestos llegaría muy abajo. ¿Y qué haces con esas personas, las pones a dar sombra al botijo? También son humanos.

Un enamorado del país del Sol Naciente

Carlos Lens es un profundo enamorado de Japón y de la cultura nipona gracias a los tres años que vivió allí por motivos laborales. “Puede que estuviera trabajando allí algo más, y con una intensidad enorme. El Japón de los años 70 y 80 era muy distinto del que conocemos hoy. Ya se veían algunos indicios del cambio que iba a haber, pero era un lugar en el que las mujeres dejaban el trabajo al casarse y en el que había un componente xenófobo importante y todo lo japonés primaba sobre lo extranjero, y todo eso a pesar de que la sociedad japonesa ya tenía muy claro que el cambio pasaba por el paso de la producción barata a la economía de la neurona, de las tecnologías de la información”.

Asimismo, Lens se trajo su afición al kárate de las tierras del Sol Naciente. “He practicado artes marciales durante muchos años, hasta que la cadera lo permitió”, indica el también cinturón negro, e indica que su práctica le ha “ayudado, en el día a día, a tener templanza”.

Carlos Lens, durante los años que vivió en Japón.


Usted volvió al Ministerio de Sanidad, tras la excedencia que ha citado, en 1996 y lleva en él desde entonces. Entre los cargos que ha ocupado a lo largo de este tiempo está la dirección de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) a la que llegó poco después de estallar la polémica del medicamento falso Biobac. Cuéntenos en qué consistió y cómo afectó a su carrera.
Conocí a Fernando Chacón Mejías en 1979. Por aquel entonces trabajaba en Abelló, y mi jefe me hizo venir de Estados Unidos porque había un farmacéutico en Córdoba que curaba en cáncer, el área terapéutica en la que trabajaba. Fui a ver a aquel hombre que era interesantísimo, pero la bibliografía que tenía para sustentar las autovacunas de enzimas vivientes (el Biobac) no valía para nada. Me volví para EEUU dejando un informe que avisaba de que la teoría no se soporta, pero si tiene 7.000 pacientes tratados tal vez fuera interesante suscribir un acuerdo de colaboración y hacer un ‘grant’ y me olvidé de aquello. En el año 85, ya en la Administración Pública, me tocó ir a la farmacia de Chacón Mejías, que todavía vivía, y tuve que cerrarle la instalación de inyectables, porque no daba las normas de calidad. Fue doloroso, pero así era el trabajo.

Cuando llego a la Aemps en 2001 como secretario general me dicen que Chacón Mejías había muerto y que había habido temas que habían llegado al Tribunal Supremo, que había fallado a favor de la Administración. No vuelvo a saber nada hasta dos años más tarde, cuando una juez ordena una acción en la cual participan la policía y otros cuerpos de seguridad del Estado mediante la que se entra en las instalaciones de la empresa y se decomisa todo el producto. Justo después de esto es cuando soy nombrado director de la Agencia y surge en algunos medios la noticia de que yo había tratado a familiares míos con biobac. Había tanto trabajo que no le presté demasiada atención al asunto, hasta que hablé con algunos de los afectados tras paralizar el suministro del producto por orden judicial. Por entonces se hablaba mucho de una carta mía en la que se sustentaban las acusaciones, pero cuando accedo al expediente veo que se trata de un documento que está sin firmar, aunque ponía Carlos Lens al final.

Ya cuando se publicó un libro diciendo que esa carta era cierta a todos los efectos, decidí empezar una acción judicial que finalmente no fue estimada, dado que no había material penal aunque sí civil, pero no seguí adelante porque yo no hacía eso por dinero. Luego la cosa se diluyó y felizmente le perdí la pista al Biobac. ¿Cómo me influyó esta cuestión? Pues como siempre, que te sacan como si le estuvieras haciendo daño a los pacientes, cuando lo único que estás pidiendo es que se hagan las cosas como dios manda, con un ensayo clínico que puede ser aprobado o denegado, pero con la ley en la mano.



¿Ve paralelismo al calvario mediático que fue Biobac con el de la hepatitis C y la varicela?
Puede haberlos. Las autoridades están para tomar decisiones, pero estas decisiones tienen que estar motivadas. Si autorizas un producto es porque cumple los mínimos, y si lo desestimas tienes que explicar el porqué, no puedes quedarte callado. Ya he dejado claro por activa y por pasiva que los medicamentos de hepatitis C están financiados en España a un nivel en el que no lo están en ningún otro lugar del mundo. Hay un plan estratégico y se está trabajando muy seriamente en muchos ámbitos. ¿Se está haciendo un esfuerzo financiero? Sí, y por ello precisamente tenemos que obtener resultados en salud y objetivar esos resultados.

Lo mismo se tendría que haber hecho en su momento con Biobac: dando explicaciones puntuales al respecto de las decisiones tomadas. En este último caso, si no hay estudios hechos no podemos apoyar una comercialización en indicios.

El caso de la varicela es diferente, los reguladores tendríamos que coordinarnos mejor en todos los niveles, como pasó en hepatitis C. En el caso de las vacunas, cuando tenemos productos con alta tasa de cobertura la decisión es sencilla. Y cuando no es así, tenemos respuestas muy buenas en la UE, sobre todo en niños. Y es que Europa dice que necesitamos nuevos medicamentos para esta población además de antibióticos.

Justo en este periodo es cuando comienza su prolífica producción literaria. ¿Escribir es más que una afición para usted?
Siempre lo ha sido. Y te llevas sorpresas, porque amigos de la infancia te contactan para recordártelo. Bueno, y alguna amiguita también, que hace que me acuerde de las poesías que escribía entonces. Siempre me gustó la literatura y escribir. Durante las noches del tiempo que estuve en Japón, mientras algunos preferían irse de copas, yo las dedicaba a estudiar (mi primera oposición la preparé allí), preparar informes y escribir. Escribía cartas a mi mujer en España, un montón de notas… Ya me gustaba la pluma.

¿Escribe haikus (composición poética de origen japonés que consta de tres versos)?
Sí, alguno he compuesto. El primer premio que alguien tuvo la mala idea de concederme fue la Asociación Española de Farmacéuticos de Letras y Artes (Aefla), y me lo concedieron por una narración corta que acababa con un haiku de un samurái herido de muerte:

Fue acero mi mano/ hoy es humo y espíritu.

Su primer libro es Los tonos grises.
Así es, está ya descatalogado. Es una novela médica, de amor, costumbrista y de la Transición. Está dividida en dos partes y ubicada en mi tierra, en Galicia. Cuenta las vivencias de un médico gallego durante su etapa de estudiante y su etapa de práctica médica en Finisterre.

La siguiente es Peaius Rex en 2006 y después inaugura un género con El peor de los venenos, el de la novela negra farmacéutica. La trama se desarrolla en el sector y en los pasillos del Ministerio de Sanidad. ¿Qué hay de no ficción en sus páginas?
Hubo un tiempo a principios de siglo y hasta 2005 en el que hubo mucho robo de medicamentos, hasta que las autoridades le pudieron poner coto a la situación. Ese es uno de los elementos que aparece en la novela. Otro es la falsificación de fármacos pura y dura, como la efedrina, que se metía en cápsulas y se vendía en los gimnasios.

¿Cree que siguen ocurriendo, a tenor de las últimas operaciones policiales contra el comercio paralelo de medicamentos?
España tiene una cadena del medicamento blindada, pero el cien por cien de seguridad en esto no existe y hay pequeños agujeros. Algunos de los grandes mayoristas siguen denunciando robos. Pero el grandísimo problema que tenemos en España respecto a esto son los gimnasios, en donde, con protocolos, se les da a los chavales aminoácidos, creatina y glutamina. Cuando ya han echado masa, se les afina con otras sustancias, entrando prácticamente en el doping.

Después se les tiene dos meses de fiesta en verano y se reinicia el ciclo. Si al segundo año no se logran los objetivos deseados con ejercicio y estos productos, se da el salto a los anabolizantes, y ahí empieza lo problemático. Los anabolizantes no son gratis, crean daño hepático con sus efectos adversos añadidos, como la diabetes.

Este camino estaría reemplazando a la efedrina, el salbutamol y otros potenciadores que se utilizaban a finales del siglo pasado, fáciles de conseguir. Ahí es donde tenemos ahora el problema: medicamentos ilegales que se usan para estilos de vida concretos. En este ámbito también tenemos los tratamientos contra la disfunción eréctil y los tranquilizantes.

Después se introdujo de lleno en la novela histórica, primero con Las monedas de Judas y luego con Raíces de dolor, obra que opta a un premio de la Fundación Troa. ¿Por qué decidió sumergirse en este género?
Vaya por delante que siempre me gustó la historia. Y el viejo continente tiene una historia increíble, ni Oriente, América o África se le pueden comparar en esto. Diferentes periodos como los representados por el Imperio Romano, el Bizantino y el Otomano son fuentes inagotables, y yo lo he estudiado con muchísimo interés, también por todo lo que nos han dejado y hemos heredado. Un ejemplo es Sevilla, cuyas calles son representación del crisol de razas que han pasado por Andalucía. Cuando lees y estudias tanto como yo lo he hecho, encuentras que hay acontecimientos con explicaciones e historias diferentes. Ahí es donde yo me centro para contar mis historias.



A pesar de ser una historia ficticia, Raíces de dolor es una obra muy pegada a la realidad de lo que ocurrió en la Alemania nazi.
Tengo muchísimos testimonios, facilitados, aunque no gratuitamente, por la Fundación Shoah. Steven Spielberg, su patrono, a finales de los 70, determinó guardar en vídeo todos los testimonios de judíos supervivientes al holocausto que se pudieran obtener. También logré obtener muchísimos documentos del Museo del Holocausto, en este caso con dificultades, dado que las autoridades polacas no quieren que se sepan ciertas cosas.

Además, he llegado a entrevistarme con alguien que, si bien no fue superviviente al Holocausto, estuvo muy cerca de serlo. Es Michael Stolowitzky, un judío polaco que tenía cinco años en el 39, cuando se inicia la guerra. Su madre, de familia adinerada, le saca de Varsovia, pero su chófer les traiciona y al final la mujer muere de enfermedad. Sin embargo, su niñera, una cristiana de nombre Gertruda, logra sacarle adelante y luego lo paseó por una serie de sitios hasta depositarlo en Israel. A sus 81 años, es una memoria viviente. Él reconoce que nunca ha estado en un campo de exterminio, pero también es el que más ha estado en contacto con gente que se ha encontrado en estas circunstancias, o con SS o alemanes que hubieran actuado a favor de los alemanes. Él venera, en particular, la memoria de Karl Rink, que salvó a muchos judíos en Polonia, incluido él. Y, de hecho, Rink fue considerado 'justo entre las naciones' por Israel.

Como él hubo varios, y esta evidencia, sumadas a muchas otras más, me dio tranquilidad a la hora de pintar el retrato de un SS bueno, entre comillas, porque ya no era una ficción, porque los hubo. No demasiados, porque tenían metida demasiado dentro de la cabeza la idea de la raza superior, pero alguno hubo.

Nombres ilustres tras más de 20 años
de función pública


Tras más de 20 años de función pública, Lens atesora un lugar especial en su memoria para algunos de los nombres más ilustres del ministerio, que él considera “mentores”. Uno de sus grandes referentes fue Jaime Corredoira, “que en paz descanse, quien aparte de ser un caballero tenía un gran sentido del humor. Era el jefe de servicio de prestaciones farmacéuticas en los años 80, cuando entro en la función pública. Me enseñó a llevar estas cosas con humor. Pero Carlinhos, hombre, si es normal, defienden su salario”, dice Lens con marcado acento gallego.

En este sentido, también considera indiscutible la figura de Félix Lobo. “Para mí, es el hombre que logra el gran salto en la tecnificación del regulador ‘pharma’ en general. Y otro funcionario que es ejemplo de bajo perfil pero que nunca bajaba la guardia es Julián Sánchez Sobrino, ahora fallecido y al que me llevé a la industria privada en su momento”.

Asimismo, tiene palabras de agradecimiento para “Pilar Álvarez, mi jefa de servicio cuando reingresé de último de la fila en el 96. Una gran señora que me recondujo de nuevo en la función pública, puesto que yo venía de muchas cosas y tenía que volver a empezar, y hacer inspecciones de pequeñas unidades de cosméticos e irme a la aduana a hacer cositas, tras el perfil elevado del que venía, en la industria farmacéutica; una reeducación que le agradecí mucho”.

Mientras, en el caso de José Félix Olalla, expresidente de la Asociación Española de Farmacéuticos de las Letras y las Artes (Aefla), le faltan las alabanzas. “Es un caballero donde los haya, y el que tenga algo malo que decir contra él que me lo diga a la cara. Este hombre será canonizado en vida, porque pocos más buenos hay que él”.


¿Y tiene alguna otra obra en perspectiva o en preparación?
Sí, tengo dos. Una contemporánea y otra que va desde el Medievo a mediados del siglo XX, probablemente con el contrapunto del Imperio Otomano. También he estado trabajando en algunas obras cortas que me ha pedido mi editor. Se publicará además en breve otra obrita corta, Cuentos de ranas. Y estoy haciendo una cosa sobre escritores médicos a corto plazo.

¿Este va a ser el año de sus legados reglamentarios y literarios?
(Risas) Parece un título de Dolores Redondo. Todo lo que yo hago es fruto de un equipo, que está formado por gente magnífica. Sobre mi obra personal, ahí tienen que decidir los lectores.