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03/04/2016 n283
Durante una semana, tres médicos del Hospital Clínico San Carlos de Madrid han viajado a los campamentos de refugiados del Sáhara Occidental para formar a médicos y enfermeros. En este periodo tratan de aportar sus conocimientos para que los sanitarios se actualicen y puedan desarrollar mejor su labor, siempre condicionada por una abundante carencia de materiales.
Carlos Corominas / Imagen: Joana Huertas

Hay un lugar en el mundo cuyo nombre se confunde con una metáfora del infierno. Es la Hamada, una zona del desierto del Sáhara que en el imaginario árabe se compara con el averno. Sus temperaturas extremas y la calidad de su tierra impiden cultivar alimentos y hacen que la vida sea prácticamente una cuestión de tozudez.

Allí donde apenas lagartos y escorpiones son autóctonos y las cabras rumian restos de mantas viejas, sobreviven desterrados 200.000 saharauis desde hace 40 años, cuando Marruecos los expulsó de su territorio, en su mayoría la costa del Sáhara Occidental, y Argelia los aceptó en este rincón del mundo que nadie quiere cercano a la ciudad de Tinduf.

David Chaparro Pardo, María Martínez Agüero y Manuel Maroto Rubio
En un entorno así, donde sobrevivir es un reto diario, la Medicina se convierte en una herramienta más de resistencia. Pero ejercerla no es fácil. Falta el material más básico, las infraestructuras son precarias y la disponibilidad de fármacos depende prácticamente de la ayuda internacional, mermada tras años de crisis. Sin embargo, hay personas que se empeñan en que estos refugiados no caigan en el olvido y aportan su granito de arena en medio del desierto.

Tres de estos héroes anónimos son David Chaparro, Manuel Maroto y María Martínez, médicos del servicio de Urgencias del Hospital Clínico San Carlos que acaban de regresar de los campamentos de Tinduf, donde durante una semana no han ejercido la Medicina, sino que se han convertido en profesores de médicos saharauis. Revista Médica se reúne con ellos en la sede del Instituto de Innovación y Desarrollo de la Responsabilidad Social Sociosanitaria (Inidress), que participa de forma activa en la Alianza Sáhara Salud, iniciativa que ha llevado a estos tres facultativos hasta Tinduf. Todavía con la arena en los zapatos, relatan su experiencia.

Esta es la tercera vez que David y Manuel, de 39 y 43 años respectivamente, viajan a los campamentos de Tinduf. María, de 30, se estrena como cooperante en el Sáhara Occidental y explica su motivación: “Desde que terminé la carrera he querido hacer voluntariado, pero las opciones suelen ser para gente de cuchillo [especialidades quirúrgicas]. Cuando salió esta oportunidad y vi lo que podía aportar no me lo pensé”.

Las razones de Manuel y David pasan también por echar una mano a aquellos que más lo necesitan. “Se trata de intentar disminuir en lo posible las desigualdades con el tercer mundo”, indica el segundo, que añade: “La formación es mucho más importante que ir allí a curar, porque es darles la caña para que pesquen”.

En los sucesivos viajes que tanto Manuel como David llevan realizando a los campamentos desde 2011 se han dado cuenta de que la situación mejora muy poco a poco. “Las carencias son todas”, afirma Manuel. David completa la frase con un ejemplo: “El mes anterior a llegar nosotros no podían tratar una insuficiencia cardiaca porque no tenían el diurético furosemida, un fármaco que en España cuesta unos 20 céntimos por caja”, explica.

Los médicos saharauis están formados en Cuba o Argelia y, en menor medida, en España o Rusia, y “los tratamientos que hacen son perfectamente correctos, pero insuficientes porque las medicinas se agotan y no hay aparataje tal cual lo conocemos aquí para hacer, por ejemplo, un electrocardiograma”. El responsable de la Oficina de Salud Saharui para España, Mulay Hassan da una muestra de esta precariedad: “No es material muy sofisticado ya que tenemos algo de radiología y oftalmología, pero es de segunda mano de hospitales españoles”.

A veces, incluso conseguir el elemento más básico se convierte en un reto. “Puede hacerse difícil encontrar un rotulador para escribir en una pizarra”, dice Manuel. No obstante, suplen estas dificultades con las ganas de enseñar: “Nosotros ponemos lo poco que sabemos, y ellos las ganas de aprender que son muchas”. Explica que la mayor de las dificultades es contar con material educativo con el que formar a médicos y enfermeros, los dos colectivos que se benefician del programa.

Esta vez la situación ha sido un poco diferente. Además de contar con un rotulador, disponían de ordenador y conexión a internet por las noches para preparar las clases. También tenían material biomédico que “ha aportado GSK para preparar y equipar a los médicos de allí”, dice David. Considera que disponer de estos materiales les coloca en una “situación de enchufe” por las posibilidades que les ha dado en el curso.

Tanto es así que María reconoce haberse sentido “en una posición de ventaja por contar con un soporte diferente y aun así ha sido…”. Calla un momento, busca una palabra que no le sale, mira a sus compañeros y duda: “¿Duro?”. Se explica: Cada día teníamos que improvisar un poco para dar lo mejor y y solucionar lo que nos pedían, pero yo he tenido la suerte de tener todos estos cacharros”.

La muerte acecha en un charco En octubre de 2015, unas lluvias torrenciales golpearon los campos de refugiados. Según datos de la Agencia de la ONU para los Refugiados (Acnur), 25.000 personas perdieron sus casas, construcciones básicas de adobe que sucumbieron a la tormenta. La lluvia, si llega en torrente, es muy peligrosa en el desierto. Además de la crisis humanitaria evidente de personas sin refugio, los precarios medios con que cuentan los saharauis no pudieron impedir una crisis sanitaria. “Los niños ven un charco de agua y ¿qué hacen? Su trabajo: jugar”, cuenta David. El problema es que muchos cogieron infecciones gastrointestinales y fallecieron por deshidratación. “No había sueroterapia intravenosa para todos, ya que hacían falta muchos litros de suero para poder tratarlos”. Mohamed Embarec Jalil, represante de Cooperación de la delegación saharaui en España, confirma  que tras las inundaciones la situación se ha complicado y la cooperación internacional se ha hecho más necesaria:  “Hay déficit en todo y por eso tenemos que priorizar las necesidades: primero ayuda alimentaria, después la sanitaria, luego el agua y la educación”. 

La falta del equipo necesario es también el protagonista del momento más duro que ha vivido Manuel en los campos. “En el primer viaje pensaron que éramos cardiólogos y nos trajeron a un niño con síndrome de Down y una malformación cardiaca severa”, recuerda, y continúa: “Ves a un niño pequeño que está enfermo y no puedes hacer nada”. El chico ya había sido diagnosticado por cardiólogos españoles, pero no tenía la posibilidad de ser trasladado a España para operarle ni se le podía ofrecer ningún tratamiento en los campos. “Es muy duro pensar que no hay opción para ese niño”, lamenta.
Bajar peldaños

El Sáhara Occidental está partido por un muro que rompe el territorio a lo largo de 2.000 kilómetros y separa a Marruecos de la zona controlada por el Frente Polisario, poco más que los campamentos y un puñado de enclaves militares salpicados en mitad del desierto. Minas antipersonas a un lado y soldados marroquís a otro con un único objetivo: que no pase ningún saharaui. Pero las barreras en esta zona del mundo no son sólo de piedra y hormigón. A las carencias materiales de una tierra donde los pocos árboles que hay crecen con espinas en lugar de hojas se suma la desidia de la comunidad internacional y la falta de formación.

Los tres médicos lo comprueban de primera mano durante las semanas en las que forman a los sanitarios, cuyas jornadas se dividen en dos. Por la mañana, dan clases en el colegio de médicos donde encuentran a profesionales bien formados, pero con una falta de medios tal que les obliga a improvisar y reformular las clases constantemente.

Interior del Hospital de Rabuni (capital administrativa de los campamentos de regufiados) Foto: Manuel Maroto. 
Por la tarde, se dirigen a la escuela de Enfermería, situada “en la segunda piedra a la derecha”, bromea María, sorprendida por la capacidad de orientación de los saharauis en mitad de un campo donde las casas de adobe parecen todas iguales. La piedra en cuestión está entre Smara y Auserd, dos de las cuatro wilayas (algo así como pequeñas ciudades) de los campamentos de refugiados.

A diferencia de los médicos que se forman en el extranjero, la Enfermería saharaui es autodidacta y “trabaja un poco por ósmosis”, describe Manuel, que indica que el método de aprendizaje consiste en imitar al de al lado. El primer reto aquí es la falta de conocimientos básicos, como explica David: “Empezamos con un déficit de base que es la formación y las carencias se notan a nivel de fisiología, anatomía y patologías; desde allí todo es exponencial”.

Además de esta falta de base, el problema del material acecha de forma constante. Manuel explica cómo se van adaptando a lo que les demandan: “Puedes dar una idea de cómo tratar a un paciente, pero te das cuenta de que eso no se traduce en nada porque no tienen los medios para hacerlo. Es un reto, porque tienes que bajar todos los peldaños que haga falta no sólo por la formación, sino porque no puedes hacer protocolos de actuación como los de aquí, ya que es inviable”.

Esto se traducía en que, ante algunos de los ejemplos puestos en clase, los médicos saharauis les respondían: “Sí, sí, eso está muy bien, pero aquí tenemos esto, esto y esto y no podemos hacer más”. De hecho, los tres recuerdan cómo muchos estudiantes acaban los ejemplos con una frase: “Se salvó gracias a Alá”.

David relata el caso que le contaron de un hombre un hombre que sufrió un infarto de miocardio: “Lo hicieron muy bien. El paciente vino con un dolor centrotorácico, le realizaron un electrocardiograma y le pusieron un antiagregante, pero a partir de ahí no pueden hacer más que llevarlo al Hospital de Tinduf y esperar que los argelinos se ocupen. Gracias a Alá se salvó, porque ellos no tenían capacidad”. Para David la situación se resume en pocas palabras: “Sobrevivir allí es duro, hacer Medicina es complicado y buena Medicina es muy complicado”. Por eso, los programas como este son bien recibidos ya que “pueden aportar recursos que de otra forma no llegarían”, explica el responsable de la Oficina de Salud Saharui para España. 

Al final de cada jornada llegaba la reflexión. Las noches en el Sáhara son espesas. Cuando no hay luna, las estrellas se apelmazan y la Vía Láctea parece una ruta navegable. Es en ese momento, tras preparar las clases del día siguiente, cuando toca sentarse en torno a un té y analizar lo aprendido. “Piensas en cómo su día a día es tan diferente al nuestro y lo admirable que es la forma en que se adaptan a esa circunstancia tan dura a base de imaginación: eso enseña muchísimo a nivel profesional y personal”, dice Manuel.
Los invisibles

El trabajo que realizan estos tres médicos en el Sáhara sería imposible sin la red invisible de las personas que trabajan en torno a la Alianza Sáhara Salud, un consorcio de cooperación entre las cinco universidades madrileñas y organizaciones como Separ Solidaria, SEMG Solidaria y el citado Inidress.

Esta asociación trabaja en dos ámbitos: apoyo en los campamentos y actividades de concienciación en España. Dentro de la primera línea de cooperación, se centran en la formación a médicos sobre el terreno. Desde 2011 han realizado siete viajes: tres de pediatras formadores, cuatro para formar sobre el manejo de máquinas de ecografía y los tres viajes de estos médicos del Hospital Clínico San Carlos. En España organizan conferencias y actos de apoyo al pueblo saharaui y para divulgar la situación en la que se encuentra el conflicto. De hecho, a finales de abril se celebra la décima edición de unas jornadas universitarias enfocadas en este problema.

Esta alianza cuenta con personas tanto en España como en el Sáhara Occidental que hacen posible que los médicos desarrollen su labor. David, Manuel y María recuerdan con cariño al logista que se encargaba de que todo funcionara en el desierto: Mahfoud. “Era nuestro ángel”, exclama María. “Si necesitabas algo, Mahfoud te lo conseguía; es como los Reyes Magos”, apunta Manuel. Y es que el papel del logista no es menor, ya que, al estar en un territorio desconocido y con pocas facilidades, cualquier ayuda es fundamental. 

Simulacro de accidente Uno de los días, los tres médicos decidieron practicar un simulacro para enseñar lo que mejor saben hacer: tratar urgencias. Fingieron un accidente de coche en las inmediaciones del centro hospitalario con heridos politraumatizados. “Entró David corriendo en la sala y dio el aviso para que saliéramos y la gente medio se lo creyó”, rememora María. Quien más lo hizo fue uno de los ‘accidentados’. Debía fingir que estaba muerto, pero al sacarlo del coche le dieron un golpe muy fuerte en la cabeza. David se ríe: “El tipo ni se movió y yo pensaba que se había quedado inconsciente”. La realidad es que se había metido a fondo en el papel y aguantó el golpe sin rechistar. “Fue impresionante, ese tipo era de Óscar”, añade David. Al final, el simulacro salió bien y sirvió para mostrar una situación de emergencia. “No tienen las carreteras de aquí, pero dado cómo conducen y los tipos de coche que usan sí puede haber accidentes o incluso puede que se caigan de un tejado”, explica María.
Mejor persona, mejor médico

La hostilidad del terreno es uno de los primeros impactos que se llevan los cooperantes al llegar a los campamentos, además de una posible sensación de inseguridad. La primera vez que David y Manuel viajaron al Sáhara Occidental, dos cooperantes españoles y una italiana acababan de ser secuestrados. David lo recuerda como uno de los momentos más duros: “Nos enteramos en el aeropuerto de Argelia cuando hacíamos escala. Cundió una sensación de mucha incertidumbre que se desvaneció al llegar allí y ver que estábamos muy protegidos”.

Manuel cuenta que esa primera vez, su mujer lo vivió “con miedo”. Acababa de ser padre de su segunda hija y su familia recelaba. “En seguida vieron que no había problemas y ya cada vez que voy está más tranquila”, explica.

En el caso de María su familia conoce bien el norte de África, ya que su padre ha trabajado allí como geólogo, pero las dudas en este caso venían de que es mujer. “En el primer grupo de estudiantes había sólo tres mujeres y las tres con melfa 
El cargamento de material que llevaron los cooperantes a Tinduf. Foto: Manuel Maroto. 
(vestido tradicional saharaui que cubre también el pelo) y yo estaba vestida a lo occidental”, cuenta, y añade: “Los varones no me querían dar la mano el primer día por una cuestión de respeto, pero se hace difícil dar clase a personas que no te dan la mano”. Tras ese choque inicial, María comprobó que todo comenzó a fluir y “ellos mismos ayudaban a que las clases siguieran su curso”.

Salvo estos pequeños incidentes y temores iniciales y el hecho de que, para compensar la semana fuera del hospital, lleven un mes haciendo guardias y turnos dobles, la experiencia para los tres ha sido muy gratificante y no dudan en animar a otros médicos a apuntarse. “Aprendes mucho a nivel profesional”, explica Manuel, que incluso sugiere la idea de que se incorpore la cooperación en la formación de los médicos residentes. María coincide: “Yo me he llevado más de lo que he podido aportar”.

Ante la pregunta de si la experiencia le ha hecho mejor médico, María duda, no tiene una respuesta clara: “No sé si sería verdad decirte que gracias a esto he mejorado mi trato con los pacientes”. Se lo piensa mejor y sentencia: “Me ha hecho mejor ser humano y, como consecuencia, creo que me ha hecho mejor médico”.