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07/02/2016 n275

Eduardo Ortega / Imagen: Cristina Cebrián
Lleva 16 años presidiendo el Colegio de Farmacéuticos de Sevilla, ciudad en la está afincado desde 1985. Hablar de Manuel Pérez es hacerlo de alguien que lleva la botica en la sangre tanto como la defensa de las personas con enfermedades raras, una causa en la que está implicado desde hace más de una década. Sin embargo, es al referirse a su familia y a Osuna, su pueblo, cuando sus palabras se llenan de pasión y orgullo. Los recuerdos se agolpan en la cabeza de un hombre que sintió la llamada de la farmacia cuando estaba en el colegio y rechaza sin contemplación el estereotipo que tacha de poco trabajadores a los andaluces.
¿Es verdad que Sevilla tiene un color especial?
Es especial en muchas cosas. En su color, en su gente… Pero también tiene una capacidad de iniciativa y trabajo que muchas veces no es lo bastante conocida.
Los estereotipos hacen mucho daño entonces.
Muchísimo, y niego todos los estereotipos de los sevillanos. Hay una secretaria que estuvo trabajando en el Colegio de Farmacéuticos de Sevilla durante 60 años. Pertenecía al antiguo convenio y se jubiló con 74 años. Hasta en dos ocasiones pedimos para ella la medalla de Mérito al Trabajo, y no se la concedieron. Posiblemente por venir de Sevilla y no cumplir los estereotipos. Al ser una persona que ni cantaba ni bailaba ni tocaba la guitarra, no le dieron el galardón.
Durante el servicio militar, que realizo en Cerro Muriano (Córdoba)
Ahora me irá usted a decir que Sevilla no se paraliza los días de la Feria. No lo hace. Las boticas siguen abiertas, con los boticarios al pie del cañón (sonríe). Otra cosa es que hagamos paréntesis, que los sevillanos somos vitalistas y artistas en ello. Es verdad que en esos paréntesis puede que se cumplan algunos estereotipos. Pero el resto del tiempo, lo que hay es trabajo.
¿Qué es lo que más recuerda de su infancia?
Recuerdo jugar en la calle, montar en bicicleta y estar todo el día en el campo. De hecho yo viví en el campo prácticamente hasta los 10 años, con etapas en Osuna (pueblo cercano a Sevilla). Y recuerdo aquella época como muy feliz. Como todos los niños salvo algunas excepciones, supongo.
Precisamente es a esa edad cuando ingresa en un internado.
Al principio fue muy duro, evidentemente. Echaba mucho de menos a mis padres, pero encontré un grupo de chavales magnífico. De hecho, hace poco tiempo celebramos los 40 años desde que salimos del colegio. De 'noventaitantos' que éramos nos reunimos alrededor de 60, todos ya casados y con niños.
¿Cómo le picó el gusanillo de la farmacia?
El director del colegio era químico y farmacéutico. Se llamaba Luis Rey, su nieto también es director del colegio, y a mí me despertó unas ganas tremendas de aprender química. Además, yo tenía un tío que era farmacéutico. Me gustaba aparecer por su farmacia, verle preparar fórmulas magistrales y atender a los pacientes que pasaba a la rebotica. Ya en quinto, sexto de Bachillerato, tenía claro que ese iba a ser mi futuro.
¿Se mantiene en los pueblos de Andalucía el axioma de que una de las fuerzas vivas, junto al médico, el cura y el profesor, es el boticario?
De hecho, lo único que permanece fijo en los pueblos de Andalucía es el propio boticario. Los médicos van y vienen. Con el cura pasa igual, no hay uno asociado a la parroquia. Los profesores ya no conviven tanto con la población, o al menos no tanto como el farmacéutico. Y la tertulia de rebotica puede que siga existiendo, pero con el farmacéutico hablando consigo mismo (sonríe). Se ha quedado un poquito solo.
¿Tan solo que considera que está un poco abandonado por las administraciones?
El boticario siempre ha sido, y seguirá siendo en muchos aspectos, el profesional sanitario por descubrir. Cuando alguien me pregunta y le cuento qué hacemos en una farmacia, se queda sorprendido. Tenemos una red de miles de oficinas interconectadas por el sistema de receta electrónica, mediante el que la paralización de un producto se informa con más rapidez desde el Colegio de Farmacéuticos a las farmacias que del Ministerio a los colegios. Es una red con muchas posibilidades.
¿Cuál es la anécdota que más le ha marcado en los 31 años que lleva al frente de su farmacia en Sevilla?
Bueno, han sido varias. Mi botica está en el centro de Sevilla. Cuando la adquiero, la zona está degradada y hay muchísima droga. También prostitución, pero sobre todo droga. De hecho, uno de los primeros sistemas de intercambio de jeringuillas de la época lo puse yo en mi establecimiento, que al principio costó bastante trabajo de instaurar. La clave estaba en que cuando me pedían una jeringa normalmente no la podían pagar. Así que yo les decía: “Yo te la doy, y cuando puedas, me la pagas. Pero con la condición de que me entregues la vieja”. ¿Por qué? Porque había quien la escondía en los solares, y así se evitaba que la utilizaran varios. Esto fue entre los años 1985 y 1986.
Osuna, joya de Andalucía Osuna, localidad cercana a Sevilla, es uno de los mayores orgullos de Manuel Pérez. Tanto que no duda en vender sus excelencias a la primera ocasión que tiene. “Quien va no se encuentra con un pueblo, sino con una villa ducal, auténticamente espectacular”. ¿La razón? Que en el siglo XVI, se establece allí “la familia Téllez-Girón, los famosos Duques de Osuna, que se dedica a construir monasterios, la colegiata, la universidad y una serie de palacios y casas solariegas que hacen que el pueblo sea arquitectónicamente una de las joyas de Andalucía”.

Este aspecto es algo del que también están concienciadas sus gentes. “La población de Osuna se ha preocupado por mantener ese patrimonio, por lo que no se puede encontrar en prácticamente ninguna parte del pueblo un edificio que desmerezca, con lo que el conjunto de la visita es espectacular. Además, se come muy bien y te puedes traer un aceite maravilloso”.
Vivió usted los peores años de la droga en España…
Los peores, sin duda. A chavales con 12 ó 13 años los mandaban sus padres a comprar jeringas, y yo les tenía que decir que no se las vendía. Después aparecían los padres, hechos unos energúmenos, dando patadas al mostrador y a todo lo que había en la farmacia. Entonces les daba la jeringa y les decía: “Aquí la tienes, pero a tu hijo no le mandes más”. Lo pasé mal. Por aquella época tenía unos 27 años y una gran ilusión por la farmacia, pero nunca pensé que vivirla era eso.
¿Cómo afrontó esa realidad?
El primer día que abrí y cerré la farmacia, el 7 de enero de 1985, me encontré con dos drogadictos partiendo una tableta de hachís con una navaja en el zaguán, y les tuve que pedir permiso para salir. A los pocos días ya me di cuenta de que aquello era como era: se me sentaban un montón de drogadictos en la puerta de la farmacia y no entraba nadie. Viendo la situación les dije: “Oye, ¿por qué no se van al bar, les echo un cubata y me dejan la puerta despejada, que si no nadie va a entrar?”. Me respondieron que vale, y me hice amigos de ellos. Y le puedo decir que en 31 años de profesión en la farmacia tuve solo un pseudoatraco, que fue el día en el que un drogadicto me entró en la farmacia con un hacha. La verdad es que salí como pude del atolladero.

Él quería una caja de Reynol, un medicamento que se utilizaba para controlar el mono. Le dije que no se lo podía dar, pero porque no lo tenía. Él se enfadó muchísimo, y no paraba de blandir el hacha hacia arriba. Y yo le decía: “Tranquilízate, macho, tranquilízate. Ahora mismo no te la puedo dar, pero si vuelves dentro de un rato que viene el repartidor te lo daré”. Lo que sea con tal de sacármelo de encima. Entonces se fue, y yo me quedé allí, temblándome todo. Cerré la farmacia, me quedé dentro, con miedo. Al rato abrí la persiana y se acabó. Después me hice amigo de toda esta gente y como ellos, particularmente los que vendían drogas, querían tranquilidad y que no hubiera follones. Afortunadamente todo esto pasó, y ahora mismo el barrio es una zona fantástica.
Es un personaje muy conocido en Sevilla. De hecho, tiene un giraldillo, que se concede a personalidades hispalenses. ¿Se lo concedieron por dispensar con arte y tronío?
Intento colaborar con todo el mundo, y más si se tiene la suerte de que a uno los compañeros lo elijan presidente del Colegio de Farmacéuticos. Hay un señor que se llama Antonio Bustos, de lo más grande que hay en Sevilla, que lleva muchos años formando a personas mayores en un curso que se llama ‘Temas Sevillanos’. Para ello invita a algunos que cree que tenemos algo importante que decir para dar charlas. Yo lo he acudido varias veces. En una de ellas, me dio un giraldillo por la colaboración desinteresada que habíamos estado prestando.
Su carnet universitario correspondiente al curso 77/78
¿Son las subastas autonómicas de medicamentos tan patrimonio de Andalucía como el flamenco o sus olivares?
Espero que sean algo temporal, y que no acaben formando parte de nuestro patrimonio. De entrada, porque las subastas se llevan parte del patrimonio de Andalucía fuera de Andalucía, nos lo quitan, porque los únicos que se benefician de verdad son los laboratorios que participan. Ni la Junta de Andalucía encuentra los ahorros que pretende ni los farmacéuticos nos sentimos identificados con este sistema que nos quita capacidad de gestión en la farmacia y nos genera un daño económico tremendo.
¿Lo de hacer de pregonero también está dentro de sus funciones como presidente de los farmacéuticos sevillanos?
Lo he sido dos veces, en una fue por vocación profesional y en otra por una cuestión personal. Estoy muy vinculado a Osuna. Por cierto, ¿conoce Osuna?
No, me temo que no.
Pues tiene que conocerla. Presumo de Osuna por todos lados y soy miembro de la Hermandad de la Quinta Angustia, que data de 1580. En un momento dado, en 1998, la hermandad me propuso ser el pregonero de la Semana Santa de Osuna y accedí a ello.

El otro pregón que he dado, el oficial, fue por la Inmaculada en el Colegio de Farmacéuticos de Jaén, invitado por su expresidente, José Manuel Arias. Como he dicho al principio, si la gente me pide cosas, me resulta difícil no hacerlas. Me cuesta decir ‘no’.
¿Cómo se prepara un pregón?
Primero, sabiendo o sintiendo lo que debes decir. Si a mí me piden un pregón sobre la Semana Santa de Madrid, haría un estereotipo, pero el que hice de Osuna, lo viví. Esa es la Semana Santa que siento. La que me gusta, la de mi familia, la de mi mujer y mis hijos... Hay mucho sentimiento ahí. De hecho, llevo diez años en Sevilla, y todavía no conozco la de allí. Y el pregón se hace dejando que los sentimientos fluyan.
Es uno de los principales promotores y difusores de la lucha contra las enfermedades raras. ¿Cuáles son los orígenes de esta actividad?
Conozco las enfermedades raras de la mano de Moisés Abascal, un compañero farmacéutico. Un día recibió la visita de una señora cuyo hijo tenía un problema neuromuscular. Casualmente él me lo cuenta y a los dos o tres días decido pasarme por su botica, para que me narre con pelos y señales todo lo que esta señora había pasado y su calvario. Llegamos a la conclusión de que había que hacer algo. Fue a partir de ahí que Moisés empezó a trabajar con asociaciones y él decidió que había que crear una federación, que había que hacer cosas.

En el colegio decidimos que había que apoyar a Moisés, y que entre las cosas que había que hacer estaba la organización de un congreso internacional para que viniera gente de otros países y nos contaran qué se estaba haciendo sobre estos temas, que era muy poco, para intentar poner en marcha aquí en España algo parecido.
¿Cómo le explicaría a un desconocido qué son y por qué hay que prestarles atención y recursos?
Primero le contaría historias personales de lo que han pasado algunos amigos, de los de verdad, para sacar adelante a sus hijos, y que finalmente hayan tenido que fallecer. Adolescentes y niños. Y decirle que eso ocurrió porque nadie les prestaba atención, que nadie se preocupaba por ellos, que no había posibilidad de diagnóstico ni tratamiento. Como esto es el juego de la genética, le puede tocar a cualquiera.

Pero aun así, yo le diría que la razón está en la solidaridad social. Si un semejante necesita tu ayuda, ¿por qué vas a mirar hacia otro lado?
¿Qué siente uno al tener hijos?
Una gran alegría. Ahí es cuando te das cuenta de lo que tus padres te querían a ti. Antes es imposible que se te pase por la cabeza hasta que lo vives. Tengo una niña, que es farmacéutica, y está con nosotros en la farmacia. Y digo nosotros porque mi mujer también lo es.
Viva el Betis manque pierda Pocas pasiones hay tan arraigadas en Sevilla como el fútbol. En este caso, Manuel Pérez tiene claro que sus ánimos, gritos y desazones están destinados al equipo de su alma, al Real Betis Balompié. “Ser del Betis es un sentimiento”, asegura, aunque no niega que también tiene parte de herencia. “Yo lo soy porque lo era mi padre; cuando escuchas tanto lo de ‘Viva el Betis, manque pierda’ se te queda grabado, tus amigos son del Betis, te intercambias cromos con ellos… Periódicamente me reúno, no con la asiduidad que me gustaría, con algunos primos de la infancia para ir todavía al fútbol, ya con nuestros hijos también”.

Pero aun así, yo Reconoce que “la temporada está siendo irregular, pero ahí estamos. Además, ser del Madrid o del Barcelona es más aburrido, ganas siempre”, pero no puede evitar sonreír cuando habla de los “buenos recuerdos, como la Copa del Rey famosa contra el Athletic de Bilbao” (la primera que ganaron los verdiblancos, en el año 1977).
¿Ha hecho de la farmacia una cuestión dinástica en su familia?
Sí, los Pérez (se ríe). Pero mi hijo, en cambio, decidió estudiar Administración y Dirección de Empresas. Está trabajando en Londres y lo echamos muchísimo de menos todos los días. Pero es cierto que, como usted ha comentado, los Pérez somos muy ‘clan’. Tengo dos hermanas y me llevo muy bien con ellas, posiblemente también por una enfermedad cardiovascular que afectó a mi padre, y que fue la razón por la que yo me fui interno. Afortunadamente mi padre falleció al final con 79 años, mucho más tarde. Con todo, se quedó bastante limitado físicamente.

Eso nos unió mucho a los hermanos, a los primos y a los abuelos. De hecho, nos fuimos a vivir a su casa. Recuerdo llegar de mi internado y encontrarme con todos mis primos. Éramos 26 y merendábamos casi todos los días en casa de mis abuelos. Mi abuela, que era una santa, preparaba un cántaro de leche espectacular, el paquete de Cola Cao, una talega de pan que parecía no tener fondo y un salchichón. Así, todo el que llegaba se cogía un trozo de pan, se cortaba un poco de salchichón y se lo comía con el Cola Cao.
Usted define una fórmula de núcleo familiar casi característica de la sociedad española y que es, en parte, lo que ha permitido a muchas sobrevivir a la crisis.
En la zona donde yo tengo la farmacia le puedo decir que hay muchas familias que dependen de la pensión del abuelo para llegar a final de mes. O familias en las que los dos padres trabajan y los niños se han tenido que quedar con los abuelos o con los tíos. El núcleo familiar ha salvado la crisis en España. Le puedo decir que mi hijo se fue, entre otras cosas, porque no encontraba una remuneración mínima aquí y en Londres le estamos ayudando. Si no, no podría estar.
La familia, en el concepto más amplio de la expresión, es el mayor pilar de su vida
¿Al tratar con sus compañeros vascos o catalanes nota todos esos aspectos que presuntamente les diferencian?
Tengo una amistad estupenda con muchísimos de ellos, y con sus presidentes. Yo creo que en esto hay un grupo de habitantes españoles minoritario que están empeñados en que nos peleemos y una masa que va para allá o va para acá en función de determinados parámetros, a veces difíciles de entender, que están complicando las cosas. Pero no creo que en España haya tanta gente que tenga ganas de complicarse la vida. Creo que hay que hablar. Llevamos una historia común de 500 años y no nos ha ido tan mal. Hubo un tiempo en el que hemos sido un país puntero, con una Sevilla que fue la ‘Nueva York’ del siglo XVII. ¿Por qué no puede España volver a ser lo que era, si nos ponemos de acuerdo para eso? Tenemos magníficos profesionales, gente sana, calles seguras a las tres de la mañana, somos muy solidarios, los primeros del mundo en trasplantes de órganos… Hay mucho potencial si los dirigentes se ponen de acuerdo y los ciudadanos nos decidimos a no pelearnos por nada.
¿Es usted hombre de campo?
Soy hombre de exteriores. Cuando vengo a Madrid estoy a gusto, pero soy más de campo. Tenemos alguna tierra en Osuna y vamos los fines de semana por allí a dar una vuelta. Veo a mi madre, que gracias a Dios todavía vive, a mi hermana, a mis sobrinos, a mis primos… Es una forma de pasar el fin de semana sin corbata.
Sin duda, Osuna es muy importante para usted. ¿Es nostalgia el principal sentimiento que le evoca?
Cuando voy en coche para Osuna, hay un punto que se llama la Cuesta de la Dueña. Cuando di el pregón del año 1998, dije que cada vez que veía Osuna desde allí me da un vuelco el corazón. Y eso lo he repetido cientos de veces. Revisito mis raíces y siempre experimento esa sensación. Echo de menos muchas cosas y me alegro de otras. Eso solo lo tiene el ser humano, que recopila momentos gratos e ingratos. Pero el balance final es que esto es mío y soy de aquí, y como soy de aquí, aquí me encuentro bien. Hay otras ciudades del mundo con paisajes espectaculares pero que no te dicen nada. Lo que te dice algo es tu tierra, sus olores en invierno o verano, que son distintos, la gente, sus edificios, el viento, la forma de llover… Esas cosas son las que te identifican a ti.
La nostalgia no se puede tratar con medicamentos.
Aspiro a terminar viviendo en Osuna cuando me jubile, así que no tengo esa nostalgia, desde el punto negativo, porque sé que voy a volver. Y siempre que puedo paso por allí. Forma parte de mis valores, y para yo renunciar a algo me lo tienen que quitar. Pero no porque sea una persona soberbia, sino por cierto egoísmo. Me siento feliz y a gusto en determinados ambientes y aspiro a que esos sean la mayoría.
¿Se arrepiente de algo en su vida?
Hombre, de algo me tendré que arrepentir, ¿no? Lo que pasa es que siempre me intentado mover en la vida sin pisar callos. Seguramente sí, pero no es algo que no me deje dormir. Tendría que ser mejor padre, mejor hijo, mejor hermano… Pero estamos en vías de mejorar, como siempre he hecho.