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06/12/2015 n266
Un presidente colegial atípico pero “normal”, de memoria prodigiosa y palabra fácil. Un extremeño al que se le iluminan los ojos cuando habla de los pueblos de su tierra. Un tuno que trata de seducir con un gesto, con una mirada. Un médico que no es impermeable al sufrimiento ajeno. Un artista al que espera el escenario del Teatro Calderón de Madrid este sábado. El marido de Maribel y el padre de Pedro y Laura. Todo esto y mucho más es Pedro Hidalgo, la voz de los facultativos de Badajoz.
Ricardo Martínez Platel / Imagen: Miguel Fernández de Vega
Nació en Castuera en 1957, ¿cuáles son sus primeros recuerdos?
Nací un 14 de marzo porque mi madre quiso. Piscis. Castuera es un pueblo de la estepa castellana. Es un lugar de gente sincera y noble, muy diferente de Andalucía, aunque tengamos ese acento que parece que somos del sur. Ha dado hombres importantes como Pedro de Valdivia o Manuel de Godoy. Empecé a estudiar allí y con seis años tuve mi primer cargo de responsabilidad: el maestro me asignó la tarea de rellenar los tinteros de los compañeros, porque escribíamos con plumín. Esto que hoy puede parecer una tontería significó mucho para mí en aquel momento, porque sirvió para que me identificara con mi escuela.

La vida de Hidalgo siempre ha estado estrechamente ligada a Badajoz

¿Cómo era su familia?

Mi madre vive, tiene 89 años. Es una mujer que cría cinco hijos, volcada en que todos tuviéramos una formación académica. Proviene de una familia educada, su hermano es veterinario y ella estudia piano. Mi padre viene de una familia agrícola y ganadera, donde su tío es el médico del pueblo. Fue un padre magnífico: tolerante, serio, prudente. Se fue pronto, con 72 años, pero con la satisfacción de ver a sus hijos funcionar. Soy el segundo de cinco hermanos y todos vivimos en la provincia de Badajoz. Somos una familia muy querida y reunida, cohesionada.

¿Qué tal era como estudiante?
Era bueno, ordenado y metódico. El segundo cargo de responsabilidad fue jefe de escuadra con 11 años, en lo que entonces era la Organización Juvenil Española, algo similar a lo que hoy serían los Boy Scouts.  En ese tiempo empecé a hacer coros y grupos musicales. La primera guitarra que entró en la iglesia de Castuera para una misa fue la mía. Detalles que significaban pequeñas aperturas que hacían que uno se sintiera útil. De mi grupo solo cinco salimos a estudiar fuera.


¿La guitarra es su pasión?
Sin duda. Mi madre me quería enseñar piano. Yo lo que quería era cantar, pero necesitaba algo para acompañar. Mi padre me regaló una guitarra y me dijo: tú sabrás qué haces con ella. Empecé de manera autodidacta y no me ha abandonado nunca. Me gusta la música española dentro de todas sus variedades. No me sé ninguna canción en inglés, ni me la voy a aprender nunca. Para mí, la canción y su letra tienen que decir algo. Hay grandes voces, pero no tantos buenos intérpretes.

Posando con Juan Carlos I junto a sus compañeros de tuna, una de sus pasiones

¿Y cómo entra en la tuna?

En COU entré en la rondalla del colegio menor Juan XXIII, algo que marcó mi vida y al año siguiente se creó la primera tuna de Medicina, a la que sigo muy unido,  y fui jefe de tuna durante cinco años. He conocido profesores pocos hábiles, alguno torpe. He conocido políticos poco hábiles, alguno torpe. No he conocido nunca a ningún tuno tonto. No sé si era la selección, pero éramos un grupo de excelentes estudiantes y mantenemos una recia hermandad.

¿Los tunos ligan tanto como dicen?
Sí.  La tuna es la mejor escuela de ‘coaching’ porque se pasan una serie de trabas y tramas, que permite conocer el lado humano de las personas, que te permite hacer un curso avanzado de psicología aplicada. El tuno es agradable, tiene la palabra justa en el momento oportuno. Hablamos de ligar y se piensa en sexualidad. No siempre es así. El tuno trabaja la sensualidad, que puede llevar a la sexualidad. La sensualidad es una mirada, una canción, una letra, una sonrisa, un detalle. Tiene un punto de diferencia con la normalidad. 

Un consagrado cortador de jamón

Cuando le dicen que lleve algún jamón de su tierra, responde: “¿Vives en una casa o en un piso?”. Si la segunda opción es la respuesta, indica que mejor paleta “porque un jamón es algo tan exquisito y tan efímero que hay que comérselo. No es una botella de whisky que se guarda hasta que viene tu cuñado”. Para ello hay que disponer de un sitio para colocar el jamonero. Es un arte. Por eso, asegura que “me gusta al corte, sin pan, con vino, con conversación y con amigos”.

¿Cuándo sintió la vocación de la Medicina?
Haciendo el bachiller. En mi familia hay médicos, pero hay más veterinarios. Yo jugaba a los médicos con mis compañeros y compañeras. Hice COU en Badajoz, porque no se hacía en Castuera, en 1973. Una decisión clara y dirigida. Iba a estudiar en Granada, pero se creó la universidad. Bendita fue la hora. No tuve inquietud por las especialidades hospitalarias. Mi camino vocacional fue claramente la Medicina de Familia.

Empecé haciendo Ginecología, pero entendí que la Medicina que me llamaba era la Familiar. Quería ser un médico cercano, próximo, afable, amable y comprometido. Decidí presentarme a las oposiciones de médico de APD. Hubo una alteración a la hora de otorgar las plazas, porque fue la última oposición concedida a nivel nacional y hubo manifestaciones en el Paseo del Prado. Ese ocasión algunos llevábamos la voz cantante.  Vi que 50 metros más abajo de donde me encontraba soltando mi ‘speech’, había otro que hablaba tanto o más que yo, cosa que me dejó sorprendido. Era Juan José Rodríguez Sendín, hoy presidente de la Organización Médica Colegial y allí nos conocimos.

En 1985 comenzó su trayectoria colegial como vocal de médicos rurales

¿Hizo el Servicio Militar?

No. No soy excedente de cupo. Soy alérgico al polen. En ese momento nos tallábamos en primavera  y decidí alegar mi polinosis.

¿Con el liderazgo se nace?

He comentado un par de cargos que tuve y en la Facultad de Medicina fui delegado de curso. Siempre me ha gustado opinar, nunca he tenido problemas al respecto. No me la han cercenado nunca, aunque a veces haya podido gustar más o menos.  Soy un hombre de diálogo fácil, que puede conversar bastante bien, con flexibilidad. No soy rencoroso, pero tengo buena memoria.

A lo largo de su trayectoria, ¿qué momento ha vivido en la consulta que le haya marcado para siempre?
El suicidio. Un paciente fue a despedirse, como si fuera un confesor,  y yo fui consciente de que iba a ser así. En ese instante ves la fragilidad de la vida en personas aparentemente equilibradas.  Este hecho concreto me marcó sobremanera. Desde una perspectiva más general, lo que me marca es el sufrimiento, el dolor. Sé que voy a morir y como católico tengo la fe de Cristo en la resurrección, pero tengo miedo a sufrir. Soy enemigo de la eutanasia, pero creo en el testamento vital y en la potenciación de los cuidados paliativos. No tengo la bata de uralita, que es ese que no sufre porque le resbala. Mi bata es blanca. Y no me he puesto el mono, que es hacer de médico sin sentirlo, sin mostrar empatía.

¿Cuándo decide emprender su carrera colegial?
En 1985 hubo unas elecciones y me ofrecieron ser vocal de médicos rurales, lo que me permitió conocer los entresijos de la vida colegial. Dos años después comencé a ser vocal de Medicina Privada. En aquella etapa se nos empezó a castigar con los complementos específicos y empecé a luchar sobre ello. 


¿Se ve presidiendo la OMC?
Eso tendrían que votarlo los presidentes. No hay mayor orgullo para cualquier médico que representar a los suyos. A cualquiera de nosotros nos gustaría representar a todos los facultativos. Eso conlleva una serie de apoyos y acuerdos, a los que uno no renuncia. Estoy encantado de estar en Badajoz. En 2017 habrá de nuevo elecciones en nuestro colegio.

Su hija ha seguido sus pasos. ¿Qué sintió cuando le comunicó que quería ser médico?
Fue una enorme satisfacción. Me lo dijo en primero de bachillerato y a partir de ahí la meta fue la nota de corte. Los mayores sofocones de mi mujer eran que sacara menos de un 9. Laura, mi hija, es una magnífica estudiante. Pensé que haría Psiquiatría, pero mi gran sorpresa fue saber que quería hacer Medicina de Familia y vino a Madrid. Está adscrita al Hospital La Paz y ahora rota en Canarias, en cuidados paliativos.

Ha pisado escenarios de todo el mundo

Su pasión por la música le ha llevado a pisar escenarios de todo el mundo. En sus inicios, con la tuna de la Facultad de Medicina hizo representaciones por toda España, además de Inglaterra, Francia y América. Grabaron discos, lo que le permitió granjearse “muchas amistades, en masculino y en femenino” comenta en tono socarrón. El próximo sábado 12 de diciembre, su grupo ‘El gramophono de la abuela’ toma las tablas del Teatro Calderón de Madrid.

¿Cómo comenzó su vinculación con AMA?
Su presidente, Diego Murillo, es extremeño y su padre era médico de un pueblo vecino. Conocí AMA antes de llegar al colegio, porque tenía el seguro de responsabilidad civil con ellos. Siempre he sido muy pedigüeño para mi colegio. Y AMA nos ayudó a crear una fundación. No queríamos dinero, queríamos hacer. Después me ofrecieron la posibilidad de ser consejero. No vi ningún problema, no hay ningún tipo de incompatibilidad de la que tanto memo habla. Los estatutos del Colegio de Médicos me respaldan. AMA se ha distinguido por hacer grandes a los colegios. No hay accionistas y no hay que repartir. Y siempre se ha ayudado para mejorar la formación.