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15/11/2015 n263
La política con mayúsculas la ejercen personas valientes. En el sector sanitario, no se conoce parangón de su ejercicio que haya influido tanto en su curso contemporáneo como el que marcó a su paso el primer ministro socialista de la España democrática. Y su trágica muerte, de la que se cumplen 15 años el próximo día 21 de noviembre, despejó cualquier duda de ello.
Javier Barbado
Imágenes: Fundación Ernest Lluch

Ernest Lluch (1937-2000) apareció asesinado entre dos coches en la segunda planta de un parking subterráneo cercano al Camp Nou, el estadio del FC Barcelona, equipo de su ciudad natal del que fue fiel seguidor. Ese día del mes de noviembre, un vecino del inmueble vio su cadáver unas dos horas después de que el profesor fuese abatido a causa de dos balas disparadas por los etarras José Ignacio Krutxaga, Lierni Armendaritz y Fernando García Jodrá, condenados a sendas penas de 33 años de cárcel en julio de 2002.

En aquel último instante de su vida, Lluch mantenía una relación sentimental (se separó de su primera esposa, con la que tuvo tres hijas) y vivía tranquilo en la ciudad condal,

Pablo Recio

donde ejercía en la Universidad de Barcelona como catedrático de Historia de las Doctrinas Económicas. Aquél fue el colofón a una trayectoria personal y política brillante y apasionada de la que no fue un punto y aparte su ejercicio de la cartera de Sanidad entre 1982 y 1986. En la línea de su valía intelectual y de su firmeza de temperamento, la crónica reciente del Sistema Nacional de Salud (SNS) no se comprende sin la influencia de su mandato.

Su irrupción sirvió de anticipo de su repercusión posterior. En aquel momento –28 de octubre de 1982, día de la victoria socialista de Felipe González– todas las quinielas dieron por futuro ministro del ramo al secretario general de Políticas Sectoriales del partido ganador, Ciriaco de Vicente, como admite a Revista Médica quien fue su segundo de abordo como subdelegado federal de Salud, el neurólogo Pablo Recio, quien, ese mismo año, había sido nombrado primer consejero de Sanidad de Andalucía.

Pero González obvió las papeletas de que disponía De Vicente para el cargo y nombró ministro de Sanidad a Lluch para sorpresa de la mayoría. Aquí las opiniones son variopintas y la clave la encierra, al parecer, el deseo del presidente del Gobierno socialista de hacer visible la integración de Cataluña en España, misión que al elegido le venía como anillo al dedo: barcelonés, economista y defensor político

Ernest Lluch en su jura como ministro de Sanidad

a ultranza del entendimiento entre el partido en el Gobierno y la autonomía catalana, y, al mismo tiempo, ajeno al sector sanitario y dotado por ello del prisma de objetividad necesario para transformar de arriba abajo la sanidad con el mayor tacto posible.

Recio recuerda al personaje como alguien de trato directo y cercano, aunque solo fuera por la casualidad –confiesa– de que su hermano médico tratase, en aquel momento, a una de las hijas del ministro. De su labor gestora, destaca “su empeño por afrontar los problemas de la Transición sanitaria, que fueron muchísimos, pues no olvidemos que se venía de la afrenta de Tejero el 23 de febrero de 1981; por entonces, se llevaron a cabo las primeras transferencias en sanidad a las comunidades autónomas, aunque la mayoría seguía dependiendo del Estado; así que debió de hacerlo muy bien cuando, de buenas a primeras, se puso en marcha todo aquello y su figura apenas se recuerda por la gente ajena al sector”, reflexiona.
El duelo sanitario de los 80
Quienes hoy peinan canas no olvidan la alta política que se libró en materia sanitaria en la España de los años 80. En concreto el enfrentamiento ideológico y de facto que tuvo lugar entre el ministro Ernest Lluch y el subsecretario del ministerio, Pedro Sabando,

Pedro Sabando

muy bien recogido por el periodista Enrique Jurado en su Crónica de la Transición Sanitaria en España (1977-1992).

Mientras Sabando respondía al perfil de un médico con firmes convicciones socialistas reflejadas en su defensa a ultranza de una separación nítida entre la sanidad pública y la asistencia privada, el ministro reculó cuanto pudo la promesa electoral del PSOE de un servicio nacional de salud con dedicación exclusiva de sus médicos;o lo hizo lo suficiente como para ganarse la confianza del presidente de la OMC, Ramiro Rivera, defendiéndolo en un momento clave para abandonarlo después a su suerte en lo que Jurado tilda de una acción propia de un Maquiavelo de la política sanitaria.

Ese juego a dos bandas con la clase médica por parte del ministro quebrantó los principios de Sabando, que renunció a su cargo el 5 de febrero de 1985 y puso en aprietos a Lluch, pues buena parte de los directores provinciales del extinto Insalud los había nombrado él. Pero Lluch reaccionó con astucia y contuvo el chaparrón, que se quedó en solo dos dimisiones de calado.

José Martínez Olmos

En otro análisis para Revista Médica, el actual portavoz de Sanidad del PSOE en el Congreso, José Martínez Olmos, recuerda que cuando conoció a Lluch él era muy joven, pero pudo colaborar con sus allegados en un proceso de recogida de ideas del partido. “Cuando todavía no era ministro y yo acababa la carrera de Medicina, en 1982; aunque éramos de generaciones distintas, vi en él la talla de un político de altura que defendió el consumo como una competencia propia del ministerio –desarrolló una normativa al respecto– y abanderó el proceso en el que la sanidad quedó desvinculada de la Seguridad Social con la creación del Sistema Nacional de Salud basado en impuestos al que, por cierto, se opuso Alianza Popular”, rememora.

Por su parte, el primer subsecretario de Sanidad de que dispuso Lluch, Pedro Sabando, pone el acento en su cualidades humanas y en la erudición académica que nadie le negaba: “Era un verdadero placer acompañarlo a museos y exposiciones, donde se le veían unos conocimientos enciclopédicos; también recuerdo haber quedado con él a posteriori en Portugalete (Vizcaya) con motivo de un acto de la agrupación Carmen García Bloise.

Lluch debate con unos médicos a la entrada del Josep Trueta

Pasamos toda la tarde juntos manteniendo una conversación entrañable en la que hablamos de sanidad, como siempre”.

Con Recio también se siguió viendo más allá de su etapa al frente del ministerio: “Coincidimos algunas veces y nos contamos nuestras batallitas”, bromea. En su caso, la relación profesional fue más fecunda que la personal gracias a la Comisión creada ad hoc para redactar el anteproyecto de la Ley General de Sanidad (LGS), principal legado intelectual y práctico de Lluch que todavía perdura.

Para Sabando, hoy reumatólogo emérito del Hospital La Princesa de Madrid, “Lluch fue un profesor de Economía con una enorme vocación docente y un pormenorizado conocimiento de la Historia del Pensamiento político”. “Pero no solo fue un buen teórico –precisa–, sino que también tuvo sentido de la gestión, aunque solía delegarla en colaboradores de su máxima confianza”.
Su compromiso le quitó la vida
Ernest Lluch nació en Vilassar de Mar (Barcelona) el 21 de enero de 1937. Se licenció en Ciencias Políticas y Económicas por la Universidad de Barcelona, donde ganó por oposición la cátedra de Historia de las Doctrinas Económicas.

El 15 de junio de 1977 resultó elegido diputado del Partido Socialista de Cataluña (PSC) por Girona, y reelegido más tarde por la circunscripción de Barcelona.

Desde abril de 1980 ejerció de portavoz de los socialistas catalanes en el Congreso, cargo al que renunció en diciembre de 1981 por no querer presentar las enmiendas del PSC a la Loapa,

Elena Salgado, Josep Borrell, Ernest Lluch y
José L.uis Anadero en la UIMP

la ley orgánica para la armonización del proceso autonómico, en un gesto revelador de su compromiso con el equilibrio territorial español.

La contribución de Lluch a la creación y desarrollo de la organización pacifista vasca Elkarri, empresa que llevó a cabo cuando era rector de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo de Santander, explica en parte el móvil de su asesinato. A través de ella defendió su propuesta de un proceso de búsqueda de una solución pacífica para el conflicto vasco, algo que no llegaría hasta el alto el fuego permanente decretado por ETA en 2011.