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15/11/2015 n263
Sonríe mucho y, pese a estar todo el día al pie del cañón entre pacientes recién aterrizados en la vida, parece tener pilas recargables porque no para. La presidenta de la Asociación Española de Pediatría de Atención Primaria (Aepap), Begoña Domínguez, es toda una luchadora desde bien pequeña. ‘Revista Médica’ se adentra en la vida de esta feminista que no lleva pendientes y que fue concejal en las primeras elecciones democráticas, que organizó una manifestación para lograr un servicio de Urgencias en un pueblo (y lo consiguió), y que hasta ha atendido, con éxito, a neonatos en mitad de un patatal.
Jesús Vicioso Hoyo
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Ya que los pediatras son de los profesionales en los que más confían los ciudadanos,  ¿habrá que poner a uno de presidente para recomponer la confianza con la política?
(Risas) Yo creo que la confianza no está tanto en el título, sino en la forma de trabajo. Quizás un pediatra trastocado de su consulta y puesto a presidente del Gobierno no tenga el mismo efecto sobre la población.

Se acaba de terminar una legislatura compleja. ¿Cuál es su diagnóstico?
No es bueno. No la apruebo, desde luego. Ni en la primera ni en la segunda parte.

Entonces, el resultado de su auscultación al ministro Alonso tampoco es positivo…
La verdad es que se han visto mejores intenciones por parte del ministro. Pero es posible que no podamos tener una opinión muy clara porque ha sido poco tiempo. Igual si hubiese sido más, hubiera podido hacer cosas mejores…

¿Se identifica con los niños?
Sí, la verdad es que sí (risas). Me siento tan defensora de ellos que muchas veces termino identificándome con ellos.

Con su marido, el personaje más importante de su vida, en el monte

¿Secesión con los que insisten en empañar el éxito de las vacunas?
La verdad es que parece mentira que todavía sigan insistiendo con lo que se ha demostrado sobre las vacunas, que es prácticamente la herramienta sanitaria que mejores resultado ha dado y sigue dando en la historia. Parece mentira que todavía haya quienes las desprecien. Pero ahí están.

¿Expulsamos a los antivacunas de la sanidad?
Claramente. No tienen cabida en el sistema sanitario. No deberían tenerla. No podemos permitirnos el lujo de ni una sola muerte ni una sola patología importante con secuelas de una enfermedad producida por un germen que puede ser prevenible por medio de la vacunación. Es intolerable en estos momentos.

¿Le han atacado los antivacunas, ha tenido problemas con ellos?
Sí, por supuesto que sí, pero de forma verbal.

Una de las inoculaciones que más ha defendido ha sido la de la varicela. ¿Pasó la enfermedad?
Sí, sí. Y la verdad es que no la recuerdo mucho. Recuerdo que picaban las postillas, que era muy molestas y que mi madre estaba todo el tiempo: “No te arrasques”. Y yo me rascaba y rascaba (risas). Pero a parte de eso, tampoco lo recuerdo mal. Los humanos tenemos una tendencia a olvidar lo malo, que es bueno para nosotros mismos porque al final nos permite sobrevivir recordando fundamentalmente las partes buenas de nuestra vida.

¿Qué ocurre si a un pediatra no le gustan los niños?
Creo que lo mejor que tiene que hacer es no ser pediatra (risas). Así de fácil.

Ya que está muy acostumbrada a tratar con pacientes lloricas, pregunta para la especialista: ¿Cuál es la mejor manera de quitar un llanto del tipo ‘España nos roba’?
(Risas) Niego la mayor: no estoy acostumbrada a tratar con niños lloricas. En nuestras consultas, pocos niños lloran. Y cuando lo hacen es cuando no nos conocen todavía, pero cuando saben quién eres, no lloran en la consulta. Y además te saluda, incluso por la calle. Le tira a su madre de la falda y le dice: “Mamá, mamá: mira, Begoña”.

En cuanto a lo otro… Creo que mucha gente utiliza el llanto para justificar sus malas actuaciones o actividades. Es muy fácil echar la culpa a los demás cuando realmente no hemos hecho ni la más mínima crítica con nosotros mismos. Creo que habría que ponerlos en su lugar. Cada uno con sus responsabilidades, y dejar de llorar, porque no se arregla nada con eso.

¿Cuál es su mejor anécdota como pediatra?
Estábamos en un centro comercial y yo iba al cine en una sesión nocturna y bajaba por unas escaleras mecánicas, y en las de en frente había un grupo de adolescentes que terminaba de ver la sesión de la tarde. Uno de ellos me vio y me saludó, diciendo: “¡Begoñaaaa!”. Y yo, encantada, respondí: “¡Adióssss!”. Y entonces empezaron entre ellos: “Uy, ésa es mi pediatra”, “la mía también”... Y dijeron todos: “¡Adiós, Begoña, adiós!”. Y aquello fue un alboroto, una algarabía. Estas cosas te encantan, te gustan y  realmente te satisfacen porque ves que has establecido una relación estupenda con la población, y que además te siguen admirando por ser su pediatra.

¿Y la más dura?
Fue un día que tuve que atender a un niño que nació cuando su madre estaba trabajando en el campo, sacando patatas. Menos mal que la atendimos entre el médico general y yo. Él fundamentalmente a la madre y yo al niño, y aquello fue algo que no se olvidará nunca.

¿Cómo acabó la cosa?
Sorprendentemente bien (risas).

Se llevaría al menos patatas, ¿no?
Ni qué decir tiene (risas).

¿Qué es lo que lleva peor del trabajo?
Lo peor de todo es tener que dar malas noticias a las familias, que su hijo tiene una patología crónica, grave… eso es lo peor que nos pasa en las consultas.

¿Le pasa factura personalmente?
Sí, siempre, siempre, siempre.

¿Y cómo se supera?
En general, el tiempo nos lo va curando casi todo. Las malas noticias, las pérdidas de los familiares… Y si hay suerte y la evolución del niño es favorable dentro de la gravedad, pues todo va bien. Pero las escasísimas veces en las que me ha ocurrido que no ha habido suerte no las podré olvidar nunca (silencio).

Foto despiece

A CUBA, “SIEMPRE QUE SE PUEDA” Domínguez es madre de dos hijos, dos de sus “tres felicidades”. La chica es licenciada en Historia y Antropología, e investigadora en la Universidad de Oviedo, y el chico, licenciado en Comunicación Audiovisual, que en estos momentos vive entre España y Cuba. Precisamente en esta isla nació su “tercera felicidad”, el hijo de su hijo y, por tanto, su primer nieto, por quien reconoce sentir especial debilidad. Así que viaja “siempre que se puede” a Cuba, lugar que asegura que le apasiona. “He viajado todo lo que he podido”. Vietnam, Argentina, Canadá, Inglaterra, Francia, Alemania… ¿Un lugar al que volvería? “Vancouver. Me encantó, es una ciudad preciosa”. Además, se declara amante de la natación y de pasear por la montaña y por la playa, así como de “disfrutar en el monte del silencio, del canto de los pájaros, del viento…”.

¿Cuándo dejó de ser niña?
Antes dejábamos de ser niña mucho más temprano. Cuando yo era niña, ayudaba en mi casa, y hacía la compra, iba a la tienda, a la carnicería, a la frutería y ayudaba a hacer las tareas, la comida… Éramos cuatro hermanos y había que echar una mano entre todos. Las tareas de la casa nos han servido para empezar a responsabilizarnos de cosas, que es un poco los valores que he recibido de mi familia: la honestidad, por un lado, y la responsabilidad en las tareas. Y así te vas haciendo mayor casi sin darte cuenta, poco a poco. Y ya definitivamente cuando me fui a estudiar a Santiago de Compostela.

¿Por qué es pediatra?
La Pediatría y los niños me gustaron siempre. Mi padre era ATS y probablemente por eso hice Medicina. Cuando estaba estudiando pensé en dos especialidades. Una era Pediatría, porque siempre me habían gustado los niños, y otra la Psiquiatría. Y entonces me dije: Begoña, ¿cómo te vas a decidir? Y pensé que había que conocer la realidad. Entonces me fui a un sanatorio psiquiátrico, en Santiago de Compostela, antes de la reforma. Y al ver aquello, la decisión estaba tomada. Yo hacía Pediatría.

¿Un buen pediatra tiene que tener niños?
En general, sí que ayuda a conocer mejor y a empatizar mejor con tu población. No es imprescindible, pero sí que ayuda.

¿Ha recetado alguna vez a los padres ‘móvil cero’ para sus hijos?
Sí. Lo que es increíble es cómo las pantallas (móviles, tabletas, etcétera) están invadiendo absolutamente toda la vida, desde muy temprana edad. ¿Y cuál es uno de los problemas más importantes de las pantallas? Pues que al final terminamos comunicándonos a través de ellas y no personalmente.

¿Cuándo sale su mejor yo?
En un ambiente cordial. En general, suelo disfrutar mucho de la vida, incluso del trabajo (risas). Disfruto en mi consulta, caminando, en la naturaleza, nadando… Pero, bueno, también disfruto trabajando en la Aepap. Pero cuando más, con mi familia.

¿Y cómo es su familia, cómo la formó, cómo conoció el amor?
A mi marido lo conocí estudiando en Santiago de Compostela. Y desde entonces hemos sido pareja.

¿Cómo fue el flechazo?
Pues entre las ‘rojerías’, en la época en la que empezábamos a participar en movimiento estudiantil, todavía era el franquismo, y luchábamos por la democracia y las libertadas. Y aquello nos unió, fue nuestro nexo común.

Nos unió, además, de una forma especial. Empezamos a vivir en pareja cuando en aquella época no se hacía habitualmente, no estaba nada bien visto, y decidimos casarnos porque ya habíamos pensado en la posibilidad de tener niños y quisimos que ellos no sufrieran el rechazo social que había en aquella época a este tipo de relación familiar. Nos casamos por lo civil; fue la primera boda civil que se celebró en el juzgado del pueblo de Baracaldo (Vizcaya) después de la guerra. Los papeles para conseguir casarnos por lo civil duraron un año aproximadamente. Un auténtico calvario. Nadie se puede imaginar lo que fue aquello (risas). A partir de ahí tuve dos hijos, un chico y una chica.

Alma de los pediatras de Atención Primaria “Los pediatras de Primaria hemos llegado a ser tan visibles como nuestra propia realidad”. Begoña Domínguez es la cara más visible de la Aepap, y no solo porque sea su actual presidenta desde 2010, sino porque durante su mandato,

Foto despiece

la sociedad ha logrado un hueco de representación en la sanidad muy relevante. Reconoce que hubo una época en la que los pediatras de AP “estaban solos, aislados en nuestras consultas”. “No teníamos prácticamente ningún peso específico, a ningún nivel”, expresa. Ahora, su colectivo está ante otro panorama. Hace dos años renovó el cargo. “Y ya veremos si continúo los cuatro o igual no. Porque, entre otras cosas, los cambios son imprescindibles. Cualquiera de nosotros, lo mejor de nosotros mismos lo damos en los cuatro primeros años. A partir de ahí, entras en una rutina, en una forma de trabajo distinta, donde la creatividad ya es mucho menor, donde ya prácticamente sigues la dinámica creada y pocas cosas nuevas y buenas haces. Todo tiene que tener su fecha de caducidad”. Pero haga lo que haga, hay algo seguro a todas luces: el grandísimo respaldo que tiene desde el primer día de los pediatras de Primaria para que ejerza su máxima representación. Con fuerzas, con ganas y con una sonrisa en la cara.

Así que también está la Begoña reivindicativa, la luchadora…
Sí, ha sido una característica de toda mi vida. Incluso ya dentro de la familia, cuando era niña. Pero sobre todo en mi época estudiantil, por supuesto. Yo trabajé, en primer lugar, en un pueblo de cerca de Santiago de Compostela, La Estrada, y allí fui concejal cuando los primeros ayuntamientos democráticos. También organizamos la primera manifestación en el pueblo para conseguir un servicio de Urgencias; que se logró, por cierto. Toda la vida he luchado inicialmente por las libertades y la democracia, y en estos momentos por el servicio público de salud, para que todos tengamos los mismos derechos. Y ya más en concreto por la Pediatría de AP, que es en el ámbito en el que estoy trabajando.

¿Pero de qué manera se hizo edil?
Yo en aquella época pertenecía al Partido Comunista, y llegué a La Estrada. Imagínese, un pueblo en Galicia y mujer, pediatra, roja… Los estereotipos funcionan y la población en principio me recibió de forma absolutamente recelosa. Pero tengo que reconocer que no duró más que unos meses. Después, la gente me conoció y cambió radicalmente con respecto a mí, y hasta hubo quienes participaron en una candidatura democrática en la que iba yo iba cabeza de lista.

Le dio, por tanto, una vuelta a esos estereotipos…
Pues por lo menos trabajé para que se modificaran algunos de ellos. Evidentemente, para que aceptaran que a veces las cosas que se dicen no tienen por qué ser realidad.

Leyendo un cuento a sus hijos. Fotografía que sus hijos enmarcaron y le regalaron en su 60 cumpleaños

Esta faceta reivindicativa, ¿la mantiene o se quedó en el pasado?
Se ha quedado en actividad casi profesional, en ese trasformar la realidad del tema profesional más que en la realidad política. Tuve ofertas de participación en cargos políticos en un momento determinado, pero decidí que ese no era el lugar en el que yo iba a estar mejor. En la lucha contra el franquismo sí, porque tenía clarísimo la meta, pero una vez conseguida la democracia no he encontrado realmente ningún partido político que me haga decir ‘pues por esto voy a luchar’.

También se reconoce como feminista…
Evidentemente, [los hombres y las mujeres] no somos iguales, pero sí tenemos los mismos derechos y deberes. Y a veces he tenido que levantar la voz un poquito más. Lo que he hecho siempre es no amedrentarme, no achantarme. Cuando se ofrecían determinados puestos, por ejemplo de cargos de dirección, que eso nos ha ocurrido en general a muchas mujeres… si se fija en el ámbito de la sanidad todavía se sigue viendo: hay muchas organizaciones sanitarias que prácticamente solo hay hombres entre sus cargos directivos. En nuestra asociación, la junta está formada por 17 vocalías de asociaciones federadas. De las 17, 12 somos mujeres.

¿Cuál ha sido su mayor logro?
Profesionalmente hablando, me siento muy satisfecha cuando Merco, en el ‘ranking’ de médicos de nuestro país, me pusieron a mí, como presidenta de la Aepap, en el cuarto lugar, y después la revista ‘Forbes’ hizo una adaptación propia y nos puso en el tercer lugar como pediatras. Fue a mi persona, pero solo en representación de la Aepap. Eso ha sido para mí realmente un orgullo porque se nos ha valorado, ha aumentado nuesta visibilidad.

¿Su mejor jornada vital, más allá de la profesión?
Uno solo imposible, porque son los nacimientos de mis hijos, y de mi nieto, que hay que contarlo también.

¿Su peor día?
Quizá… la muerte de mi madre.

Paseo por el monte

¿Qué detesta por encima de todo?
La falta de honestidad.

Y, por el contrario, ¿qué le hace feliz siempre?
En general, los niños. Su juego, su inocencia, su alegría. Es la que me produce mayor sonrisa.

¿De qué puede presumir especialmente Begoña Domínguez?
Tengo que decir de me considero una persona honrada y honesta, a veces incluso demasiado rigurosa. Me exijo un poquillo de más, quizás, y también ese problema lo tengo con los compañeros, con los demás, a los que sin darme cuenta también exijo un poquillo más, porque a mí misma también me lo exijo.

¿Su asignatura pendiente?
Disfrutar más de la vida, porque estoy trabajando demasiado (risas); tener un poco más de tiempo libre, poder decir que un rato lo puedo dedicar a hacer lo que me gusta, sin tener que de obligatoriamente hacer esto y lo otro y lo otro.

¿Cuándo se queda sin pilas?
Pocas veces, porque muchas ocasiones estoy en el ordenador a las dos de la mañana y todavía tengo las pilas cargadas. Las recargo haciendo lo que me gusta.

¿Un sueño para el mañana?
Poder vivir con toda mi familia, todos muy juntitos (risas), como la gallina clueca (risas).