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27/09/2015 n256
Experto en devolver botes de humo a los grises y, ahora, en naranjas gracias a un huerto con tecnología israelí, este hombre ‘manitas’ que iba para tallista y misionero se hizo enfermera (sí, dice enfermera con total naturalidad) por pura casualidad para después volcarse por completo en la profesión. Nada más ser elegido máximo responsable del Sindicato de Enfermería Satse, Víctor Aznar fue a por su mujer para que le diese permiso para hipotecar su propia casa. Con lo que le dieron montó y desarrolló la organización, donde lleva toda la vida. Cuenta a ‘Revista Médica’ que le han puesto hasta pistolas sobre la mesa y que incluso ha convertido a brujos nicaragüenses en semienfermeros, todo mientras convertía a Satse en todo el referente sindical y sanitario que es hoy.
JESÚS VICIOSO HOYO
Imagen: CRISTINA CEBRIÁN
Secretario general de Satse durante 12 años y, ahora, van 16 de presidente. ¿Cómo empezó su aventura sindical?
Creé un sindicato en 1983, que se llamaba Sindicato de Enfermeras de Zaragoza. Después, hice otro, que era el Sindicato de Aragón. Cuando acaba la dictadura y empieza la democracia, veo que en los hospitales siempre había dos poderes fácticos: los médicos, por un lado, y por otro, el personal de mantenimiento. Y las enfermeras, que eran las que estaban todo el día en el hospital y que era el colectivo más grande, no tenían suficiente representación. Así que empezamos a movernos. Y hasta ahora.

Empezó a moverme el orgullo de conseguir que las enfermeras cada vez sean más vistas por la sociedad y más reconocida por la Administración. Esto es para mí como un hijo. Cuando participas en crear algo y ves que esto va creciendo y creciendo, y sobre todo en la época de crisis… Desde las primeras elecciones sindicales somos la primera fuerza en este país, y somos un sindicato de enfermeras. En el sector público hay unas 180.000 enfermeras y tenemos 110.000 afiliadas. O sea, que ese orgullo permanente de crecimiento y de reconocimiento por la enfermera es lo que me hace seguir.

¿No se ha cansado en este tiempo, o no le han entrado ganas de tirar la toalla, de volver al hospital?

Víctor Aznar, de niño, recogiendo un premio por una de sus tallas

Sí, de hecho me dieron las ganas una vez. No es normal para mí que un sindicato tenga un presidente; lo normal sería un secretario general. Pero cuando yo tengo 40 años, me planteo una retirada. Nombramos un secretario general, que era de Jaén, Pepe Martos, y yo me quedo como una figura institucional. Fue por el estrés. Hay que tener en cuenta que nosotros, en 30 años, de no tener ni una sede, ni afiliados, hemos pasado a ser la mayor fuerza sindical, con oficinas y aulas por todo el país. El crecimiento y la gestión de esto es de casi una multinacional: tenemos un montón de complejos turísticos (tanto en Puerto Banús como en Jaca, Castellón, Cuenca…). El ritmo era tan fuerte y grande que dije: vamos a intentar empezar una segunda parte. Y cuando yo tengo 40 años decidimos hacer eso. Después, por diferentes motivos internos, de problemas personales de Martos, vuelve el sindicato a hablar conmigo y yo recupero la cabeza. Por eso es la figura del presidente.

¿Cómo ve todo lo que ha creado en Satse bajo su mano: de la nada a ser un sindicato de referencia internacional?
Estoy orgulloso por tener un sindicato tan importante y porque lo que las enfermeras, a través de la figura legal que es el sindicato, hemos conseguido. Pero hay una parte de un poco de reflexión interna, que me quema un poco. Yo entiendo que el sindicato lidera la reivindicaciones, pero creo que las enfermeras… hay otros colectivos y profesiones, los propios médicos, que tienen como seis ideas claras, ya sea en Cuba, Nicaragua, Alemania o España. Y las enfermeras anteponen los intereses de los usuarios. Y tienen como una desconexión de la realidad reivindicativa. Esa es la gran duda. El sindicato es muy fuerte, es un referente, pero tenemos que mejorar lo que es la conexión del colectivo a lo que es el sindicato.

¿Por qué una profesión eminentemente femenina la representa un hombre?
Es una de las contradicciones del país. Yo digo, en plan broma, que son tan inteligentes las mujeres que el papel más importante de la organización siempre se lo reservan ellas, que es en las secciones sindicales y el atender a los afiliados. Es un tema curioso. Lo que sí que es cierto es que en esta organización, en los últimos 4-8 años, el 70 por ciento de los cargos son mujeres. Creo que ni por edad ni por sexo tienes que desplazar a nadie.

Está claro que como en el conjunto del sindicato la mayoría es de mujeres, esto tendrá un límite y en el próximo congreso me echarán (risas).

¿Quiere que su sucesor sea una mujer?
Entiendo que tenga que ser una mujer, pero no porque sea mujer, sino el mejor profesional y que mejores condiciones tenga para presidir la organización. Y si además es mujer, pues perfecto.

Cuando estudió Enfermería, era una época en la que la mayoría de mujeres era todavía aún mayor. ¿Cómo vivió aquella ‘desigualdad’ desde dentro?

El presidente de Satse, de espaldas, lidera una manifestación del sindicato enfermero

Estudié en una escuela curiosa, en la de la Universidad Pública de Zaragoza. Y allí, en aquella época, cuando nos presentamos a los exámenes, aprobásemos o no, solamente podían entrar 100 mujeres y 25 hombres. Además, nos separaban en las aulas: las mujeres a un sitio y los hombres, a otros. Y eran casos tan curiosos como que en aquella época, una de las luchas que tuvimos era que un hombre no podía ser matrón. La sociedad era diferente, las situaciones eran distintas, y eso es lo que ha evolucionado.

¿Cuál cree que ha sido el mayor logro que ha conseguido para la profesión sanitaria?
Conseguir que las enfermeras tengan voz, que se las vea; que en todos los ámbitos de negociación se hable de enfermeras, que se nos reconozca como profesionales tan importantes como otros, y que cada vez más se pase del rol individualista de cada profesión al rol del equipo profesional.

¿Cuándo fue la última vez que tuvo pacientes entre sus manos?
Todos los días. Por ejemplo, este verano con los mosquitos famosos que hay en la costa, atendí a niños e, incluso, alguno que vino con los ojos hinchados. También he ejercido en algún avión con algún paro cardiaco. Pero soy un caso atípico. Dejé la asistencia directa en el año 1986 y desde entonces, ininterrumpidamente, no he ejercido. Aunque después tienes que ejercer en el entorno familiar.

¿Echa de menos esa asistencia?
Sí. Muchas veces me queda la gran duda de estar en el submundo, es decir, tú estás en tu despacho y como que te puedes alejar de la realidad del día a día. Echo de menos la asistencia porque esta es una profesión vocacional, y estar con mis compañeros y bajar a la realidad. Cada día, es una de mis reflexiones permanentes. Me da miedo alejarme de ese mundo real. Aunque después es cierto que como esto es una organización muy viva, continuamente estoy en todas las provincias y la mayoría de las reuniones como son en los hospitales, no me da tiempo a alejarme mucho de lo que pasa.

¿Cuál es su mejor anécdota siendo enfermero?
Una de las veces me monté en un avión, nos íbamos un grupo a la India, y en ese momento, en un vuelo de 12 horas, le dio un cólico nefrítico a un pasajero que iba a ser mi compañero y me tocó estar toda la noche tratándole para intentar calmarle los dolores. E infartos me han pasado varias veces en los AVE.

¿Y cómo se atiende un infarto en un tren a cientos de kilómetros por hora?
Con mucho sudor muy frío, porque tengo que reconocer que hace mucho tiempo que dejé la asistencia. Y, después, rezando para que algún compañero también fuese en el tren, que en estos casos siempre hemos sido varios, y entonces, entre todos, hemos resuelto el caso… Unos tenían más experiencia y yo asumía el rol de coordinación.



¿Le hubiera gustado ser médico?
No, la verdad es que no. Yo fui enfermero por casualidad. Siempre quise ser tallista. Estudié en las antiguas escuelas de Formación Profesional y gané varios premios de pequeñito, y lo que quería era ser tallista, hacer tallas. Tuve el problema de que mis padres no me podían financiar los estudios, que tenían que ser en Madrid o Barcelona, y yo vivía en Zaragoza. Y cuando no pude hacerlo, pasé una temporada por la informática. No me gustó. Y mi madre era auxiliar de Enfermería y, entonces, me orienté hacia la sanidad. Pero mi intención era ser tallista, ser creativo.

¿Y ha mantenido esa afición?
No… Eso sí, después he sido el ‘multiusos’, porque a mi casa no entra ni un fontanero, ni un carpintero, ni un pintor, ni un electricista… lo hago todo yo. Para una mujer, el hombre perfecto.

¿Qué tiene en común con el presidente del Consejo General de Enfermería (CGE), Máximo González Jurado?
Primero, que somos hombres, y que llevamos muchos años en nuestras organizaciones, que hemos tenido muchos encuentros y desencuentros, pero que los dos estamos liderando dos entidades muy potentes. El CGE creo que tiene un liderazgo no ya solo en la persona de su presidente, sino también en la propia organización. De los consejos profesionales que hay, tiene el mayor liderazgo. Y, sindicalmente, nosotros hemos hecho lo mismo.

González Jurado también nació del punto de encuentro sindical y creo que los dos somos un poco iluminados en el sentido de que tenemos muy claro hacia dónde tiene que ir esta profesión. En estos momentos, la estamos uniendo y es muy importante, porque muchas veces en esos encuentros y desencuentros… Cuando ha habido desencuentros cometíamos un error muy grande y lo pagaban los ciudadanos, la sanidad y nuestra profesión. Las reflexiones y el tiempo nos han ayudado. Además, los dos en cada organización hemos nacido, en cada organización reivindicamos, pero nos hemos juntado en tener las cosas claras con un único fin: defender nuestra profesión y la sanidad.

Y en esa relación entre Satse y el CGE, cuando tenían sus más y sus menos… ¿Cómo vivió estas situaciones a nivel personal?
En los momentos importantes, siempre hemos antepuesto los intereses de la organización y los de la profesión a los individuales. Siempre lo hemos sabido hacer.



Confiese algo muy especial que hiciera Víctor Aznar de joven.
Me eligen de responsable en el 86 y como el sindicato no existía, no tenía ninguna sede, no tenía dinero… lo primero que hice fue irme a Zaragoza, cogí a mi mujer, hipotequé mi piso por siete millones de pesetas y con ese dinero es con lo que montamos el sindicato.

¿Y su mujer qué hizo?
Se fiaba de mí. Vino a firmar para avalar.

De su época universitaria, ¿qué recuerdo tiene?
La lucha. Yo viví la época de los grises y cada vez que iban a la universidad, cogíamos las pizarras y las poníamos delante de ellos. Yo era un experto en coger los botes de humo que nos echaban para devolvérselos.

¿Se considera un guerrero?
Sí, sí. Ahora ya la edad cambia, pero yo siempre he sido demasiado guerrero, muy luchador.

¿Esto le trajo, en su época de joven, sus más y sus menos?
Voy a contar una cosa: yo llego al Hospital Miguel Servet, de Zaragoza, a trabajar y a los tres meses, en un hospital que tenía 1.600 enfermeras y unos 6.000 trabajadores, me hago con el comité de empresa. Y ya me conocía todo el hospital. Es decir, que algo de guerrero ya debía tener. En aquella época, tener asambleas de 800, 900 o 1.000 personas, era significativo. Y al final, me di cuenta de que era incompatible mi trabajo de enfermero con ayudar a la gente del hospital, porque la gente cuando veía que le ayudabas, que le solucionabas cosas todos los días… era complicado.

¿Y cómo se hizo notar en tan poco tiempo?
Era el momento también. La gente no es tonta, y cuando ve que tiene un problema, que alguien la escucha, le da alternativas, y que además se pone a su lado, se corre la voz. Ahora nos pasa a nosotros: tenemos hospitales en cuyas juntas de personal hemos tenido el 75 por ciento de representación. ¿Por qué? Porque cuando la gente ve que tiene un problema y que hay alguien que cada vez que vas te atiende.

¿Pero levantaba la voz o se subía encima de las mesas, como llegó a hacer Juan José Rodríguez Sendín, el presidente de la Organización Médica Colegial?

Aznar y otros compañeros, junto con los entonces Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Sofía, y José Martínez Olmos, en calidad de secretario general de Sanidad, en el XX aniversario de Fuden 

No, yo hacía pasillos. Tenía un problema: al final, cuando ibas por el hospital y la gente te conocía y te decía: “Oye, mira, tengo este problema”. Y le decías: “Pues vente, que vamos a hablar con el gerente”. Y luego, a los 25 metros, otra vez… Pero yo siempre he sido una persona de en corto, de estar en contacto con los compañeros que de mitin, que también me ha tocado, pero me gusta más el ‘vis a vis’ con los compañeros. En aquella época, cuando empezamos, hacíamos hasta de abogados. Cuando llamaban al abogado, nos poníamos al teléfono. (Risas) Y cuando llamaban al sindicalista, nos poníamos al teléfono. Y cuando era para algo personal, también. O sea, que era un tema complicado.

¿Le han tentado alguna vez para entrar en política?
Alguna vez, alguna vez.

¿Declinó?
Decliné.

¿Se puede saber por qué motivo?
Primero, porque creo que no valdría. Sería muy difícil que a mí el partido me dijese: ‘Esto es lo que interesa’ y que fuese algo en contra de lo que creo que es para mi profesión y tener que votarlo. Es un poco, por principios. Me sería muy difícil asumir una decisión disciplinaria que fuese en contra de la sanidad pública y de los valores y principios que tiene mi profesión. Antes que romper la disciplina de voto, entiendo que uno tiene que estar donde cree que lo va a hacer mejor. Después, otra cosa ya es que te examinen.

Por esa misma regla, si le llaman para ser ministro…
No valgo. (Risas). No se ha dado la posibilidad y nunca se va a dar. No valgo.

¿Qué ministro no debió nunca coger la cartera de Sanidad?
Celia Villalobos.

¿Por qué?
Creo que le faltaba de ‘to’. Cuando no tienes ninguno de los valores ni de los principios para poder ser… Ha sido nefasta para el sistema y que no se enteraba. Ahí Aznar se equivocó.

¿Y a qué exministro se la daría de nuevo?
A Julián García Vargas. Indiscutiblemente. Desde Ernest Lluch, hemos pasado por todos los ministros. Por decirte uno del PSOE, diría García Vargas. Del PP, me quedo con Ana Pastor. García Vargas ha sido el mejor. Ernest Lluch quiso hacerlo todo a las bravas, lo impugnamos todo, nos lo cargamos todo en los tribunales, y Julián García Vargas supo hacer un buen entorno con los profesionales y los ciudadanos y lo recondujo todo. Una persona de principios, de valores y de responsabilidad, Ana Pastor.

¿Cómo valora a Alfonso Alonso?
Debe ser ya la edad… Creo que es un buen ministro. No le va a dar tiempo a conocer más los temas, pero es un ministro que tiene palabra, y que le hacía falta al Ministerio de Sanidad. Yo siempre se lo he dicho al PSOE y al PP: Sanidad nunca ha tenido ministros con peso político, siempre ha sido la invitada de piedra. Es un sector donde a la hora de los votos… se tira mucho de él, pero al final, al igual que en Educación ha habido ministros fortísimos, con gran peso político, Sanidad es la gran asignatura. Alonso, sin embargo, tiene más cercanía y peso, es un hombre más político que gestor, pero también con la realidad de nuestro país, con las comunidades autónomas, es muy difícil gestionar este chiringuito hoy en día.

¿Qué es lo peor que ha soltado en una mesa de negociación?
Pues un taco muy fuerte que no se puede decir. También he puesto el puño sobre la mesa. Fue en la época de Celia Villalobos, porque se quiso laboralizar el sector, y en la de Julián García Vargas, con Pepe Noriega, su secretario, con el tema del estatuto marco, que querían quitarnos todos los derechos. Y nos hemos llegado a encadenar. Ahora eso ya no se hace…

¿Con algún ‘pope’ sanitario se va de cañas alguna vez? ¿Dónde?
Sí, sí. Con Ana Pastor, con los antiguos directores de Recursos Humanos, con José Luis Adel, que vino con Julián García Valverde, con Rafael Catalá… Me he tomado muchas, tanto con gente del Estado como de otras instituciones.

¿Y ahora, con quién se va?
Principalmente, con los no gobernantes. Con la gente de Valverde.



¿Cómo es la vida de liberado? Hay quien dice que algunos trabajan poco…
La verdad es que es una vida como manchada, es decir, tenemos una fama de que el liberado es un señor que no va a trabajar, que cobra del Gobierno y que vive de maravilla. Habrá alguno. Desde luego, nosotros procuramos que no los haya. Puedo decir que, salvo una media de siete u ocho horas para dormir, yo duermo bastante, yo nunca desconecto el teléfono, incluso ni los sábados ni los domingos. Y yo tengo una jornada de 12 horas diarias. (…)

Soy consciente de la imagen que tenemos… Se habrá podido abusar, porque aquí hay liberados de todos los sindicatos y de todos los sectores, lo que ha generado una leyenda. Pero nuestros liberados, al menos la jornada laboral la hacen, y como esto es un cargo voluntario, tienen otra jornada. Y los que son de cargos directos que están conmigo, ninguno baja de las 12 horas diarias. Ninguno.

¿A qué sindicato no se apuntaría Víctor Aznar?
Esto es valiente (risas). Nunca me apuntaría a la CGT ni a un sindicato de derechas. Los que estamos en el mundo sindical, sabemos lo que es la CGT y un sindicato de derechas. Y no entiendo un sindicato de derechas ni de extrema derecha.

¿Y cómo es la relación con ellos?
La relación entre personas, bien. Nunca hemos tenido ningún problema. Solamente nos hemos llevado mal con los sindicatos de clase, curiosamente, con CCOO y UGT. Me acuerdo que en Andalucía éstos firmaron un acuerdo con la Administración, y a aquel sindicato que no firmaba le quitaban los liberados. Y nos quitaron todos los liberados por no firmar la bajada salarial de los trabajadores de Andalucía.

¿Cuál es el lema de su mejor pancarta?
‘Satse respondiendo’ y ‘Satse contigo’. Es decir, la cercanía con la gente.

Una vida llena de viajes por todo el mundo a sus espaldas
Son tantos kilómetros a sus espaldas, que a Víctor Aznar le parece imposible llegar a calcular cuántos ha acumulado en su vida. Por trabajo, ha estado por toda Europa, Latinoamérica y el Caribe, así como por parte de África, gracias, sobre todo, a su labor al frente de la ONG que creó. “Teníamos una ONG muy grande; ahora, con la bajada de los recursos… Pero somos la única ONG sanitaria que nos ha reconocido la Agencia Española de Cooperación Internacional como generalista, y estamos pendientes de la situación política para volver a empezar a hacer proyectos grandes”.

A los viajes de larga distancia ha de sumar los que tenía a diario entre todas las provincias españolas para potenciar y desarrollar Satse, más los que realizaba, ya de carácter personal, entre Zaragoza y Madrid. Además, recuerda con especial cariño sus dos estancias en Nepal, y su paso por Tailandia, Birmania, India y Vietnam, entre otros países alejados de la cultura europea. “Me gustan mucho los contrastes sociales”. Y, ante todo este bagaje de choques de sociedades muy distintas a la española, ¿qué es lo que más le ha impactado de su amplio periplo viajero? Él responde al segundo: “La tranquilidad espiritual de los indios con la pobreza, es decir, cómo se puede ser tan feliz siendo tan pobre”.


¿Le han amenazado alguna vez?
Una vez pusieron una pistola encima de la mesa por temas sindicales y políticos. Y dijeron: ‘Esta es para tu amigo’. Y era para mí. Fue hace años. Digo el pecado, pero no el pecador.

¿Por qué fue aquello?
Por tontadas, por guerras internas, en el ámbito político. En el periodo 90-94.

¿Qué ocurrió?
Que yo no hice caso. Y no pasó nada. Y gané la batalla.

¿Y qué pasó con la pistola?
Cada uno se llevó su pistola.

¿Tuvo miedo?
No.

Si preguntan por si Teruel existe, de su pueblo, Castellote, ni hablamos, ¿no?
Es un pueblo minero. Cerraron las minas varias veces y luego las cerraron otra vez. Y para poderlas hacer rentables, las hicieron a techo abierto. Estoy muy orgulloso de mi pueblo, aparte de tener una jota muy famosa, ‘Al bolero le han traído’, en Teruel, si a ti te pusiesen en la entrada de mi pueblo un pañuelo, te creerías que estás en el Alto Aragón, en el Pirineo, y a mi pueblo no se le ve hasta que ves una montaña muy grande, pasas por un túnel de dos kilómetros, y cuando entras aparece mi pueblo. Es muy bonito.

Al ser el jefe del sindicato de las enfermeras de toda España, será hijo predilecto de allí, por lo menos…
Yo fui emigrante. Mis padres, con nueve meses, me llevaron primero a Bardena del Caudillo, a la parte de Zaragoza, y después a Zaragoza para que pudiese estudiar. Entonces vinieron mis padres, mis abuelos y ya no volví nunca más.

¿Ni siquiera ahora?
Ahora vuelvo a escondidas, y siempre voy a ver la casa en la que nací. Cada vez que la compran, le pregunto al dueño y me la dejan ver cuando vuelvo de incógnito. Y pregunto por allí… Yo me llamo Víctor, mi padre también Víctor… porque allí el mote de la familia era los Victores, no sé por qué era el mote, y como nadie se llamaba Víctor, me pusieron Víctor. Y cada vez que voy, pregunto por los Victores, y me van contando los viejos del lugar. Mi pueblo ya tiene 300 habitantes y va desapareciendo. Es alta montaña, no tiene infraestructuras… Pero es la zona de mejor melocotón de España.

¿Qué odia por encima de cualquier cosa?
La hipocresía y las mentiras. Siempre he dicho que hasta mi mayor enemigo, si va cara a cara, para mí tiene algo que darme. Creo que hay que ser valientes, decir las cosas cara a cara.

Aznar y Jesús Vicioso.



¿Cuándo fue la última vez que lloró?
Hace poco, cuando se murió un amigo personal, el secretario autonómico de Madrid, José María Porras. Se murió hace tres años y pico. Aún me dura.

¿Qué sueño tuvo que se hizo realidad?
Ser agricultor. Me gusta mucho el campo. Cuando me casé, lo primero que hice fue comprarme un huerto en Zaragoza. Y ahora, como yo veraneo en Castellón, me he comprado un huerto de naranjos. Entonces, soy un especialista en naranjos, y una de las personas que más sabe de naranjos en España.

¿Y mantiene los dos huertos a la vez?
No. El de Zaragoza lo vendí para comprarme mi piso en Madrid. El único huerto que tengo es el de Castellón, donde tengo naranjos de todas las variedades y, desde este verano, también tengo patatas, judías, tomates, fresas y garrafons, que se ponen en la paella.

¿Cómo es que le ha dado por las naranjas?
A mí no me gusta la playa, y a mi mujer sí. A mí me gusta la montaña. Así que cuando voy de vacaciones, me voy a la montaña. Y en la montaña, con tecnología israelí, me hice un huerto, y todos los años, desde hace veinte, mi mujer va a la playa todo el mes y yo a los naranjos. Uno toma el sol como los camioneros.

¿Cuáles son sus grandes pesadillas?
Tengo pocas. No las recuerdo.

¿Qué admira por encima de todo?
La honradez y las ganas de hacer el bien común a los demás.

¿Cómo conoció el amor?
Pues haciendo Enfermería. En la primera fiesta que hicimos durante el primer curso para intentar buscar fondos para el viaje de estudios. Ahí fue donde lo conocí.

¿Compañera de facultad?
No, no. Ella quería ser inspectora de Hacienda. Y a raíz de conocerme, yo la convencí y apostamos por una enfermera más. Pero ella iba a ser inspectora de Hacienda.

El entrevistado, en un viaje con sus dos hijas

¿Casado, hijos…?
Casado y dos hijas. Las dos, economistas.

¿Por qué no hicieron la carrera del padre?
No lo sé. Debe ser que son más frías que el padre (risas).

¿Para qué es usted todo un revolucionario?
En el día a día me gusta innovar continuamente. No me gusta que las cosas se queden atascadas y no evolucionen. Me gusta revolucionar en todas las actividades, e innovar y hacer cosas nuevas. No me gusta quedarme quieto. Cada vez que aprendo un oficio nuevo, me emociona más que el otro.

¿Ya de niño quería ser jefe?
Yo era el jefe de las bandas. Siempre he sido jefe, pero nunca he querido serlo.

¿Cómo es de jefe no ya del sindicato, sino de su propia vida?
(Risas) Con una reflexión permanente de que cuando uno lleva tantos años en puestos de responsabilidad, se pregunta: ¿Y esto para qué? Yo creo que tenía que haber dedicado más tiempo a mis hijos y menos tiempo al sindicato. Me llevaba todos los días de la semana; cada día, una ciudad, y los viernes por la noche me iba a Zaragoza y los domingos por la noche, volvía a Madrid. Y deja a mis hijas con un año o con dos. Hasta que a los cuatro o cinco años me di cuenta y las traje a Madrid. Ese es uno de mis dramas. Ahora con mis hijas voy bien, pero siempre pienso que hay que hacer compatible las dos cosas, por igual.

¿Jugaba a ser enfermero?
Me gustaba la pelota, era pelotari, le daba al frontón. Pero a ser enfermero, jamás.

Ha contado que también se planteó ir de misiones.
Mi primera vocación era ser misionero, irme a África. Cuando uno entra en la vorágine que si la novia, que si la mujer, que si los hijos, que si los compromisos… te va llenando todos los espacios. Pero al final, todo se vuelve: mi profesión ha sido vocacional, mi dedicación al sindicato también ha sido vocacional y, al final, creé una ONG (Fundación para el Desarrollo de la Enfermería, Fuden), que está en 24 países, y con la que hemos ayudado a todas las enfermeras y la sociedad de esos países.

Es decir, que con esa ONG se quitó la espina de aquel niño que quería ser misionero.
Sí, y me cambió mucho. Una de las cosas de las que más contento estoy es de haber estado como cooperante. He aprendido muchísimo de las culturas, de las sociedades y de aprender mucho de la gente. La cooperación es un tema que enriquece a las personas.

La familia de Aznar al completo: él, su mujer y sus dos hijas

Uno de los recuerdos más impactantes que tengo es en Nicaragua, a una zona donde había un montón de problemas de infecciones y otras enfermedades. Íbamos a atender a la población, y no nos hacían caso. Así que hubo que hablar con el brujo de la tribu, convencer al brujo, hacerlo enfermero en formación, es decir que las propias enfermeras que iban de España le enseñasen, y que el brujo hiciese de enfermero. Enseñé al brujo lo que tenía que hacer porque si lo hacía él, la gente lo atendía. Si éramos, lo rechazaban. Al final, hacía ‘brujería’, porque tenía esos resultados que la población esperaba de los brujos. Eso nos ha pasado hace 10 años en Nicaragua.

¿Por qué no le gusta el fútbol?
Cuando en España no había más que dos canales de Televisión Española: en el primero ponían el fútbol, y en el segundo, la película. A mí me gustaba mucho el cine, pero cuando mi padre ponía el fútbol, nunca podía ver ninguna película. Y ya desde entonces le cogí una manía al fútbol que para qué. (Risas)

¿Qué haría si solo le quedara una semana de vida?
Juntar a la familia y a los seres queridos y aislarme en una isla.

¿Un último deseo al genio de la lámpara?
Felicidad, sobre todo ahora que se tienen que casar mis hijas, que nos deje ser felices. Simplemente. No quiero más.