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06/09/2015 n253

A pesar de llevar casi una década al frente de la Dirección General del Grupo Ribera Salud, Alberto de Rosa no se avergüenza de decir que al principio le temblaron las piernas antes de darle el ‘sí quiero’ al gigante sanitario valenciano. Un cargo que le ha llevado a viajar por medio mundo y a exponer el modelo Alzira en los principales estrados del sector, una importante responsabilidad que procura que no le quite tiempo a sus dos pasiones: las Fallas y el Valencia CF, dos aficiones que comparte muy estrechamente con
sus cuatro hijos.
Cristina Alcalá / Imagen: Joana Huertas
Natural de Valencia, donde ha desarrollado casi toda su carrera universitaria y, ahora, la profesional. ¿Qué es esta ciudad para usted?
Todo, ya que es donde nací, de donde proviene mi familia, donde me he desarrollado personal y profesionalmente… Llevo a Valencia en el corazón. Tanto es así que para mí no es tan importante cogerme vacaciones en agosto, pero cuando llegan las Fallas, que no me busquen en el trabajo.
Se declara fallero por convicción. ¿Es de los que están al pie del cañón y no se pierde la fiesta ningún año?
Sí, desde el día 16 al 19 de marzo estoy en mi falla, la número uno de Valencia y conocida como ‘Plaza del Mercado Central’, con mi familia y amigos disfrutando del ambiente.
De Rosa, con su mujer y sus cuatro hijos (Alberto, Alejandro, Carlos y Gemma)
¿Qué es lo que más destaca de esos días?
Que es una fiesta muy popular, positiva y alegre, que se desarrolla en la calle, y que transcurre en un cambio de estación como es del invierno a la primavera, pasando de la oscuridad a la luz. Además, es una tradición muy mediterránea, porque notas cómo ha cambiado el clima y cómo te abres a un nuevo año.

Es una fiesta que recoge también un espíritu crítico, ya que nació de quemar unos muebles antiguos para celebrar la llegada de la primavera, y con el tiempo ha evolucionado en que los vecinos, básicamente, intentan reunir todo lo negativo y de lo que hay que librarse a través de un monumento y quemarlo, para que las malas ideas se vayan y volver a empezar desde cero.
Y como buen valenciano que se define, en casa ¿es usted el que se encarga de hacer la paella?
No, en ese campo sí que soy un absoluto desastre. Cada uno tiene que reconocer sus limitaciones.
¿No lo ha intentado nunca?
Solo una vez en mi vida y fue tal la catástrofe que no me he atrevido a hacerlo de nuevo. Pero lo asumo como una asignatura pendiente y aún me queda mucho tiempo para aprender.
Entonces no le pregunto si tiene algún truco secreto para su elaboración…
El truco secreto es tener alguien cerca que la haga fenomenal, como el marido de mi cuñada, que es un gran maestro en cocinar paellas, y en las reuniones familiares es a quien se las encargamos. El truco es ese: delegar y hacerlo bien.
Estudió Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Valencia, pero la mayor parte de su trayectoria profesional la ha desarrollado en el sector sanitario. ¿Por qué esa preferencia?
Por una parte, porque mi padre fue médico y, aunque falleció cuando yo era adolescente, estoy seguro de que estaría contento del sector que he elegido y el desarrollo que he hecho dentro de él. Pero, además, cuando estuve estudiando en Esade el máster en Administración y Dirección de Empresas había un módulo de gestión sanitaria y hospitalaria, y me llamó mucho la atención por ser un curso muy pionero. Además, me ofrecieron un puesto de trabajo para dedicarme a la sanidad y no lo dudé.
¿De qué puesto se trataba?
Vi en el periódico una oferta en la que pedía un director adjunto para una clínica privada en Valencia y leías todos los requisitos y yo no cumplía ninguno: ni por edad, ni por formación, ni por experiencia en el sector sanitario… Y, aunque tenía por aquella época 27 años, envié mi currículum y me cogieron.
¿Y cómo les convenció para que le contrataran?
Creo que soy una persona entusiasta, que se me nota fácilmente si me motiva alguna idea o no, y tuve la suerte de que les gusté.
Hablaba de su padre. ¿Cómo ha influido en su vida?
Mi padre falleció de un cáncer cuando yo tenía 16 años y, desgraciadamente, no lo pude disfrutar mucho en la etapa juvenil, por lo que lo he echado de menos, así como no conocer sus raíces (él era de Caravaca de la Cruz, un pueblo de Murcia) y ahondar en la historia de mi familia.

Pero en la época que estuve con él, me enseñó muchas cosas; entre ellas, el valor del trabajo. En Valencia teníamos una empresa familiar, una ferretería, y mi padre nos obligaba a todos los hermanos a trabajar en Navidades en la tienda, y yo, con 12 o 13 años, me ponía mi atuendo de trabajo y atendía a los clientes. Me pasaba de pie desde las 9 de la mañana hasta las 8 de la tarde y lo primero que hacía al llegar a mi casa era poner los pies en agua caliente. Recuerdo que en aquel tiempo se pusieron de moda las picadoras Moulinex y yo vendería más de mil de ellas.

En definitiva, me ha enseñado que en las empresas, por muy alto que tengas el cargo, eres uno más, que hay que trabajar con las puertas abiertas, ser humilde, dar ejemplo, ser coherente…
legado sanitario transmitido entre generaciones Alberto de Rosa no es el único miembro de su familia que tiene lazos con la sanidad. A pesar de haber estudiado Ciencias Económicas y Empresariales en la Universidad de Valencia, desde un primer momento tuvo claro que su vocación estaba en este sector, una idea quizás heredada de su padre, médico, y que se se ha extendido a las siguientes generaciones. De Rosa tiene cuatro hijos, de los cuales, Alberto, el mayor, quiere estudiar Enfermería, algo que le parece “absolutamente maravilloso”, mientras que Gemma, la pequeña, prefiere Veterinaria, dada su pasión por los animales que le han llevado a ‘adoptar’ a perros y tortugas en el núcleo familiar. Por su parte, Alejandro, el segundo, quiere estudiar Derecho y Relaciones Internacionales, para llegar a ser diplomático, y Carlos, algo relacionado con la economía y las empresas. De ese campo, sin duda, su padre le dará consejos, ya que, tras pasar algunos años como gerente de varios hospitales del Grupo Nisa, en 1998 asume la dirección del Hospital de La Ribera, y de ahí, el salto a la dirección central del grupo.
En 1998 asume la gerencia del Hospital de La Ribera, el primer centro público gestionado por una empresa privada en España. ¿Tuvo dudas de asumir este reto?
Sí, porque era un proyecto del que todo el sector tenía dudas de que saliera adelante y había una atmósfera de escepticismo.
¿Por qué?
Por todas las dificultades que había, desde el punto de vista del entorno político, del modelo de gestión… Y cuando me ofrecieron el puesto, tuve miedo, pero dando ese paso lo vencí.
Con sus hijos Carlos y Gemma y su sobrino Vicente, junto al conocido periodista deportivo valenciano Julio Insa, en las instalaciones del Valencia CF
Personalmente, ¿cuál era la duda que
más le asaltaba?

Alzira era el típico proyecto que todos estábamos esperando en los años 90, ya que introducía novedosos cambios tras el ‘Informe Abril’ y el modelo sanitario. Y claro, ser yo la persona que tenía que liderarlo me causó vértigo, pero al mismo tiempo me consideraba apto para hacerlo, ya que conocía bien el terreno, conocía al equipo médico, a la Administración… Y eso me daba seguridad.
Casi 20 años después, el proyecto
sigue adelante…

En mi opinión, dos décadas después se ha demostrado
el valor de los equipos, ya que era imposible que lo
hubiera llevado a cabo una sola persona. Se dio la
circunstancia que se juntó un equipo con enorme
motivación y que querían hacer cosas distintas.
Y de ahí salta a la Dirección General del Grupo Ribera Salud, un cargo que ocupa desde 2007. ¿Cómo de exigente es este puesto? ¿Le permite compaginarlo con la vida personal y familiar?
Sí, es difícil, pero tengo la suerte de que en casa también un gran equipo. Mi mujer es el alma de la casa y mis hijos son muy responsables y, aunque me ven menos de lo que a mí me gustaría, estamos todos muy unidos.
¿Ha tenido que renunciar a algún aspecto de su vida personal por su actual cargo?
Creo que hay que buscar siempre el equilibrio entre la parte personal y la profesional. Si tuviéramos un desequilibrio, nos repercutiría negativamente. Pero, a pesar de tenerlo en ambos aspectos, a veces pienso que me he perdido cosas al ver que mis hijos se han ido haciendo mayores. Pero espero que haya merecido la pena más la calidad que el número de horas.
¿Cuáles son sus aficiones?
Además del ver partidos de fútbol, me gustan mucho otros deportes. Juego al pádel con un grupo de amigos los domingos, voy al gimnasio los sábados y salgo a correr por Valencia de vez en cuando. Además de eso, me encanta el cine y disfruto mucho con las películas de ciencia-ficción y no me pierdo ninguna.
¿Por qué esta temática?
Porque de pequeño me fascinaba la serie ‘Star Trek’. Era muy pionera en los años 60 y muy optimista, porque hablaba de la humanidad de forma unida. Me marcó mucho, ya que te enseña que hay futuro.
Otra de sus pasiones declaradas es la docencia. ¿Se considera un buen maestro?
Comencé a darme cuenta de que me gustaba porque al terminar Económicas uno de mis profesores me ofreció un puesto docente. Pero no me quedé eternamente, porque me atraía más el mundo empresarial, desde donde puedo ejercer la docencia también, especializándome en gestión sanitaria y en sus modelos.
El Valencia CF, la piedra angular de la familia 
Las Fallas no es la única pasión que comparte el director general del Grupo La Ribera con su mujer y sus hijos: el Valencia Club de Fútbol es el otro ojito de la familia, ya que no se pierden ningún partido. Tanto es así que Alberto, el patriarca, ha asistido a las dos finales consecutivas de la Champions que ha jugado su equipo: la primera contra el Real Madrid, en París, donde perdieron 3-0, y la segunda en Milán, contra el Bayern de Múnich, donde se quedaron con la miel en los labios de alcanzar el título al no superar los penaltis. “El Valencia es el típico equipo capaz de hacerlo mejor, pero también peor, y eso me genera una especie de sensación fraternal con él”, declara entre risas. A pesar de las derrotas, no le guarda ningún tipo de rencor a la plantilla, de la que él mismo formó parte de joven como portero en el equipo de cadetes masculino y ahora su hija Gemma, en el femenino, defendiendo los mismos palos.
¿Cuál es la china de su zapato?
Tengo muchas chinas y, a medida que uno se hace mayor, le sale alguna más. A pesar de ser una persona que sabe escuchar, tener paciencia no es mi fuerte, ya que soy muy impulsivo, y por correr muchas veces cometo más errores de los que me gustaría. Además, soy muy autocrítico conmigo mismo.
¿Cómo conoció usted el amor?
Como corresponde a un buen valenciano, conocí a mi mujer tomando una paella con un grupo de amigos. Me encantó nada más verla, le pedí el teléfono y empezamos a salir. Y hasta hoy. Estas cosas son al final muy simples y, dado que en unos días celebramos 25 años de casados, me gustaría ir con toda la familia donde fuimos de viaje de novios: Isla Mauricio.
¿Cuál es su miedo más personal?
No soy una persona temerosa, sino valiente en general.
De Rosa, con compañeros y amigos en su falla, la de la Plaza del Mercado Central de Valencia, cuando su hija Gemma y su sobrina Carmen fueron falleras mayores
¿Qué retos de futuro
personales y profesionales
le quedan por realizar?

Muchísimos. Personales, ver cómo mis hijos consiguen todas las oportunidades que se marquen en su vida, y profesionales, ver cómo en España somos capaces de despolitizar todos los temas relacionados con la sanidad, buscar los puntos de encuentro y sumar en vez de dividir. Me gustaría poder contribuir a hacer de este asunto un debate más sereno y conseguir una sanidad con valores públicos, sostenible en el tiempo y con altos niveles de profesionalización y especialización.