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09/08/2015 n249
Es la ‘número dos’ del Colegio de Médicos de Madrid, pero la cabeza visible de una junta directiva que está enfrentada a la presidenta. Ana Sánchez Atrio es, además, jefe de Sección del Servicio de Enfermedades Sistémicas Autoinmunes y Reumatología del Hospital Príncipe de Asturias de Alcalá de Henares, Madrid, y profesora del Departamento de Medicina de la Universidad de la misma ciudad cervantina.

Asegura que la polémica con Sonia López Arriba “no es personal” y que su meta no es ser la presidenta; confiesa que, de pequeña, la castigaban por reírse en las clases, y hasta que era famosa por sus caídas al desmayarse en los quirófanos. La vicepresidenta del Colegio de Médicos de Madrid cuenta a ‘Revista Médica’ su historia personal, que va en paralelo a la profesional: se define trabajadora, competitiva y constante. “Mi padre me decía que sería capaz de rellenar de hormigas un bote de detergente”, apunta. Esta es Ana Sánchez Atrio.
Jesús Vicioso Hoyo
Imagen: Cristina Cebrián
¿Médico por vocación, por herencia familiar o porque era una carrera muy difícil?

Desde pequeña quería hacer Medicina. Tenía ejemplos a mi alrededor y cuando algún familiar ingresaba, me llamaba la atención el trato que recibía de sus médicos, incluso el que mi pediatra nos daba a mi hermana y a mí. Así que desde pequeñita, cuando me preguntaban, siempre decía que quería ser médico. Mis juguetes, a parte de las cocinitas y de las muñecas, eran los botiquines de la Señorita Pepis (risas).

Si hoy no fuese médico, ¿qué hubiera hecho?

Una de las cosas que he descubierto que me encanta es la docencia. Probablemente, hubiera hecho algo de Magisterio. También me gusta mucho la Historia, así que a lo mejor hubiera hecho alguna carrera de letras para dedicarme a la docencia.

¿Qué es lo que no sería nunca?

Bombero, porque el fuego me da horror, me impone muchísimo respeto. Y por eso admiro tanto a los bomberos y su manera de salvar vidas. Es una profesión complementaria a la mía: nos dedicamos a salvar vidas.

¿Cómo se definiría a usted misma en una sola frase?

Como una persona con bastante tesón y muy constante. Una de mis virtudes fundamentales es ser muy trabajadora, y soy muy curiosa, por lo que a veces me difumino en algunos temas. Pero los que me interesan verdaderamente… Mi padre me decía cuando era pequeña que yo sería capaz de rellenar de hormigas un bote de detergente, por ser bastante constante. .

¿Y lo probó alguna vez?

No. Y además, no me gustan las hormigas. Pero sí que cuando quiero conseguir algo trabajo y trabajo.

¿Hay algún otro médico en su familia?

En mi familia política casi todos son médicos y en la mía, médicos solo hay uno.

¿Cómo recibieron sus padres su decisión de que iba a ser médico?

Mi padre me apoyó muchísimo. Siempre nos educó a mi hermana y a mí para elegir la profesión que verdaderamente nos gustaba y para ser personas independientes. Yo se lo agradezco mucho, porque mi padre era un avanzado para la época que vivió, y nos inculcó cosas que después nos han venido fantásticamente a la hora de desarrollarnos profesionalmente.

¿A qué se dedicaba?

Era un pequeño empresario, con mucho tesón también, pues nació en una familia en la que él era huérfano de militar y lo pasó muy mal al principio. Desarrolló su empresa a base de trabajo y con muchísimo mérito. Y adelantándose un poco a su época: él tenía la idea de que los ordenadores iban a ser el futuro, y entonces a mi hermana y a mí nos mandó con 14 años a aprender programación a nivel de Basic (lenguaje de programación) y nos compró nuestros primeros ordenadores. Es decir, que nosotras hacíamos cosas que las niñas de nuestra edad en ese momento no hacían. No lo entendíamos muy bien, pero nos gustaban.

¿Cómo vivió su primera consulta como médico?

Sentí miedo atroz. A lo largo de la carrera, te vas dando cuenta de que todos los fundamentos científicos que tienes son difíciles de gestionar si no tienes una experiencia. El paciente no te cuenta los síntomas por orden de prioridad. Recuerdo que en la primera guardia, mi primer paciente tenía unas paperas fantásticas. El hombre tenía toda la cara hinchada y yo era incapaz de ver en aquella cara la enfermedad. (Risas)

Recuerdo a mis adjuntos y a mis residentes mayores cómo me iban orientando, y cómo yo miraba a otros profesionales sanitarios, como las enfermeras, y les envidiaba muchísimo, porque pensaba: “No tienen que pensar (el diagnóstico) y yo tengo que gestionar mis conocimientos para saber concretamente qué tienen (los pacientes)”. Y luego evolucionas y ves las cosas de otra manera. Te das cuenta de que la Medicina es un arte, pero fundamentalmente tienes que estudiar todos los días y tienes que ser una persona cercana… La verdad es que la vivo como la profesión más preciosa del mundo.

¿Qué opina de los médicos, estilo House, que dicen que los pacientes mienten siempre?

Bueno… Los pacientes intentan contarte su verdad. Depende mucho del nivel cultural que tengan. Y hay algunos, generalmente muy pocos, que insisten en algunos síntomas, pues quizá porque ellos le dan más importancia y creen que de esa manera van a tener algunas ganancias secundarias, pero con la inmensa mayoría, a la que tú te tienes que adaptar a sus conocimientos y a su nivel, te lo cuentan muy bien, pero hay que saber leer entre líneas.



¿Cómo se supera el miedo al quirófano?

Miedo al quirófano no, porque yo me mareaba antes de que empezara todo. Yo creo que era el ambiente, el olor… Creo que no hubiera podido ser cirujano. Ahí sí que tenía muy claro que yo quería hacer médicas. Había ciertas cirugías que me impresionaban mucho, como Oftalmología. Recuerdo que las primeras prácticas de quirófano me tocaron en Oftalmología y la verdad es que yo me ponía muy nerviosa y me mareaba casi siempre. Era famosa por mis caídas (risas). Pero luego vi que había alguna cosa que me llamaba la atención, como la traumatología, sobre todo la cirugía reparadora de mano, y estuve a punto de escoger esta especialidad en el MIR, lo que pasa es que luego en el último momento me di cuenta de que no era lo mío, sino Reumatología, que me encanta.

¿Alguna anécdota que recuerde especialmente con el fonendoscopio puesto?

Tengo una historia que cuento a mis amigos y a mis hijos muchas veces. Ocurrió hace más de 15 años, en Alcalá de Henares. Yo llevaba pacientes de todas las edades, y me acuerdo de Andrés, un niño de siete años de una familia de un nivel económico bastante bajo. Tenía una enfermedad para la que en aquellos años el único tratamiento que se le podía poner y que verdaderamente le aliviaba muy rápido eran las inyecciones interarticulares. Él sabía que venía a pincharle o la rodilla o la cadera. Y yo quería hablar con el niño, entretenerle… Por aquella época se llevaba la Nintendo y eran muy famosos los Pokemon. Entonces, mi hijo el mayor jugaba mucho y yo a veces le preguntaba y él me contaba: “Este es un pokemon de fuego, de aire…”. Y cuando venía Andrés, yo le entretenía preguntándole sobre qué pokemon era el que más le gustaba. Y él me decía Pikachu y tal, es decir, que me ayudaron en consulta.

Entonces, un día su madre le dijo: Andrés, te has portado tan bien que te mereces un premio, y yo le dije que sí, reforzando a aquel niño. Y le pregunté que qué quería. Y nadie se puede imaginar lo que ese niño respondió: “Un bocadillo de jamón para merendar”. Yo le repregunté: ¿Pero un bocadillo de jamón, no prefieres otra cosa? Y me dijo: Es que me gusta mucho el jamón, y no lo como muchas veces. Me tuve que salir de la consulta, porque se me saltaban las lágrimas. Pensaba: unos niños tanto y otros tan poco…

¿Siguió viendo a aquel niño que le marcó?

Sí. Andrés mejoró muchísimo. Él me preguntaba, ya un poquito mayor, qué hay que hacer para no ser pobre. Y yo le decía: “Estudiar muchísimo y escoger una carrera buenísima con la que vas a ganar mucho y vas a vivir mucho mejor”. Entonces, un día vino, cuando ya se me había olvidado Andrés, y me dijo: He entrado en la Universidad y voy a hacer ingeniería. Yo estaba encantada, sentía el orgullo de una madre. Y después vino a decirme que había terminado Ingeniería Informática. Y después, volvió para decirme que trabaja en una multinacional, y ahora está fuera. Para mí, esto me llena de energía positiva, de alegría y me motiva muchísimo su historia.

Entonces, ¿fue capaz de aprender a jugar a los Pokemon para ayudar a los pacientes?

Yo he pasado pantallas a mi hijo el mayor de Supermario… Los primeros juegos de Mario tenía que pasárselos, porque se ponía muy nervioso. Recuerdo que había una pantalla de agua que no la pasaba nunca y yo, pues no sé: he volado, he jugado a Zenda… a todos los juegos.

Su compañero Melchor Álvarez de Mon es uno de los profesores que más suspende. ¿Usted suspende mucho?

¡No! Yo doy parte de sus asignaturas, y el profesor Álvarez de Mon siempre se queja de que mis preguntas son las más fáciles, dice que son las regaladas (risas). Pero yo creo que la esencia de mis temas es que se las aprenden muy bien porque intento inculcar lo que yo he vivido estudiando esas enfermedades. Y también tengo la suerte de que mi puesto permite no solo pasar consulta, sino también hacer investigación, por lo que intento acercarles de una manera más amena cómo funciona el sistema: como un ejército en rebelión, en el caso de las enfermedades autoinmunes. Y se lo cuento así, como yo lo veo.

¿Por qué decidió meterse en puestos directivos del Colegio de Médicos de Madrid?

La profesora Fariña, que dirigió mi tesina junto con el doctor Martínez Cabruja, me llamó, también a través del profesor Álvarez de Mon. Ella llevaba un grupo de médicos con una idea: el Colegio tenía que abrirse y acercarse a los médicos. Y una forma de hacerlo era con portavoces que estuvieran más directamente relacionados con los médicos, de manera que se pudiera tener representación a pie de calle en las consultas, en las Urgencias, en los hospitales, en los centros de salud y, en general, en cualquier grupo de la sanidad madrileña. Entonces, nos invita a formar parte de un grupo para trabajar en las distintas vocalías.

Ana Sánchez Atrio, a la derecha, junto con su abuela, en una imagen de su álbum familiar. 


Eso nunca plasmó en nada concreto, hasta que ganó las elecciones, en la anterior legislatura, y un día nos llamó y nos recuperó para una serie de grupos y una comisión delegada, y nos hizo una serie de encargos. A partir de ahí empezó mi labor con el resto de compañeros, muchos de ellos forman parte de la actual junta directiva. Estuvimos dos años haciendo encuestas a los colegiados, estudiando cómo funciona el Colegio, los estatutos y cómo desde el punto de vista de cada uno en su nivel se podía modificar y mejorar. Pero no trabajamos de manera directa con la junta en ese momento.

Cuando llegan las elecciones, surge la idea de formar una candidatura y es ahí donde voy convencida por el resto, porque mi tiempo es limitado y mis prioridades en ese momento no estaban en el Colegio precisamente. En ese momento formaba parte de la junta directiva de la Sociedad Española de Reumatología. Y pensé que podía jugar un papel secundario siempre en el Colegio y que podía aportar mi experiencia en las otras sociedades.

¿Cómo le afecta y cómo vive personalmente el conflicto que existe entre usted como parte visible de la directiva enfrentada a la propia presidenta del Colegio?

Yo no tengo doble personalidad y no me puedo desdoblar, no puedo omitir ni anular el cargo que ocupo de mi persona, porque ahora llevo este tiempo haciendo esta función. [El conflicto] lo veo con tristeza. He tenido que asumir un papel con una portavocía de la opinión mayoritaria de la junta directiva sustituyendo a la persona que por cargo y por estatutos debiera hacerlo, cosa que no estaba dentro de lo que yo he venido a hacer aquí. Por la responsabilidad de mi cargo, he tenido que asumir una serie de funciones.

Es verdad que para mí ha sido una sorpresa, porque ya en el primer pleno se me adjudicaron una serie de responsabilidades que yo considero que son los pilares fundamentales del Colegio, como la Comisión Deontológica, la Fundación para la Formación, el embrión que todos teníamos en la cabeza sobre nuestro programa de protección social, sin conocer muy bien cuáles son las funciones, porque tampoco nadie nos pasó testigo de cómo funcionaba el Colegio. Conocíamos los estatutos, pero nada más.

A partir de ahí asumo una responsabilidad pensando que iba a estar trabajando en la sombra, que es lo que a mí me hubiera gustado de verdad, pero las circunstancias han hecho que yo tuviera que salir un poco más al exterior. Eso al principio me incomodaba mucho porque hemos trabajado y creo que el Colegio ha cambiado y los médicos aprecian ese cambio. Hemos trabajado con muchas trabas de ciertos colegiados con otros intereses. Eso ha hecho que además de estas cosas negativas y la sorpresa para nosotros, como junta directiva nos haya reforzado en cuanto a equipo, y el que otros médicos que no nos conocían de nada y algunos que nos conocían nos apoyen y nos refuercen.

¿Cree que llegará alguna solución a todo esto?

Pues ojalá. Yo lo único que tengo clarísimo es que tengo una responsabilidad. Mis compañeros me apoyaron, mi hospital nos votó mayoritariamente, cuando llego a mi hospital y la gente me pregunta, explícitamente me trasmiten su apoyo y el sentimiento de que ellos van a apoyar mi actuación porque saben que lo estamos haciendo de manera noble. El resto de la junta siente lo mismo en sus respectivos centros.

Es decir, que la junta continuará.

Tenemos que terminar nuestro trabajo, a pesar de los pesares. Y la verdad sale a la luz siempre. La historia nos dará o nos quitará la razón. Pero yo estoy muy orgullosa del cambio que se está produciendo en la institución, y estoy triste porque no todos los miembros de la junta siguen el mismo camino. Cada uno es responsable de su actuación.

Y bueno, yo no me arrepiento de las cosas que se han hecho aquí; seguramente, no todas han sido muy buenas, algunas habrán sido regulares y otras malas, pero ninguna de mala fe. Y desde luego, con intereses exclusivamente institucionales y por el bien de los colegiados.

Al séptimo cielo con las sinfonías de Mahler
Sánchez Atrio se declara enamorada de la jardinería, la literatura y el cine, pero, sobre todo, de la música. “Es, quizá, lo que más me evade”. Más concretamente, es de escuchar, porque tocar no toca ningún instrumento, aunque lo cierto es que le hubiera gustado, especialmente el piano. “Pero Dios no me dio ese don”, dice. El caso es que pone música siempre que necesita cambiar de tercio o para estudiar y concentrarse. “La quinta y la sexta sinfonía de Mahler me suben al séptimo cielo”

Llegadas las vacaciones es de montaña más que de playa. “Mi marido escala, yo no, pero el senderismo me gusta mucho. Y también que mis hijos hagan deporte. Así que cualquier sitio que nos permita todo esto”. Si va sin niños, disfruta conociendo ciudades y viendo “otras maneras de ver la vida”. Antes de ser madre, viajó por varios países árabes. “Me encantaban los colores, los sabores, los olores… Son tan especiales…”..


¿Cómo era su relación con Sonia López Arribas antes y cómo es ahora? ¿Eran amigas antes del conflicto?

Éramos compañeras de la comisión delegada y yo manifesté mi apoyo y mi confianza a la Sonia López Arribas porque al principio pensé que una vez que no nos poníamos de acuerdo en quién iba a encabezar esta candidatura en su momento, pues las personas que por ser de más edad o de rango jerárquico, que en ese momento eran Eduardo Lobo y yo misma, manifestamos que teníamos poco tiempo y nos parecía una enorme responsabilidad.

No consideré que yo fuera la persona más adecuada y apoyé a Sonia porque en ese momento manifestó interés. Pero la gente cambia y ella ha seguido un camino que todos conocéis, que desde luego no es el de la junta directiva. Nosotros seguimos trabajando con nuestros proyectos y defendiéndonos de los ataques que recibimos.

¿Pero esa mala relación que se ve en los medios es patente en el día a día? Es decir, ¿tienen relación de algún tipo?

No es nada personal. A veces he leído encabezamientos en la prensa de alguien que no sabe lo que ocurre. El Colegio sigue su curso y marcha con una directiva unida. En los estatutos de las instituciones con junta directiva hay un primero entre iguales, que es la cabeza visible. Cuando la cabeza visible decide separarse del resto de su junta, es un poco complicado de entender que un grupo de personas sean los responsables de la situación. Es una persona enfrentada al resto de su junta, al total de su junta. Habría que preguntarle a Sonia López Arribas.

¿Se saludan por los pasillos?

Yo saludo a todo el mundo. Si no, mi padre se enfadaría muchísimo conmigo.

¿Le gustaría ser presidenta del Colegio?

No es mi meta. Si me pregunta si yo me presentaría a una candidatura, depende de la gente que me quisiera acompañar. Si encuentro un grupo de personas en las que sea prioritario que la institución represente bien a los médicos, podría formar parte de esa junta, seguramente. Pero no es mi meta en la vida ser presidenta de nada. Soy presidenta en mi casa con un presidente que es mi marido (risas), pero nada más.

¿Qué le soltaría al primer presidente del Colegio, Julián Calleja Sánchez, así a botepronto?

Que tenía que haber disimulado un poco su mala relación con Ramón y Cajal, eso para empezar. Porque hasta que este señor no salió de aquí, Ramón y Cajal no obtuvo su cátedra. Es una historia muy curiosa. El Colegio tiene verdaderas disputas desde el minuto cero de su formación y es muy divertido leer la historia, sobre todo las actas de las asambleas, donde el presidente llega y toda su junta ha dimitido o donde hay verdaderas disputas entre un bando y otro, o trampas como las que se le ponían a Gregorio Marañón, que son ahora divertidas, pero seguro que a él no le hacía ninguna gracia.

¿No hay cierto paralelismo en aquellas disputas con la que se vive en la actualidad?

Bueno, había juntas mucho más complicadas que la nuestra.

Dicen que hay fantasmas en el Colegio. ¿Cree en esto?

La verdad es que no. En todo el tiempo que llevo aquí no he visto ninguno. He visto fantasmas, pero de carne y hueso, y algunos con cadenas que hacen mucho ruido, pero fantasmas de los que me pregunta, no.



¿Qué es para usted la felicidad?

Estar contento y tranquilo consigo mismo, ver a tu familia sana crecer, ver cómo tus pacientes te dan las gracias y te abrazan. Eso es un regalo.

¿En qué momentos apaga el móvil pase lo que pase?

Cuando alguien de mi familia está enfermo.

¿Dónde se esconde cuando tiene ganas de hacerlo?

En mi pequeño jardín, que es como una maceta grande pero ahí estoy escondida debajo de un árbol, un liquidámbar, que planté yo y que me da sosiego y tranquilidad. Me encanta la jardinería.

¿Cuál ha sido el momento en el que más ha sonreído de su vida?

Muchísimos, yo soy de risa muy fácil. Me río muchísimo y es una pena, porque cuando era pequeña, todos mis castigos venían por lo mismo: por reírme en las clases. Entonces, podría contar miles de situaciones en las que he tenido que aguantarme la risa. Disfruto mucho de todo.

¿A qué le tiene miedo?

A que mis personas más cercanas vean que no estoy cumpliendo con mi deber. Eso me produce una sensación muy desagradable, a no dar la talla en las cosas que hago. A veces voy forzada, como todo el mundo, porque tengo las metas no inalcanzables, pero sí duras. Hasta que llego.

¿Cómo conoció el amor?

En la universidad, con un compañero de viaje con el que competía por las notas. A veces nos llevábamos muy bien y otras, muy mal, porque los dos somos muy competitivos y a él le costaba un poco asumir que yo estudiaba a veces más que él (risas). Luego se convirtió en mi marido.

¿Cómo es la convivencia con un marido que también es médico?

Es muy buena, porque hay que entender que pasamos mucho tiempo fuera, que llegas cansada de las guardias y hay que ser muy generoso para comprender, salvo que tú vivas las mismas situaciones. Tenemos bastantes cosas en común, aparte de los hijos, y es una de las personas que más me apoyan en el Colegio.

¿Quiere que sus hijos sean médicos también?

Ya me gustaría, pero uno está estudiando Ingeniería de Telecomunicaciones; el segundo va por el mismo camino, y yo a la pequeña no hago más que decirle: “¿Tú quieres ser médico?” Y me dice: “No, todavía no sé qué quiero hacer”.

Ya que está muy pendiente del tiempo, ¿qué le pide al Dios del tiempo?

Necesitaría días de 48 horas para poder cumplir con todas mis metas. Yo me levanto y digo que tengo que hacer esto, esto y esto. Y si me falta algo, me siento como que hoy no he rellenado mi día. Y a largo plazo, le pido al tiempo envejecer con dignidad. Me da mucho miedo la soledad en la vejez.

¿Si mirase a aquella niña que jugaba con el botiquín al lado de las cocinitas, qué le diría?

Que has conseguido una parte de lo que tú querías. Se lo diría a esa niña y a mi abuela, que es con la que me crié.

¿Dónde se ve en el futuro?

En la Universidad, con mis alumnos, y en las consultas. Me veo con esos niños como Andrés, ya mayores, y con estos adolescentes con los que sigo explicando las enfermedades autoinmunes.

¿Y a qué le sabe el mañana?

Yo soy muy golosa, y me sabe a dulce, claramente. Porque pase lo que pase, tengo la conciencia tranquila. Aunque me vea en situaciones complejas, voy con la tranquilidad y la paz interior de que me puedo equivocar, y cuando hablo en plural, es mayestático, y de sentimiento de verdad de grupo. Nos hemos podido equivocar, pero nada hemos hecho con mala intención, ni con segundas intenciones. Por lo tanto, cuando me vaya de aquí del Colegio, de la Universidad y del Hospital de Alcalá me voy a ir con ese sentimiento.