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26/07/2015 n247
Mi maleta está abierta, creo, desde que en el periódico dijeron que estábamos ante una ola de calor. Ahora que llevamos tres o cuatro (lo reconozco, me pierdo al contarlas), pero mientras se acumulan las máximas más altas de la historia, voy poniendo y quitando ropas y chismes para llevarme de vacaciones. Me dirán de todo, pero confieso que me da algo de cosa despedirme unas semanas de mis compañeros, de los pacientes y hasta de las mismísimas paredes del hospital, pero, claro, también le habrá dado cosa a Estados Unidos volver a ondear las banderas de Cuba en el país de Obama, y mira tú por dónde que ahí que están. Es decir, que todo cambia, que pelillos a la mar.

El otro día, despidiéndome de Madrí por un tiempo, me crucé por la calle con Teresa Romero. Al principio no la reconocí, pero luego caí en la cuenta de quién era. Iba tan tranquila, ni seria ni excesivamente sonriente, es decir, como una persona normal. “La vida que le plantó cara al ébola y que sigue adelante”, pensé (estaba en modo Fernando Savater). Al poco rato, y conjunción de planetas de por medio, me topé con Javier Rodríguez, el exconsejero de Sanidad de Madrid (que yo conocía de la tele, como a Teresa) que dijo que la auxiliar de Enfermería no había dicho a su médico que había atendido a los otros pacientes con el virus mortal y otras cosas y que tuvo que dejar el sillón. Va igualmente tranquilo, con un periódico bajo el brazo, creo que hasta silbando.
En otro momento de mi paseo, vi a Mario Cortés, el que fuera cabecilla de la Plataforma de Afectados de la Hepatitis C. Ya sin su famosa camiseta roja, lo felicitaban dos personas por haberse curado. Cortés sí que sonreía a más no poder: “¡Lo que ha costado!”, me dije. “¡Vaya!”, me respondió Alfonso Alonso, el ministro, que apareció a mi lado sin yo darme cuenta, ya por una conjunción de galaxias. El ministro me invitó a un café. Como jefe máximo, no podía rechazarlo. “Oye, me han dicho que eres una persona muy influyente”, me suelta a bote pronto. Me parece un buen tipo, y no lo digo porque me elogie. Nos despedimos rápido porque este hombre no para (dijo que vacaciones como tal no tendrá, que tiene tarea por delante) y seguí mi caminata, cuando me pregunté: “¿Y ahora, a quién me voy a encontrar?”.

Me despierta el móvil. Al abrir los ojos solo veo el ventilador, que está a dos metros (junto a mi maleta), mirándome a la cara. Sigue sonando el teléfono. Es mi amigo Manolo: “¡Que me voy para Cuba! ¡Cuba libre!”. Así, de repente, Manolo cambia Oropesa del Mar por Cuba. “¡Que la vida son dos días, hombre! ¡Vente!”, me justifica efusivo, como si no hubiera mañana. No paro de reír. Le prometo que me tomaré un cuba-libre a su salud, pero declino su oferta mientras cierro la maleta con todas mis cosas y mis personajes y mis recuerdos del curso sanitario que acaba sin saber todavía cuál será mi destino de vacaciones. Pero al fin y al cabo, el dónde es lo de menos. Lo que importa es que, pase lo que pase, en septiembre regreso. Que tiemblen los que tengan que temblar, que El Celador se va (de vacaciones) para volver de nuevo.