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26/07/2015 n247
Ricardo Martínez Platel
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Durante la entrevista de Antonio Román Jasanada con ‘Revista Médica’, suena el teléfono. Es un vecino discapacitado de Guadalajara que llama a su alcalde para que le ayude con un trámite con la Seguridad Social que tiene paralizado. Toma nota del número de expediente y le garantiza una respuesta. Cada miércoles atiende personalmente las demandas de los ciudadanos alcarreños. Es también el vicepresidente de la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados, y aunque fue jugador de balonmano de la Liga Asobal, siempre supo que, como le indicó su padre, la prioridad era la carrera de Medicina.
Por orden de importancia en su vida: ¿deporte, Medicina o política?
Mi vocación siempre fue la Medicina, que tiene un nexo de unión con la política que es el servicio a los pacientes y a la ciudadanía. El deporte para mí ha sido fantástico y es algo que fomento como alcalde de Guadalajara. Si tuviera que priorizar pondría primero la Medicina, después la política y en tercer lugar el deporte.

¿Qué faceta le ha dado más satisfacciones?
Las satisfacciones momentáneas han sido en la época deportiva con los triunfos y los ascensos, que generaban situaciones de auténtica ebullición. Pero en plano sanitario, ir alcanzando objetivos primero siendo médico, después como especialista y más tarde pudiendo servir a los demás ha sido muy gratificante. Y en la política local, a pesar de que es muy estresante, me siento pleno cuando se plasman los proyectos.

Román recoge un trofeo en su etapa de jugador del Balonmano Guadalajara.
¿Cuándo se dio cuenta de que tenía condiciones para dedicarse al balonmano de manera profesional?
Fue de una manera constante. Solo milité en un equipo, el Guadalajara, donde estuve 14 años, cuatro de ellos en la Liga Asobal. Fuimos ascendiendo de categoría y los entrenadores confiaron en mí por la capacidad de adaptación. No hubo un momento concreto, fue un presente continuo. Fueron años de exigencia porque siempre lo compatibilicé con mi formación como especialista de Medicina Interna.

El deporte ha sido una constante en su vida.
El deporte lo he mamado. Mi padre fue futbolista profesional a finales de los años cincuenta, principios de los sesenta. Jugó en el Plus Ultra (filial entonces del Real Madrid), Sporting de Gijón o en el Recreativo de Huelva. Fue el único jugador de Guadalajara que ha jugado en Primera División. Lo he vivido mucho en casa y lo he querido transmitir a mis hijos y a mi ciudad. He practicado muchos deportes, no solo balonmano, he jugado al baloncesto, he estado federado en artes marciales, atletismo… Ahora me gustaría hacer más, pero el tiempo no me lo permite.

¿Con qué momento de su carrera deportiva se queda?
Cuando recogí como capitán el título de campeón de España de balonmano, con 22 años, que supuso el ascenso a la división de honor. Lo he vivido desde la humildad que da el no ser un deportista de élite. Pero jugar en los grandes campos como el Palau Blaugrana, jugar con los grandes jugadores del balonmano mundial es algo que no se olvida. Esta etapa es una de las más bonitas de la vida: tienes juventud, éxito, haces lo que te gusta, conoces mundo e hice grandes amigos que todavía conservo 20 años después de abandonar la práctica deportiva.
Nada de jugar a ser entrenador A pesar de su experiencia en las canchas no es de esos padres que juega a ser el técnico de sus hijos. En alguna ocasión se le escapa algún consejo relacionado con el ámbito deportivo en casa, pero comprendió su papel el día que uno de ellos le dijo: “Papá, yo ya tengo un entrenador”. Por eso, prefiere compartir esas inquietudes deportivas con los chicos desde la grada, concretamente desde la del Vicente Calderón, porque su familia es atlética: son abonados y siempre que pueden acuden al estadio de la ribera del Manzanares. Además, allí también aprenden lecciones de vida, porque Simeone es “el perfecto ejemplo de que el éxito se consigue con mucho trabajo previo”. Algo que es exportable a cualquier faceta.
¿Cuándo nace su vocación por la Medicina?
Mi padre fue médico. En mi familia siempre estuve rodeado de personas que se dedicaban a la salud, pero yo lo decidí cuando estaba haciendo COU. Siempre sentí atracción por todo lo relacionado con la Biología y me enfoqué hacia carreras de ciencias. Y no me he arrepentido, porque a pesar de dedicarme a la política, nunca he abandonado la Medicina, y en el futuro volveré a dedicarme a tiempo completo a ella desde la sanidad pública.

¿Cómo compaginó su carrera deportiva con los estudios?
Con organización y capacidad de trabajo. Nunca he pensado que el trabajo solo pudiera ocupar ocho horas al día. Me pasaba cuando estudiaba y entrenaba o después trabajando o en la política. Igual no salía tanto como otros chavales de mi edad y dedicaba 3 o 4 horas diarias al deporte. He quitado mucho tiempo a otro tipo de ocio e incluso a mi familia, que es la gran perjudicada de esta hiperactividad.

Román saluda al equipo de veteranos del Atlético de Madrid en un partido benéfico. 
¿En alguna ocasión salió directo de una guardia a disputar un encuentro?
A mis compañeros médicos les tengo que estar muy agradecido porque no me ponían impedimentos para que pudiera jugar los partidos, ni en los cambios de guardia. Siempre encontré a quien entendía mi situación y no me ponían pegas, aunque en algunas ocasiones el cambio de guardia supusiera que era antes del partido y eso provocaba una fatiga que se traducía en lesiones musculares por no haber descansado previamente, pero era un riesgo asumido. Quizás esto motivó mi temprana retirada de las canchas a los 29 años.

¿Cómo entra en política?
A través del deporte. Yo no militaba en ningún partido. Sí tenía una ideología muy marcada y en la universidad había hecho ‘algún pinito’ de representante de los estudiantes. Las lesiones en el balonmano me llevaron a retirarme a mitad de temporada y en 1995 recibí una llamada para entrar en la lista del Partido Popular, para ser concejal de Deportes, porque había sido una persona representativa en el mundo del deporte: fui el capitán del equipo más importante de la ciudad. Los diez primeros años no recibí retribución alguna por ello. Después lo convertí en mi actividad principal.

¿Qué recuerda de sus años de edil de Deportes?
Cuando pasas de un lado de la mesa a otro es un mundo. Parece que lo sabes todo, pero en realidad conoces poco. Pides subvenciones, instalaciones, entre otras cosas, pero te das cuenta de que hay rigideces que hay que cumplir y que se desconocen. No todo lo que se pretende hacer se puede llegar a realizar. Hay que intentar conseguir unos objetivos, respetando unos parámetros. Eso fue lo que más me llamó la atención, el hecho de no poder plasmar todo lo que pasaba por mi cabeza porque había que cumplir las normas de las corporaciones locales.



¿En qué momento se dio cuenta de que su carrera política podría tener recorrido?
Sucedió cuatro años después. En 1999 recibí una llamada que me decía que pensaban en mí como alcalde, pero deseché esa posibilidad porque entonces no me veía preparado para ello. No era mi momento, acababa de terminar la especialidad y quería seguir aprendiendo Medicina. Es verdad que entonces empecé a pensar en ello, porque mi perfil se estaba poniendo de alguna manera en el punto de mira para otras opciones futuras. El salto lo di en 2003, cuando fui candidato a la alcaldía de Guadalajara, iba en las listas al Senado, empecé a dirigir el Partido Popular en Guadalajara, dejé la Medicina en un segundo plano, pero sin abandonarla en ningún momento.

¿Qué es lo que peor lleva de la política?
Que se termina la intimidad y los momentos de asueto, porque pasas a estar dedicado todo el día a buscar lo mejor para la ciudad y sus vecinos. Una de las cosas más negativas es que condicionas a tu familia. Tengo tres hijos y me dicen que cada vez que salimos a la calle, no paro de hablar con la gente. Al principio cuesta, pero uno se acostumbra, aunque sí es cierto que para ellos es más incómodo.

Ricardo Martínez, periodista de Sanitaria 2000, conversa con Antonio Román en los pasillos del Congreso de los Diputados.
Como alcalde habrá recibido quejas de los profesionales sanitarios. ¿Como médico les entiende?
Me han pedido ayuda, porque competencias no tengo en este sentido. Profesionales y también pacientes. Por ejemplo, había ciudadanos que precisaban utilizar recursos de otras comunidades colindantes, como Madrid. En 2002 empecé a luchar en este tema, porque los pacientes no entienden de fronteras. No era una cuestión de partido. Y hasta este año no se ha solucionado. Cuando se firmó el convenio sentí que era un avance enorme, por el que habíamos trabajado mucho. Las autonomías nunca pueden ser barreras para los ciudadanos y mucho menos en materia sanitaria.

Teniendo en cuenta que cada ciudadano que acude le puede plantear diferentes situaciones, ¿cómo encara este servicio?
Yo no soy taurino, pero podría decirse que ‘a puerta gayola’. Saben que si hay uno delante tiene que esperar y trato que sea de la menor duración posible para atender el mayor número de casos. Para intentar solventar los problemas a veces necesitas de información añadida que te dan los concejales y otras veces soy conocedor del asunto y respondo de manera inmediata. Creo que en política es muy bueno escuchar.

Esta iniciativa es llevar la ‘consulta médica’ al Ayuntamiento.
Es posible, sobre todo cuando son temas personales. Hace unos días viví un caso que realmente me impactó. Una señora víctima de violencia doméstica, por parte de dos exmaridos, sufría una incapacidad a consecuencia de las lesiones sufridas, con cuatro personas a su cargo, sin ningún tipo de ingreso… Tratas de ayudar y encontrar alguna solución que repare su situación.



Las últimas elecciones han puesto de manifiesto el cambio político del país, ¿ha tenido que renunciar a algo para pactar con Ciudadanos?
Renunciar, no. Hemos cambiado la idea que teníamos de las mayorías absolutas, algo que se veía venir desde hacía tiempo y nos tendremos que acostumbrar en el futuro. Defiendo que tiene que gobernar el más votado, porque es lo que han querido los ciudadanos, pero hay que estar abierto al diálogo, porque si se construye, desde ahí se pueden hacer muchas cosas. Y esto sí lo he encontrado en los dos concejales de Ciudadanos. Si la única pretensión es destruir, es muy difícil la gestión.

¿Cómo es la vida en el Congreso?
Más intensa de lo que la gente cree. Cuando ven los sillones vacíos se piensan que estamos en la cafetería, pero el nivel de intensidad en cuanto a plenos, comisiones y trabajos es elevado. Es una experiencia muy positiva. Creo que estoy dando todo lo que puedo dar y es una tarea muy bonita.

Román Jasanada, junto a uno de los leones de la puerta principal del Congreso de los Diputados.

La Comisión de Sanidad es una de las más agitadas del Congreso. Fuera de foco, ¿cómo se llevan entre ustedes? ¿Con quién tiene más sintonía?
Se separa la relación personal de las discrepancias. En el ámbito sanitario deberíamos dejar fuera los problemas ideológicos y llegar a un gran pacto entre todos los agentes para garantizar la sostenibilidad, para evitar que sea utilizado como elemento de desgaste para el Gobierno. Hay que abandonar criterios partidarios pensando en garantizar la sanidad para siempre. Después de esto, me llevo especialmente bien con la portavoz de CiU, Conxita Tarruella, que es encantadora. También con José Martínez Olmos, del PSOE. Fuera del debate político hay gente con la que se puede mantener una relación muy positiva.

¿Y cómo es la relación con el presidente de la Comisión, Mario Mingo?
Le conozco desde hace muchos años y he aprendido enormemente de él. Sobre todo, de su capacidad para negociar, de lograr acuerdos, de llevarse bien con todo el mundo. Su estilo de hacer política es muy positivo.

El tiempo que le queda libre, ¿cómo lo comparte con su familia?
Tengo tres hijos de 9, 12 y 14 años. Uno juega al fútbol, otro al baloncesto y otro al balonmano. Los fines de semana, tanto su madre como yo, tratamos de seguir sus partidos y de alguna manera compartir esos momentos con ellos. Muchas veces les doy consejos de cómo tienen que hacer las cosas sobre la cancha, pero me piden que me mantenga al margen, y procuro cumplirlo. Trato de sufrir con sus derrotas y celebrar sus alegrías.