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19/07/2015 n246

Se presenta con una sonrisa, dice que es una persona que encara la vida con ganas y se declara un trabajador incansable y exigente. Melchor Álvarez de Mon es catedrático y director del Departamento de Medicina de la Universidad de Alcalá de Henares, así como jefe de Servicio de Enfermedades del Sistema Inmune y Oncología del Hospital Príncipe de Asturias, de la misma ciudad madrileña. Nació en Neda, en la ría de Ferrol (La Coruña), y tiene uno de los expedientes académicos y profesionales más brillantes del país. Y todo gracias a un suspenso de pequeño: le hizo perder un verano y se prometió que nunca más. La reválida de cuarto le cambió la vida.
Jesús Vicioso Hoyo / Imagen: Miguel Fernández de Vega

Con un currículum de 200 páginas, ¿qué hay de Melchor Álvarez de Mon que no cuenta en él?
Hay cosas que no aparecen en el currículum y que son claves, como la lealtad del trabajo en equipo. Tampoco está en el currículum mi familia: en su época, mis padres; después mi mujer y mis hijos. Detrás del currículum de una persona están todas las horas en las que estás fuera, que dejas de atender a las personas que quieres. E, incluso, me atrevería a decir que los amigos tampoco están ahí. Ni las personas con las que uno ha indo interaccionando intelectualmente ni dónde han tenido lugar discusiones sobre ideas. Soy de la opinión de que el patrimonio de las ideas es del que las escucha, es decir, no se pueden patentar las frases ni los pensamientos. Junto a esto, no aparece la ilusión, y tengo mucha.
Durante la carrera, consiguió 34 matrículas de honor, todo un récord. ¿Cuál fue la clave de este éxito?
A mí me marcó, yo soy todavía de la época de las reválidas, suspender la reválida de cuarto. Yo era un chico que sacaba sobresalientes en algunas asignaturas, y en otras, aprobados. No iba mucho al colegio porque creo que nací enfermo; estaba enfermo o me hacía el enfermo, no lo sé. Mi madre me dejaba muchas veces en casa e iba poco. Pero llegué a la reválida, bendita reválida, y la suspendí. Mis padres, en vez de llevarme a Galicia en verano me dejaron interno en un colegio. Me dijeron que no era un castigo, sino que no había profesores que pudieran dar clase en Foz, en la provincia de Lugo, en La Mariña. Entonces, me prometí a mí mismo que no volvía a quedarme sin verano (risas). Y a partir de ahí empecé a sacar todo matrículas. Con lo cual, soy un ejemplo de cómo el fracaso escolar bien reconducido hace que un estudiante saque después todo matrículas.
¿Y cuál es el secreto para ello?
Se lo digo a mis estudiantes: hay que estudiar todos los días. En Medicina al principio los estudios son memorísticos, pero empiezan a ser un placer cuando empiezas a plantear cuestiones a las que el profesor tampoco tiene la respuesta. Ese es un momento en el que el conocimiento ha madurado. Y el secreto son horas de trabajo, de dedicación diaria, nada de estudiar en diciembre, sino estudiar desde septiembre.

Ahora está de moda el decir que no hay que saberse las cosas. ¡Mentira! También se lo digo a mis alumnos: en Medicina, lo que se adquiere es capacidad de curar o licencia para matar. Es una exageración, pero, ¿qué quiero decir? Que el médico no le puede decir al paciente: “¡Uy, solamente llegué a un cinco y usted está en la patología del tórax para abajo, que era lo que no me sabía. Pero como me sabía del tórax para arriba, saqué un cinco. Así que en Medicina no cabe la mediocridad. Lo siento.
¿Una manita de mus? Melchor Álvarez de Mon se refugia del trabajo comiendo con los amigos. “Y si puede haber una manita de mus, formidable. Y si alguien no sabe, le puedo enseñar”. Tras decir esto, vuelve a sonreír: “Un jugador de mus tiene que ser chulo, por definición”, explica. También reconoce ser un amante del pádel. “Y jugar al golf, aunque soy malísimo, pero da igual, porque lo puedo seguir haciendo con mis hijos. Y no sé si tendré nietos, pero me encantaría jugar con ellos”. Tiene un jardín, del que se declara enamorado, y viaja mucho. De hecho, no ha parado de viajar en toda su vida. Rememora a menudo, y con especial cariño, su primera estancia en Estados Unidos, que le marcó notablemente. “Fue una experiencia inolvidable”, indica.
También logró el primer Premio Nacional de Medicina, que recibió de manos de Don Juan Carlos. ¿Le pidió que fuese su médico?
(Risas) No, fue algo entrañable. Su Majestad el Rey, ahora emérito, como persona siempre ha sido una amigable y de trato afable, que tiene capacidad de sintonía con los demás. Esto que hoy en día se llamaría la empatía. He coincidido con él en distintas circunstancias y me parece una persona extraordinariamente amable.
Salió en el ABC del 7 de octubre de 1981 como flamante ganador del Premio Nacional de Medicina. ¿Qué le dice a aquel muchacho de hace 34 años?
¡Ah! (Risas) La verdad es que… (Breve silencio). Yo esto se lo digo mucho a los estudiantes de Medicina: “Soñad y os quedaréis cortos”. Recuerdo la primera vez que tuve una presentación oral en un congreso en España, al que fui con gran ilusión. Me acuerdo de la primera conferencia, cuando me parecía un sueño el poder trasmitir nuevas ideas, dar una charla… Jamás soñé las oportunidades que me iba a dar la vida. Nunca pensé que llegaría un día en el que se daría la situación de que para poder hacer una cosa nueva tenías que dejar de hacer otra. Mi jefe en Estados Unidos, hace 30 años, me dijo esa frase. Y en aquel entonces no lo entendí, incluso me parecía pedante. Han pasado los años, y me he dado cuenta de que esto yo no lo podía predecir en mi juventud, y esto es así: Los años pasan, la vida se llena de ocupaciones y de dedicación. Soy un defensor absoluto del trabajo, creo que el médico por definición debe ser una persona que ha de tener vocación de trabajo y de servicio a los demás. Si lo haces así, la vida es muy generosa contigo. Y también, no lo podré negar, hay una cierta añoranza. Veo esta imagen ahora y, claro, no son solo 34 años menos, sino al menos 34 kilos menos (risas). En aquella época corría 15 o 20 kilómetros todas las semanas y ahora no sé si llegaría al kilómetro y medio. Por lo tanto, me temo que en algunas cosas, la vida ha sido muy dura con uno, pero bueno, esto es circunstancial. (Risas)

Fotografía de Álvarez de Mon que apareció publicada en el ABC del 7 de octubre de 1981.

Cuando hizo el MIR, sacó el segundo puesto y, después, repitió el examen y consiguió el ‘número uno’. ¿Cuál fue el motivo para repetirlo?
Voy a ser sincero: por un momento de crisis. En aquel momento, nos presentábamos al MIR entre 21.000 y 23.000 médicos, y había 1.500 plazas, por lo que era un tiempo muy competitivo. Pero cuando llegas a los hospitales, empiezas a ver que tus ‘R’ mayores van al paro... Empecé la residencia en el año 80 y eran épocas en las que el futuro se veía muy oscuro. En aquel contexto, para hacer la residencia elegí una especialidad que me apasiona, Medicina Interna. Y sentí que pudiera haber un ‘no futuro’. Y tuve un momento de crisis. Y, sinceramente, no me costaba nada presentarme al examen. Así que me presenté y estuve a punto de hacer otra especialidad, pero al final dije: “Sigo en lo que estoy, y Dios dirá”. O sea, que no es cierto lo que alguna gente ha dicho de que como no fui el número uno a la primera, y yo quería serlo... (Risas) Lo que sí es verdad es que yo venía de una formación muy sólida, y entonces a mí los exámenes me tenían sin cuidado… (Risas)
Y en esta época de sacrificio personal en la Universidad, ¿tenía tiempo para alguna que otra fiesta en sus años mozos?
¡Hombre! Pero es que, vamos a ver, la palabra sacrificio… Sí... Pero yo te diría que es orden. Creo que hay que hacer un plan semanal y otro diario, y plantearse objetivos. Recuerdo que una persona me dijo: “Si no sacas 35 horas de estudio a la semana, eres un fracasado”. Yo la verdad es que luchaba… Todo es organizarte. La universidad la recuerdo con enorme cariño, había tiempo para hacer muchas cosas. Obviamente, sí que a veces había que elegir entre irte el sábado y el domingo al Pirineo a esquiar, o tenías que sacar diez horas de estudio porque aquella semana entre prácticas, clases y tal no habías llegado a tus objetivos. Entonces sí que había que renunciar. Pero bueno, todo bien organizado, y en aquel entonces teníamos también muchas vacaciones, y el verano era muy bueno y largo… (Risas)
Se salió temporalmente de Medicina, empezó Derecho, y a los pocos días volvió a Medicina. ¿Qué fue lo que le dio en ese momento y cómo volvió al ‘redil’ médico?
Sí, estuve dos semanas en Derecho. Una de las dificultades de la vida es que la inteligencia tiene muchas facetas: la de la comprensión; la creatividad, que para mí es la más apasionante, y ciertamente unida a ambas, la capacidad de predicción. En aquel momento, y como acabo de decir, Medicina era una profesión en la que se veían unas perspectivas de futuro complicadas en nuestro país. Y Derecho tiene un aspecto muy clásico, con un camino muy definido en España, que era el mundo de las oposiciones. Luego, en un colegio mayor escuchabas a otros compañeros… Además, Derecho tiene aspectos muy atractivos, es una ciencia social con un componente razonable, de lógica, y a la vez con un componente interpretativo y, por lo tanto, apasionante. No veo yo tan diferentes el Derecho y la Medicina, si uno analiza. De hecho, después la vida me ha ido complicando y ahora dirijo una asignatura en la facultad de las aplicaciones médicas del Derecho.
Haga autocrítica: ¿Qué no se enseña todavía demasiado bien en la Universidad a los futuros médicos?
La Universidad debiera ser la excelencia. Y la enseñanza de la Medicina, también. Y tiene distintas perspectivas. El estudiante de Medicina en España dedica más tiempo a la formación teórica que la práctica, pero en cambio, la época de formación de especialista logra, con un gran nivel, el aprendizaje de la profesión, lo que es el manejo práctico de los conocimientos. Al final, el médico español tiene un amplísimo conocimiento de la Medicina, que es un patrimonio que sigues cultivando toda tu vida. Pero los planes de estudio en nuestro país son un caos. Se pretendió unificarlos con Bolonia, y si se miran los planes de 20 facultades se ve que son totalmente distintos. Esto me parece radicalmente absurdo. Con lo cual, ese es un punto de mejora. Y lo más importante es la actitud: En España tenemos que trabajar bastante más la actitud del estudiante hacia el enfermo y hacia la enfermedad.
¿En qué sienta cátedra más allá de la Medicina?
La vida es apasionante, lo creo que verdad. Una gran cuestión es nuestro estar en el mundo, es decir, preguntarnos si merece la pena, de dónde venimos, adónde vamos. Me parece que un aspecto esencial de la universidad, de la cátedra y de la figura de un catedrático es la motivación; intentar ayudar a que cada persona encuentre su sentido a la vida, cómo disfrutar de tantas pequeñas cosas, de tantos detalles de cariño que nos dan las personas que nos rodean. A mí, lo que más me gusta transmitir es la pasión por vivir, el disfrutar de todas las oportunidades que te va dando la vida. Me encanta comer, es obvio, también el vino… Cuando nos abrimos todos un poco el corazón, cuando compartimos vivencias, cuando nos ilusionamos con una partida de pádel y disfrutas y luchas por el último tanto para ganar…. Creo que el dar sentido a la vida es lo más relevante. Desde luego, me encantaría que mis alumnos me recordaran como una persona que realmente les ayudó a mejorar, a progresar en su vida.
Tiene fama de ser uno de los profesores ‘hueso’ de Medicina. ¿Es así?
(Risas) Pues sí. Realmente, puede ser que incluso el que más suspende de la facultad. Pero esto da igual, hay alguno ya que puede superarme, lo cual me parece formidable. ¿Por qué? ¿Cuál es el criterio? ¿Se sentiría cómodo cuando uno vaya a Urgencias este fin de semana con un dolor abdominal y que te atienda un médico que se sepa el 50 por ciento? No sé si le gusta la ruleta rusa… (Risas) Y no sé si gusta subirse a un avión en el que haya un 50 por ciento de posibilidades de que un motor falle y el otro también. Es otra exageración, pero la Medicina es una profesión extremadamente exigente. ¿Y quién tiene la piedra filosofal de decir cuál es el nivel mínimo necesario para ejercer la profesión? Yo, desde luego, no me siento cualificado para establecerlo. Lo que pasa es que después de tantos años, uno va adquiriendo y aprendiendo de sus maestros para establecer un código de exigencia. Pero tenemos un sistema muy transparente: los estudiantes salen con las horas de plantilla, les damos días para impugnaciones… tipo MIR. Y todas las preguntas están en los grandes libros de texto de Medicina, no ponemos cosas que no estén en los libros (risas).
¿Qué piensa de los médicos que no ven pacientes, que no investigan y que no están en la facultad?
Son médicos, pero una cosa es tener el título de Medicina, y otra cosa es ejercer la Medicina. Realmente, la esencia de la Medicina se basa fundamentalmente en la relación médico-enfermo. La gran parte de los médicos creo que ejercemos de alguna manera esta profesión.
Cambiando de tercio, ¿qué le recetaría a Grecia?
Yo no soy experto en política, y menos en economía (risas). No lo sé. Para mí, el gran pecado y la gran limitación es la mentira. Otra cosa es si son justos o no los intereses a los que se da un préstamo. Y también puede ser que haya elementos de solidaridad. Pero, realmente, una de las esencias de las relaciones sociales es devolver lo que te han dado. Esto es un principio absolutamente claro. Ahora, a lo mejor hay que comprender las limitaciones de los demás, la enfermedad, por decirlo así… Pero realmente creo que esto se basa en un tema, que es que las sociedades que no valoran el trabajo van para atrás. Para poder avanzar, lo que ha caracterizado a la especie humana es la capacidad fabril, ser capaz de utilizar la piedra, hacer lanzas, herramientas para moler el trigo… Creo que en algunas zonas del mundo, no sé en qué parte de Europa y ni en qué sectores, no está de moda decir que es bueno trabajar. Junto a esto hay un drama, que es el paro. Pero creo que si trabajáramos más, generaríamos más puestos de trabajo.
¿Cómo conoció el amor?
Oh, ¡qué pregunta! El amor es un término muy complejo. Tengo la suerte de haberlo percibido desde pequeño. Me sentí querido por mis padres. Era un chico normal de una familia normal. Después llegan estas épocas en las que empieza la vida madura, y evidentemente conoces con los años primero una variable muy bonita, que es la amistad. Y, después, tener cariño a mujeres, y en mi caso a mi mujer, con la que llevo casado 32 años. El enamoramiento es una de las fuerzas más profundamente irracionales que hay: es apasionante, y hay que luchar para estar enamorado toda la vida. Hay que mantener la juventud en el corazón, seguir cultivando la ilusión de estar con las personas que tú quieres. El amor es el gran motor de la vida.
¿Qué es lo que más le ha dolido?
El dolor de un hijo. (Silencio) Tengo una hija que la vida le cambió, es parapléjica, y realmente es un momento muy duro de tu vida el ver a un hijo sufrir. Creo que es lo más duro que hay, porque quizá ver la limitación de la especie humana en las personas que quieres, en tus padres, es previsible; incluso en tu marido, en tu mujer o en tu pareja. Pero el sufrimiento de los de la siguiente generación, el de tus hijos o el de los niños… Yo nunca hubiera servido para ser pediatra. Es muy duro.

Álvarez de Mon (primero por la izquierda), junto con Anthony S. Fauci (abajo, en el centro) y otros compañeros en el National Institutes of Health de Bethesda (EEUU).

Por otro lado, ¿por qué se le pone una sonrisa en la cara?
No lo sé. (Risas) Soy un optimista, y tengo muchísimos motivos para dar gracias a Dios por estar aquí. Cada mañana que me levanto lo pienso: “¡Qué privilegiado soy! ¡Otra mañana!”. Hasta que un día me pegue un palo y me quede, pero por ahora prefiero seguir disfrutando todas las mañanas (risas).
¿Quiénes son los que más le han enseñado?
Han sido claves mis padres, un amigo profesor en la universidad que era mi tutor y otros grandes amigos y maestros con los que he compartido ratos y discutido el sentido de la vida. No hay nada más maravilloso que un gran amigo inteligente con el que puedas compartir, discutir e interpretar tu propia existencia.
¿Y la mejor lección de su vida?
El suspenso en la reválida de cuarto (risas).
¿A qué le sabe el futuro?
Me temo que a poco. Me encantaría que me quedase tanto futuro como el espacio de vida que he vivido, pero me temo que ya no voy a aguantar 59 años más (risas).