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28/06/2015 n243
Fernando Rivas ha escuchado caer obuses cerca de la casa de su familia en El Salvador y jugado aguerridos partidos de rugby en sus años de formación profesional, pero aún así mantiene el carácter amable y cordial que le define. El representante nacional de Médicos con Empleo Precario de la Organización Médica Colegial (OMC) asegura ser una persona “tierna que le gusta el cuidado de los demás”, así como de las plantas que tiene en su piso de Madrid o en el chalé de sus padres en la sierra. Una característica que, según cree el oncólogo, fue condicionante para descubrir su vocación desde temprana edad, así como para mantener la cabeza fría durante sus períodos como presidente del Consejo Estatal de Estudiantes de Medicina (CEEM) y Consejo Europeo de Estudiantes de Medicina. Sin embargo, esto no significa que Rivas desconozca qué es una batalla porque desde 2013 pelea por fomentar el empleo dentro del sector sanitario.
José A. Puglisi
Imagen: Cristina Cebrián y Joana Huertas
¿Se considera un defensor de, como se suele decir, las causas perdidas?
Si perdidos son los médicos que están en empleo precario, los estudiantes de Medicina o los médicos en formación, entonces sí. Aunque valdría la pena preguntarse qué son las causas pérdidas.

¿Y qué son para usted?
Aquellas que no tienen solución o que generan soluciones utópicas. En este sentido, podría admitir que soy un perseguidor de utopías. Hay que ponerlas como metas para intentar alcanzarlas y cambiar las cosas.

Nos hemos adelantado un poco, vayamos a sus inicios. Estudió en el colegio San Agustín de Madrid, ¿qué aprendizajes ha adoptado del modelo de vida de este santo?
¡Uf!, San Agustín es un doctor de la iglesia. Es uno de los filósofos que se estudian en el colegio y, de hecho, en la selectividad habrán preguntado por él.

Era un personaje bastante peculiar: Fue un niño malo que robaba las frutas del vecino de al lado y, en la adolescencia, un mujeriego. Un día, de repente, descubrió a Dios. El aprendizaje principal con el que me quedo es esa lección de vida de que uno puede ser un pecador, pero si en un momento determinado lucha por causas justas, por hacer bien a los demás y por mejorar el entorno, al final se conseguirá la gloria.

Un aprendizaje que se resume en su frase mítica: “Ama y haz lo que quieras”.  


Ahora como médico, ¿en qué lado está en el clásico debate entre fe y ciencia?
No creo que ambas sean incompatibles. En un periódico leí recientemente que lo que no comprendía la ciencia es que la fe no la persigue. La fe no entiende de otra cosa que de sí misma, mientras la ciencia se basa en razones.

¿Por qué decide estudiar Medicina?
Mi padre es pediatra y, aunque ya se jubiló, lo fue durante toda su vida. No sé si influenciado por esta imagen o no, pero desde niño he querido ser médico. Una curiosidad que me ocurrió de pequeño fue que, una vez visitando a mi colegio, me encontré con una profesora que me había dado Primaria de la EGB y recuerdo que, cuando le comenté que estudiaba Medicina, me tomó del brazo y me apartó un poco del grupo para decirme: “Eres el primer alumno que tengo que lo que dijo que haría en primero, lo ha hecho”.

Entiendo, entonces, que mi vocación de médico nace por mi forma de ser: una persona tierna que le gusta el cuidado de los demás, pero, quizá, la imagen de un padre médico y pediatra influyó bastante.

¿Su padre siempre le respaldo en la decisión?
Como muchos otros médicos, intentó quitarme la idea de que hiciera Medicina porque es una carrera muy sufrida, compleja y larga. Sin embargo, tengo que admitir que también fue el primero que me felicitó y se alegró de que hubiese escogido la mejor profesión que existe.

¿Y sus abuelos no eran médicos?
No, uno de ellos era zapatero en El Salvador y el otro era una persona muy ingeniosa que había hecho patentes para moldes de queso y que luego se dedicó a ser maestro en un instituto de farmacia profesional, pero falleció al poco tiempo, impidiéndole desarrollar esa rama laboral.

¿Cuál es la historia del traslado de su padre desde El Salvador hasta España?
Mi abuelo nació en San Miguel, El Salvador, y se casó con una criolla con quien tuvo cuatro hijos: mis tres tíos y mi padre. Mi padre creció en El Salvador y, posteriormente, estudió Medicina en México. Años después, tuvo la oportunidad de estudiar la especialización en España. Cursó sus estudios y regresó a Latinoamérica, pero está vez acompañado con mi madre.

En el año 80 comienza la guerra civil en El Salvador, por lo que mi madre regresa por el peligro a España, mientras mi padre permaneció ahí un tiempo a la espera de que toda la situación política se solventase, pero, al ver que empeoraba, solicitó otra especialización en España, con la que comenzó su nueva vida.

 ¿Con qué símil resumiría sus años de Universidad?

Rivas, a la derecha, junto con un
compañero de rugby

Para mí fue un partido de rugby. En los partidos de rugby hay mucha dureza, esfuerzo y compañerismo. Yo no habría acabado la carrera de no haber sido por algunas personas que me ayudaron a suplir con apuntes mi falta de tiempo al dedicarme a las actividades de representación estudiantil.

Y como en un partido de rugby, el grado tiene sus momentos de conmoción al suceder cosas inesperadas, pero cuando está acabando el partido, y vas ganando, comienzas a sentirte mejor y a defender tu sitio con más facilidad. Y, cuando acaba, lo bueno es que siempre tienes un tercer tiempo, en el cual disfrutas y festejas el éxito conseguido.    

Esta pasión por el rugby también le ha llevado a practicarlo.
Sí, aunque yo comencé tarde en el rugby. Cuando estaba en cuarto o quinto año del curso, creé el equipo de Medicina por una petición del decano para celebrar un torneo de rugby 10 en la Universidad Complutense. Si lo organizaba el decano de Medicina, ¿cómo no iba a haber un equipo de la facultad?

Jugué durante mi quinto y sexto año en este equipo, pero cuando había terminado, y preparaba el MIR, entrenaba con el equipo de Arquitectura y, cuando fui a Málaga por la residencia, participé por dos años con el club de rugby de esta ciudad.

¿Considera que estudiar Medicina es una receta para ligar?
(Risas) ¡Para nada! Medicina tiene la singularidad, y en mi facultad ocurrió, que el 70 por ciento de los que estudian son mujeres. Y yo fui muy hábil, o muy torpe, y me hice novio de una de mis compañeras en primero de carrera, quien fue mi compañera durante el resto de la carrera. Eso de ligar estaba casi prohibido.

¿Con qué profesor le gustaría tomarse un café y hablar de profesional a profesional?
Con el profesor Ángel Nogales, que en paz descanse. Era el decano de mi facultad durante mis años de representante. Una persona maravillosa, entrañable, muy buen consejero y quien nos dejó hace tres años. Siempre tuve la oportunidad de tener cercanía con él y nos hicimos amigos, por lo que todos los meses tenía un encuentro conmigo y nos sentábamos a hablar de la vida y los problemas de la facultad. Ya fuera, hablábamos de otros temas como política, religión o mujeres; con él se podía hablar de todo y echo mucho de menos que no esté aquí.

¿A qué profesor le hubiera pinchado las ruedas del coche?
La verdad es que yo no soy violento. Aunque haya jugado al rugby y parezca extraño, nunca me he considerado una persona violenta y tampoco he tenido ningún profesor al cual haya pensado: “Este tío…”. Me tendría que reservar y decir que a nadie.

No obstante, me acuerdo de un profesor de Dermatología que me suspendió simplemente porque le dio la gana y me lo dijo así: “Tú suspendes porque no me creo que hayas aprobado habiendo estado ayer en una reunión”. Pero no le deseo ningún mal, porque luego aprobé y ya está, no ha pasado nada.

A España, desde las trincheras

Los médicos, se suele pensar, están acostumbrados a lidiar con la muerte. Sin embargo, el padre de Fernando Rivas no presenció las pérdidas en el quirófano, sino en medio de las calles de la ciudad, en la guerra civil que atravesó El Salvador entre 1980 y 1992. Un conflicto que si bien impulsó su llegada a España, también marcó los recuerdos de la infancia del actual representante nacional de Médicos con Empleo Precario de la OMC. “He visitado cuatro veces el país y, en la primera ocasión aún estaba la guerra. Recuerdo que había toque de queda desde las siete y, desde la casa, escuchábamos cómo caían los obuses en las calles cercanas”, asegura Rivas, quien hace años que no visita la tierra natal de su padre. “Me han asegurado que en estos momentos los índices de delincuencia hacen que el país sea más inseguro que en la época de guerra”, apunta. No obstante, no descarta que algún día regrese “para visitar las Playas del Cuco o comer unas pupusas o tamales de elote”.


En 2003-2004 se convierte en presidente del CEEM, ¿qué le llevó a asumir esa responsabilidad?
Siempre he dicho que la democracia tiene sus fallos y el día que falló estaba yo ahí para ser elegido presidente. Muy pocas personas conocen la historia, pero yo salí escogido de una carambola.

Llevaba seis meses en el CEEM y, aunque era muy poco tiempo, el consejo estaba atravesando un momento complejo, porque muchas delegaciones habían abandonado la organización ante la falta de objetivos y motivación. Yo descubrí que había un proceso que se estaba poniendo en marcha, el plan Bolonia, y que había una ley que acababa de aprobarse y que incluía algo llamado troncalidad.

Entonces con esos dos temas, acudimos a la asamblea que tuvo lugar en Albacete en marzo de 2004 y la gente vio que volvía a haber proyectos en los que trabajar. En esa época, el CEEM funcionaba como el Papado, ya que a los candidatos los postulaban y cada uno aceptaba o no. En las elecciones nos postularon a mí y a otra persona y, después de tres elecciones consecutivas, hubo empate entre los dos. Las normas decían que se tenían que repetir hasta haber un ganador.

¿Y qué paso?
Los candidatos salimos a tomar aire y ella me confesó que no podía ser presidenta del CEEM. Entonces entramos a la sala, donde lo indicó públicamente y se realizó una nueva votación en la que salí, pero con un margen mínimo.

¿Cuál considera que fue la mejor decisión que tomó durante su mandato?
Creo que normalizar el CEEM, entendiendo por ello el hacer unos estatutos y inscribiéndolo en el registro de asociaciones. Cuando fui elegido, el CEEM estaba reconocido por el ministerio, pero no era un organismo. Entonces me pareció fundamental que tuviéramos un reconocimiento para poder desarrollar otra serie de actividades. El CEEM no podía caer en el mismo error de fijarse una meta, superarla y no tener  nada después.

¿Es cierto que los miembros del CEEM son un poco frikis?
Sí, cualquiera que forma parte de una organización tiene que salirse un poco de la norma. No es habitual formar parte de un grupo al que debes dedicar horas que nadie te remunera o te valora, para el bienestar de un grupo de personas que al final no sabes si estará satisfecha con la labor que haces.

Dentro del CEEM, además, hay personas que hacen temas muy peculiares, como que dibuja o tiene ocurrencias para realizar eventos curiosos. Hay de todo. Un punto de inconformista debes tener o no te metes.


¿Cuándo decide dejarse la barba?
Mientras hacía la residencia en Málaga, porque me irritaba mucho la piel del cuello. Sin embargo, me la afeito todos los años, al menos una vez. No soy de quienes nunca se quitan la barba. Y, en el mes de noviembre, me dejo solo el bigote para fomentar la campaña de Movember y recaudar fondos contra el cáncer de próstata, aunque no me dejan mucho tiempo solo con el bigote, ya que mi novia dice que parezco Pancho Villa.

¿Cuál es el médico de películas al que más le gustaría parecerse?
En la película Hipócrates me sentí identificado en mi etapa de residente, pero no recuerdo haber visto ninguna película de oncólogo (risas). Me gusta mucho Patch Adams, un médico que nos gusta a todos por ser un médico humano, cercano, que antepone el bienestar a la técnica y a la ortodoxia.

Jamás me parecería a Dr. House, bajo ningún concepto, como tampoco sería como Máster of Sex. Estaría en la mezcla, un poco rara, entre Patch Adams e Hipócrates.

Eres un amante del buen vino, ¿alguna vez lo ha tomado en tetra brik durante tu etapa universitaria?
No, lo siento, pero es que eso es veneno.

¿Cómo conoció el amor?

Recolectando uvas

(Risas) Por casualidad. Yo creo que el amor se conoce por casualidad. Porque un día estás sentado viendo a una persona con la que sueles compartir, pero empiezas a querer a pasar más tiempo, conocerla más y que nada se interponga.

Soy de relaciones largas y el amor lo he conocido en dos ocasiones. La última vez, fue en la preparación del MIR y fue accidental, ya que fui a Oviedo a preparar un examen y no esperaba encontrarlo, pero entras en una academia donde hay 1.200 personas y ella estaba justo ahí, sentada en la fila de delante.

¿Alguna vez ha soñado con protagonizar la clásica escena de película en la que alguien grita: “¿Hay un médico en la sala”?
La he vivido en un avión (risas)… y un par de veces. Ambas en vuelos en líneas low cost camino a Londres y Washington DC. En los dos casos se solventaron de forma sencilla, pero en ese momento te preocupas, porque en los aviones hay pocas herramientas, solo un desfibrador o un poco de oxigeno, pero el botiquín no cuenta con unas aspirinas, cafinitrina y nitroglicerina para los casos más graves.

¿Qué es lo primero que le pasa por la mente cuando ve a un nuevo paciente?
Le miro  a los ojos, ante todo. Los médicos intentamos ver a las personas que vienen y no solo su patología, porque no es un colon, una mama o próstata, sino Antonio, Juan o María que vienen con una enfermedad. Por eso, siempre he intentado escribir toda la historia antes de que llegue el paciente para poder atenderle mirándole y escuchándole, para que no se sienta que estoy al otro lado de la mesa, con distancia.

Es importante saber qué miedo trae y qué tan grande es para intentar mitigarlo en la medida de lo posible, ya que no somos curanderos que hacemos milagros, sino médicos y conocemos donde están nuestros límites.

¿Cuáles son los pacientes más complicados?
Aquellos que no quieren curarse. Hay algunos que están tan seguros que no se van a curar, que temen tanto a la muerte o a no estar como antes. El libro El emperador de todos los males explica esta situación con una frase muy bonita: “La guerra contra el cáncer estará mejor ganada si redefiniéramos el concepto de victoria”.

¿Cómo termina representando a los médicos con empleo precario?
Era vocal de Médicos en Formación de la OMC y había terminado mi propia etapa formativa y, al no renovarse un contrato, me quedé en paro. Entonces ya me había dado cuenta de que la precariedad laboral estaba extendida en toda la profesión médica, como en casi todas las demás. Por eso quise abordar esta temática y darle una visión positiva a través de la formación de empleo.

¿Cuáles son las peores condiciones laborales que ha escuchado?
Contrato de menos de un día, de solo dos o tres horas. O, por ejemplo, el pago de cuatro euros para ver a un solo paciente.

Rivas, en uno de los balcones de la OMC que da al Congreso de los Diputados. 


Cuando termina el ajetreo, ¿con quién descarga sus pensamientos o emociones?
Con mi pareja y con el sofá, donde descanso escuchando la radio. Por la noche oigo La brújula, de Onda Cero, y por la mañana Hoy por hoy, de Cadena Ser. A mis amigos y mis familiares también les cuento, pero les digo menos cosas para evitar agobiarles.

¿Cuáles son las actividades que hace para ‘desconectar’?
Me gusta mucho el campo, por eso tengo mi propia huerta en el chalé de mis padres en la sierra, donde tengo tomates, lechugas y calabacines. En mi piso tengo macetas aromáticas. El gimnasio también es una buena opción o cocinar, ya que me gusta todo el proceso, incluido el ir a hacer la compra.

¿Cuál es el tópico médico más común que no soporta escuchar?
Que ganamos mucho dinero.

¿Cuál es su chiste de médicos preferido?
Te lo debo, soy tan malo con los chistes que siquiera me acuerdo ninguno.

¿Cómo valoraría sus propias condiciones laborales?
Ahora son buenas. Después de pasar por contratos de 15 días al 50 por ciento, ya tengo un contrato indefinido para hacer lo que me gusta, y me pagan por hacerlo.