¿Quiere recibir Revista Médica en su correo de forma gratuita?
21/06/2015 n242
El Celador
Al final todos somos casta
En el hospital no se ha hablado estos días ni de Guillermo Zapata ni de sus tuits, ésos que lo han quitado de concejal de Cultura del Ayuntamiento de Madrid. Qué va. Aquí lo que nos ha marcado ha sido una idea de la nueva alcaldesa, la señora Carmena, que ha dicho que por qué no limpian los colegios las madres de los niños, en plan cooperativas. Y, claro, la extrapolación hasta el hospital no ha tardado mucho.

A las limpiadoras no les ha sentado bien, pero no lo han reconocido porque las que yo conozco han votado a Podemos. Los médicos, que conste, no han dicho ni mu, al menos de puertas para fuera, porque saben que esas cosas no van con ellos. Pero algunos pacientes se han cachondeado del asunto. Bueno, más que los propios pacientes, sus acompañantes. Que me perdonen los podemitas si les incomoda mezclar idea-Carmena-cachondeo, pero son hechos, como hecho es que Zapata quiso hacer el amor “dulce y lentamente sobre el cadáver del alcalde de Alcorcón”. Yo sé por qué iba para Cultura: porque pese al contenido, ponía sus acentos y todo.
Lo reconozco: a mí, la propuesta de Carmena me ha recordado tiempos pasados. De niño, cuando íbamos de excursión y parábamos en los bares de carretera, la directora del colegio nos hacía limpiar las fondas como los chorros del oro. Aunque solo entrasen a tomarse el café los maestros y el conductor del bus, daba igual: se pensaba que era el patio del colegio y no podíamos seguir la marcha del viaje hasta que no quedase ni una servilleta en el suelo de la cafetería. Todo fue por culpa de las limpiadoras, que se pusieron de huelga un par de semanas y a la directora le marcó de por vida. Yo, en cambio, no se lo reprocho. Pelillos a la mar.

Pero ahora las cosas son distintas. Porque si la exjuez dice que las madres tienen que limpiar los colegios, pues a lo mejor algunas lo hacen. ¿Y si mañana dice nosequé de los pacientes, acompañantes o celadores de los hospitales? Yo estoy preocupado. Como los camareros de la cafetería, el vendedor de los cupones de los ciegos y, cómo no, mi amigo Manolo. “¿Pero eso venía en el programa?”, me dice, inocente él. Le miro simpático, pero no le respondo, porque como estos días estoy viendo a la nueva alcaldesa más que a toda mi familia junta no quiero que se me aparezca en plan Pepito Grillo para defender milicias de la escoba. “¡Ay, Carmena!”, suspira, finalmente, Manolo. Me río. Al final, hasta las limpiadoras profesionales son casta.