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14/06/2015 n241
El Acuartelamiento General Cavalcanti, a las afueras de Madrid, da la bienvenida a sus visitantes por medio de tres soldados que custodian la garita. La brigada sanitaria del Ejército, como se refiere al despliegue militar la propia María del Pilar Hernández Frutos, dispone aquí de su campamento base. Primera mujer en alistarse a la Legión del Ejército de Tierra en la Historia de España (1990), la hoy teniente coronel sonríe en su modesto despacho mientras se cuadran ante ella los cadetes y atiende a ‘Revista Médica’ a las puertas de un viaje a Colombia que le cambiará la vida una vez más. Allí le darán en adopción a su segunda hija, una niña de nueve años; disfrutará de su baja maternal unida a su mes de vacaciones y volverá a su destino provisional, estas instalaciones, donde trabaja como responsable de instrucción y montaje especializados en sanidad y en combate.
Javier Barbado
Imagen: Miguel Fernández
de Vega
¿Por qué quiso ser médico y militar?
Es algo intuitivo, no tiene explicación: siempre me atrajo el Ejército de Tierra.

Hernández Frutos, junto a la ministra de Defensa, Carmen Chacón, en la despedida del contingente de la UME que parte hacia Haití en 2010 desde la base aérea de Torrejón (Madrid).

¿Y eso?
Pensando ya en la Legión, que es una unidad terrestre. Como le digo, ya lo tenía en mente desde siempre, como a quien le atrae el arte.

¿Le inquietó que no hubiera otras mujeres?
En efecto, no las había en la Legión, pero no me inquietó. Es sabido que a ella acudió mucha gente situada muy al margen de la sociedad y a la que dio una segunda oportunidad. Avala que cada uno sea lo que quiera ser.

¿Cómo la recibieron?
Como a los demás. Guardo algunas anécdotas, como que al ir con el pelo largo, mi superior me llamara al orden y me informara de que debía recogérmelo en tanto en cuanto decidían algo al respecto, pues no se les había planteado tal problema antes. La solución fue un moño, algo que parece haberse asentado en el Ejército.

¿Alguna otra?
También aterricé con mi propio uniforme, sin que tuvieran que adaptármelo. Antes de ingresar en la Academia Militar de Zaragoza, fui a una tienda especializada, llamada Flandes, donde pregunté de qué se componía el uniforme de legionario. Me dijeron que debía venir él a probarse la teresiana [gorro especial], la guerrera y el pantalón, pero les dije que éste último debía ser una falda. Contactaron con el Ministerio de Defensa y los sastres hicieron un trabajo perfecto.

Vayamos al grano: usted es médico. ¿De qué especialidad?
Soy licenciada en Medicina y Cirugía pre-95. Cursé la carrera en la Universidad Complutense de Madrid y es verdad que, antes de ingresar en el Ejército, ya di muestras de mi interés al escoger el Hospital Central de la Defensa Gómez Ulla, de Madrid, para las prácticas.
Siete misiones especiales en el exterior
La teniente coronel acumula en su expediente al menos siete misiones en el exterior, muchas de ellas en zonas de guerra. Estuvo, por ejemplo, en Bosnia en 1993 como legionaria y teniente, pero regresó de la operación en calidad de capitán. Acto seguido, pasó a formar parte del escalón médico avanzado de tierra (EMAT), “capaz de desplegar quirófanos para cirugía de extrema urgencia o incluso programada si las circunstancias lo permiten”.

En las dos últimas décadas también acudió a Líbano, Montenegro, Croacia… Y a Albania en 1997, entre otros destinos. Aquí, igualmente, se ubican once años de su vida en los que intervino en misiones “sin desplegarme sobre el terreno” en calidad de representante española de los grupos de trabajo de la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN).

Para esta militar, “ninguna misión es peligrosa las 24 horas del día, sino que hay unos picos de peligrosidad puntual en forma de bombardeos, disparos o minas”; el Ejército, en todo caso, no solo echa mano de médicos entrenados para situaciones de emergencia. También cuenta con enfermeras, psicólogos y personal técnico capaz de manejar blindados de 13 toneladas de peso que, si vuelcan, requieren de una enorme pericia para ser rescatados. La preparación castrense permanece a la altura de los imprevistos de una zona de combate.




¿La formaron entonces como militar?
No. Antes primero se era médico y después se accedía a la carrera militar, nada que ver con el Centro Universitario de la Defensa (CUD, que permite estudiar Medicina desde el Ejército), que en realidad es algo muy reciente y se nutre de alumnos en calidad de alférez, no profesionales.

Pero usted ejerce como médico.
Sí. He optado más por cursos de especialización dentro de las Fuerzas Armadas, por lo general relacionados con la Medicina de emergencias: tareas específicas de inteligencia militar que no son clínicas, y no están en la ley de especialidades médicas, por ejemplo la logística. Y eso me ha servido para desempeñar los diferentes roles que me han ido asignando.

¿Usted publica artículos y acude a congresos?
Por supuesto. He investigado, generado y publicado protocolos específicos, y eso es investigación, desarrollo y docencia. Como especialista en emergencias,

La legionaria, durante la campaña de los veinte años de la mujer en las Fuerzas Armadas.

me he encontrado cosas y circunstancias de la Medicina en combate que no aparecen en ningún libro. El manual puede decir, por ejemplo, que cierta medicación precisa de nevera para su preservación, pero yo me la llevo a Mali y tengo que apañármelas sin esa medida (a no ser que disponga de una instalación electrógena permanente), o, dado el caso de una evacuación, he de saber cómo mantener al paciente en buen estado de tratamiento con menos tiempo disponible.

Todo eso se vuelca en los protocolos de actuación y procedimientos. Además, estamos en contacto con profesionales sanitarios de otros ejércitos o incluso de equipos de la Organización para el Tratado del Atlántico Norte (OTAN) especializados en Medicina Preventiva o de emergencias. Trabajamos por áreas de conocimiento a nivel internacional. Hay mucha más vida científica de la que parece.

Y en los foros de la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias (Semicyuc), a la que pertenezco, resulta muy satisfactorio enseñar acerca del soporte vital avanzado en trauma de combate: cómo buscarse la vida en esas condiciones especiales. Es algo muy apreciado por los profesionales asistenciales alejados de la clínica clásica como, por ejemplo, gente de las ONG, de Cruz Roja o incluso del parque de bomberos.

En el Ejército dice sentirse a gusto. ¿Qué opina del caso de Zaida Cantera?
No lo conozco. Mi impresión visceral me indica que ha sido demasiado mediático. Pero es solo una sensación; no lo conozco y no puedo opinar. Sí diré, a favor del sistema, que según te presentes, así te tratan. Claro está que pueden suceder las mismas cosas que en la vida civil, de las que venimos y de la que somos un reflejo. Pero yo no he tenido nunca problemas de ese tipo ni los he presenciado ni nada por el estilo.

¿Se respeta al individuo en la Legión? Existen muchas tradiciones conocidas en ella, sin ir más lejos la religiosa.
Las tradiciones de la Legión son neutras: se respetan todas las que profesen sus miembros. De hecho, hay una oración interconfesional admitida por todo el mundo que a nadie ofende. Incluso hay legionarios animistas, politeístas, budistas, musulmanes… además de cristianos. Judíos, no lo sé: no se han manifestado o no se les ha visto. Pero encomendar un muerto a la posteridad, por poner un ejemplo claro, es un asunto tan sumamente neutro que ha sido admitido por todos los legionarios.

Vocación heredada y primera legionaria Si la Medicina per se a menudo se hereda como ejercicio profesional de padres a hijos, la vocación militar tampoco es moco de pavo en este sentido. En el caso de Hernández Frutos no sin algo de sonrojo confiesa que, en efecto, “algunos tíos y un hermano” prestan sus servicios en el Ejército, a lo que se suma “una sobrina que se lo está pensando”. En cuanto a la condición de mujer una vez entró en la Legión (tal vez su principal peculiaridad de puertas afuera), la teniente coronel lo recuerda como una exposición excesiva y no buscada frente a los medios de comunicación: “Me sentí hecha noticia porque para mí no fue para tanto; en 1990 yo había optado por una elección profesional, en concreto el tercer tercio de la Legión cuyo acuartelamiento se situaba entonces en Fuerteventura, mientras otro compañero varón hizo lo mismo en el cuarto tercio en Málaga, pero, claro, lo de él no llamó la atención”. Lo cierto es que, en toda la historia de la Legión, no hubo féminas hasta esa fecha, aunque sí participaron, por ejemplo, las Damas de la Sanidad Militar en apoyo a heridos de combate. “Pero de una mujer integrada como parte de la plantilla de la unidad no había precedentes: es verdad”, concluye.


¿Y la advocación del Cristo de la Buena Muerte?
Los que somos cristianos hemos sido alguna vez cofrades. Estas ceremonias no han sido nunca rechazadas, que yo sepa, por ningún integrante de la Legión, y me consta que los hay, como digo, de las más variadas religiones. Las tradiciones se respetan.

Como médico militar destinada en zonas de combate, ¿qué patologías atiende?
Nuestra función está más orientada a la emergencia que al día a día; partimos, además, de un personal previamente sano y sometido a disciplina de alimentación y ejercicio entre otros factores. Pero luego existe el riesgo de puntos de fuego y los problemas vinculados, en general, al movimiento y al accidente de tráfico, o también, incluso, a las lesiones de carácter deportivo. Es más variopinto de lo que parece.

En el Ejército apenas hay 700 médicos en este momento. ¿Por qué?
Cuando yo empecé no se publicitaba lo suficiente. Una acababa la carrera y acudía a que la informasen y le presentaban diversas opciones: Medicina forense, penitenciaria, incluso deportiva… pero no le decían que existía una oposición oficial, publicada tanto en el Boletín Oficial del Estado como en el de Defensa, a la que se podía presentar para ejercer como médico en el Ejército.

Pero todo es relativo. Hablamos de una profesión que, en momentos en que la sociedad dispone de alternativas, vive escasez de demanda y debe nutrirse de las vocaciones; sucede con todo: el examen MIR antes se contemplaba como una proeza de superación y ahora hay que hacer un esfuerzo para no suspenderlo (más arriba o más abajo se consigue número).

La militar, junto con una compañera durante un ejercicio.

También disponemos, por otra parte, de los reservistas: gente que a menudo no ha hecho siquiera el servicio militar y que, por gusto, deja su trabajo habitual por unos meses para estar con nosotros en misiones de bajo riesgo.

¿Dónde está destinada ahora mismo?
Aquí en Madrid, como asesora y responsable del montaje de un elemento de instrucción y adiestramiento de sanidad en combate, donde vuelco toda mi experiencia acumulada como profesora estos años. Las instalaciones incluyen una zona de campo de 19 hectáreas más un aula muy voluminosa. En el recinto, existen hasta tres clases de circuitos para vehículos especiales divididos por grado de dificultad; también hay torres que por dentro sirven de pozo y, por fuera, de observatorio.

En la zona de campo, ¿qué se hace?
Se ensayan despliegues operativos en los que se recurre a figurantes que, en realidad, son profesionales sanitarios (es decir, actúan como si fueran actores pero no lo son) para hacer las simulaciones de una zona de combate. Enseñamos cómo tratar a los enfermos y cómo moverse en esas circunstancias.

¿A qué dedica su tiempo libre?
Me gusta tejer, coser, el bricolaje, la fotografía… Yo era de las que revelaba en el cuarto oscuro las fotografías, con muy buena calidad, por cierto. Cocinar, menos, aunque he creado un plato de mi cosecha, pero no es mi pasión.

¿Qué le ilusiona sobremanera?
Tengo una hija de 11 años y en breve acudo a Colombia para acoger a otra más, de nueve años. Ha sido mucho papeleo: hasta tres años. ¿Por qué decidí tenerlos? Le respondo lo mismo que sobre mi vocación: es algo intuitivo, no necesita explicación