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24/05/2015 n238

El presidente de la Asociación Española de
Ingeniería Hospitalaria (AEIH), Luis Mosquera,
no gusta de comparar su profesión con otras,
ni menos aún de posicionarse en el clásico
debate entre el mundo de las ciencias y el de
las artes, donde la ingeniería ocupa un lugar
aparentemente intermedio. Sin embargo, entra
al trapo cuando se le insiste en esas diferencias
por las que su oficio sobresale respecto a otros
menos tangibles y ricos en conocimientos
aplicados, incluso dentro del sector sanitario,
donde él cumple su papel como subdirector
de Gestión Técnica en el 12 de Octubre de
Madrid. Alterna a diario su labor gestora
desde el despacho del hospital con la parte
más técnica de su desempeño, que desarrolla
en la central de instalaciones, donde transcurre
la conversación con ‘Revista Médica’.
Javier Barbado / Imagen: Cristina Cebrián

¿Qué quería ser de mayor cuando era niño?
Yo en realidad quería ser arquitecto. Iba a un colegio de padres claretianos (toda una institución en Gijón, donde vivía) y siempre tuve muy buenos profesores en las ramas técnicas (Matemáticas, Física, Química…), que me interesaron muy pronto, más que la parte humanística, por la que también sentía curiosidad de todos modos, pero entendí que mi futuro iba por ahí. En Gijón había una escuela muy buena de ingenieros superiores, de la Universidad de Oviedo, abierta no hacía demasiados años y que estaba dando muy buenos resultados formativos y de introducción al mercado laboral. Así que me decidí por la Ingeniería Industrial, la rama más versátil, pues incluye una parte de construcción.
¿Innovar equivale en el ingeniero a crear en el artista?
Tuve un profesor que contestaba a esa pregunta diciendo que las humanidades estudian las ciencias de los hombres en tanto que la ciencia hace lo propio con la obra de Dios, lo cual explica que sea más extensa. La innovación y la creatividad en ciencia están a la orden del día y en un nivel igual, si no superior, al de las artes.
¿Por qué superior?
Puedo ser un compositor muy creativo, pero no dejo de utilizar unas herramientas muy pautadas, es decir, en realidad no hay mucho que entretejer. En las artes, el culmen tecnológico se alcanza en un momento determinado de la Historia, pero luego incluso hay degeneraciones. En música, por ejemplo, en el Barroco se llega al punto culminante; luego se hacen otras cosas, claro, pero no nuevas o técnicamente superiores. Y con la pintura pasa exactamente lo mismo.

En cambio, la ciencia ha evolucionado de forma continuada: desde el uso de herramientas básicas por el homínido de la película 2001, una odisea en el espacio hasta la llegada a Marte.
De becario a jefe de servicio En los años 90 del siglo XX, Mosquera ya estaba licenciado en Ingeniería Industrial por la Universidad de Oviedo. Por entonces, el índice de paro en el oficio era “importante”. “No tanto como el que vivimos ahora, pero la demanda era escasa, incluso en el resto de Europa”, dice. Así que su incursión en el mercado laboral comenzó por el peldaño más bajo, el de becario, en una compañía eléctrica. Después (en 1995) se fue “a la aventura” a trabajar en Canarias en una empresa de alimentación “muy similar a la hoy comprometida Pescanova”. Más tarde, el deseo de regresar a la Península lo llevó al Complejo Hospitalario de Salamanca en calidad de jefe del Servicio de Ingeniería.
Pisemos tierra. ¿Cómo va la renovación de su hospital, el 12 de Octubre?
No va mal. La central de instalaciones es parte de ese proceso, y también el edificio de actividad ambulatoria. Pero falta culminarlo con el bloque técnico, el de la actividad hospitalaria, con su dotación quirúrgica y demás, que está por concluir. El proyecto está muy avanzado, de modo que necesitamos el impulso político de decidir que se lleve a la práctica. Entiendo que la financiación, en este momento, es un problema, pero también hay que recordar que las infraestructuras tienen una vida útil y es peligroso que se rebase. Y si hablamos de pacientes, ese riesgo es doble. Espero que salga adelante en la siguiente legislatura.
¿Y el trabajo del día a día en el centro? Algunos políticos y directivos critican la falta de cultura empresarial en la sanidad pública…
Habría que definir qué entendemos por cultura empresarial. ¿Es la consecución de un beneficio? En lo que se refiere a la relación con los funcionarios, es verdad que se trata de un factor limitante, pero eso no quiere decir que, en este marco, dejen de poderse hacer muchas cosas. En realidad, en el hospital hay acciones empresariales y su propia estructura es de esa naturaleza. Sus profesionales a menudo acuden a la sanidad privada y dudo de que los hayan lobotomizado para que actúen en ella de otro modo: aplican sus conocimientos, es probable, eso sí, que de otra forma. Cualquier empresa pública tiende a ser muy garantista; la propia ley de contratos lleva a que las compras estén muy limitadas, por ejemplo.
¿Funcionan igual los hospitales públicos de gestión privada para un ingeniero?
Hemos hecho, en España, toda clase de experiencias de este tipo. Pero creo que no ha pasado suficiente tiempo para valorarlas. Además, todavía las administraciones son muy opacas a la hora de presentar los datos de evaluación de resultados, no creo que por ánimo de ocultación, sino porque no se disponía de los medios adecuados hasta hace bien poco.
En los primeros pasos de la Asociación Española de Ingenieros Desde sus inicios profesionales en el sector sanitario en Salamanca, el ahora presidente de la Asociación Española de Ingeniería Hospitalaria (AEIH) entró en contacto con este colectivo. “Nuestro gremio es muy especial y limitado, por lo que consideramos muy importante que exista cierta cultura asociativa dotada de peso”, explica. Una vez más, siguió el progreso escalonado y pasó de socio a vocal de la junta directiva y por fin presidente tras un seminario celebrado en Valencia. De esa etapa guarda buenos amigos colegas de profesión como, entre otros, el actual secretario general de la asociación, Javier Guijarro, “en cierta medida mi cicerón en todo este mundo”. Los inicios de la AEIH son complejos al proceder de la fusión de otras dos, pero se desbloquearon gracias a la labor de Dámaso Bances, prestigioso ingeniero que la presidió durante varios años e hizo “una gran labor de aglutinación”.
A los directivos de la salud les preocupa mucho su profesionalización. ¿Y a usted?
El problema radica en el gap que se produce entre gestión y política. Hemos pasado de un modelo centralizado, el del antiguo Insalud, a otro de transferencias a las comunidades autónomas. Eso se traduce en una proximidad mucho mayor del político al gestor, y eso, en sectores como el sanitario, donde la continuidad de los procesos y decisiones adquiere especial relevancia, complica mucho las cosas.
La Medicina del futuro no ve utópica la curación de enfermedades cada vez más prevalentes como el cáncer o el alzhéimer. Los ingenieros de los hospitales, ¿tienen algo que decir al respecto?
La mayor parte de esos avances, desde la cura del alzhéimer a la terapia de electroestimulación para algunos trastornos, por poner un ejemplo, tienen detrás la mano del técnico o ingeniero. Pasa lo mismo en otros ámbitos, sea el de las tecnologías de la información y la comunicación, las enfermedades oncológicas o incluso los recursos de la química y la farmacia, primera y segunda industrias del mundo, respectivamente. Siempre hay detrás conocimiento técnico puro y duro: el médico es el artista, pero las bambalinas se las da el técnico.