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03/05/2015 n235
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Como testigo de excepción de las tertulias sanitarias que organizaba su padre en casa todas las tardes, el jefe del Servicio de Oncología Médica del Hospital Clínico San Carlos de Madrid tenía clarísimo a lo que se iba a dedicar. Se fue a París poco después del mayo del 68 como médico interno y regresó a España como especialista en cáncer. Con tesón y sin molestar a nadie, consiguió hacer un hueco a su materia en el hospital, en la universidad, en la Real Academia Nacional de Medicina y en el panorama investigador internacional.
Lleva más de 30 años dedicado en exclusiva a la Oncología Médica, ¿lo tenía claro desde el principio?
Tenía claro que mi dedicación iba a ser la Medicina, por encima de todo. Mi padre, Manuel Díaz Rubio, era catedrático y pasaba consulta en casa. Además, tenía una gran biblioteca y organizaba tertulias con médicos, con alumnos… De modo que viví desde pequeñito en un ambiente médico que me encantaba y, por lo tanto, cuando terminé el bachillerato tenía claro que iba a hacer Medicina. Terminé la carrera e hice la residencia de Medicina Interna y, durante esa etapa, empecé a inquietarme por los temas relacionados con la investigación clínica. Me pareció que la inmunología podía ser un tema enormemente atractivo y ese fue el motivo por el que, finalmente, decidí irme a París, donde había un centro de cancerología e inmunogenética. Aquello fue para mí un mundo nuevo y así me convertí en oncólogo médico.

¿Cómo eran esas tertulias de las que habla?
Todas las tardes, a las ocho, había una tertulia médica en mi casa. Iban allí, se reunían, tomaban una cervecita y comentaban las noticias y los últimos datos publicados. Aquello era un privilegio.

Su hermano, Manuel Díaz-Rubio, presidente de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM), y usted donaron la biblioteca de su padre a esta institución…
Sí. Tenía una biblioteca magnífica, enorme. En aquella época los hospitales y las universidades apenas tenían acceso a las revistas más modernas, pero mi padre estaba suscrito a publicaciones alemanas y americanas de Medicina Interna y de Aparato Digestivo, que compartía con otros médicos y con sus alumnos. Cuando murió, mi hermano y yo buscamos un sitio lo más adecuado posible para esa biblioteca, se la ofrecimos a la RANM y allí está.



Hablando de su hermano, en una entrevista reciente en ‘Revista Médica’ nos contó que colecciona grifos de cerveza. ¿Usted también es coleccionista?
Mi hermano es un gran coleccionista, lo ha sido toda la vida. Recuerdo que cuando éramos pequeños y dormíamos en el mismo cuarto ya coleccionaba cajas de cerillas, sellos, botellines de licores, luego le dio por la cerveza… Yo no tengo ese espíritu de coleccionismo, no tengo ninguna colección de la que presumir, nada más que papeles de Medicina (risas).

Pero sí que compartirán el gusto por tomarse una caña…
¡Sí! Tomarte una cervecita con buena compañía es de los mejores momentos de la vida.

Es el sexto de una familia de siete hijos, ¿qué tal es estar en esa posición?
Se está muy bien (risas). De los siete, cinco eran chicas y toda la presión se la llevaron los mayores. Con mi padre tenía una relación de amistad y de confianza, siempre me sentí muy libre. Para mí fue una época muy bonita.

¿Sus hijos han continuado la tradición médica?
Mi padre fue el primer médico que hubo en la familia. Mi hermano y yo continuamos la tradición, pero ahora solo tenemos un sobrino que es médico. El resto no ha estudiado Medicina. Creo que eso es señal de que somos personas con un talante liberal y que hemos dejado a nuestros hijos hacer lo que ellos querían. Probablemente vieron que esa vida que llevábamos nosotros no era la más aconsejable, ya que supone demasiado trabajo y demasiada responsabilidad.

Aun así, ¿se sigue hablando mucho de Medicina en las reuniones familiares?
Sí, porque hay mucho ambiente médico. Mis hijas, aunque no estudiaron Medicina, están trabajando en el sector sanitario.

Estudiante madrugador

Eduardo Díaz-Rubio lleva toda la vida dedicado al estudio y no le importa madrugar para leer los artículos científicos que tiene pendientes, tanto en la mesa de su despacho en el hospital como en su casa. “Siempre me ha costado menos levantarme temprano que acostarme tarde, quizá porque llegaba agotado por la noche. Recuerdo que cuando hacía el bachillerato me levantaba a las 5.30 de la mañana para estudiar y tener las cosas muy frescas”. Eso sí, reconoce que, aunque la lectura sea muy importante para él, es mal lector de literatura porque piensa que, si lee una novela, le está restando tiempo a las publicaciones científicas relacionadas con su especialidad.



Antes ha comentado su etapa en París, ¿cómo era la capital francesa en los años 70?
Era una ciudad maravillosa. En aquel momento yo tendría 25 o 26 años y en España había una represión intelectual, así que llegar a París y poder tener libertad absolutamente en todo era una inyección de juventud enorme. Todavía estaba muy cerca el mayo del 68. Por otro lado, tenía a mi disposición los libros que no se podían comprar en España. Aquello era una delicia, lo pasaba muy bien con todas esas posibilidades culturales. También era una época en la que la gente vivía mucho en la calle, la música cambió completamente, aparecieron Los Beatles… Era todo un cambio generacional.

¿Qué hizo cuando volvió a España?
Al regresar me integré en el Servicio de Medicina Interna del Hospital Clínico San Carlos. En aquel momento la Oncología, como tal, no existía en el hospital. Los internistas dedicábamos mucho tiempo a los diagnósticos diferenciales, pero la decisión terapéutica era muy lacónica, no había absolutamente nada que hacer más allá del impacto que pudieran tener la cirugía o la radioterapia. Constituí la Sección de Oncología Médica dentro del servicio, al principio con muy pocas herramientas hasta que, posteriormente, la especialidad dio un salto cualitativo y se vio la necesidad de crear un servicio propio. La Oncología Médica no existió como especialidad hasta 1978, cuando un grupo de pioneros conseguimos que el ministerio la reconociera. Los oncólogos médicos tuvimos que hacernos un hueco en el hospital; teníamos que ir ocupando sitio y consiguiendo pacientes sin molestar a nadie.



La especialidad se crea en el 78, pero no hubo un sillón de la RANM dedicado a la Oncología –el 37, el que ocupa usted– hasta 2006…
Realmente fue un hito. Si uno mira el histórico de los discursos de la Academia, los relacionados con el cáncer eran muy excepcionales. Hoy en día es raro el mes que no tenemos un tema a debatir relacionado con la Oncología.

¿No le parece que llegó un poco tarde?
La Academia tiene un número restringido de sillones, 50, y no se puede aumentar. En aquella época era muy típico que muchos sillones estuvieran repetidos, a imagen y semejanza de lo que pasaba en la universidad. Soy el segundo catedrático de España de Oncología Médica, el más antiguo ahora mismo, y obtuve la plaza en el año 1992. Todavía hoy hay muchas facultades de Medicina que no tienen una asignatura como la Oncología Médica, cuando el 25 por ciento de los españoles muere de cáncer.

En su discurso de acceso a la RANM como académico de número dijo que cumplía “un sueño no confesado”.
Mi padre también había sido académico y, cuando yo estudiaba, le llevaba a los actos de la Academia porque él no sabía conducir. Me impresionaba todo aquel boato, pero no pensaba en la posibilidad de entrar ahí porque es muy difícil, se tienen que dar muchas circunstancias. Por eso lo entendía como un sueño no confesado, algo que llevaba muy interiorizado pero que no le decía a nadie.



¿Algún otro sueño cumplido?
Sí, todo lo que se refiere a mi profesión. Aunque hay uno que no he podido cumplir todavía, aunque espero que en el futuro todavía tenga tiempo: conseguir una curación de los pacientes de cáncer que sea realmente impactante para la sociedad. Hoy en día podemos curar entre el 50 y el 60 por ciento de los casos de cáncer, pero lo maravilloso sería que consiguiéramos llegar al 80 o al 90 por ciento. Ese sería mi máximo sueño.

¿Y cómo lo ve? ¿Llegará?
Se va a cumplir, pero va a costar mucho tiempo. Es posible que de aquí a cinco años estemos en el 70 o 75 por ciento… Hace años me preguntó un periodista que cuándo se iba a curar el cáncer y le dije que creía que para el año 2010 eso estaría resuelto, pero me equivoqué.

¿Qué avance ha visto en su ámbito que sonara a ciencia ficción cuando estudiaba Medicina?
Muchos. Por ejemplo, hace 20 años no podíamos pensar que ofreceríamos a las mujeres con cáncer de mama unas posibilidades de curación del 95 por ciento. Ha habido progresos notabilísimos en el campo de la Oncología Médica.

Una afición nunca imaginada

“Tengo una afición que nunca habría imaginado, pero que, realmente, me ha enseñado cómo hay que ir por la vida: el golf”. Eduardo Díaz-Rubio considera que el secreto de este deporte es “la regularidad e ir siempre por el centro, porque por la derecha puede haber agua o un bunker y por la izquierda un rough horroroso”. “Ver cómo se comporta la gente en el campo refleja la actitud que tiene en la vida. Nunca pensé que el golf fuera tan competitivo y tan bonito. Estoy encantado, aunque no tengo el tiempo suficiente que exige un deporte de esta naturaleza”.



Acaban de concederle el Premio Internacional de Investigación Oncológica Ramiro Carregal, ¿qué supone para usted este reconocimiento?
Significa mucho porque, primero, es un premio de gran prestigio que está orientado hacia la investigación en Oncología, es decir, que no es un premio genérico sino muy específico. Y en segundo lugar, porque es un galardón de reciente creación; este es el cuarto año que se ha otorgado. Van alternando, un año se lo dan a un investigador básico y el siguiente a un clínico, así que he sido el segundo clínico premiado, después de José Baselga, nuestro oncólogo más internacional. Por lo tanto, recoger ese testigo es un gran orgullo y una enorme responsabilidad. Es un reconocimiento a la trayectoria investigadora, aunque lo que he hecho ha sido rodearme de gente muy buena y ellos son los que han conseguido que a mí me den el premio. Soy la cara visible del trabajo del día a día.

Como investigador, ¿qué opina de la fuga de cerebros?
Salir siempre es bueno y animo a todo el mundo que tenga inquietud a que se vaya fuera cuando ha terminado la residencia, uno o dos años, sobre todo para conocer nuevos mundos y trabajar en un sistema diferente. Al mismo tiempo, lo que deberíamos tener previsto es cómo reincorporar a esas personas posteriormente porque, si no, lo único que estamos haciendo es gastar mucho dinero y tiempo en formar a gente para luego exportarla al extranjero. La idea es que estas personas deberían retornar y deberían tener posibilidades para reincorporarse.