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19/04/2015 n233
Aunque le costó encontrar su sitio en el ámbito de la investigación, el estudio del cerebro le atrapó y afirma rotundamente que no lo cambiaría por nada. Este madrileño, nacido en 1953, dirige uno de los laboratorios de microanatomía más punteros del mundo, en el Centro de Tecnología Biomédica (CTB) de la Universidad Politécnica de Madrid. Neurobiólogo del Instituto Cajal del CSIC, era el de en medio de una familia de nueve hermanos: “No te hacen ni caso, pero eso es bueno”.
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández
de Vega
Su padre era médico, pero usted hizo Biología.
Empecé a estudiar Biología porque la Medicina me encantaba, pero no la entendía. Era muy pequeño cuando leía las revistas de mi padre y me parecía superdifícil. Lo que me gustaba muchísimo era investigar todo tipo de cosas. Cuando hice la carrera no tenía una idea clara de hacia dónde quería dirigirme, así que busqué laboratorios de botánica, de genética, de farmacología… pero no me admitían en ninguno porque mi media era de aprobado. Así fue hasta que visité el Instituto Cajal y un científico que estudiaba el sistema nervioso periférico me admitió. Ahí fue cuando me quedé atrapado por el estudio del cerebro.

Javier de Felipe, a la izquierda, con los astronautas de la NASA

¿Estudiar el cerebro es adictivo?
Totalmente. Una vez que te metes en ello, te engancha y ya no lo cambiaría por nada del mundo. El cerebro es la esencia de nuestra humanidad, somos nuestro cerebro, y cuando te pones a meditar sobre eso te das cuenta de la enorme importancia que tiene estudiarlo porque significa conocernos a nosotros mismos. Nuestras emociones, cuando te enamoras, cuando sufres, cuando tienes hambre… todo está en nuestro cerebro. Es una maravilla tratar de comprenderlo.

Visto así, uno se pregunta por qué estudiar el cerebro no es una prioridad para todo el mundo…
Así es, no entiendo que no haya un interés enorme. En el cerebro está todo: las capacidades mentales que tenemos de mayores dependen de la educación que hemos recibido de pequeños; que tengamos problemas psicológicos depende del ambiente primario en la familia… Es nuestra historia, nuestra vida. Para mí es una urgencia, algo muy importante en lo que deberíamos avanzar lo más rápidamente posible para llegar a conocernos mejor. No habría tantos fanatismos si comprendiéramos lo que somos y cómo hemos creado la cultura, las religiones y las relaciones humanas.

Usted es muy fan de Santiago Ramón y Cajal.
Sí, mucho (risas). No es que sea un mitómano ni nada de eso, pero es un héroe para mí. Con él comenzó una nueva era en el estudio de la neurociencia, representa un antes y un después en el estudio del cerebro. Pero en España eso no es conocido; todos los pueblos y ciudades le dedican una calle o un hospital, pero nadie sabe quién es Cajal. Es una pena.

Cajal posicionó a España como la primera potencia mundial de la neurociencia moderna, ¿qué queda de eso?
Que yo sepa, desde que empecé en el Instituto Cajal, nunca ha salido una plaza en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) de histología o de neuroanatomía, que es a lo que se dedicaba él. Se han potenciado mucho más otras áreas, como la neurobiología del desarrollo, que también son muy importantes, pero es una pena que no aprovechemos más lo que significó la escuela de Cajal en nuestro país. Es como si en el Instituto Pasteur de Francia no se potenciara la virología o la bacteriología, sería absurdo.

Siempre me ha dolido bastante. Por eso, el proyecto que lidero, el Cajal Blue Brain, es uno de los laboratorios más punteros del mundo para el estudio microanatómico del cerebro. Seguimos la senda de Cajal pero con técnicas muchísimo más modernas. Pero lo cierto es que es muy difícil sacarlo adelante, lo pasamos muy mal.

Bulerías y ‘katas’
“Antes tocaba la guitarra flamenca: tarantas, bulerías, soleares… Mi maestro, Alberto Vélez, corregía partituras a Manolo Sanlúcar y conocía a Paco de Lucía”. Lo dejó cuando se fue a Estados Unidos, en 1983, porque no tenía tiempo: “Una pena. Lo tengo que retomar cuando sea más mayor (risas), pero ahora lo que más toco, e incluso canto, es blues”. Otra afición que tuvo que dejar por falta de tiempo fue el deporte; llegó a ser cinturón marrón de karate y practicó full contact. “Ahora no hago nada. Bueno, camino; algo es algo”.

A la guitarra y con su maestro de karate (De Felipe está a la derecha)



Lo pasarán mal, pero su laboratorio es envidiable…
Lo cierto es que disponemos de herramientas que jamás habría pensado que pudiéramos tener. En ese sentido estoy contento, pero cuando se acabe el Cajal Blue Brain, en 2018, no sé cómo se va a poder mantener todo lo que tenemos aquí. La mayoría de los investigadores que trabajan ahora aquí en este laboratorio han sido contratados a través de este proyecto y de otros que voy consiguiendo, especialmente fuera de España. Así que aquí hay poco apoyo en ese sentido.

Javier de Felipe cree que el hombre colonizará
el espacio

¿El Cajal Blue Brain tiene algo que ver con el Deep Blue, el ordenador que jugó al ajedrez contra Kasparov?
Así  es. Cuando empezó el Blue Brain en Lausana (Suiza), era un ordenador de IBM, como el Deep Blue. Después, cuando iniciamos el proyecto en España, añadí el ‘Cajal’ en su homenaje. Lo que hacemos es tratar de hacer simulaciones del cerebro, pero eso no quiere decir que vayamos a crear cerebros, no es nuestra intención. Los modelos sirven para avanzar mucho más rápido en el estudio del cerebro.

¿Se podrán crear cerebros en el futuro?
A lo mejor, pero no creo que yo lo viva. Si sucede, será dentro de muchos años.

Hablando de cosas que parecen ciencia ficción, colaboró con la NASA para estudiar los efectos del espacio en el cerebro…
Sí, en 1998 la NASA propuso el proyecto Neurolab, una especie de arca de Noé que se envió al espacio para saber cómo afectaba el viaje a diversos animales: ratas, ratones, grillos, peces… Nos invitaron para estudiar los efectos de los vuelos espaciales en la corteza cerebral. ¿Para qué? Nuestro cerebro ha evolucionado durante millones de años en la Tierra, pero en el espacio el entorno cambia. Descubrimos que, después del vuelo, tenían unos cambios permanentes en las conexiones sinápticas. Eso no quiere decir que sea bueno o malo, sino que, simplemente, puede ser una adaptación. Ahora quizá no tenga mucho impacto, pero dentro de 200 o 300 años, cuando salgamos de la Tierra y nos vayamos a otros planetas, lo tendrá.

¿Cree que el hombre colonizará el espacio?
Sí, nos tendremos que ir algún día porque se calcula que en unos 4.000 millones de años –lo mismo que llevamos de existencia– todo el sistema solar desaparecerá, incluida la Tierra. Será el fin de nuestro mundo, así que nos quedan 4.000 millones de años para salir de aquí. Creo que estamos a tiempo (risas).

Arte en el microscopio Javier de Felipe sostiene que “el arte sirve de inspiración al científico”. Ha llegado a la conclusión de que, visto con luz polarizada, el glutamato (uno de los principales neurotransmisores del cerebro) se parece a algunos cuadros cubistas de Juan Gris. “El artista, sin darse cuenta, pinta su propio cerebro”, afirma. Él no pinta, pero organiza exposiciones, como Paisajes neuronales, y publica libros, como El jardín de la Neurología, donde combina la ciencia y el arte. “Escribo todos los días; no recuerdo, desde hace años, un día en el que no haya escrito algo”.

De Felipe ha llevado su exposición hasta
el Instituto Cervantes de Nueva Delhi (India)


¿Hay vida, con cerebro, en otros planetas?
No lo sé, pero creo que es muy difícil, me sorprendería mucho. Me parece complicado que esto se repita (risas).

¿Qué hay de cierto en eso de que no aprovechamos todo el potencial que tiene nuestro cerebro?
Eso es absurdo porque todo el cerebro está constantemente funcionando, echa chispas incluso en reposo. La duda es cómo explotar el cerebro al máximo, no si solo utilizamos el 10 por ciento. Nuestro cerebro tiene el mismo tamaño que hace 200.000 años, pero entonces no existían el lenguaje, la música, la escritura… No es que no se aproveche, sino que desde pequeños tenemos que aprender a usar las capacidades que tenemos. No sabemos cuáles son los límites de nuestro propio cerebro.

En su caso, parece que está bien explotado.
No lo sé. Mi mujer no dice eso (risas).

El divulgador científico Eduard Punset le dedicó uno de los artículos en los que escribe sobre sus “científicos favoritos”.
También he participado en uno de sus libros, en el programa Redes… Hemos hablado muchas veces y lo pasamos muy bien, es muy divertido (risas). La divulgación científica puede ser un rollo, así que transmitir la importancia que tiene el estudio del cerebro es un gran reto porque, hasta que uno no tiene el problema, no se fija en ello.

Uno de esos problemas a los que hace referencia es el alzhéimer, por ejemplo. ¿Qué recuerdo no le gustaría perder jamás?
No lo sé, uno piensa más en lo que quiere perder… Lo que me gustaría sería tener 30 años menos, pero sabiendo lo que sé ahora (risas). Aunque creo que eso le gustaría a todo el mundo.