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12/04/2015 n232
Sacar la máxima rentabilidad a cada minuto del día es el objetivo principal de los sanitarios que quieren cumplir con el horario de sus maratonianas jornadas, pero que residen en una ciudad distinta a la que trabajan. La falta de oportunidades en casa les lleva a destinar entre dos y tres horas diarias a desplazamientos laborales. Son conocidos como ‘avelinos’; es decir, facultativos que utilizan los trenes de alta velocidad y media distancia para trasladarse hasta su empleo. Juntos forman una pequeña familia que cada día realiza el mismo trayecto y con la que, en ocasiones, pasan más tiempo que con sus verdaderos parientes.
Marta Escavias

Los trabajadores españoles invierten una media de 92 minutos diarios en transporte, según la Encuesta de Empleo del Tiempo (ETT) del Instituto Nacional de Estadística (INE) de 2014. En los casos concretos de Madrid y Barcelona, otro estudio elaborado por La Caixa en 2008 cifraba la duración en 71 y 68 minutos, respectivamente. Estos tiempos se sitúan a un nivel similar al de grandes ciudades europeas como Londres (74 minutos), según datos oficiales de Transport for London, o Berlín (64 minutos), según el Instituto de Investigación sobre el Transporte alemán.

Pero hay un grupo de profesionales que se queda fuera de toda estadística: los ‘avelinos’, llamados así porque utilizan los trenes de alta velocidad españoles (AVE) y de media distancia para trasladarse hasta su lugar de trabajo. El tiempo y el desgaste físico que emplean a diario en sus desplazamientos todavía no está recogido en ningún estudio. Tal es el caso de la alergóloga Teresa Alfaya, quien, desde 2009, conoce muy bien los pros y los contras de esta forma de trabajar. Ella vive en Madrid, pero se desplaza a diario al Hospital General de Ciudad Real, donde obtuvo plaza en el año 2011. Antes trabajaba en el Hospital de Puertollano (Ciudad Real) y también iba en tren.

Teresa Alfaya


Desde que su despertador suena a las seis de la mañana, no tiene un minuto que perder si quiere llegar a la madrileña estación de Atocha para coger el tren de las siete. “Trabajo desde las ocho de la mañana hasta las tres de la tarde, así que es el que más me conviene”. Se va de casa sin apenas probar bocado porque prefiere desayunar tranquilamente con el resto de sus compañeros de viaje, ya que cuenta con una hora de trayecto por delante. Un punto positivo es que esta forma de desplazamiento también permite a Alfaya hacer un poco de ejercicio. Y es que, para llegar a Atocha, muchas veces utiliza las bicicletas eléctricas que ahora hay por todo Madrid. Una vez en Ciudad Real, tiene su bici aparcada en la estación: “Empleo cerca de diez minutos en llegar al hospital”.

Si el día lo permite, a las 15.00 Alfaya cuelga la bata para volver a la estación y coger el tren de vuelta que sale a las 15.32 y estima entrar por la puerta de su casa antes de las 17.00. De lo contrario, tendrá que esperar hasta el siguiente, que sale una hora más tarde, y retrasar sus quehaceres diarios. “Todos hemos perdido el tren alguna vez, es uno de los máximos inconvenientes”, explica. No obstante, Renfe ha creado ahora una aplicación muy cómoda que “facilita cambiar o modificar el billete en el último momento y no perder así el dinero”.
Pequeña ‘familia ferroviaria’

Pese a emplear más de dos horas al día en desplazamientos, la alergóloga señala estar contenta con su rutina. “Me permite tener un trabajo estable que, al menos de momento, en Madrid no habría podido conseguir dada la alta competencia que existe”. Asimismo, aunque el gasto económico del tren sea mayor que el de un coche, le resulta más cómodo. “Puedo ir trabajando, descansando, leyendo e incluso revisando el correo electrónico. Ahora bien, eso no quita que en un futuro trate de acercarme a Madrid, siempre y cuando me ofrezcan un trabajo que cumpla con mis expectativas”.

Otra ventaja que resalta es la amistad que haces con otros ‘avelinos’. “Estamos muy unidos, desayunamos juntos todos los días y eso facilita la jornada”, argumenta Alfaya. Por ejemplo, el trayecto de vuelta a Madrid de los viernes es, quizá, el más divertido. “Nos juntamos todos en el vagón de la cafetería y celebramos el comienzo del fin de semana con un pequeño picnic. Es viernes, se acabaron los madrugones y las continuas miradas al reloj al menos durante un par de días”, concluye.
Trucos para ahorrar
Conscientes del desembolso que supone coger un tren a diario, los ‘avelinos’ suelen optar por la compra de bonos para ahorrar un poco. “Suelen ser de 20 o 40 trayectos y los puedes utilizar en el horario que quieras”, explica Teresa Alfaya, alergóloga en el Hospital General de Ciudad Real. El precio dependerá de la distancia recorrida. Por ejemplo, “el bono de Madrid a Valladolid cuesta unos 400 euros al mes y a Puertollano, 500 porque está más lejos”. Pero, matiza, “tenemos un salario que no está mal y nos lo podemos permitir”.

Javier Arias, radiólogo, utilizaba este sistema a diario para desplazarse a Toledo porque le resultaba mucho más cómodo. Sin embargo, Cristina Zárraga, odontóloga, señala que los bonos solo compensan si vas a diario: “Para un día a la semana como es mucho más económico sacar un par de billetes”. Por su parte, Eduardo Thomson, enfermero de Salamanca, lo tiene más complicado: “El precio de mis billetes a veces varía, por tener que coger trenes nocturnos y no tener turnos fijos”.
Compaginando trabajos

Para Javier Arias, radiólogo en el Hospital de Villalba (Madrid), su experiencia como ‘avelino’ fue algo diferente. Residente en Madrid, compaginaba hasta hace seis meses su trabajo en el Hospital La Milagrosa (Madrid) con el de una clínica privada ubicada en Toledo. “Mis días se tornaban interminables a veces”. Viviendo en Majadahonda utilizaba el coche para llegar hasta Madrid, donde “tenía una plaza de garaje alquilada para evitar demoras y por la imposibilidad de aparcar en una zona tan céntrica como la del centro hospitalario”. El trabajo era de 9.00 a 14.00 horas. Después cogía el metro o el coche, dependiendo del día, para llegar a la estación de Atocha y subirse en el tren de las 14.50 horas con destino a Toledo. En total, 33 minutos de trayecto durante el que comía y casi una hora para entrar al segundo trabajo, donde no comenzaba hasta las 16.30. “Aprovechaba ese ratito para descansar, sobre todo mentalmente”.

Javier Arias

Dependiendo del volumen de trabajo, su jornada terminaba entre las 20.00 y las 20.30, y de ello dependía que volviese a Madrid en el tren de las 20.25 o que tuviera que esperar al último, que salía una hora después. En resumen, Arias salía de casa a las ocho de la mañana y volvía alrededor de las nueve y media de la noche en el mejor de los casos o, lo que es lo mismo, más de dos horas y media de desplazamientos y cerca de doce horas fuera de casa.

La semana se complicaba más si cabe cuando tenía guardias dos fines de semana al mes en el Hospital de la Milagrosa. “Perdía todo tipo de vida social y de ocio”. La clínica de Toledo contaba con otra sede en Talavera de la Reina que, además de suponer media hora más de trayecto, tenía un ritmo de trabajo mucho mayor que retrasaba su salida, por lo que, en ocasiones, “no me quedaba más remedio que ir en coche porque ya no tenía trenes de vuelta”.
Formación a distancia
Según datos de Renfe, los viajeros que utilizan sus ocho líneas de alta velocidad y media distancia aumentaron en casi medio millón entre 2012 y 2013, con un total de 6.526.000 pasajeros. El 52 por ciento utiliza el tren cada día por motivos laborales o de formación, según el cálculo realizado por la compañía ferroviaria en función del tipo de billete que utilizan estos viajeros.

Precisamente, con el objetivo de recibir formación, José Fernando Muñoz, traumatólogo en la Sociedad de Prevención de Ibermutuamur en Oviedo, se desplaza una vez cada tres meses en tren. “Voy a Madrid durante una semana para recibir formación y también estoy en consulta, pero solo como acompañante”. Aunque es algo puntual que no trastoca demasiado su agenda, cuando tiene que viajar destina unas cinco horas y media en tren, y lo mismo para volver.
Jornadas interminables

Arias consiguió el trabajo de Toledo gracias a una propuesta del dueño de la clínica, un compañero de facultad, por lo que, pese al sinfín de kilómetros recorridos, asegura que “era un empleo cómodo, muy bueno y tranquilo, donde me encontraba muy contento porque conocía a todo el personal”. Algo de agradecer, ya que “el volumen de trabajo en una clínica privada suele ser bastante estresante”.

Cristina Zárraga


Todo un asiduo a jornadas maratonianas, este antiguo ‘avelino’ utilizaba el mismo sistema de bonos de tren que Alfaya, aunque sumaba a sus gastos los de la gasolina. Pese a todo, económicamente seguía compensándole el esfuerzo, pero su objetivo estaba puesto en Madrid. “Sabía que era algo coyuntural y una experiencia que me ha curtido como profesional”, matiza. Durante todo ese tiempo siguió buscando trabajo a jornada completa en Madrid porque era lo que más le motivaba. Finalmente, consiguió un contrato en el Hospital General de Villalba para trabajar en el Área de Radiología de tórax y abdomen, donde se incorporó en octubre.

Trabajar en dos sitios a la vez es algo que también se le da muy bien a Cristina Zárraga, quien compaginó su trabajo en una clínica privada en Madrid con otro en Valladolid durante más de dos años y medio. Por aquel entonces vivía en Aravaca, así que cada mañana destinaba veinte minutos en llegar a la estación de Chamartín en coche. Una vez allí, “me subía al tren que tardaba alrededor de una hora y diez minutos, y después iba en taxi a la consulta. Era la única manera de llegar a la hora”. En total, empleaba unas tres horas en traslados.

“Solo trabajaba en Valladolid un día o dos a la semana”. Allí tenía jornada completa: “Entraba sobre las diez de la mañana, dependiendo de los trenes, y salía a las siete y media de la tarde, aproximadamente”. En definitiva, unas doce horas fuera de casa. “Al final, la jornada laboral nunca es de ocho horas, porque hay que sumar el desplazamiento”, recalca. Aunque se planteó trasladarse a vivir a Valladolid, ya que económicamente le resultaba muy rentable, su marido tenía su empleo en Madrid, “así que no era muy viable”. Ahora trabaja en tres clínicas en Madrid y, aunque no utiliza el tren para llegar a ellas, “gestionar el tiempo para tener una agenda organizada es fundamental”, apostilla.
Desplazamientos sin turnos fijos

Todo un experto en ser ‘avelino’ es también Eduardo Thomson, enfermero y residente en Salamanca. A la espera de conseguir una plaza fija en algún punto de España, desarrolla los trabajos temporales que le ofrece la Bolsa de Empleo de Salud de Castilla y León (Sacyl). En los últimos cinco años, su vida se ha convertido en un auténtico ‘encaje de bolillos’ para compaginar horarios y ha trabajado en ciudades como Burgos, Ávila y Valladolid. En todas ellas ha elegido como medio de transporte el tren, ya que “sale mucho más rentable y es más cómodo”, aunque en ocasiones no ha tenido más remedio que alquilar un coche por la insuficiencia de horarios acordes con sus jornadas.

Su última experiencia fue en la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Río Hortega en Valladolid. Iba y venía todos los días desde Salamanca. Tenía tres turnos: de 8.00 a 15.00, de 19.00 a 22.00 y, si hacía guardias, de 22.00 a 8.00. “Cuando tenía turno de mañana cogía el tren a las 6.30 (hora y media de trayecto aproximadamente) y me despertaba a las 5.30. Iba a la estación andando desde mi casa (10 minutos) y para llegar al trabajo cogía una bici que dejaba aparcada en la estación (otros 10 minutos). Para volver a casa cogía el tren de las 15. 30”. En total, tres horas y veinte de trayecto diario.

Eduardo Thomson


“El turno de tarde era mucho peor”, recuerda. Para volver no le quedaba otra que subirse al tren nocturno que venía de Francia, “cuyo recorrido era más largo y tenía que esperar una hora y media en la estación”. Además, era más caro. Otro inconveniente de este sistema de turnos era cuando tenía que trabajar los fines de semana, ya que la frecuencia de trenes en sábados, domingos o festivos se reduce. Este ‘avelino’ ha sufrido anécdotas varias debido a los inconvenientes de un sistema de turnos que no le deja mucho tiempo libre: “Desde ir en coche cama para volver a mi ciudad, hasta que el tren se estropee y el trayecto se convierta en un infierno”. Cuando esto último ocurre, los justificantes de Renfe son la única solución para que no le penalicen en su trabajo.

Thomson también trabajó durante un tiempo en el Área de Ginecología del antiguo Hospital General Yagüe, de Burgos. En este caso, tuvo un turno fijo, así que vivía allí entre semana porque los horarios de trenes no le compensaban. Así, todos los domingos subía en el tren, transbordo incluido, durante dos o tres horas y media, y volvía los viernes a su ciudad natal.

El desgaste físico y la incertidumbre profesional que dice generarle esta forma de trabajar no convencen a Thomson quien, consciente de la falta de oportunidades para optar a una plaza fija, se está planteando el abandono de la profesión. “Hoy por hoy, no me compensa ni laboral ni, sobre todo, económicamente, porque al final estoy perdiendo dinero con tanto desplazamiento y es muy estresante”, puntualiza.

Con una media de tres horas de trayectos en desplazamientos diarios, cualquier minuto extra que puedan obtener es una alegría añadida para los ‘avelinos’. Dejando los contras de este modo de vida a un lado, todos coinciden en destacar la experiencia laboral que han sumado gracias a sus empleos en una ciudad donde no residen, pero que les permite ejercer su profesión con cierta tranquilidad.