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12/04/2015 n232
Tras aparcar el ejercicio de la Medicina y dedicarse durante
25 años a la comunicación, este zaragozano nacido el 6 de
julio de 1959 –“una cosecha extraordinaria”– ha vuelto a
pasar consulta como médico de familia en Alcalá
de Henares. El director de Desarrollo
Corporativo y Comunicación del Instituto
para el Desarrollo e Integración de
la Sanidad (IDIS) confiesa que se
lo pasa bien siempre y que le
encanta “zascandilear”.
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández de Vega
¿Usted se considera más comunicador que médico o al revés?
Las dos cosas. Separar la Medicina de la comunicación es harto difícil, son las dos caras de la misma moneda porque el acto médico tiene una buena parte de información. Empecé trabajando como médico de familia en la zona rural de Teruel durante varios años y mi llegada a la industria farmacéutica fue circunstancial. Los visitadores médicos me contaban su experiencia y me llamaba poderosamente la atención, así que decidí meterme en ese sector. Dije que me dedicaría un par de años a eso y que luego volvería; al final, han sido 25 años (risas) y he vuelto, pero a la Medicina privada. Estoy muy contento.

¿Qué tal la vuelta a la consulta?
Nunca he estado alejado del todo. Cuando elegí ser médico lo hice siendo plenamente consciente de que quería ayudar a los demás y siempre he tenido la idea de regresar a la consulta. Seguía en contacto con los hospitales, con los médicos y con el personal de Enfermería, y me animé a volver a dedicar parte de mi tiempo a esa función, que seguía ejerciendo con las personas de mi entorno familiar y laboral. Empezó siendo una especie de sueño y, finalmente, se hizo realidad cuando llegó el primer paciente.

¿Cómo le fue con ese primer paciente?
No oculto que pensé “Dios mío, a ver por dónde van mis habilidades” (risas). Pero la satisfacción fue tan grande que me reafirmé en que este es mi sitio.

Vayamos al principio, ¿por qué quiso ser médico?

Mugarza está cumpliendo su sueño de la infancia: ser piloto de aviación

Mis padres tenían una tienda de ultramarinos en Zaragoza, donde pasé mi infancia. Y después de darle muchas vueltas a lo que quería ser de mayor –porque se me ocurría absolutamente de todo, hasta ser torero–, decidí que quería ser piloto de aviación. La tienda de ultramarinos daba para que, como mucho, fuésemos a la universidad en Zaragoza, y la escuela de pilotos estaba en Salamanca o en San Javier (Murcia), así que mis padres me dijeron que eso iba a ser que no (risas). No sé por qué mecanismo tuve contacto con el tema de la Medicina y me gustó muchísimo, así que decidí ser médico.

Pero, finalmente, ha conseguido ser piloto.
Estoy en ello. Pensaba que ya no podría hacerlo, más que nada por el tema de la edad, pero estuve informándome en internet y no ponía que hubiera límites. Me acerqué a una escuela de pilotos de Madrid y pregunté: “¿Un chaval como yo (risas), con estos años y este peso, que tiene mucha ilusión, puede intentar sacarse el título de piloto privado?”. Me dijeron que no había ningún problema, así que me apunté y ahí estoy. Es una pasada y estoy cumpliendo esa asignatura que tenía pendiente.

¿Por qué rechazó la idea de ser torero?
Es que la tienda de ultramarinos daba mucho de sí (risas). En la trastienda hacía de todo; tuve una época en la que me fascinaba el mundo del toreo y daba mis verónicas, mis naturales y mis pases de pecho con un periódico y un palo. Ponía a mi hermana de toro y pegaba unos capotazos que no veas (risas). Pero luego se me pasó.
En los años de la facultad estuvo en la tuna…
Sí, eso es lo mejor de lo mejor. Es un complemento lúdico-festivo que recomiendo a cualquiera porque haces una amistad de por vida con todos los compañeros, porque te permite estar en contacto con muchísima gente y porque todos necesitamos explayarnos de vez en cuando… y ya te digo yo que con la tuna se explaya uno bastante (risas).

Abajo, guitarra en mano, Fernando Mugarza con sus compañeros de la tuna


¿Qué instrumento tocaba?
La guitarra. Mis padres estaban empeñados en que aprendiese a tocar algún instrumento, pero nunca he sido ni de piano ni de violín, así que me quedé con la guitarra y me buscaron un profesor. En la tuna tiré de aquellos primeros acordes que aprendí y, a base de aporrear la guitarra, incluso me atrevía a puntear un poco y a hacer algún solo, intentando encandilar (risas). Íbamos a rondar a las chicas a los colegios mayores y esas cosas… Inigualable.

Una buena época, ¿no?
Sí, además nos permitía sacarnos un dinerillo, que tampoco estaba mal. Tocábamos en los restaurantes donde se celebraban las bodas y las comuniones, y pasábamos la pandereta.

¿Ahora se lo pasa mejor entre médicos o entre periodistas?
Es que me lo paso bien siempre… No sé si es un defecto o una virtud, soy un optimista enfermizo. En el mundo médico la relación es muy próxima y me encuentro a gusto. Y entre los periodistas… ¡qué voy a decir después de 25 años! Pues que estoy feliz como una perdiz. Son dos profesiones en las que ese componente de relación interpersonal es muy marcado.
¿Cuál sería la noticia médica que le gustaría dar?
Me gustaría que la sanidad saliese de la arena política. Me da rabia que unos y otros, especialmente ahora que estamos en periodo de elecciones, la utilicen para enfatizar los defectos o las virtudes de una formación política. La sanidad pertenece al ciudadano y, por lo tanto, debería estar al margen de esos enfrentamientos. También me gustaría dar la noticia de que la salud realmente llega a todo el mundo, y no hablo solo de España, sino de todo el planeta. Y cómo no voy a querer que se cure el cáncer mañana mismo, o las enfermedades cardiovasculares, o que nuestra sociedad salga de ese entorno de estrés rampante que nos lleva a procesos que tienen que ver con determinadas patologías.

Arriba, el director de Desarrollo Corporativo y Comunicación del IDIS en uno de los ibones del Pirineo. A la derecha, en la Ciudadela de Jaca

Los Pirineos son “demasiado” Aunque sus padres son de Soria y sus abuelos procedían del País Vasco, Fernando Mugarza ‘hace patria’ de Aragón. Recuerda los años de su infancia y juventud en Zaragoza como “tremendamente felices”; ejerció como médico de familia rural en la provincia de Teruel; y tiene una casita en Jaca. “El Pirineo es demasiado, hago mis caminatas y subo a los ibones (los lagos de las montañas). Allí se expansiona el espíritu y se come muy bien”. También le encanta ir de pinchos por las callejuelas de Jaca, donde afirma que disfruta “a tope” y carga las pilas.
Hablando de que la salud llegue a todo el mundo, ¿colabora con alguna ONG?
No es que sea una persona hipercomprometida, me considero el último de la fila en ese terreno de la colaboración y de la acción social porque en mi entorno conozco a personas que están muy vinculadas. Pero cuando comencé en la gestión de la reputación de las organizaciones farmacéuticas y sanitarias, uno de los aspectos que me pareció más relevante fue este y ahí empezó también mi tendencia personal. Cuando estaba en Novartis tuve la enorme fortuna, porque eso sí que me cambió internamente, de entrar en contacto con la Fundación Vicente Ferrer. Tienes que ser una persona absolutamente insensible para no notar algo cuando vas a la India y ves lo que se puede hacer en beneficio de las personas a través de la salud y de una organización adecuada. Colaboro con ellos desde entonces y con Ayuda en Acción a través del apadrinamiento de niños junto a mi mujer, Pilar.

Seguramente, cuando cumpla algún año más y salga de la adolescencia esta que tengo (risas), me gustaría dedicarle más tiempo. Hay dos organizaciones a las que les tengo echado el ojo: Cáritas y el Banco de Alimentos. Porque en nuestro país también hay bolsas de pobreza, y más ahora que hemos vivido la crisis económica. Cuando ya tienes cumplido tu desarrollo profesional, te has realizado personalmente, te lo han reconocido externamente y tienes una vida más o menos plena, lo único que te falta es entregar parte de lo que has conseguido a los demás. Creo que si todos nos concienciásemos de ello, el mundo cambiaría.
¿Cuál cree que ha sido su contribución para hacer más transparente la industria farmacéutica?
Si de algo puedo estar medianamente orgulloso –porque hay otras cosas mucho más importantes: mi mujer, mis hijos, mis amigos, mi familia, etc.– en el terreno profesional es de haber contribuido a llevar la importancia de la gestión de la reputación global a las organizaciones sanitarias. De eso es de lo que me siento más satisfecho, aunque tengo una asignatura pendiente relacionada: creo que el sector sanitario siempre ha vivido un poco aparte de los demás y que le falta transpirar más hacia otros ámbitos.

El fenómeno del sándwich A Fernando Mugarza le gusta “un buen viaje a cualquier lado”. Echa un poco de menos viajar porque, a su edad, está en pleno “fenómeno del sándwich”. Así llama él a esa etapa de la vida en la que tienes que estar pendiente de unos padres que se van haciendo mayores y de unos hijos que comienzan a adentrarse en el mundo laboral. “Te quedas en el medio”, explica. “Antes hacíamos viajes largos, salíamos por ahí a zascandilear –me encanta esta palabra–, pero eso se nos ha acabado, de momento. Ahora buscamos sitios con encanto más cercanos”.


Se dice que en la vida hay que hacer tres cosas: tener un hijo, plantar un árbol y escribir un libro.
Me encantaría escribir una buena novela histórica, pero creo que no sería capaz. He escrito algún ‘tocho’ relacionado con el mundillo en el que me muevo profesionalmente y ahora estoy escribiendo un librito sobre comunicación, pero desde un punto de vista muy práctico y orientado más a las personas que a las empresas. He plantado unos cuantos árboles (risas) y tengo dos hijos estupendos, de 26 y 23 años. Pero no tengo la vida cumplida, hay que dejarse siempre algo.

¿Sus hijos han seguido sus pasos?
Pues, honradamente, no. Cada uno tiene que tomar sus propias decisiones, aunque a sus abuelos les hubiese encantado, pero no tenían vocación de médicos. Tanto Diego como Álvaro hicieron Administración de Empresas. El mundo de la salud les tira algo, sobre todo porque son dos deportistas empedernidos. Me echan unas broncas… porque yo, el deporte, lo justo; un poco de bici el fin de semana y ya.

Y el fútbol, por la tele.
Nunca he sido una persona bien preparada para el deporte; cuando iba al colegio me intentaba escaquear de la clase de gimnasia. Soy muy futbolero, pero no lo soy de cuna, sino porque mis hijos se hicieron acérrimos del Real Madrid y a la fuerza ahorcan (risas). De tantos partidos que me he tragado por televisión, al final me terminó gustando. Soy de tres equipos: del Real Madrid, del Real Zaragoza y del Numancia.