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15/03/2015 n228
El director médico del Instituto de Investigaciones del Sueño (IIS) reconoce que no siempre predica con el ejemplo: con frecuencia se lleva trabajo a casa y está conectado hasta justo antes de dormir, así que no entra en el “carril de desaceleración” que recomienda coger un rato antes de irse a la cama. Y aunque los especialistas aconsejan dormir siete u ocho horas, él funciona perfectamente con seis; eso sí, necesita un café por la mañana.
Sandra Melgarejo
Imagen: Cristina Cebrián
¿Por qué se interesó por el ámbito de las neurociencias?
No vengo de una familia de tradición médica. Ya en la adolescencia me llamaba la atención la idea de hacer algo en el área de la Biología que, después, pudiera tener una trayectoria en el ámbito de la investigación. Eso me llevó a la Medicina y, quizá, leer cosas sobre Santiago Ramón y Cajal me decantó hacia las neurociencias. Antes incluso de empezar a estudiar Medicina me interesaba mucho el área de la Neuropsiquiatría, sobre todo las bases biológicas de la conciencia. La lectura sobre los efectos de algunas sustancias químicas y sus efectos cerebrales me intrigó particularmente; quería entender qué eran la conciencia y la percepción y cómo una sustancia química podía modificarla de tal manera.

¿Se refiere al LSD?
Por ejemplo. La lectura de Aldous Huxley y otros autores suscitó en mí un interés por conocer las bases neuronales de las experiencias sensoriales y psicológicas. Y así comenzó mi fascinación por la neurofarmacología.

Se especializó en Neurología y en Psiquiatría en Alemania.
Estudié Medicina en la Universidad de Navarra y durante toda la carrera sabía que me iba a dedicar a algo en el área de las neurociencias, aunque no sabía a qué en concreto. Me fui a Alemania por las posibilidades de realizar investigación durante la especialidad. Durante los últimos años de Medicina había estado rotando en hospitales extranjeros y en Inglaterra conocí a un profesor alemán que me invitó a formarme y a hacer investigación con él en el Instituto Max-Planck de Munich. Es poco frecuente que haya hospitales donde se pueda hacer la formación en una especialidad al mismo tiempo que se investiga, pero allí se me ofrecía esa oportunidad. Creo que la investigación es uno de los motores de la clínica, y viceversa. Estuve allí cinco años, hice la tesis doctoral en la Universidad de Munich y allí comenzó mi interés por el área del sueño.



¿Y eso? ¿No dormía bien?
No, no fue por eso (risas). Me interesaba la Medicina del sueño como una de las áreas de vanguardia. En aquella época solía decir que era como descubrir un continente nuevo, porque estaba todo por hacer, se descubrían enfermedades nuevas y se podía hacer un trabajo importante con mayor facilidad. Lejos de quedarme en las áreas más conocidas o habituales de la Neurología, como la enfermedad de Parkinson, la epilepsia o el ictus, preferí centrarme en el sueño. En ese momento recibí una invitación del National Institutes of Health (NIH) de Estados Unidos, en las afueras de Washington, y me fui para allá durante casi otros cinco años. Era una grandísima oportunidad para realizar investigación y, al mismo tiempo, me formaba en Medicina del sueño en la Universidad de Georgetown. Allí me dediqué full time al sueño.

Llevaba diez años fuera y decidió volver a España, ¿por qué?
Cuando estaba fuera no sabía si iba a regresar a España. De hecho, quería volver a Alemania porque desde el Max-Planck me ofrecían una oportunidad interesante. Pero, al final, el tema no resultó por motivos familiares. Mi mujer, mis hijos y yo tomamos la decisión –controvertida, eso sí, no fue fácil– de volver a Madrid.

Cuando uno regresa, ¿haber estado tanto tiempo fuera es una ventaja o un inconveniente?
Pues no lo sé… Me lo he preguntado muchas veces. Me solían decir constantemente que si alguien se formaba fuera, las posibilidades de volver a España eran mínimas; no me importaba demasiado porque mi idea era formarme en un centro de élite. Ahora bien, en mi caso no fue cierto; llegué a España y entré en la Fundación Jiménez Díaz (FJD). En aquella época, era un centro ‘semipúblico’ con algunos grupos importantes de investigación. En el Departamento de Neurología se hacía énfasis en las enfermedades neurodegenerativas y los trastornos del movimiento, y esto me llevó a trabajar en algo que en Estados Unidos también era nuevo en aquel momento: los trastornos del movimiento durante el sueño. Me convertí en una de las personas que más publicaba en el mundo sobre el síndrome de piernas inquietas, y todo ese trabajo lo hice desde la FJD.

De 1995 a 2005 dirigió la Unidad de Sueño de la FJD, ¿por qué lo dejó?
Poco antes de 2005, el centro fue comprado por un grupo inversor y aquello comenzó a cambiar: los principales investigadores empezaban a dejar el centro y el énfasis del hospital se centró mucho más en aspectos económicos que de prestigio y de investigación. Llegué a la conclusión de que las posibilidades de continuar investigando y trabajando autónomamente iban a ser muy pocas. Y pienso que el tiempo me ha dado la razón.

Horarios disparatados

Diego García-Borreguero afirma que tener un periodo principal de sueño a lo largo del día empieza a ser cada vez menos común, sobre todo en Estados Unidos, donde es frecuente encontrar a personas que siguen hábitos de sueño “disparatados”: gente que se acuesta a las nueve de la noche, se levanta a las tres de la madrugada para ir al gimnasio y comienza a trabajar a las seis de la mañana. “La culpa la tiene la posibilidad de ampliar el día y nuestra actividad todo lo que queramos, así como la creación de una sociedad de 24 horas y la necesidad de estar conectados constantemente. Esto hace que la distorsión sobre la noche sea grande y que se cometan agresiones sobre el periodo de descanso principal”.

¿En nuestro país se dedica poca atención al sueño?
Cada vez se le dedica más, pero vamos a remolque. España tiene grandes grupos de investigación en sueño, pero están aislados entre sí, más centrados en las alteraciones respiratorias que en las neurológicas y tienen muy poco apoyo público. No obstante, se han hecho grandes cosas que se han publicado en revistas de altísimo renombre mundial. Pero se echa de menos una estrategia detrás de todo ello.

¿El poco apoyo público se debe a que el sueño no es una prioridad?
Por lo pronto, hay poco dinero para la investigación en España, y para áreas que están a caballo entre una especialidad y otra, como el sueño, es prácticamente inexistente.

Imparte regularmente cursos y conferencias en Europa, Estados Unidos y Asia. ¿En qué culturas se respeta más el sueño?
En general, en Europa se respeta el sueño como hábito de vida, pero España nunca se ha caracterizado por ser uno de los países donde más se respeta y Estados Unidos, tampoco.

Con tanto viaje, ¿cómo se prepara para evitar el jet-lag?
Mal, lo trato solo sintomáticamente. Para mí es bastante habitual volar durante todo un día a Estados Unidos, llegar allí por la noche, dormir lo que buenamente puedo y, al día siguiente, estar metido en una reunión sin ver la luz del sol y coger un avión de vuelta. Esto no permite comenzar el proceso de adaptación. Lo más extremo que he llegado a hacer hasta ahora ha sido coger un vuelo hasta Sídney (Australia), estar allí dos días y volver. Cuando el número de zonas horarias que cruzamos excede las siete u ocho horas, los síntomas de somnolencia durante el día son grandes.



¿Cuántas horas duerme?
Vivo en España (risas).

Así que menos de las que debería.
Desde que tenía 20 años duermo seis horas. Con este tiempo funciono bien, aunque cuando bajo de seis horas empiezo a notarlo.

¿Se echa la siesta?
Nunca. Tenemos un breve repunte de la somnolencia habitualmente ocho horas después de habernos despertado del periodo de sueño principal, que en España suele coincidir con la hora de la comida. Pero no es estrictamente necesaria; lo que importa es el número total de horas que dormimos a lo largo del día. Y las necesidades de sueño vienen determinadas genéticamente.

¿Cuánto tiempo puede aguantar sin dormir?
No he hecho la prueba nunca (risas). Dormir es necesario y lo que notamos las personas es que, si dejamos de hacerlo, vamos a tener dificultades para funcionar durante el día, tanto en la capacidad de rendimiento como en el área psicológica. El experimento real de cuánto tiempo puede estar una persona sin dormir no se ha hecho por motivos éticos. ¿Qué dice de usted su polisomnografía?
Esto sí que no lo sé (risas). Participé en un estudio de investigación que yo mismo realizaba en Alemania, pero hace ya algunos años. En aquel momento se vio que en el estudio de sueño tenía un comienzo de la primera fase de sueño REM corto. Esto, con frecuencia, suele estar relacionado con altas situaciones de estrés que, posiblemente, era lo que me estaba pasando en aquel momento, ya que estaba a punto de trasladarme a vivir a Estados Unidos.

¿Ha tenido algún episodio de sonambulismo?
No, esto no lo he tenido nunca.

La peor pesadilla
de la sanidad española


El director médico del Instituto de Investigaciones del Sueño considera que el nivel de formación de los médicos españoles se ha alcanzado, en su mayor parte, gracias a la financiación de fondos que no son públicos, sino de la industria farmacéutica. Por ello, le preocupa que “el recorte farmacéutico, que es bueno para las arcas del Estado, acabe produciendo dos fenómenos en España: que disminuya la formación continuada de los médicos y que se recorten todavía más los fondos de investigación”.


¿A usted qué le quita el sueño?
Lo mismo que al resto de la población: el trabajo. La posibilidad de llevarme trabajo a casa en un ordenador y de conectarme con colegas que están en otras zonas horarias muy diferentes a la mía hace que me ponga a trabajar después de cenar y que no entre en ese carril de desaceleración que tanto predico y que considero tan necesario. Estamos trabajando y generándonos nuevas preocupaciones hasta justo antes de dormir, y esto es un problema.

En casa de herrero, cuchillo de palo.
Probablemente sí (risas). Pero debemos diferenciar entre tener, simplemente, malos hábitos y padecer enfermedades o trastornos del sueño.

¿Qué hace para descansar y relajarse?
Utilizo mucho el ejercicio físico y la lectura –literatura británica del siglo XX, sobre todo– como forma de desconectar. Suelo correr todos los días, allá donde esté; es raro el día del año que no haga algo. Creo que la actividad cardiovascular me permite una elevación de temperatura corporal con hipotermia posterior que utilizo mucho para dormir. Cuantas más dificultades tengo para dormir, más deporte hago.



¿Toma café?
Por la mañana lo necesito, soy adicto al café (risas).

Pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo, ¿considera que es una pérdida de tiempo?
Le doy la vuelta a la pregunta: pasamos dos tercios de nuestra vida en vigilia, en un estado consciente de interacción con el medio. Esa vigilia solo es posible si el cerebro entra en el ‘taller’ durante un periodo de tiempo; es el avión que tiene que ir al hangar para poder volar. Para poder estar en vigilia, necesitamos el sueño. Todo lo que sea pensar al revés nos va a llevar a un error, antes o después. La falta de sueño acorta la vida.