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08/03/2015 n227
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Ahora es médico de familia en un centro de salud de Collado Villalba (Madrid), pero en los 80 era el guitarrista de uno de los grupos de La Hornada Irritante, el colectivo más ruidoso de la Movida madrileña. Las estanterías de su casa están repletas de novelas y escribía en un blog de literatura, aunque después lo cambió por uno de Medicina, El supositorio. De hecho, por lo que más se le conoce es por ser el autor de esta bitácora y por su activismo en las redes sociales. Defiende que una sociedad avanza cuando se despoja de “creencias basadas en la nada”, como la religión o la homeopatía.
Su nombre completo es Vicente Baos Vicente, ¿esto cómo se lleva?
Se lleva mejor lo de que sea capicúa que lo de “vahos de eucalipto”, que me lo han llamado muchas veces (risas). Casualidades: mi padre se llamaba Vicente Baos y mi madre, Teresa Vicente, así que había poco donde elegir.

¿Lo de estudiar Medicina también le vino impuesto?
No, fue por exclusión. Nadie en mi familia había ido a la universidad y no había ninguna relación con la sanidad. Sabía lo que me gustaba y lo que no, y aunque había cierta tendencia por que estudiara Económicas, no me interesaba. Me llamaba más la atención el aspecto biológico y la incertidumbre que genera en un adolescente el conocimiento del cuerpo y de la mente. Pero fue una decisión más tomada por banalidades y por sensaciones que por pensamientos profundos.

Después decidió especializarse en Medicina de Familia, ¿esto lo pensó más?
Soy de la promoción de Medicina con menos plazas MIR de toda la historia: solamente 1.200 para unos 20.000 médicos que nos presentamos; era una situación terrible. Saqué el número 825. A lo largo de la carrera, no había visto ningún área que me interesara especialmente. Me gustaba la Psiquiatría, pero la experiencia de rotación fue muy mala y me desanimó bastante, y tampoco me interesaba mucho el ámbito hospitalario. Medicina de Familia era una especialidad nueva y me parecía positiva porque deseaba conocer la patología global. No me veía toda la vida mirando ojos –sin ofender a los oftalmólogos– ni ninguna otra parte del cuerpo, así que me metí de cabeza, sin saber muy bien hacia dónde iba, y no me arrepiento de ello. Profesional y personalmente he satisfecho mis necesidades.

Es muy conocido por su actividad en las redes sociales.
Ahí se mezclan mi interés por la tecnología, por compartir y expresar lo que opino, y por participar en la discusión y en el conocimiento general. El blog lo empecé porque me rompí el húmero esquiando y estuve cinco meses de baja, así que fue un momento ideal (risas). Ya hace ocho años que lo abrí y, en aquel entonces, no había muchas voces en la Medicina que participasen de esta manera. La gente lo lee y, sobre todo, me lo paso bien, así que eso me anima a seguir.



¿Hay mucho ‘postureo’ médico en las redes sociales?
Pues sí, honestamente. No diré nombres, pero hay que tener cuidado con esto. La participación en redes sociales es una forma de exhibicionismo: desnudas una parte de ti y se la muestras al público. El impacto se basa en la honestidad; la gente se da cuenta de si hablas desde una posición real –la del trabajo diario con los pacientes– o de si, por el contrario, estás aparentando una gran actividad que no se aplica realmente a nivel profesional.

¿El supositorio fue su primer blog?
Un año antes escribía un blog literario, pero me di cuenta de que sabía más de Medicina que de literatura (risas). Así que empecé a dar mi visión sobre el uso de los medicamentos, que es en lo que llevaba muchos años trabajando, a través de textos breves y libres, al hilo de la actualidad o no. Era una forma de divulgar el conocimiento diferente a las revistas científicas, que permitía una gran difusión y una gran libertad, y eso fue lo que me enganchó. El blog es un espejo de tu pensamiento sobre todo lo que afecta al ámbito sociosanitario y a la vida cotidiana en general, que te permite expresarte de una manera entre personal y profesional; eso es lo que define el estilo.

¿Por qué eligió ese nombre?
Fue lo primero que se me ocurrió…

¿De verdad?
Bueno, todas las explicaciones posibles pueden ser ciertas (risas). El subtítulo es ‘Perlas médicas que se absorben poco a poco’, que también es incisivo. Ahora es un medicamento en desuso.

Cruzada contra la homeopatía

Vicente Baos es uno de los creadores de la campaña #NoSinEvidencia contra la homeopatía, puesta en marcha en noviembre de 2013. La Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (Aemps) publicó el borrador de la orden de regulación de los medicamentos homeopáticos. “A muchos nos pareció desafortunado porque equiparaba a los medicamentos ‘normales’ con los homeopáticos y sus exigencias para la aprobación eran muy inferiores: no debían tener indicación, no era necesario que demostraran eficacia… Era una tragadera”, explica. “La crítica que hacemos es global, no al medicamento solo, sino al sistema terapéutico filosófico que está detrás de la homeopatía, que consideramos una pseudociencia. Nos parecía aberrante que se regulara de esa manera; no es racional, por mucho que lo diga Europa”.

Vicente Baos tras ‘sobrevivir’ a la sobredosis de homeopatía


Así que Vicente Baos, Rafael Bravo y Javier Sorribes iniciaron una movilización a través de las redes sociales: redactaron un manifiesto, crearon un hashtag y diseñaron un logo. El fenómeno viral se fue extendiendo. ¿Se ha conseguido algo? “El ministerio lleva más de un año sin hacer nada. Si vuelven otra vez a la carga y no cambian el planteamiento, volveremos a activar la movilización”. En el marco de esta campaña, Baos ha ‘sobrevivido’ a una sobredosis de homeopatía –“era fácil, la nada no hace nada, ni bueno ni malo”, afirma– y ha ‘contaminado’ un embalse con fármacos homeopáticos. “Son performances ridículas para divulgar que lo que es absurdo no tiene justificación posible”, explica.


¿Qué ha sido de los supositorios?
Se usan muy poco ya, por aquello de que hay otra manera mejor de tomar las cosas (risas).

Por lo visto, todo el mundo se los ponía al revés…
Sí, esa fue una de las primeras cosas sobre las que escribí: se cogía al revés y se ponía al revés. El supositorio no se mete, se absorbe (risas). Camilo José Cela explicó muy bien en un programa de televisión la capacidad de absorción del ano…

¿Tenía más amigos antes de escribir el blog?
Creo que no. Algún enemigo más, puede que sí (risas). La crítica está en el ambiente sanitario desde hace muchos años. Es en otros temas más sociales donde se genera más animadversión, como la pseudociencia, la homeopatía, etc. Por eso sí que me han escrito comentarios insultantes y hay un par de páginas que se dedican a ponerme ‘a caldo’. Pero bueno, vale, libertad de expresión y ya está. Ese es el riesgo de exponerse en público y la parte desagradable de todo esto; el resto es positivo.

¿Han intentado colarle alguna campaña de marketing en el blog?
Afortunadamente, no. Creo que la industria es lo suficientemente lista como para no hacerlo. Solamente una vez, una agencia de comunicación –muy torpe, por lo que se ve– envió a varios blogueros una oferta de compra de posts, es decir, si comentabas un tema suyo, te pagaban. En general, creo que la industria ha aprendido bastante bien a convivir con la crítica. Es muy raro que busque un enfrentamiento directo; las pocas veces que lo ha hecho, le ha salido mal.



Usted es absolutamente crítico con la homeopatía y con las sociedades científicas que la fomentan.
Sí, no tengo ningún reparo en acusar a Semergen (la Sociedad Española de Médicos de Atención Primaria) de tener una práctica que me parece absolutamente inadecuda. Es intolerable que una sociedad científica de médicos de familia tenga un grupo de trabajo de homeopatía y que la promocione activamente en sus publicaciones y en sus actos públicos. Es tal la falta de rigor que la descalifica globalmente como sociedad científica. Y se lo he dicho a ellos personalmente.

¿Cuál es el placebo de la sociedad española?
No lo sé. Me parece que estamos más perdidos que otra cosa. Nuestra sociedad va hacia la hecatombe y sobrevivimos como podemos. ¿Con qué nos entretenemos? Con las redes sociales (risas).

Queda poco para que haya elecciones, ¿un médico de familia percibe los cambios políticos?
Sí se notan. La consulta de un médico de familia es un espejo de la sociedad muy cercano y muy variable de los cambios sociales. Trabajo en una zona de clase media-baja y sí se ve la realidad de la crisis: desde ancianos con bajísimas pensiones y con pobreza energética, hasta familias con incertidumbre laboral y psicológica, que realmente les hace vivir en una situación dramática. En la consulta ves todo porque lo único que le queda gratis a la clase obrera es ir al médico; a la iglesia la mayoría ya no va. El médico de familia está en la primera línea del sufrimiento humano, recibimos la realidad de una manera muy cruda.

¿Su activismo no le ha llevado a meterse en política?
Me han ofrecido participar en Podemos en Villalba, no tendrán gente (risas). Agradecí su confianza, pero la política villalbina no me llamaba mucho la atención como para mojarme más. Creo que Podemos es la expresión social de una necesidad de una gran parte de los jóvenes y no tan jóvenes, debido al desencanto y a la falta de expectativas sobre lo que ha habido hasta ahora. Ni el PP ni el PSOE generan ilusión y sus líos son cada vez más patéticos. Pero cuanta más ilusión generes, mayor puede ser el desencanto, y ese es el riesgo fundamental de Podemos. Personalmente no comparto todo lo que dicen, pero sí que creo que tiene que haber un revulsivo. A veces me recuerda al “Zapatero, no nos falles”, luego pasó lo que pasó… Con la edad ves estas cosas con los pies en la tierra y no creo en dioses, ni en mitos, ni en héroes. No espero que nadie lleve al pueblo por el camino de la salvación (risas), pero está bien que la sociedad presione al poder real, que nunca se sabe dónde está.

El ébola desde África

Cuando la epidemia de ébola comenzó a extenderse en el verano de 2014, Vicente Baos estaba en el sur de Senegal, casi en la frontera con Guinea-Bisáu. Allí no había ningún caso, pero en Guinea-Conakri, sí. “A mi familia le decía que el ébola estaba a unos 800 kilómetros de mí, que no estaba metido en el mogollón”. Baos reconoce que había un gran temor a una extensión masiva del virus y que le impresionaba la sensación de la gente de allí:

Baos ha sido voluntario en países como Ghana, Gambia, Uganda o Senegal

“Hablábamos de ello y había carteles anunciando que si la gente presentaba diarrea intensa y fiebre elevada avisara a los servicios sanitarios, que no hay en el África rural, porque esa es otra. Me dijeron que no me preocupara porque, si el ébola llegaba, los blancos nos iríamos en seguida o vendrían a buscarnos, pero que los que se quedarían a morirse serían ellos. Esa es la esencia final de África, aunque allí se hagan grandes esfuerzos de solidaridad, a través de ONG magníficas que trabajan sobre el terreno. Al final, te das cuenta de que ayudas un poquito, pero que son granos de arena en un desierto terrible de falta de alternativas. Son sociedades sin ninguna estructura pública suficiente para controlar la enfermedad, abandonadas a su suerte por dirigentes corruptos que utilizan el poder en su propio beneficio”.


Emplea parte de sus vacaciones de verano para ir de médico voluntario a África y hemos visto muy buenas fotos suyas en las redes sociales…
Me gusta la fotografía. Siempre que hay oportunidad voy cargado con la cámara. Pero lo bueno de mis fotos, más que la calidad y la técnica, es la expresividad del personaje o de la situación que fotografío. La riqueza expresiva de África no se ve en nuestra sociedad, aquí todo es más gris, más plano.

¿Se ha unido a la fiebre del palo para hacer selfies?
No, todavía no me ha dado por el palo (risas).

¿Con quién le gustaría hacerse un selfie?
No lo sé, no soy muy mitómano. He hecho un único viaje mitómano: a la casa de Charles Darwin, en el Reino Unido. Fui con mi hijo y me lo pasé muy bien.

Tiene dos hijos, ¿alguno ha seguido sus pasos?
No, sigo siendo la excepción. Mi hijo estudia Comunicación Audiovisual y mi hija, Bellas Artes. Siempre he dicho –y ellos lo saben– que me hubiera gustado que se dedicaran a la ciencia, pero ya se sabe que condicionar los gustos de los hijos puede ser, incluso, contraproducente (risas). Pero es su vida, yo la mía ya la he hecho.



Bueno, han desarrollado más la herencia artística que la científica.
Sí, incluso toqué en un grupo en los años 80 que se llamaba Tu Padre. Siempre he sido un poco rarito (risas). Soy un hijo de los 80 y formábamos parte de un subgrupo de la Movida madrileña que se llamaba Las Hornadas Irritantes, un poco más provocador y más sucio, de música y de sonido. Tocaba la guitarra y el bajo, y tengo alguna grabación por ahí muy cutre (risas). En los años de la Movida me lo pasé muy bien y estuve en los sitios que se llevaban. Estoy impregnado de pop y rock hasta arriba, pero, con los años, la música clásica es la que más me interesa. Soy fiel a Radio 3, pero sigo intensamente Radio Clásica. La música es la más bella arte y, realmente, es una fuente de placer y de sutileza sensorial.

¿No hay ningún grupo actual que le guste?
Son palabras de viejo, pero es que, realmente, me suena todo a algo que ya he oído antes, ya sean las cancioncillas del pop español, el rock internacional o la música de baile. Los clichés se repiten. Hubo un tiempo en que estaba más interesado en la música electrónica de vanguardia y conceptual, pero también lo fui dejando. Ahora disfruto enormemente de la música clásica, incluso de algo de música contemporánea, aunque con cuidado (risas).