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08/03/2015 n227
¡Qué susto me pegué la otra mañana! Estaba desayunando en la cafetería del hospital y vi la noticia de que Harrison Ford se había estrellado con su avioneta. ¡Con la de trabajo que tiene por hacer! Tiene que ser Han Solo en Star Wars: Episodio VII, Rick Deckard en Blade Runner II… y espero que no vuelva a ser Indiana Jones, porque la última entrega de la saga no me gustó nada.

Afortunadamente, Harry –así le llamamos los colegas– se encuentra bien y solo se ha hecho unos cortes en la cabeza. Como dice un compañero, esos son los peligros de creerse su propio personaje, aunque algo parece que ha aprendido de todos estos años pilotando el Halcón Milenario: ha aterrizado forzosamente en un campo de golf, se ha chocado con varios árboles, la avioneta ha quedado boca abajo y él ha salido prácticamente ileso. ¡Bravo, Indi!

Otra famosa que ha sufrido la fuerza (bruta) de la gravedad ha sido Madonna, que se tropezó el otro día durante una actuación por culpa de una capa de Armani. Es lo que tiene ser famoso; uno se cae y es imposible pasar desapercibido porque, al momento, hay miles de tuits comentando y riéndose de la jugada. Porque anda que no hacen gracias los trastazos, sobre todo si son de gente conocida. La verdad es que yo, cuando veo que alguien se cae, primero me preocupo y, después, si está bien, me río un poquillo... Será que en un primer momento le veo como un potencial paciente y, luego, ya me relajo.

Lo de la capa de la reina del pop me recordó a la peli Los Increíbles. La vi hace un montón de años –mis hijos eran pequeños y todavía no renegaban del maravilloso mundo Disney– y recordé que la modista que diseñaba los trajes a la familia de superhéroes les recomendaba no llevar capa por seguridad. Y tiene toda la razón: los celadores y el personal sanitario tampoco llevamos capa –aunque a veces seamos como superhéroes– porque se nos enredaría en las ruedas de las camillas y produciría muchísimos accidentes.