¿Quiere recibir Revista Médica en su correo de forma gratuita?
22/02/2015 n225
El presidente de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM) se siente gaditano porque nació en Cádiz en 1941; sevillano porque allí creció; y madrileño porque ha ejercido la Medicina en la capital. Jefe del Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Clínico de Madrid desde 1975 hasta 2011, Manuel Díaz-Rubio se tomaría una caña con las más de 400 personalidades científicas que aparecen en uno de los numerosos libros que ha escrito: Médicos españoles del siglo XX.
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández
de Vega
Su padre fue médico, ¿estaba predestinado a seguir sus pasos?
Mi padre era médico internista, tengo un hermano oncólogo y dos hermanas farmacéuticas. También hice Medicina Interna y, después, Aparato Digestivo, porque entendía que había que especializarse más. Somos una familia de tradición sanitaria.

¿Sus hijos han seguido la tradición?
No, ninguno de mis cuatro hijos ha seguido por esta línea; el más relacionado con la sanidad es veterinario (risas).

En 1965 y 1966 realizó estancias en Heidelberg y Munich. ¿Cómo era la Alemania de entonces?
Se percibía la intensidad de la Medicina, del rigor y del cumplimiento en el trabajo, y una dedicación absoluta a los pacientes, a la investigación y a la docencia. Tenía interés en dos materias concretas: en la cápsula de Heidelberg, que sirve para medir la acidez estomacal de los pacientes con enfermedades esofágicas y gástricas; y en Munich trabajé sobre experimentación animal, sobre todo en modelos de perfusión de hígado aislado.

¿Qué tal con los alemanes de los años 60?
Eran más serios que nosotros, pero Heidelberg tenía mucho ambiente universitario, más distendido y bastante divertido. Los profesores se relacionaban con los estudiantes, aunque a Herr Professor se le trataba con un respeto verdaderamente espectacular. Y después, en Munich, la verdad es que Baviera es como la Andalucía de Alemania, son muy abiertos. Pero todo ello es compatible con el trabajo, la dedicación y los compromisos que asumen.

Durante toda su carrera también ha tenido una gran vocación docente.
Soy discípulo de mi padre, que era catedrático, y, por lo tanto siempre estuve a su lado, muy influido y formado por él. A partir de ahí, establecí un compromiso conmigo mismo, que es el que me ha marcado toda la vida: tratar de ser muy serio y muy responsable en todos los aspectos médicos, asistenciales y docentes.

Por las aulas en las que ha dado clase han pasado miles de estudiantes y por el Servicio de Aparato Digestivo del Hospital Clínico, que dirigió entre 1975 y 2011, cientos de residentes. ¿Cómo es como maestro?
No lo sé, eso tienen que valorarlo los demás. Pero para mí ha sido mi vida, mi razón de ser. Toda la gente que ha pasado por el Servicio ha entregado su vida a este trabajo.

El actual jefe de Servicio es Enrique Rey Díaz-Rubio, ¿lo de compartir apellido es casualidad?
No, es mi sobrino (risas). Es un excelente gastroenterólogo.

Flamenco puro
A Manuel Díaz-Rubio le gusta el flamenco puro: el de Camarón o Enrique Morente. También el flamenco fusión de Diego el Cigala, pero el del principio, cuando publicó el disco Lágrimas negras junto al músico cubano Bebo Baldés –el jazz es otro de sus géneros preferidos–, porque considera que ahora se ha vuelto “más comercial”. El presidente de Honor de la RANM cree que la fusión es “la culminación de la expresión artística” y que es importante “en todos los aspectos de la vida”.


Siguen contando con usted en el hospital, ¿a qué se dedica ahora?
Me mantengo como emérito sanitario –además de cómo profesor emérito de la Universidad Complutense de Madrid– y trabajo en el Hospital Clínico asesorando en la creación de un Instituto de Aparato Digestivo, en el que van a converger todos los servicios y unidades que hay en el hospital que dedican su labor al paciente con enfermedades digestivas.

¿Algo similar al Instituto Cardiovascular que ya tiene este centro sanitario?
Eso es. Esperamos que esté listo dentro de muy poco.

Es presidente de Honor de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM), ¿para qué sirve esta institución?
Aunque, en cierta forma, es desconocida por determinadas personas, es una organización que tiene una serie de objetivos, entre otros, asesorar al Gobierno, a las comunidades autónomas, a instituciones, fundaciones privadas… en todo lo relativo a la Medicina, la ciencia, la buena práctica médica.

Díaz-Rubio presidió la RANM de 2008 a 2012

¿Presidir la Academia es lo más alto a lo que puede llegar un médico, desde el punto de vista científico, en nuestro país?
Creo que lo más alto a lo que puede llegar una persona es a sentirse bien consigo misma. Pero desde el punto de vista mundano, llegar a ser presidente de la RANM es una enorme satisfacción, pero también un compromiso. Nadie debería plantearse llegar a serlo porque eso querría decir que tiene una ambición no muy noble. Llegué a la Academia –soy académico de número desde 1993–, me eligieron mis compañeros y la presidí durante cuatro años, solo un mandato, como he hecho con todos los puestos de responsabilidad así que he tenido. Ser presidente de la Academia ha sido para mí, evidentemente, algo muy importante, pero me sigo sintiendo igual de importante ahora, siendo académico de número sin más.

Ocupa el sillón 7 de Medicina Interna. Si estuviera en la Real Academia Española (RAE), ¿qué letra le gustaría ocupar?
Pues la verdad es que nunca me lo había planteado… Supongo que la M, de Medicina.

Durante su presidencia, la RANM publicó el primer Diccionario de Términos Médicos, ¿cuál es su palabra preferida?
Me gustan todas. No tengo ningún término favorito porque todos forman parte del día a día y los tengo muy asimilados.

Como presidente se esforzó por acercar la Academia a la población general, ¿cree que lo consiguió?
Creo que sí, porque se comenzaron a hacer, y se siguen haciendo, actividades relacionadas con exposiciones abiertas al público y días dirigidos a los pacientes. Además, muchas personas que no se dedican a la Medicina también se han interesado por el Diccionario de Términos Médicos. Fue una aportación muy importante que dio una gran visibilidad a la Academia.


¿Es una institución vetusta (sus orígenes se remontan al siglo XVIII) o ha sabido adaptarse a los nuevos tiempos?
Es una institución antigua, que tiene casi 300 años de vida, pero, a la vez, es nueva porque se ha renovado continuamente. A lo largo de su historia ha habido momentos en que ha estado más apagada, muchas veces por razones que escapan a la propia ciencia, como contingencias políticas, pero se ha ido adaptando perfectamente a la actualidad. Su pujanza ahora es espectacular; todos los académicos, de número y correspondientes, son de una enorme excelencia nacional e internacional.

Al leer su biografía, se corre el riesgo de perderse entre los numerosos méritos y premios con los que ha sido reconocido.
No son más que el resultado del compromiso que adquirí. Para mí el mayor premio es sentirme bien conmigo mismo y haber cumplido el deber que me marqué cuando estaba estudiando la carrera de Medicina, pero nunca con el objetivo de ser premiado por ello. Además, la mayoría de esos reconocimientos son por la labor de todo un equipo, aunque yo fuera la cabeza visible.

¿De qué se siente más orgulloso?
Del equipo que he tenido. Siempre me he vanagloriado del grupo que hemos formado a lo largo de toda la vida, gente a la que quiero. Tengo pasión por ellos.

Síntomas comunes El último libro que ha escrito Manuel Díaz-Rubio se titula Síntomas que todos padecemos. Su objetivo ha sido acercar, no solamente al médico, sino a la población general, el conocimiento de que todos, sin tener ninguna enfermedad, podemos padecer una serie de síntomas que pueden complicarnos la vida e, incluso, hacernos fracasar en nuestro entorno familiar, laboral o social. Por ejemplo, quedarse en blanco, la taquicardia, el bostezo, la sudoración, la tos nerviosa o el retortijón. “Muchos de ellos son síntomas de una gran frecuencia, que no tienen mayor importancia, pero que, si convergen en un momento determinado, incomodan”.


Es autor de 75 libros, entre ellos Las “máquinas” de diagnosticar y sus inventores. En su opinión, ¿cuál es la máquina más útil?
La palabra del paciente, si se me permite la licencia de considerar la historia clínica una máquina. Una buena historia basada en el intercambio de palabras entre médico y paciente es la herramienta más útil. Obviamente, todas las que han ido apareciendo luego contribuyen a tratar y a diagnosticar mejor al paciente, pero nunca puede faltar la palabra. La historia clínica es fundamental, es lo primero que hay que hacer.

Hablando de máquinas, colecciona tiradores de cerveza. ¿Dónde se tira la mejor caña?
En el bar de la esquina al que vamos todos, donde uno está a gusto. Esa es la que sabe mejor. En cada país se toma la cerveza de forma diferente, a temperaturas muy distintas. A lo mejor, cuando un español va a Inglaterra y le sirven una cerveza a 14º de temperatura no le gusta y no se la toma, y, sin embargo, cuando un inglés viene aquí le puede pasar lo contrario, que no le guste porque está demasiado fría.

¿Es cierto que tiene más de 350 tiradores?
Sí, es cierto (risas). El mundo de la cerveza es todo un arte.

¿Se va a animar a escribir un libro sobre ello cuando tenga tiempo?
Me gustaría escribir algo sobre bombas, tiradores y grifos. No hay mucho publicado acerca de esto –colaboro con una revista especializada– y, sobre todo en los últimos 150 años, ha cambiado mucho la forma de tirar la cerveza y de convivir con ese tiraje.