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18/01/2015 n220
Jerónimo Saiz es un hombre de teoría, no de práctica, a quien examinarse se le daba muy bien, y por eso la Psiquiatría, tan cercana al ámbito de las ideas, se ajusta perfectamente a su personalidad. Lleva ejerciendo más de 30 años, combinando la docencia, la clínica, la investigación y la representación de su especialidad. La amplia experiencia que atesora el actual jefe del Servicio de Psiquiatría del Hospital Universitario Ramón y Cajal de Madrid le ha llevado al tercer puesto de los psiquiatras españoles más reputados.
Hiedra García Sampedro
Imagen: Cristina Cebrián
Lleva más de treinta años trabajando en el Hospital Ramón y Cajal, que se dice pronto…
En tantos años ha habido muchos cambios. Entré poco después de su apertura y de que se constituyera el Servicio de Psiquiatría, cuyo primer jefe fue Juan José López Ibor Aliño. Le sucedí en el cargo en el 92 cuando ganó la cátedra de Psiquiatría en la Universidad Complutense de Madrid y se marchó al Hospital Clínico San Carlos.

Los recursos de ahora serán muy diferentes a los del principio…
Son muy distintos, porque el desarrollo de la salud mental en Madrid comenzó poco después de que se abriera el servicio. Los recursos del Ayuntamiento, del desaparecido Insalud y de la Comunidad de Madrid se integraron para crear una red única y dar una asistencia integral. Ahora somos más de 60 psiquiatras y psicólogos en la región, y también tenemos enfermeros, terapeutas ocupacionales y otros profesionales que se dedican a la salud mental.

¿Los psiquiatras son un colectivo unido?
No todos seguimos el mismo modelo, lo que provoca tensiones y divergencias. Pero en los temas básicos sí estamos unidos, como en la creación de Psiquiatría Infantil o los programas formativos realizados por la Comisión Nacional de la especialidad.

Jerónimo Saiz con compañeros del Ramón y Cajal


¿Cuántos modelos hay?
Hay dos grandes modelos, uno biomédico y otro más psicosocial, en el que se contempla como factor importante para el origen de las enfermedades mentales la influencia del entorno o las experiencias vividas. El problema es que no disponemos de un conocimiento más profundo sobre el origen de las patologías, aunque estamos camino de ello y nuestro objetivo es homologar nuestro trabajo como una especialidad médica cualquiera. Lo ideal sería un punto intermedio entre los dos modelos, es decir, uno biopsicosocial.

¿Por qué se decantó por la Psiquiatría como profesión?
Siempre es difícil responder a esa pregunta. Desde que empecé Medicina tenía la idea de ser psiquiatra, aunque hice también la especialidad de Medicina Interna. Soy bastante torpe con las manos, tengo muy poca habilidad manual. Mi padre, que era cirujano maxilofacial sí era una persona habilidosa, pero yo no y me autodescarté para esas tareas. Además, con 14 años mi padre me llevó a ver una intervención quirúrgica y me mareé. Tengo una cicatriz porque me abrí la cabeza. Me volvió a ocurrir cuando era estudiante y presencié el primer parto. Así que no me llevo muy bien con la sangre.

Entonces, la Psiquiatría era la mejor opción…
Siempre se me ha dado mejor lo teórico que lo práctico. En la licenciatura de Medicina saqué 24 matrículas de honor, porque para mí, examinarme era una tarea grata y se me daba bien. En la especialidad de Psiquiatría existe una faceta humanista y también está más cercana a las ideas que a la materia, así que era una buena opción para mí. He disfrutado muchísimo con la práctica de la Psiquiatría y lo sigo haciendo. Hoy en día sigo teniendo mi agenda, mis pacientes y realizo historias clínicas.

Estudió en la Universidad de Navarra, ¿cómo vivió esa etapa de su vida?
Fantásticamente, fueron unos años maravillosos en los que veía todo con ilusión, con curiosidad, con ganas de aprender. Solo tengo palabras de agradecimiento para la universidad. Aunque es una institución privada y tiene su propia filosofía e intereses, el nivel de la formación es muy elevado. En aquellos momentos solo había una facultad en Madrid, la de la Complutense, y estaba enormemente masificada, así que la decisión de ir a estudiar a Pamplona fue muy buena. Soy hijo único y creo que me favoreció salir de casa a los 17 años. En Navarra conocí a la que hoy es mi mujer y me casé allí.

‘Marine’ y escritor de cuentos fantásticos

Al acabar la carrera, Jerónimo Saiz acudió al Boletín Oficial del Estado (BOE) para realizar las primeras oposiciones que fueran publicadas. Al final, fueron las de médico de la marina de guerra y médico forense; hizo las dos y ganó las dos. Estuvo un año y medio en el Tercio de la Armada, un cuerpo parecido al de los marines americanos. “Iba como médico, pero me tocó hacer de todo un poco, como realizar maniobras”, recuerda. Otra de sus facetas es la de escritor de cuentos fantásticos para adultos y ha ganado “algún concurso hace tiempo”. Leer es una de sus pasiones, sobre todo lectura de divulgación, pero también literatura fantástica, negra y de acción. No obstante, con lo que más disfruta es con su familia: su mujer, sus tres hijas, sus cinco nietos y su madre de 92 años. Sus dos hijas mayores son médicos y la pequeña hizo empresariales y derecho. Cuando puede, queda para tomar café en el hospital con su hija mayor Ana, que ejerce como anatomopatóloga en el Ramón y Cajal. “Mi familia es fuente inagotable de felicidad”, admite.

Vivió una época de conflictos en la universidad.
En el año 68 hubo bastantes problemas en toda la universidad española. Era delegado de curso y sí recuerdo meses difíciles. En Madrid se perdieron muchas clases y eso repercutió luego en la evaluación de los alumnos.

¿Y cómo vivió en la Universidad de Navarra el conflicto vasco en esa época?
Hubo algún atentado en la universidad, pero había más en Madrid que en Pamplona.

Ha hablado de sus 24 matrículas de honor, ¿es la inteligencia el factor más importante para aprobar en Medicina?
Lo que define sacar buenas notas es ser bueno examinándose. Hay personas que tienen especial habilidad para los exámenes. Tengo bastante experiencia con los estudiantes de Medicina porque soy profesor desde hace muchos años. Creo que lo mejor para aprobar es la motivación, y los estudiantes tienen mucha ilusión por sus estudios y por ejercer luego como médicos. Tienen un alto expediente al acceder a la universidad y también durante la carrera.

¿Era más difícil entrar en la carrera antes?
En la época en la que empecé a estudiar era difícil porque había miles de alumnos. Otro cuello de botella era el sistema MIR; se quedaban miles de médicos formados sin posibilidad de especializarse. Era un drama que se repetirá porque sin el debido control volverán a sobrar médicos, si no está pasando ya.



¿Cómo fueron los primeros momentos en el hospital y al hacerse cargo de sus propios pacientes?
Mis primeros años de médico fueron como residente de Psiquiatría en el Hospital Clínico San Carlos de Madrid. Es una experiencia diferente porque, por muy práctica que quiera ser la carrera, nunca es lo mismo que encontrarse en el servicio de Urgencias frente a un caso real. Pero te vas endureciendo y adquieres seguridad y competencias, así que el nivel se obtiene relativamente pronto.

¿Tuvo la oportunidad de estudiar en el extranjero?
Sí, hice estancias en Inglaterra, en el Hospital Littlemore de Oxford, donde era jefe de servicio un psiquiatra vasco, el Dr. Letemendía, que se había exiliado. También estuve en el Hospital de Sainte Anne en París, que es muy emblemático porque algunas de las grandes figuras de la Psiquiatría proceden de la escuela francesa y, en concreto, de ese hospital. Por ejemplo, trabajaba allí Pierre Deniker, uno de los descubridores de la medicación antipsicótica de los neurolépticos. Más recientemente, estuve un año sabático como profesor visitante en el Departamento de Psiquiatría de la Universidad de Columbia, en Nueva York.

En el último Congreso Mundial de Psiquiatría con Pedro Ruiz, expresidente de la asociación mundial de psiquiatras


¿Están los sistemas sanitarios de estos países más avanzados que los españoles?
España ha mejorado mucho en los aspectos de investigación y tenemos una buena red asistencial que además es pública, gratuita y universal. Esto no tiene comparación con lo que ocurre en Estados Unidos, donde hay muy buena tecnología e investigación, pero los servicios de salud son de cobertura privada, y esto es injusto e imperfecto.

¿El programa de formación MIR también ha contribuido a mejorar la Psiquiatría en España?
La formación MIR ha sido importantísima, porque ha supuesto unos estándares de calidad tanto en las unidades docentes acreditadas como en los profesionales que se han ido formando, y esto ha mejorado mucho el nivel de la especialidad. ¿Los demás especialistas ven a los psiquiatras como iguales, al mismo nivel?
No, creo que no. La Psiquiatría participa del estigma que rodea a la enfermedad y al enfermo mental. En muchas ocasiones nos ven como diferentes y poco serios. Nosotros trabajamos con una materia subjetiva, que es la entrevista con los enfermos y lo que observamos e interpretamos a partir de lo que nos dicen el paciente y su entorno. No tenemos pruebas biológicas, ningún marcador que nos permita afirmar o descartar un diagnóstico psiquiátrico. En eso somos diferentes, pero no en cuanto a las posibilidades de tratamiento y de curación de las enfermedades. Tenemos que trabajar para que nos consideren como iguales y a los pacientes, como unos enfermos más y no como personas potencialmente impredecibles, violentas o incurables.

La investigación, poco a poco, intenta acabar con ese estigma, ¿cuáles han sido las líneas por la que se ha decantado en su carrera?
He trabajado en varios aspectos: en el control de impulsos, tanto desde un espectro de hipercontrol, que es el trastorno obsesivo compulsivo, como desde la faceta contraria, que es el descontrol de impulsos, como la ludopatía; y he publicado muchos trabajos sobre depresión, trastorno bipolar y sobre otras psicosis, especialmente esquizofrenia. Son muchos trabajos a lo largo de todos estos años.

López-Ibor Aliño, mentor y amigo

Jerónimo Saiz enseña emocionado la dedicatoria que Juan José López-Ibor Aliño le escribió en su discurso de entrada en la Real Academia de Doctores de hace solo un mes. “En la letra ya se veía que estaba muy enfermo”, dice Saiz a ‘Revista Médica’. López-Ibor falleció la semana pasada a los 73 años a causa de un rápido empeoramiento de una enfermedad con la que estaba luchando. Fue jefe de Servicio de Saiz cuando entró en el Ramón y Cajal en 1979 y hasta 1992, y tuvieron una estrecha relación desde entonces. Pero también su padre, Juan José López-Ibor, fue una figura clave para Saiz, porque se formó con él en su etapa de residencia en el Clínico San Carlos. “De ambos he aprendido mucho, han sido muy importantes para la Psiquiatría española”, subraya.


¿Toda esta investigación se llega a aplicar realmente en las consultas?
Hay aspectos de la investigación que sí se aplican. Por ejemplo, desde los primeros años 90 estamos trabajando en genética de las enfermedades mentales y ya existe un kit comercial de análisis que permite estudiar caracteres farmacogenéticos para predecir la tolerancia y la eficacia de determinados fármacos. Muchas veces las novedades tardan en llegar a la práctica, sobre todo los nuevos fármacos. Pero también pensamos que la proporción de recursos que se dedican a la investigación en enfermedades neuropsiquiátricas no es la que se corresponde a su importancia, dado el número de personas afectadas y el enorme grado de discapacidad y sufrimiento derivados de estas patologías.

Supongo que habrá vivido mucho sufrimiento en la consulta. ¿Recuerda especialmente algún caso?
Recuerdo a muchas personas. Tuve una paciente de 16 o 17 años que estuvo ingresada en el hospital por un trastorno de mutismo y, al mismo tiempo, su madre tenía esquizofrenia. La chica estuvo así varios meses y luego se puso bien, así que llevó una vida independiente y se formó para trabajar. Da mucha satisfacción ver cómo los pacientes llevan una vida normal. Muchos de ellos acaban siendo muy cercanos a nosotros, pero no es bueno para el tratamiento que el terapeuta o el médico se impliquen con los enfermos. Aún así, muchos enferman en edad juvenil, incluso en la adolescencia, y tienen necesidad de tratamiento a lo largo de la vida. Hay personas a las que llevo viendo durante 30 años con cierta frecuencia, les he empezado a tratar cuando estaban en la universidad y ahora son sus hijos los que están haciendo una carrera. Eso crea mucha afinidad y confianza, te consideran un miembro más de la familia.

Los pacientes vienen a consulta a pedirte consejo. Por ejemplo, uno al que trato desde hace muchos años me vino a contar que su mujer estaba embarazada y que en la ecografía habían visto que el niño tenía acondroplasia. Te cuentan cosas como si fueras su padre realmente y te sientes partícipe de sus problemas e intentas ayudar en todo lo que puedas.

¿Cómo se consigue esa confianza? Porque, al principio, los pacientes ven al psiquiatra con recelo…
Algunas enfermedades les hacen percibir la realidad como hostil y te meten en ese círculo de desconfianza. Eso hay que saber manejarlo siempre, establecer una relación terapéutica y un contrato de confianza. De hecho, una de las modificaciones del plan de estudios de Medicina que estamos ahora empezando a aplicar es crear una asignatura que antes no había y que se llama Comunicación Clínica.



En los últimos tiempos también ha tenido tiempo para implicarse en la representación del colectivo médico y, en concreto, en el ámbito de la Psiquiatría.
En la representación de los profesionales de la Medicina ha habido lagunas; los colegios de médicos tienen sus defectos, basta con ver el número de profesionales que votan en las elecciones colegiales y la cantidad de problemas que surgen en los colegios. Una alternativa a eso han sido las sociedades científicas. He dedicado mucho tiempo a ese ámbito, he formado parte de la junta directiva de la Federación de Asociaciones Científico Médicas Españolas (Facme) y, antes de ser presidente de la Sociedad Española de Psiquiatría (SEP), he sido secretario, tesorero y he formado parte de la junta directiva durante muchos años. En la última década he sido presidente o vicepresidente de algo. Es vital estar ahí porque la defensa del colectivo es importante.

Ha trabajado intensamente en todas las facetas posibles, ¿qué le queda por hacer?
En la universidad me quedan algo más de tres años para jubilarme, aunque podría jubilarme ya si quisiera, pero no es mi propósito. Mi idea es seguir tanto en la universidad como en el hospital porque trabajo con un grupo espléndido de profesionales. En un baremo reciente sobre reputación sanitaria, el servicio ha quedado entre los cinco primeros de España y yo como el tercer psiquiatra. Y lo soy no por mí, sino por mi entorno. Soy privilegiado por tener personas tan brillantes y generosas a mi lado. Los años que me quedan van a ser para ellos, tanto en la investigación, como en la universidad y el hospital, para dejar una sucesión ordenada.