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11/01/2015 n219
Eduardo Ortega Socorro
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Esta vasca “del mismo Bilbao” fue una de las responsables de poner fin al Insalud y transferir sus competencias a las comunidades autónomas, aunque advierte de que algunas de estas cuestiones requerirían una recentralización, dado que las iniciativas regionales están quebrando la equidad en el acceso al medicamento en España. Directora de Relaciones Institucionales de PharmaMar, no descarta reincorporarse a la Administración pública, aunque nunca lo haría con Pablo Iglesias al timón del Estado.
Por edad y por formación, usted vivió los cambios de la Transición desde la universidad. ¿Cómo se veía este proceso en la Facultad de Farmacia de la Complutense de Madrid?
Precisamente era una de las más pacíficas y menos implicadas en el proceso de la Transición española. Lo vivíamos a través de Medicina, que estaba al lado y cuyos alumnos eran muy beligerantes. Tuvimos pocos episodios de cargas de grises y todas aquellas cosas que sabíamos por nuestros compañeros.

Precisamente, usted entró en la plantilla de la Administración Pública cuando la democracia daba sus primeros pasos.
Hice dos oposiciones: la de los farmacéuticos de sanidad nacional, que fue mi primer destino en el Ministerio de Sanidad, y después la de inspectores del Insalud. Finalmente, me decanté por esta última posibilidad, teniendo como destinos Álava y, al poco tiempo, La Rioja. En este periodo, el Ministerio era una institución muy potente, como lo era el Insalud como parte de él. Por entonces, un director general y un ministro mandaban muchísimo.

Entonces, en aquella época las comunidades autónomas no generaban tantas complicaciones al Estado central…
No, no. Las transferencias del Insalud se inician en 1981, con Cataluña. En 1984 se hacen en Andalucía y en la Comunidad Valenciana, y el País Vasco las recibe en el año 1987. Hasta entonces, toda la gestión de la asistencia sanitaria en España se hacía de manera centralizada y dependiendo del Ministerio de Sanidad.

En 2000 fue una de las responsables de coordinar las transferencias que restaban del Insalud. Tras ese proceso, ¿está el Sistema Nacional de Salud (SNS) mejor o peor?
Estamos claramente peor, aunque esto habría que matizarlo. Estamos peor en lo que se refiere a la equidad, en el acceso a las prestaciones por los ciudadanos. Es verdad que se han ampliado algunas de ellas, pero también, en algunos casos, innecesariamente.



Así que el SNS está peor que en los 80…
(Reflexiona) Más bien, distinto. Peor en lo que se refiere a la coordinación y en la equidad en el acceso. Mejor, seguramente, en infraestructuras, porque se han construido muchos hospitales y se ha llevado a cabo toda la reforma de la Atención Primaria, que empezó en 1984. También es mejor la calidad de la asistencia que se presta.

Varias voces se han alzado para reclamar la recentralización de la sanidad. ¿Cree usted que esta iniciativa sería una solución para el sistema?
Paradójicamente, aunque participé en el proceso de traspaso del Insalud, creo que hay determinadas cuestiones que requerirían un recentralización.

¿Y qué opina sobre los presupuestos finalistas en sanidad?
Creo en esta idea sin dudarlo. Toda recentralización pasa, necesariamente, por incentivar a las comunidades autónomas para que se cumplan determinados programas o iniciativas de coordinación con una dotación que permita hacerlo.

El proceso de transferir las competencias se hizo mientras usted era directora de Relaciones Institucionales y Alta Inspección. ¿Cómo llegó al cargo?
La primera oportunidad que se me dio de tener un puesto de relevancia en el Ministerio de Sanidad fue durante la etapa de José Manuel Romay Beccaría. Enrique Castellón, que por entonces era subsecretario, me propuso que me hiciera cargo de la subdirección general de la secretaría del Consejo Interterritorial. La verdad es que fue una etapa maravillosa. Nunca les agradeceré lo suficiente a Romay Beccaría y Castellón el que me dieran esta oportunidad, porque el Consejo Interterritorial es la atalaya del sistema sanitario. Aprendes de todo y trasciende más allá de la farmacia o la asistencia para aprender sobre ordenación profesional, salud pública y, en definitiva, sobre la coordinación.

Gabriel Elorriaga, Rubén Moreno y Regina Múzquiz

Viejos conocidos
Múzquiz vivió el primer periodo de Rubén Moreno como secretario general de Sanidad a principios del siglo XXI. De hecho, fue él quien le ofreció la Dirección General de Relaciones Institucionales y Alta Inspección, “la mejor oportunidad de mi vida para trabajar como alto cargo sin haber tenido ninguna afiliación política”. El recuerdo que tiene de él es excelente y asegura que su retorno al cargo que una vez ocupó “es una gran noticia para el sistema sanitario español. Tiene mucho conocimiento, madurez y experiencia. Aportará su espíritu conciliador y dialogante, que parece que también comparte el ministro Alonso. Esto en épocas de cierta tensión, aunque en el Ministerio siempre hay alguna tensión, es muy importante”.


En ocasiones, el Consejo Interterritorial se ha convertido en territorio de enfrentamiento partidista. ¿Cómo era el juego político por entonces?
Era mucho menos agresivo que ahora. Bien es verdad que Romay Beccaría siempre fue un ministro muy conciliador y una persona que lo que buscaba siempre era sumar y no restar. Lo mismo ocurría con Castellón y con Alberto Núñez Feijoo, que por entonces era presidente ejecutivo del Insalud, con diez comunidades autónomas que dependían directamente de su gestión. Era una etapa en la que había alguna tensión política, pero que no tenía nada que ver con lo que es ahora el Consejo Interterritorial. En los últimos años se ha convertido en un coliseo para la lucha política.

¿Podría describir su relación con Romay Beccaría?
Fue excelente. Aprendí muchísimo a su lado, tanto desde el punto de vista técnico como del humano, porque otra de sus grandes virtudes es su humanidad. Su faceta intelectual también hay que destacarla, es un gran pensador más que gestor y enfoca todos los temas con mucha profundidad.

¿Cree que hace falta un nuevo Insalud?
No sé si un nuevo Insalud, porque los cambios acometidos ya son irreversibles, pero sí un órgano que tratara de coordinar de alguna manera diversos asuntos.

¿Considera que Sanidad tiene poca autonomía respecto a los dictados de Hacienda?
Esto en cierto sentido es lógico. La sanidad es una parte muy importante del presupuesto, y si no existe un acuerdo por parte de Hacienda no se pueden sacar adelante las iniciativas.



Pero si las políticas sanitarias dependen de las fiscales, entonces el ministerio tiene las manos atadas para tomar determinadas decisiones.
No. Es verdad que el ministerio no tiene una absoluta libertad, pero también lo es que depende de los equipos ministeriales, con las directrices de Hacienda, poder hacer lo mejor para el sistema sanitario español. Ahí está, para mí, la buena gestión y el buen trabajo.

En el momento del traspaso de competencias, ¿las comunidades autónomas colaboraron?
Mi recuerdo es muy positivo en las relaciones con las regiones, y las tensiones que pudo haber no se debieron a cuestiones políticas. Por ejemplo, una de las autonomías con la que mejor relación tuvimos fue Extremadura, que era del Partido Socialista, y con el consejero Guillermo Fernández Vara, tenía un talante conciliador y dialogante.

Después de un largo periodo en las Administraciones públicas, pasó a la industria. ¿Cómo se ven los toros desde el otro lado de la barrera?
Es un cambio radical. Siempre había trabajado en el sector público y era una firme convencida de él, y la industria farmacéutica se percibía como un elemento distorsionador del presupuesto. El cambio hace que lo veas todo de una manera muy diferente. Te das cuenta de lo importante que es la industria para el país, para su tejido productivo, para su empleo… Pero, sobre todo, lo importantísima que es para la asistencia sanitaria.

¿Antes no lo veía así?
No es lo mismo ser el proveedor que el comprador, o el cocinero que el comensal.

Amiga de roqueros
Amante de la lectura de Antropología cuando tiene “paz de ánimo” y de hacer senderismo entre los viñedos, reconoce que entre sus pasiones se encuentra el Rock&Roll. No en vano, es una confesa fan del incombustible Loquillo y entre sus amigos se cuenta Sabino Méndez, compositor para el ‘troglodita’ de algunos de sus mayores éxitos, como La mataré o Todo el mundo ama a Isabel.

Regina Múzquiz con Loquillo y con Sabino Méndez



¿Cuál es la razón por la que tantos exdirectivos del ministerio acaban fichando por la industria farmacéutica? ¿No existe la posibilidad de incompatibilidades en España, como sucede en el caso de la Agencia Europea del Medicamento (EMA)?
En España tenemos un régimen de incompatibilidades que se respeta escrupulosamente. En el cargo que ocupé en la Administración no toqué para nada el tema farmacia y no tomaba decisiones al respecto. Aun así, en su momento tuve que pedir un certificado de compatibilidad para incorporarme a Sanofi.

Por otro lado, creo que lo que han pretendido los laboratorios es, dentro de la jungla de Administración, conseguir que alguien les dirija y les guíe de la mano por un terreno cuyos vericuetos desconocen, como los procedimientos, las instancias, el Derecho Administrativo… En definitiva, las reglas del juego.

Usted lleva casi 13 años en el ámbito de las relaciones institucionales de los laboratorios farmacéuticos. En este tiempo, ¿cuánto ha cambiado el sector?
Muchísimo, en algunas cosas para bien y en otras para mal. En el ámbito positivo, destacaría la generación de una gran regulación que ha garantizado mucho en el aspecto farmacéutico. La sola creación de la Agencia Española de Medicamentos (Aemps) en 1999 es un hito. También hay que destacar los aspectos que garantizan la seguridad y eficacia de los fármacos, y la incorporación de las directivas europeas.

En el ámbito de la investigación y el desarrollo de los medicamentos, creo que ha habido pasos de gigante. En cambio, en donde no los ha habido ha sido en la coordinación de la prestación farmacéutica en el sistema y, muy especialmente, en la falta de equidad en el acceso, en función de la comunidad autónoma en la que se viva.

Esto era algo impensable antes de las transferencias, cuanto la prestación farmacéutica en España era un ejemplo. Esto se quiebra cuando Andalucía pone el visado a determinados fármacos. Por entonces, se interpuso un recurso contencioso administrativo que el Tribunal Superior de Justicia falló contra el ministerio y a favor de la Junta. Y a partir de ahí, las autonomías han ido tomando medidas que han quebrado este sistema unitario.

Pongamos que las próximas elecciones generales las gana Podemos y Pablo Iglesias le ofrece el Ministerio de Sanidad, con plenos poderes para hacer los cambios que considere necesarios. ¿Qué haría?
Para empezar, no aceptaría el nombramiento por este señor. No lo haría porque cambia sistemáticamente el programa que defiende. Además, su partido me parece muy poco garantista en cuanto a los derechos de los ciudadanos.

¿Su tendencia política es entonces un poco más ‘popular’?
Bueno, digamos que cuando he trabajado con el Partido Popular en el poder lo he hecho muy a gusto y con comodidad.



¿Volvería a la Administración?
En determinadas condiciones, seguramente sí.

¿Como cuáles?
Por ejemplo, lo de tener plenos poderes sería un sueño hecho realidad para cualquiera. Eso sería lo más atractivo, el caramelo. Luego habría que pensarlo mucho, porque nadie te suele dar plenos poderes para nada. El Ministerio de Sanidad nunca está aislado.

Fue fundadora del departamento de Relaciones Institucionales de PharmaMar en los prolegómenos de la crisis.
PharmaMar es lo contrario de una gran multinacional radicada en España. Cuando estaba en una multinacional como Sanofi, trabajábamos en desarrollar los temas de la filial, pero ahora estamos más centrados en sacar cuestiones de Market Access no solo en España, sino en todos los países en los que tenemos presencia. Es más: solo el 10 por ciento de nuestras ventas se producen en España, y el resto en países de la Unión Europea.

En comparación con los estados del entorno, ¿tan malo es el modelo legislativo farmacéutico español como dan a entender los laboratorios?
El problema que tiene el sistema español es la descentralización, y en ese sentido es casi tan malo, o parecido, como lo que ocurre en Italia, donde también existen complicaciones similares. Pasan también en el Reino Unido y Alemania, pero en España son más intensas. La cuestión es que en estos países han aprendido a coordinarse, pero aquí nos está resultando más difícil, quizá porque nuestra descentralización es más joven. Solía decir, aunque ahora ya se me vaya a acabar el argumento, que España ha tenido un sistema autonómico adolescente, y en la adolescencia cada comunidad busca su propia identidad. Y en esta búsqueda, las regiones renegaban de papá Estado. Sin embargo, estos adolescentes ya llevan un proceso de maduración demasiado lento (risas).

Desde la perspectiva que da el tiempo, ¿qué le ha agradado más, su trabajo en Sanofi o el que ahora hace en PharmaMar?
Esto es como tener que elegir entre papá y mamá. Desde luego, tuve una experiencia extraordinaria en Sanofi. Allí tuve una jefa excelente y para demostrarlo solo hay que ver dónde está ahora Belén Garijo, de la que aprendí muchísimo. Pero PharmaMar me parece una empresa para trabajar muy ilusionante, que tiene muchos proyectos, recorrido y capacidad de expansión. Y está el aspecto internacional, que me parece una forma de conocer el mundo. El proyecto está liderado por José María Fernández Sousa Faro, que realmente cree en la innovación. Además, tiene claro que es una iniciativa para el futuro. Es una de las personas más perseverantes que he conocido en mi vida y que más fe tiene en PharmaMar, y de hecho se dedica a ella más que ninguno.