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04/01/2015 n218
El Celador
Puedo prometer y prometo…
Tenemos por delante un año nuevecito, 365 días a estrenar, un montón de horas para ser mejores personas, excelentes trabajadores… y, cómo no, para hacer ejercicio. Ya sé que lo de apuntarse al gimnasio es uno de los buenos propósitos de año nuevo más incumplidos de la historia de la humanidad –bueno, eso y aprender inglés–, pero de verdad que este 2015 me pongo a ello, que acaban de abrir un centro de esos de ‘fitness low cost’ –que sé lo que quiere decir porque un año cumplí la promesa de estudiar la lengua de Shakespeare– al lado de casa y ya no tengo escapatoria.

¡Y a Dios pongo por testigo que no volveré a picar bombas calóricas pero riquísimas, como las chocolatinas y las bolsas de patatas fritas, entre horas! Aun a riesgo a pasar más hambre que Escarlata O’Hara, cambiaré los ‘snacks’ por fruta, que uno ya tiene una edad, necesita vitaminas y fibra, y nadie está libre del mal en forma de colesterol.

Ya sé que los escépticos pensarán que esto lo decimos todos, todos los años, después de las Navidades porque necesitamos compensar los excesos y los atracones de las fiestas. Y son solo unos pocos los que empiezan a practicar ejercicio de verdad cuando empieza el año y son menos todavía quienes no lo abandonan a los pocos días de comenzar. Pero yo voy a estar en este último grupo, que me he dado cuenta de que las pachangas de pádel de Pascuas a Ramos no son suficientes, que me estoy oxidando.

El otro día hablaba de este tema con unos psicólogos clínicos del hospital que me explicaron que la clave
para cumplir con la palabra de uno mismo es
no obsesionarse con expectativas imposibles. Así que
eso es lo que voy a hacer yo: no me voy a marcar
como objetivo hacerme un ‘ironman’ a finales de 2015
porque no lo veo, pero sí que voy
a hacer, por lo menos tres días
a la semana, una horilla de
ejercicio. No es para tanto, ¿no?