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04/01/2015 n218
Su padre se empeñó en que estudiara y se salió con la suya: ahora es el jefe de Cardiología del Complejo Hospitalario Universitario de Santiago (CHUS), presidente de la Sociedad Española de Cardiología (SEC) y catedrático de Medicina. Hay tres cosas de las que nunca se olvida: de dónde viene, de su compromiso por la excelencia y de meter las zapatillas de correr en la maleta.
Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández
de Vega
Tengo entendido que fue el primer médico de una familia tradicionalmente dedicada a la pesca.
Estudié Medicina porque mi padre decidió que sus tres hijos salieran del ámbito en el que estábamos: en una aldea pesquera de Noia (A Coruña). Nos trasladamos a Santiago de Compostela porque él estaba convencido de que teníamos que estudiar, en lugar de dedicarnos de forma automática al mar, como casi todos mis primos. Estudiamos en un colegio que casi superaba sus posibilidades económicas, pero mi padre y mi madre estaban empeñados en que estudiáramos.

¿Por qué se decantó por la Medicina?
No se me planteaba otra opción. Pensé en estudiar una carrera relacionada con el mar, pero lo descarté muy rápido porque el mar me asustaba bastante. Así que la Medicina era la única opción.

González-Juanatey, en su época de tenista

¿Qué eligieron sus hermanos?
Uno también es cardiólogo y el otro, ingeniero. Mi padre se salió con la suya.

¿Y por qué escogió la Cardiología como especialidad?
Tampoco tuve ninguna duda. Probablemente fue por las clases que recibí en la facultad: la parte cardiovascular de Fisiología me pareció muy atractiva y la de Patología General, también.

Cardiología suele ser de las primeras especialidades elegidas por los MIR, algún atractivo tendrá…
Es muy atractiva por multitud de razones, entre ellas porque es la especialidad que más desarrollo ha tenido y que más reflejo tiene, casi de forma inmediata, sobre la salud de las personas; en Cardiología es fácil ver los resultados en cantidad y en calidad de vida. Y tiene una cosa básica: es muy autosuficiente.

También es una especialidad muy reconocida por la sociedad general.
Sí, aunque en este momento estamos teniendo un pequeño problema que trasciende a muchas áreas y es que la gente se cree que en Cardiología todo se puede resolver. Es cierto que, en los últimos 30 años, la esperanza de vida en España ha aumentado seis años y algo más de cuatro de esos años tienen que ver con avances cardiovasculares. Pero no hay que olvidarse de que la patología cardiovascular sigue siendo la primera causa de mortalidad e invalidez en nuestro país. El riesgo es que la gente banaliza el peligro de las enfermedades del corazón porque piensa que todo se arregla, y eso tiene un impacto negativo en fondos para investigación. Dicen: “Cardiología ya se ha desarrollado mucho, ahora hay que resolver el cáncer”. Y por supuesto que hay que resolver muchas cosas, pero, ojo, la primera causa de muerte siguen siendo las enfermedades cardiovasculares.

Quizá esto hace que a los cardiólogos no se les suba tanto a la cabeza que pueden curarlo todo…
Intento que no se me suba mucho a la cabeza casi nada, de verdad, y pienso muchas veces de dónde vengo. Bien es cierto que asumo las responsabilidades que tengo: hemos hecho mucho, pero nos queda mucho por hacer. Tener la percepción de qué te queda por hacer y cuál es tu compromiso es importante para motivarte.

Hace unas semanas recibió el galardón en la categoría de médico de los I Premios a la Sanidad de Galicia, otorgados por Sanitaria 2000. ¿Qué supone para usted este tipo de reconocimientos?
Un estímulo en ese compromiso que tengo de intentar hacer bien las cosas en sanidad y en educación. Y que eso que hago bien vaya dirigido a personas sin nombre y apellidos, porque es fundamental que un sistema social como el que tenemos, que se basa en sanidad y en educación públicas, trate de forma excelente a las personas con independencia de dónde vengan, de su nivel socioeconómico y de quiénes sean.

Desde que es presidente de la SEC, no ha parado de repetir que hay que definir indicadores de calidad y de equidad asistencial.
Desde hace unos años, España está sufriendo un problema de financiación que hay que evitar que se traslade, todavía más, a los más desfavorecidos. ¿Cómo tenemos que hacerlo? Con la calidad del modelo social. El sistema sanitario permite el acceso con independencia del nivel socioeconómico, pero la calidad del sistema, en una época así, solo se puede preservar de una forma: midiendo lo que hacemos y publicando los resultados en salud. El mayor estímulo para mejorar es que nos midan y que nos comparen de una forma tranparente, y eso es lo que necesita nuestro sistema sanitario. He intentado posicionar a la SEC en este mensaje de defensa de la excelencia.

Hablando de comparar, el Servicio de Cardiología del CHUS es distinguido por su calidad, ¿qué hacen que no hagan los demás?
Hay un grupo de personas comprometidas con la calidad y con esta idea de excelencia. Cuando llegué a dirigir el servicio, dije que primero nos teníamos que convencer de ello nosotros mismos para, después, poder convencer a los demás. Lo hicimos reorganizándonos, viendo dónde teníamos que invertir y dónde no, poniendo en marcha diferentes modalidades de atención, organizando los procesos asistenciales… y lo más importante: midiendo lo que hacemos, comparándonos con los mejores –incluso a nivel internacional– y, si estamos lejos, debatiendo sobre dónde tenemos el problema. Hay quien me dice que quiero ser como la Clínica Mayo y yo digo que claro, que trabajo para serlo. A mí la media de España no me basta.

Mats Wilander José Ramón González-Juanatey dejó el tenis de alto nivel cuando
uno de sus hermanos ingresó en su hospital un 30 de marzo;
él no se separó de su lado hasta el 15 de mayo, cuando la historia
  se resolvió felizmente. Por aquel entonces, también preparaba
     oposiciones, así que fue dejando la raqueta para los ratos
         libres y, al final, al no tener el estímulo de la competición
             –reconoce que es muy competitivo, a veces en exceso, y
                 que le fastidia mucho perder– lo dejó del todo. Su tenista
                     favorito de todos los tiempos es el sueco Mats Wilander
                        y, de los actuales, se queda con Novak Djokovic:
                        "Tiene un talento inigualable y una personalidad con
                         la que me siento muy identificado".


¿No tenía ya bastante trabajo con el servicio como para meterse también a presidir la SEC?
No, el servicio está bastante organizado: hay responsables de cada área, nos reunimos… Funciona bastante bien, aunque, evidentemente, hay que poner proyectos en marcha y seguimos con la investigación y la docencia. La SEC me está ocupando más tiempo del que pensaba y me deprime caer en la cuenta de la cantidad de días que tengo que estar fuera de mi casa, pero intento pensar que hago algo que puede contribuir a mi compromiso con el sistema público y no creo que el servicio se haya resentido. Mis compañeros, a veces, me dicen: “Te vemos poco el pelo”, pero me verán más cuando acaben mis dos años de presidencia.

Y compagina todo esto con la docencia.
Siempre me ha gustado mucho la docencia y en eso me considero un privilegiado. Hubo gente que creyó mucho en mí y fui profesor titular y catedrático muy pronto, siendo adjunto en el hospital. Uno tiene que estar preparado para las oportunidades; hay gente que se queja de que no hay plazas, pero, cuando salen, no está preparada.

Hay una web de alumnos en la que le definen como un profesor “especialista en ‘desnudar’ al estudiante de prejuicios. Hace muchas preguntas en público. Es un poco duro y de lengua mordaz, pero efectivo”. ¿Se reconoce?
Intento que el estudiante no sea un tipo pasivo. Los alumnos no van allí a oír lo que les vas a contar como si estuvieras hablando a una pared; el profesor tiene que dialogar y tiene una responsabilidad con ellos, con sus familias y con el sistema educativo. Procuro que los estudiantes participen y por supuesto que les pregunto, tanto cosas propias de la materia que imparto como otras que creo que deben conocer, porque están muy acostumbrados a estar allí tomando apuntes y que el profesor esté como hablando al aire; no, yo no hablo al aire, hablo a las personas e intento establecer una relación directa con ellas. Es fundamental implicar a los alumnos en la docencia.

Fue tenista de élite, ¿sigue practicando este deporte?
Ya no, ahora corro. Jugar al tenis me abrió una gran cantidad de puertas, hice muchos amigos, viajé a muchos sitios… Estoy extraordinariamente agradecido al deporte; si no fuera por el tenis, estoy convencido de que mi carrera profesional no hubiera sido la misma. Hacer otra actividad relativamente bien tiene una influencia importantísima. Y en esa época –los años 80, cuando el tenis estaba en su máximo apogeo en Estados Unidos– jugar al tenis a un cierto nivel me ayudó mucho.

¿En qué sentido?
Era campeón de Galicia, quedé campeón de España universitario… La gente se fija en ti y tú tienes algo que ofrecer. Por ejemplo, personas muy relevantes de Santiago y muy aficionadas al tenis me ayudaron mucho, precisamente, porque practicaba este deporte. Cuando llegué a Estados Unidos con una beca de la Sociedad Europea de Cardiología (ESC), lo único que hacía era mirar, no me dejaban hacer nada. Pero cuando el jefe de Cardiología de Stanford (California, Estados Unidos) descubrió que yo jugaba al tenis y que, además, jugaba mejor que su entrenador, echó a su entrenador y me dijo: “Tengo que jugar contigo al tenis todos los días, dime qué quieres a cambio”. Así que mi situación cambió de una forma radical: vivía en una especie de cobertizo y pasé a tener un apartamento; tenía una beca que casi era de subsistencia y pasé a tener una en la que me sobraba el dinero… Buscar un área adicional en la que destaques para poder ofrecer algo a los demás y recibir algo a cambio es un buen consejo.

El mar de Noia Por tradición familiar, parecía que el futuro de José Ramón González-Juanatey estaría ligado al mar. De hecho, el presidente de la SEC se planteó ser marino y estudiar una carrera relacionada con los océanos, pero se dio cuenta de que le daba demasiado miedo. Y no le faltaban razones: el padre de un amigo suyo había desaparecido en el mar. No obstante, aunque dejara atrás la aldea pesquera de Noia donde vivía, nunca se marchó del todo y hace unos años el alcalde de esta villa coruñense le entregó una placa para rendirle homenaje.


Antes hablaba de la cantidad de días que pasa fuera de casa, ¿cómo lleva lo de viajar tanto?
Mal. Lo que peor llevo es el previaje; cuando ya estoy en el avión, intento llevarlo lo mejor posible. Y lo que me deprime, a veces, es tener que viajar solo. Correr me ayuda mucho a llevarlo mejor, siempre meto las zapatillas en la maleta. Recientemente, he estado en Chile y es una maravilla poder correr por Viña del Mar; después, me fui a Uruguay y correr en Punta del Este es magnífico. Hay que buscar alguna motivación.

Tendrá mucha maña haciendo maletas…
Por supuesto. Llevo lo justo; nunca facturo, aunque me vaya al quinto pino. Incluso en mi casa me dicen: “¡Pero cómo llevas solo dos camisas!”. Si necesito más, las lavo o me compro otra, aunque en casa tenga de sobra.