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28/12/2014 n217
El Celador
¡Que es broma!
Siempre me ha encantado el Día de los Inocentes, desde bien pequeño: pegaba una moneda en el suelo y me partía de risa viendo a todos los vecinos del barrio agacharse; tiraba unas chapas contra los azulejos de la cocina para hacer creer a mi madre que se había roto la cristalería; a mis hermanos les llenaba la cara de pasta de dientes o de lo que pillaba mientras dormían… Luego me caían unos collejones que ni te cuento, pero no había quien me quitara lo bailado.
Así que cuando me toca trabajar en el hospital ese día intento preparar alguna cosilla. Eso sí, sin pasarme, que con la salud no se juega. Mis compañeros no se libran de que les cuelgue un monigote en la espalda y los pacientes se parten de risa cuando los ven. Por cierto, también hay pacientes muy bromistas que, como pillen al médico o a la enfermera de turno desprevenidos y sin saber qué día es, les pueden pegar un buen susto.
Este año me he compinchado con otros dos celadores para esconder a los médicos el fonendo y cambiárselo por unos collares hawaianos. Y parece que la broma ha tenido éxito porque después eran ellos mismos quienes empezaban a auscultar a los pacientes con el collar y éstos flipaban, claro. Lo que no se me ocurriría hacer nunca en el hospital es lo de cambiar la hora a los relojes porque hay demasiadas cosas que dependen de ello: la medicación, los turnos, las comidas… A mi mujer se lo hice una vez y se fue a trabajar dos horas antes; a mí me tocó madrugar más de la cuenta para ver su cara, ¡pero lo que me reí!
Con el gerente tampoco me atrevo, de momento… Estaría bien que todos nos aliáramos para hacerle creer que ha tomado alguna decisión descabellada, como permitirnos ir en patines por los pasillos, llevar todo tipo de sombreros en lugar de cofias o repintar las habitaciones de colores chillones. Creo que lo voy a ir maquinando para el año que viene.