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14/12/2014 n215
Tarugos en la cancha
Pues ya hemos celebrado la cena de Navidad de celadores del hospital –cada año la hacemos antes, la próxima va a ser en noviembre como nadie lo remedie– y, como no podía ser de otra manera, el tema estrella ha sido la violencia en el fútbol y mis compañeros casi llegan a las manos. Yo no, porque el balompié me importa más bien poco y soy de talante sosegado, pero hay mucho forofo suelto.

Y si en una discusión acalorada entre amigos los hay capaces de insultarse y encararse, ¿cómo se van a evitar los tacos (y no me refiero a los de las botas) en los estadios? Lo veo muy pero que muy complicado. El otro día decía algún compañero que el fútbol le sirve de terapia, que si suelta cuatro burradas durante el partido y se acuerda de las familias de los árbitros y de los contrarios, el resto de la semana está suave como la seda.
Claro que de soltar exabruptos por la boca a liarse a guantazos hay un trecho. Como también lo hay entre un intercambio sano de lindezas y la violencia verbal de algunas hinchadas. Y es que los hay que no saben dónde está el límite o que, aún sabiéndolo, se lo saltan alegremente porque son unos energúmenos y unos psicópatas. Qué pena me da esa gente que vuelca sus frustraciones contra los demás solo porque visten otros colores.

Nosotros, eso sí, después de la cena nos fuimos a echar unos bailes tan contentos. Si al final es lo mismo que pasa en el deporte: impera la rivalidad mientras dura la competición, pero luego, mientras algunos hinchas se quedan alimentando el resquemor, los jugadores son todos tan amigos y se van a disfrutar juntos del tercer tiempo. La pena es que a los tarugos de los 'hooligans' esto no les entra en la cabeza. Es que no les da para más.