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14/12/2014 n215
Rodolfo Álvarez-Sala Walther

El jefe del Servicio de Neumología del Hospital La Paz nació en Madrid, pero tiene una marcada herencia asturiana con alguna raíz alemana. Después de pasar la vida preparando oposiciones, afirma que, si está un día sin estudiar, se pone nervioso porque parece que le falta algo. Las orlas que decoran su despacho son uno de sus mayores motivos de orgullo: “Salen los profesores elegidos por los alumnos y eso no significa que seas el más brillante, pero sí que disfrutas estando con ellos y que les haces caso”.


Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Usted procede de una familia con gran tradición médica.
Mi padre hizo Medicina Interna y luego se especializó en Cardiología y Neumología, lo que antes se llamaba Tisiología, y eso marca. De siete hermanos, cuatro fuimos médicos. Posiblemente, me decanté por la Neumología porque era la especialidad que más había conocido desde mi infancia. Me apasionaba poder acercarme al enfermo y ayudarle, lo vi desde pequeño.

¿Cómo es crecer con otros seis hermanos?
Es una experiencia que te enseña mucho a sobrevivir (risas). Mi padre era médico y la posición económica de la familia no era difícil, pero siendo siete hermanos teníamos que compartir mucho y ayudarnos. También nos peleábamos, como es lógico, pero la relación con todos ellos es magnífica y consideramos que la familia es un puntal muy importante para la vida.

Siendo siete chicos, ¿les costaba relacionarse con las chicas?
Siempre hemos sido muy tímidos. Pero todos hemos conseguido casarnos, aunque algunos con más dificultad que otros, sobre todo por la timidez.

¿Por qué especialidades optaron sus otros hermanos médicos?
Somos dos neumólogos, un internista y un traumatólogo.

Las reuniones familiares parecerán una sesión de la Real Academia Nacional de Medicina (RANM)…
Bueno, hablamos de todo. Todos somos chicos y lo que dicen nuestras mujeres también marca la conversación: cuando se desvía mucho hacia la Medicina, en seguida nos cortan (risas).



¿Qué hicieron los tres hermanos que no son médicos?
Uno es arquitecto, otro es notario y otro, abogado.

¿Son las ovejas negras de la familia?
Les queremos igual (risas).

¿Dónde estudió la carrera?
En la Universidad Complutense de Madrid, en el Hospital del Aire. Éramos pocos alumnos y eso favoreció que pudiéramos hacer muchas prácticas. Los profesores –como Javier Gómez de Terreros y Luis Callol– tenían una gran vocación docente y, al ser pocos, nos hicieron mucho caso y eso nos estimuló mucho. Por ejemplo, Antonio Burgueño, quien fue director general de Hospitales de la Comunidad de Madrid, era internista y una de las personas que más nos enseñaba; se quedaba con nosotros en las guardias. Lo pasé bien y, sobre todo, me ayudó a reafirmarme en mi vocación.

¿Cómo le fue en el MIR?
Eso es encerrarte a estudiar; es una oposición, en definitiva. Conseguí lo que quería, que era hacer Neumología en el Hospital Universitario La Paz de Madrid. Cuando acabé la residencia fue un momento malo porque había mucho paro. Las seis promociones que habían terminado antes que yo tenían empleos precarios, pero tuve suerte porque salió una plaza en el Hospital del Aire y la gané por oposición. Allí estuve trabajando un año y, aunque éramos pocos, hacíamos una Neumología estupenda. Pero me convencieron para seguir estudiando, hice otra oposición y me fui al Hospital Virgen del Valle de Toledo, ahora reconvertido en geriátrico, donde estuve tres años.
Gijón
La familia paterna de Rodolfo Álvarez-Sala es de Gijón. Cada año se reúnen todos en la casa familiar: “Hay que ir como sea porque, si no, parece que falta algo”. De hecho, hay una “calle preciosa” en la ciudad asturiana –al lado del ayuntamiento y desde la que se ve el mar– que lleva el nombre de un antepasado suyo: Ventura Álvarez-Sala. Fue un pintor costumbrista de finales del siglo XIX y principios del XX que tiene, incluso, algún cuadro en el Museo del Prado. El jefe de Neumología de La Paz afirma que disfruta mucho de la convivencia con la familia y los amigos allí y, cómo no, con la comida: “En Asturias se come muy bien. En cuanto vas hay que tomar una fabada, eso no puede faltar”.
De ahí, pasé al Hospital de Alcalá de Henares como médico adjunto y me metí en la universidad como profesor asociado, hasta que en 1990 salieron plazas en el Hospital La Paz, que era mi objetivo, y pude venirme después de haber dado tumbos por distintos hospitales. Todas fueron experiencias muy positivas.

Y de residente en La Paz, a jefe del Servicio de Neumología.
Entré como médico adjunto, salió una plaza de jefe de Sección y, como lo mío eran las oposiciones, tuve la suerte de poder ganarla de nuevo, lo que me permitió tener más independencia en el servicio para poder hacer innovaciones. Después, salió la plaza de jefe de Servicio y también tuve la fortuna de sacarla, frente a compañeros de gran categoría.

Pocos años después, asumió la Dirección Médica del hospital.
Fue una etapa difícil, pero muy bonita. Se pueden hacer muchas cosas, puedes ayudar muchísimo a los compañeros y al hospital, y ese fue mi objetivo. Sustituí a Javier Maldonado, que pasaba a ser gerente en el Hospital Ramón y Cajal. Pensé, y así se lo transmití al gerente, Rafael Pérez-Santamarina, que, al ser docente, el cargo no sería compatible, pero lo solventaron todo y no me pude quedar tranquilo (risas). Lo dejé en enero de 2014, fue un equipo directivo muy bueno, formado por grandes profesionales.

Hablando de Javier Maldonado, ¿qué le parecen los cambios al frente de la Consejería de Sanidad de la Comunidad de Madrid?
En política me meto muy poco, pero sí que conozco a las personas. Maldonado hizo una gran labor en La Paz, sin lugar a dudas, con la ayuda de muchas personas, pero si los de arriba no te apoyan no hay nada que hacer, y él fue un motor para eso. Por ejemplo, puso en marcha la Fundación para la Investigación Biomédica del hospital y la figura del residente excelente (Proyecto REX). Tiene una trayectoria ascendente clara y, aunque las elecciones estén cerca, siempre se pueden hacer cosas positivas en poco tiempo. Él tiene mucha ilusión por hacerlo, tiene un perfil muy dialogante y conoce muy bien todo lo que sucede en la sanidad madrileña. Confío en que todo sean éxitos.



¿Y respecto a los cambios en el Ministerio de Sanidad?
Ahí todavía me meto menos (risas). Bastante tengo con la Neumología, con dirigir un servicio y con la universidad. El ministerio tiene muchas labores, no estoy de acuerdo con quienes dicen que no tiene peso porque la sanidad está transferida a las comunidades. Uno de los grandes retos sanitarios es incorporar los nuevos medicamentos, que son mejores, pero más caros, y ahí es el ministerio el que marca la pauta. Solo por eso ya tiene un peso tremendo.

Volvamos a La Paz, ¿por qué dejó la Dirección Médica?
Fue una etapa que, en principio, estaba pactada para dos años y que, finalmente, fue de tres años y medio. Le había contado al gerente mi intención de reincorporarme a la clínica y a la docencia, que es lo mío –lo otro fue algo coyuntural–, así que fue un pacto entre ambas partes. Desde mi punto de vista, es positivo que, de vez en cuando, haya cambios en puestos de este tipo. Ahora tengo mucha ilusión por el servicio, es muy grande y con grandes posibilidades. Afronto esta nueva etapa con entusiasmo.

También es catedrático de Neumología en la Universidad Autónoma de Madrid (UAM).
La docencia es otra de mis vocaciones. Mi padre también fue profesor en la universidad y, cuando hice el MIR de Neumología, José Villamor León era el jefe de Servicio y, posteriormente, fue decano en la UAM. Me ayudó muchísimo en todos los aspectos, no solo de la especialidad, sino de la docencia. En 2001 fue la primera vez que oposité a profesor titular en la UAM,
Berlín
El apellido Walther procede de Alemania. La madre de los siete hermanos Álvarez-Sala era de Berlín y todos ellos han estudiado en el Colegio Alemán. Conocen el idioma y la cultura germana, y tienen una gran vinculación con el país, al que van mucho. Rodolfo estuvo allí con becas de estudiante y como neumólogo, y sus hijos también han estudiado en el Colegio Alemán. Aunque perdieron el contacto con la parte de la familia Walther que todavía reside en Alemania después de la II Guerra Mundial –se quedaron en la zona este–, lo recuperaron hace unos pocos años.
pero no gané la plaza, la ganó Julio Ancochea, el jefe del Servicio de Neumología del Hospital. En las oposiciones se pasa muy mal, como es lógico, pero también haces grandes amigos. Como es una carrera de fondo, no me iba a desfondar a la primera de cambio y seguí opositando, tres veces más, hasta que lo conseguí. Después, accedí a catedrático a través de la acreditación de la Aneca, que consideró que reunía los criterios.

Entre los años 2006 y 2009 fue presidente de la Sociedad Madrileña de Neumología y Cirugía Torácica (Neumomadrid), ¿qué tal fue esta etapa?
Fue una experiencia estupenda. Es una sociedad científica que está haciendo una labor docente e investigadora magnífica y que asesora a la Administración sobre las enfermedades respiratorias más prevalentes. Después de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ), es la más potente de la especialidad.

¿No se ha planteado dar el salto a Separ, como hizo Pilar de Lucas?
No. He pasado distintas fases en mi vida profesional, tanto asistenciales como de gestión, y ahora tengo ilusión por quedarme un tiempo en el servicio y en la facultad. Aunque nunca lo he dejado, porque es una de las condiciones que puse cuando estuve de director médico; me dijeron que sí a todo y me quedé sin argumentos para decir que no. Pero un servicio tan grande necesita mucha dedicación, por lo menos hasta encauzar un montón de proyectos que tenemos en marcha.

Entonces, de meterse en política colegial ni hablamos…
No, de momento, para nada.



Es académico correspondiente de la RANM desde 1996, ¿eso para qué sirve?
Colaboro de vez en cuando, cada vez que el órgano directivo lo solicita, como, por ejemplo, en el Diccionario de términos médicos, una labor tremenda que ha tenido un éxito rotundo. La RANM cada vez tiene una mayor actividad, no se ha quedado atrás a pesar de su antigüedad, todo lo contrario. Nos reunimos allí todos los martes por la tarde y cada vez hay más actividades científicas en las que participa la academia.

Y si tiene un rato libre, ¿qué hace?
Me gusta mucho el deporte, jugué al fútbol hasta los 50 años. Ahora hago paddle, tenis, ciclismo, golf, footing… Casi todo, pero todo mal (risas). Lo suficiente para mantenerme en forma y divertirme. También me gusta mucho leer; me agrada, sobre todo, la historia. Desde que no oposito tanto tengo más tiempo y eso es una satisfacción inmensa, aunque sigo estudiando todos los días.