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30/11/2014 n213
Los ministros de Sanidad españoles ya no son
lo que eran. Quien fue titular de estar cartera
por más tiempo (de 1986 a 1991) todavía
no entiende que, solo en las legislaturas
de Zapatero, hayan pasado por esta
responsabilidad hasta cuatro personas,
alguna de ellas con apenas un año de
permanencia en el puesto. Dirigir una
de las mayores parcelas presupuestarias
del Gobierno, la sanitaria, para él
requiere sumergirse las 24 horas en la
tarea y no tanto una preparación académica específica. Bagaje intelectual que a él, en todo caso, no le falta: economista y alto funcionario del Estado, se encaminó en el capítulo financiero y dirigió el Instituto de Crédito Oficial (ICO) hasta que la llamada de Felipe González le llevó a la primera línea de la política activa tanto en el Ministerio de Sanidad como en el de Defensa.
Javier Barbado
Imagen: Miguel Fernández de Vega
Ahora que se ha jubilado con 69 años, ¿a qué se dedica?
Los viejos roqueros no se jubilan nunca. Tengo lo que ahora se llama jubilación activa: contienes la pensión pero no la cobras mientras trabajes, eso sí, en el sector privado. Pero estoy socialmente activo.

Al menos, tendrá más tiempo para cosas que antes no podía hacer…
Sí: para el cuidado personal. O, por ejemplo, antes desayunaba rápido y ahora me tomo mi tiempo mientras escucho las noticias y leo el periódico del día anterior –a veces, incluso, el del propio día–. Después, dedico tiempo a preparar charlas y conferencias, y, ante todo, a la lectura porque, como dijo Nietzsche, tenemos tiempo para comprar libros pero no para leerlos.

Visita de Gorbachov a España en octubre 1990. El ministro de Sanidad conversa con él sobre el sistema sanitario español y el tratamiento de la leucemia en niños afectados por la fuga radiactiva
en Chernobyl

¿Y qué lee?
En los últimos cuatro o cinco años le he dedicado mucho tiempo a la Primera Guerra Mundial. No se comprende cómo, en el siglo XX, en el continente europeo, el más civilizado, con prosperidad en su economía y en su progreso técnico, científico e industrial, tengan lugar las dos grandes guerras. En vez de dar tantas lecciones y ser tan moralistas deberíamos ser más conscientes de lo que hicieron nuestros abuelos. Tampoco en España, por lo demás, fueron muy edificantes –recordemos la Guerra Civil–. La reflexión es por qué la cultura europea, tan sofisticada, se despeña de esa manera.

¿Cómo ve a Europa en la actualidad?
La división que representaba el Muro de Berlín todavía es muy perceptible. El Este se halla mucho más atrasado y con una vida democrática más imperfecta. Siempre que se disuelven los grandes imperios, eso lleva consigo conflictos menores. Así sucedió con el imperio austrohúngaro y las guerras posteriores en los Balcanes. Del mismo modo, tenemos al antiguo imperio otomano, que se extendía por Turquía, Túnez, la Península Arábiga, el Tigris y el Éufrates, y las importantes consecuencias de su desaparición que todavía estamos viviendo, caso de los eternos enfrentamientos en Oriente Medio.

También se puede hacer este símil con el imperio británico o con el francés y sus territorios en África: guerras entre tribus, etnias y fronteras que persisten. Pues bien: en Europa desapareció la Unión Soviética y, en mi opinión, no se tuvo consciencia de lo que ese desmoronamiento significaba conforme a la experiencia histórica. Se pensó que nada pasaba y luego hemos empezado a ver las primeras consecuencias, como lo sucedido en Georgia o en Ucrania y Crimea.

Y a España, ¿la ve en un trance económico parecido al de la crisis del petróleo de 1973?
Ya no nos acordamos, pero, en la crisis del 73, hubo en España una inflación de entre el 25 y el 26 por ciento, muy grave y con muchos menos recursos que los que ahora tenemos. No disponíamos de la ayuda de la Unión Europea, pero, en cambio, podíamos devaluar la peseta como se hizo en varias ocasiones.


Y ahora, ¿cómo ve al país y a su sanidad?
La actual crisis pone en cuestión a la Unión Europea, frente a la cual seguirá creciendo la desafección por parte de los españoles. Dentro del espacio del euro, estamos cometiendo muchos errores con una política monetaria equivocada en comparación con la de otros países como Estados Unidos o Inglaterra. Esa política monetaria y esa rigidez, en opinión de personas muy competentes, están alargando la crisis con la consiguiente repercusión en la sanidad.

Podemos pisa fuerte y representa una alternativa a su partido.
Mi generación es la que llevó a cabo la Transición en los años 70. Lo cierto es que quienes llegamos por entonces a la política lo hicimos con una sólida orientación previa en la parcela profesional porque, entre otras cosas, los padres no disponían de recursos para mantener por mucho más tiempo a sus hijos y debías encontrar un trabajo cuanto antes para independizarte. Ahora, en cambio, se madura más tarde.

Por eso, cuando veo a gente de la política de hoy hablar de que fulanito tiene solo tantos años y ya ha llegado lejos, habría que recordarle que algunos, a esa edad, ya habíamos dejado la política porque la habíamos ejercido como subsecretarios, ministros, secretarios de Estado… Ahora la gente madura muy tarde y se dice: “Son muy jóvenes”. Bueno, son gente de 40 añazos. Antes, a los 30 ya tenías a tus espaldas entre siete y ocho años de vida profesional muy intensa y con cierto éxito. A los 40, estabas casado, con hijos, te habías endeudado en la primera casa e, incluso, habías desempeñado puestos de responsabilidad y habías pasado por sitios importantes.

El suicidio del siglo XX
La historia del siglo pasado, y, en especial, la de las dos guerras mundiales, es la pasión oculta del exministro, quien afirma no comprender “el suicidio del siglo XX por más que lea sobre ello”. García Vargas también llena sus horas de estudio y lectura con otro gran asunto: las religiones como expresión cultural y antropológica. Ahora que su situación laboral incluye la “jubilación activa” (conserva la pensión, pero no la cobra mientras trabaja en el sector privado), dispone de más tiempo para escuchar las noticias y repasar los periódicos mientras desayuna. Su casa de Madrid invita a esa actividad intelectual y al recreo de los sentidos con su privilegiado asomo a los tejados y a las cúpulas colindantes a la Plaza de España, donde reside desde hace quince años.
En los inicios legales democráticos, por lo tanto, ya teníamos muy encauzada la vida y la política se presentó como una faceta que llegaba por la fuerza de los hechos y acontecimientos. Muchos españoles se sintieron comprometidos; hubo un trasfondo social muy amplio para normalizar el país en el que participaron muchas más personas, organismos e instituciones de las que ahora se recuerdan.

A Podemos se lo compara con ustedes antes de llegar al 82.
El fenómeno de Podemos no está nada claro. Eso de que estén por encima de los partidos, que no sean ni de derechas ni de izquierdas, me recuerda a algunos movimientos populistas de Sudamérica: “Estamos en contra de todos” es algo que ya dijo Perón en los años 40 y después lo hemos ido escuchando en Latinoamérica. Todo esto se irá acomodando.

En la Transición, a pesar de que éramos gente muy formada, es cierto que los socialistas llevábamos un programa, que presentamos en 1982, con algunas exageraciones. Pero cuando llegamos al poder, la mayor parte sabíamos dónde queríamos estar y a qué sitios queríamos llegar, y, por eso, lo vivimos todo con bastante normalidad. Sabíamos que aquello era transitorio y que no nos íbamos a eternizar. De hecho, al abandonar la cartera de Defensa no he vuelto la vista atrás y lo mismo le ha pasado a muchos de mis compañeros.

Eso coincide con lo que pregona Pablo Iglesias.
Es una idea correcta y positiva.

Y los socialistas renunciaron al marxismo en 1979.
Los de aquella época vivimos la oposición clandestina a Franco, en la cual el Partido Comunista tuvo un importante papel. Por eso leíamos obras escogidas de Marx, Lenin o Trotski. Pero, ojo, la simplificación del marxismo por parte de Marta Harnecker (socióloga marxista asesora de los gobiernos de Cuba, y, de forma reciente, de Venezuela con Hugo Chávez) llegó mucho más tarde. Nosotros habíamos leído cosas serias mientras otros se creían que ya lo sabían todo sobre el marxismo. Gracias a eso, fuimos capaces de decirnos: “Este no es el camino; esta ideología se ha quedado anticuada y además está sesgada”.

Por tanto, cuando el PSOE deja el marxismo, lo acompaña toda su generación, en la que me incluyo. Además, el español era uno de los pocos partidos socialistas europeos que todavía era marxista. La mayoría de los partidos socialdemócratas lo habían desechado antes. En mi caso, estaba vacunado por mi padre, quien me dijo: “A los comunistas hay que leerlos a fondo para poderlos rebatir”.

Con el Premio Nobel de Medicina Severo Ochoa, en Asturias, donde se le rindió homenaje en el verano de 1987


¿Quién fue su padre?
Mi padre era un pequeño funcionario que hizo la Guerra Civil en el bando republicano e, incluso, permaneció después recluido en un monasterio.

¿Y su madre?
Era muy católica, había vivido una situación dramática porque su familia se dividió con motivo de la guerra y eso dio lugar a episodios terribles.

¿Heredó de ellos sus ideas políticas?
De mi padre heredé la desconfianza y hostilidad hacia el comunismo, y, desde luego, una irreductible resistencia al franquismo. Él decía: “Esto no acaba nunca”. Y eso mismo sentíamos quienes hicimos la Transición, que la dictadura era una anacronismo histórico con el que había que terminar. En este proceso, por cierto, el Rey Juan Carlos fue una figura clave a la que las nuevas generaciones se resisten a reconocer. Pero fue un soporte fundamental de la democracia y también de la apertura de España hacia el mundo.

¿Por qué estudió Económicas y qué hizo nada más terminar la carrera?
Por entonces resultaba atractiva la influencia, en esa área, de los llamados tecnócratas. Gente como López Rodó y López Bravo. Al concluir la carrera estudié las famosas oposiciones TAC (de técnicos de administración civil) y me destinaron a Hacienda. Después, pasé por la Escuela de Inspección Financiera e ingresé en el Cuerpo de Inspectores Tributarios y Financieros. Hice carrera previa en la Administración pública y, después, estuve dos años en la empresa privada, en concreto, en el mundo financiero de la gestión y de cartera de valores. Así que cuando ingresé en el PSOE, entre finales de 1975 y principios de 1976, ya estaba muy baqueteado. Pero allí conocí a Borrell, Julio Rodríguez, Enrique Barón o Boyer, gente, en fin, con un bagaje profesional muy sólido.

¿Conoció entonces al exministro de Sanidad Ernest Lluch?
A Ernest Lluch lo conocí más tarde. Tuve un contacto previo con la Federación de Partidos Socialistas. Eso me vacunó contra los excesos de identidad. Fue allí donde conocí tanto a Lluch como a Narcís Serra, pero nunca me atrajo mucho ese componente ‘identitario-territorial’.


Cuando se metió en política en los años 70, ¿le dedicaba mucho tiempo?
Sí, le dedicaba muchas tardes y muchos fines de semana –algo en lo que después he meditado, en el sentido de que les robé mucho tiempo a mis hijos y aquello no estuvo del todo bien–, pero no lo mezclaba con mis obligaciones profesionales.

Se dice que, en el PSOE, usted fue muy ecuánime con guerristas y renovadores.
En los partidos se entremezclan egos muy potentes y algunos hicimos esfuerzos para que, en este caso, no afectara al Gobierno. Tenía muy claro que el partido debía equiparse a los socialdemócratas europeos; eso era muy importante para los renovadores. Luego, en cuanto a los guerristas, compartía con ellos el sentido de solidaridad interna que defendían.

Casado y con dos hijos: ¿felizmente?
Como siempre digo, llevo 43 años casado con la misma señora y a mí nadie me ha felicitado (risas). En cuanto a mis hijos, los dos se han hecho, por fin, ciudadanos muy conscientes y competentes, aunque el pequeño fue algo rebelde al principio.

Fin de su ciclo generacional
García Vargas pertenece a la generación que ejecutó la Transición, el periodo político que, según el secretario general del nuevo partido Podemos, Pablo Iglesias, echó un candado en 1978 que ahora él aspira a romper. El entrevistado admite que la reciente abdicación del Rey Juan Carlos I revela el fin del ciclo generacional al que pertenece, pero disiente de la ambigüedad ideológica del partido de Iglesias, que le recuerda en parte de su discurso a movimientos populistas de Sudamérica y del que no perdona su referencia al “conflicto” vasco porque, para el terrorismo, “no hay justificación que valga”, menos todavía de índole política.
¿Cree en Dios?
Soy un creyente atípico. Soy de tradición cultural católica y también conozco muy bien Israel, ya que trabajé durante nueve años con un grupo hispano-israelí, de modo que estoy al tanto de la mentalidad de los judíos, que son pocos (entre 15 y 16 millones en el mundo), pero gente sobresaliente. La religión genera actitudes culturales y políticas, y no se entiende el mundo sin saber con quién hablas. Me interesa porque influye en los hombres. Por ejemplo, si revisáramos solo los siglos XVI y XVII de la Historia de España, moderaríamos nuestra actitud al juzgar el mundo musulmán.

La verdad es que me asombra que la religión haya perdido tanta presencia en España, Italia y otros países, y me parece mal que este tema, que tanto nos influye, incluso en el subconsciente, se despache de forma tan banal por parte de los jóvenes. Pero no sé por qué hemos de hablar de todo esto en la entrevista: como se dice en el mundo anglosajón, los caballeros nunca hablan ni de sexo ni de religión (risas).

En el PSOE la oposición a esa influencia fue relevante.
Sí, pero creo recordar que no hubo jamás un choque por esa razón en sus filas. De hecho, al menos por entonces, había muchos socialistas católicos.

¿Tenía pensado ser ministro de Sanidad?
¡No! Entre 1974 y 1980, trabajé en la Dirección General, Política y Financiera. Por eso mi extensión natural en la profesión fue la dirección del ICO (Instituto de Crédito Oficial). Pero de pronto me llamó un señor, Felipe González, y me mandó a Sanidad en contra de mi opinión. Yo no sabía nada de ese tema y la verdad es que lo resolvió de una manera muy explícita. Me dijo: “Mira, no estamos para poner muchas pegas; tenemos muchos problemas, así que te ha tocado aquí y mañana mismo vas a tomar posesión”. El primer año lo pasé muy mal, la verdad sea dicha. Me dediqué a sumergirme las 24 horas en la tarea. A partir del segundo año, sin embargo, conseguí sentirme muy seguro –con no mucho éxito, sin embargo–. Nada más llegar, me tocaron dos asuntos tan relevantes como la Ley General de Sanidad (aprobada en 1986) y la Ley del Aborto modificada tres meses antes por el Tribunal Constitucional. Aquello se resolvió y la solución duró más de veinte años.

Acto militar con el Rey Juan Carlos en Madrid, en mayo de 1995. Conversación sobre las preocupantes noticias que esos días llegaban de Yugoslavia, donde había tropas españolas


¿Qué le pareció la reforma de Zapatero sobre esta norma?
Lo resolvió correctamente. Con el tiempo la norma se había quedado atrasada en algunos aspectos y se produjeron abusos. Había que equiparar la ley con la de Europa.

¿Cree que los ministros deben poseer preparación previa para el cargo?
¿Qué formación específica tenía un inspector de Hacienda con la cabeza llena de mercados financieros, intereses y avales? Tal era mi caso al llegar a Sanidad. Hay que hablar de actitud, no de preparación previa. Tal vez lo mejor sea poner en ese cargo a un médico, pero entonces correría un riesgo, porque la presión del resto de la profesión sobre él sería tremenda. Por lo tanto, se debe nombrar a alguien que disponga de un equipo lo más abierto posible. En todo caso, resulta chocante que aún siga siendo el ministro de Sanidad que más tiempo estuvo en la cartera.

No hace mucho se llegó a cuestionar la existencia de este ministerio.
Cuestionar la existencia del Ministerio de Sanidad es una insensatez. Al margen de la opinión sobre el equipo actual que pueda tener, su configuración, ahora, me parece la adecuada. No se puede entender, ahora mismo, la sanidad sin tener en la misma mano la política social. El envejecimiento, los enfermos crónicos, la dependencia… Por fin se han enterado de que no se puede tener un Ministerio de Sanidad y Consumo, sino de Sanidad y Política Social.

Por otra parte, las transferencias a las comunidades autónomas no se han hecho bien en algunos aspectos. El ministerio, por ejemplo, debería mantener su representación mayoritaria en el Consejo Interterritorial del Sistema Nacional de Salud. Antes, con el ministro acudían directores generales y técnicos de todo tipo, pero, ahora, apenas lo acompañan dos ayudantes frente a los diecisiete consejeros. Se lo ponen muy difícil.

También ejerció, después, como ministro de Defensa.
El Ministerio de Defensa es muy delicado por su derivación en la política exterior. Sin embargo, debe recordarse que, en Sanidad, el promedio de inversión de los países de nuestro entorno es del 10-12 por ciento del producto interior bruto (PIB) nacional, y, en Defensa, apenas del dos por ciento. En el caso de España, esos porcentajes son de alrededor del nueve y del 1,5 por ciento, respectivamente. Pero los gobiernos miran muy bien a quién ponen al frente de Defensa y no tanto en Sanidad, aunque tiene mucho más presupuesto.

¿Cómo vivió esa etapa?
Fue un ministerio de verdad difícil. Acudí a 30 funerales de Estado y había atentados todos los días. Mataron, por ejemplo, al general Veguillas (1994), con quien despachaba todos los días. Todo eso te llega muy adentro.

¿Temía por su vida?
Siempre piensas que, cuando atentan contra otras personas, es porque no pueden hacerlo contra ti, porque siempre van a lo más alto. De modo que yo era consciente de que disponía de una protección que otros no tenían, y eso causa mucha inquietud. En esto estoy muy agradecido a mi esposa, quien nunca se dejó intimidar.


¿Los amenazaron alguna vez?
No. La amenaza directa nunca es visible. Ahora pienso en aquello y me admira la serenidad con que la sociedad española afrontó una situación que llevó a casi 900 muertos. Por eso, me subo por el techo cuando veo a los de Bildu despreciar a las víctimas y ensalzar el terrorismo. Incluso algunos nacionalistas que ahora se han moderado mucho mostraban cierta “comprensión” por entonces. Por otro lado, no estoy de acuerdo con quienes hablan de un conflicto político. Cuando se mata a la gente no hay justificación posible. Nunca he entendido eso de conflicto territorial y, aparte, la dictadura fue igual para todos. Además, si en la guerra hubo alguien que resistió, fue la gente de Madrid y no la del norte y noroeste.

Cerremos con la actualidad del sector sanitario. Por su experiencia política y cosmopolita, ¿ve factible una fatal propagación del virus del abola en España?
Las enfermedades infecciosas, a partir de los años 70 y 80, se han olvidado mucho. Tuvimos una experiencia seria con el sida. Luego hemos sufrido otras menores como la crisis de las vacas locas o la gripe atípica. Pero no hemos sido capaces de trasladar a la opinión pública que estas enfermedades van a seguir presentes.
Más teórico que devoto
Sorprenden sus vastos conocimientos teológicos si se repara en su escasa devoción religiosa en la vida cotidiana, como él mismo cuenta. Cristiano católico, también se define como un gran conocedor de la cultura judía, fruto de sus nueve años de trabajo en la Fundación Española del Instituto Weizmann de Israel. Se casó por la Iglesia con una licenciada en Historia del Arte y se preocupó del bautismo y comunión de sus dos hijos, como mandan los cánones. En el Partido Socialista, en el que milita desde los años 70, se respetó siempre con exquisitez la creencia de cada cual y no era raro, entonces, hallar a muchos militantes socialistas y católicos.

Hay una película estadounidense sobre una catástrofe epidémica en la que el actor Brad Pitt le dice al médico: “La naturaleza siempre deja rastros para parar la pandemia”. Pues eso es lo que ocurre. Debemos tener la mentalidad de que, ahora mismo, se trata de enfermedades pandémicas reales, sobre todo en el continente africano. Y el ébola es un episodio de esa amenaza siempre continua.

¿Ha acertado el Gobierno español en su respuesta a esta amenaza?
No lo hemos hecho nada mal. Es cierto que cunde la histeria, el cruce de declaraciones… Algo a lo que contribuyen, por cierto, los medios de comunicación, cuyos profesionales no han sido capaces de hablar con las personas adecuadas. No he visto, en la televisión al menos, a un equipo de periodistas que haya ido a entrevistar al director del Instituto de Salud Carlos III (ISCIII) o del Centro Nacional de Microbiología de Majadahonda (Madrid), que son los que deberían hablar sobre este asunto.

También es cierto que con el ISCIII se cometió un error mayúsculo en el contexto de la confusión que trajo consigo el cambio de Gobierno a finales de 2011: se asignó al Ministerio de Economía y Competitividad, cuando el Carlos III está pensado para ser un instrumento de apoyo al Sistema Nacional de Salud, orientado, en su funcionamiento, al modelo del Center for Disease Control de Atlanta (Estados Unidos). Pero la crisis por la que me pregunta ha acabado bastante bien y ahora estamos, sin duda, mucho mejor preparados.