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16/11/2014 n211
Ignacio Tremiño no para. Su trayectoria está trufada de diferentes etapas, pero siempre a caballo entre Valladolid y Madrid. Estudiante en la capital de España, vendedor de joyería a la ribera del Pisuerga, concejal del Ayuntamiento de su ciudad natal, fundador de una asociación de personas con discapacidad, responsable de empresas del Grupo Fundosa, de la ONCE, y, ahora, al frente de la Dirección General de Políticas de Discapacidad. En todo este tiempo, la actividad constante ha sido una máxima. ¿Y el futuro? Como él mismo dice: “Siempre he planificado a corto plazo, pero cuando ha pasado el tren, me he subido”.
Enrique Pita
Procede de una familia numerosa. ¿Cómo fueron sus primeros años en Valladolid?
Viví en Valladolid desde que nací, hasta que me fui a estudiar a Madrid. Creo que mis años de infancia fueron como los de todos los niños de mi generación que crecieron en el seno de una familia numerosa: todos los hermanos íbamos al mismo colegio y, además, como soy el pequeño de seis, siempre he llevado pantalones con rodilleras, camisas con coderas y nunca he estrenado libros. La ventaja de ser el pequeño es que siempre lo he tenido todo más fácil; mis hermanos mayores han ido abriendo camino y ha sido más fácil para mí conseguir cosas, empezar a salir, etc. Aunque vivíamos en una casa muy grande, al ser tantos compartía habitación con uno de ellos. Me identifico un poco con la película La gran familia, aunque ellos eran más.

Tenemos entendido que, de joven, era usted un tanto gamberro…
Bueno, sí, pero eran las gamberradas propias de la juventud. Lo que sí he sido siempre es un chico muy activo.

¿Y cómo fue la llegada a Madrid?
Fui a Madrid para estudiar BUP y COU en un internado, precisamente por ser gamberro, y esos años fueron los mejores de mi vida como experiencia personal.

En Segovia, con su mujer

Aunque la gente que no ha estado interna piense que es muy duro –y, realmente, lo es en parte –, también es cierto que las amistades que haces con personas con las que convives 24 horas al día, se convierten en amigos para toda la vida.

Recuerdo con mucho cariño esa época en la que pude conocer Madrid desde la óptica de una persona joven, estudiante, y con las posibilidades que ofrece la ciudad. He sido muy feliz en mi juventud, tanto en Valladolid como en Madrid, pero con la ventaja, además, de tener una experiencia fuera de casa y de vivir sin el arraigo de los padres desde tan joven.

Empezó a estudiar Derecho en Madrid, pero pronto regresó a Valladolid. ¿Por qué volvió?
Por una serie de circunstancias familiares y personales, y porque prefería estar en casa de mis padres, decidí trasladar mi expediente del CEU de Madrid a Valladolid. Quizá porque, al haber estado interno, llevaba fuera de casa varios años y me apetecía regresar.

Durante la universidad sufrió el accidente que le cambiaría la vida. ¿Le cambió también su escala de valores?
Totalmente. Cualquier persona que haya tenido un accidente como el mío, que deja una secuela física para toda la vida y te une a una silla de ruedas, o que haya tenido una experiencia muy brusca, se replantea claramente la vida y su escala de valores. Hasta el accidente, yo era un chico como la mayoría, que no se preocupa de ciertas cosas, sino de los problemas que puedes tener a esa edad. Pero un incidente así te hace madurar rápido y, ante todo, plantearte cuáles son las cosas importantes. Con el tiempo, vuelves a llevar una vida normal y te metes en la misma rueda que el resto de la gente, así que olvidas que estás en una silla y tus problemas pasan a ser como los del resto de las personas.

Todo sale, pese a los problemas
Tras tres años al frente de la Dirección General de Políticas de Discapacidad, Tremiño reconoce que el día a día es complicado: “Siempre hay problemas”. Pero no lo achaca al contexto económico, sino a la propia naturaleza del departamento. Sea como sea, el balance de este tiempo es muy positivo: “Mes a mes actualizo el recuento de las acciones que hacemos y estoy contento porque veo que las cosas van saliendo”. Además, entre las recompensas que recibe está el sentirse querido en el entorno del movimiento asociativo.

¿Cómo cambió el panorama en casa?
Creo que cualquier situación como esta es más dura para los padres que para la persona implicada. Para ellos fue un palo duro, un momento muy difícil, y se volcaron en tenerme arropado y en ayudarme, quizá en exceso, pero esto le ocurriría a cualquier padre.

Parte de su rehabilitación fue en Toledo, pero luego la continuó en Inglaterra.
En teoría, fui al mejor hospital que había entonces en el mundo para el tratamiento de lesiones medulares, pero creo que, al final, la recuperación va dentro de uno mismo y me habría recuperado muy bien en España, en Inglaterra o en cualquier otro sitio. Bien es cierto que me ayudó mucho conocer multitud de situaciones similares a la mía, no solo aquí sino también allí, para reforzar mis intenciones, mis ganas de salir adelante y de luchar.

Por ejemplo, tenía claro que si no me recuperaba y la silla no pasaba a un segundo plano no me iba a casar. Entonces tenía novia y trabajé con ese objetivo, que la silla no fuera una barrera, que pudiera ser independiente. Hoy estoy casado y tengo una hija preciosa de 12 años.

¿Qué hizo cuando volvió a España?
Cuando tuve el accidente volqué todos mis esfuerzos en la rehabilitación y abandoné los estudios con el objetivo de volver a ser absolutamente independiente. El año de hospitalización y los cuatro o cinco años siguientes estuve centrado exclusivamente en recuperarme, acudiendo diariamente a un centro en Valladolid en el que coincidí con Julio Robles, el torero, con el que me unió una muy buena amistad.

Compartiendo uno de sus hobbies, el handbike

Después estuve una temporada trabajando en joyería y la verdad es que me fue bien, creo que hubiera sido un buen joyero, aunque también es cierto que lo tenía fácil por el apoyo familiar (la tradición joyera está arraigada en su familia). Ahí decidí, junto a unos compañeros, montar una asociación de personas con discapacidad física en Castilla y León. Así, hasta que no empecé a trabajar en la Fundación ONCE no tuve la necesidad de terminar mis estudios, pero es que, además, me apetecía, me veía totalmente rehabilitado y decidí estudiar también un MBA en el Instituto de Empresa.


En un momento dado dio el salto a la política municipal.
Sí, me llamó el presidente del partido en mi tierra, al que conocía por mi actividad en el movimiento asociativo, y me propuso ir en las listas del Ayuntamiento de Valladolid con la intención de hacerme cargo de los servicios sociales. Acepté y creo que fue una decisión valiente del presidente del partido y del alcalde, porque entonces (era 1999) fue el primer consistorio que apostaba por una persona en silla de ruedas.

Aquello que aprendió vendiendo joyería, ¿le ha servido después en la arena política?
Totalmente. En cualquier actividad que suponga interactuar con otras personas es vital poder transmitir confianza y seguridad en tu proyecto, sea una joyería, las personas con discapacidad o un partido político. Se trata de poder ser comunicativo y de transmitir empatía.

¿Qué le aportó el paso por el movimiento asociativo?
Sin duda, satisfacciones personales, muy por encima de las profesionales. En los primeros estadios de la asociación íbamos pueblo por pueblo, casa por casa, buscando a personas con discapacidad para animarles a asociarse, pero, también, a formarse y a hacer deporte adaptado. Tengo un buen amigo que dice que, tras muchos años en silla de ruedas, empezó a vivir realmente a raíz de la asociación, que le dio la oportunidad de salir de casa, hacer deporte, interactuar con otras personas en la misma situación, etc. La experiencia personal es maravillosa, y de hecho, la echo en falta.

Enganchado al deporte
Aunque se define como un hombre amante de su casa, lo cierto es que también gasta un buen número de aficiones de puertas para afuera: desde la moto de cuatro ruedas y esquí adaptado, hasta, en los últimos tiempos, la handbike. “Mis hobbies han cambiado mucho con el tiempo, pero siempre he tenido mucha actividad”, dice. Precisamente, tanto ajetreo le ha permitido viajar mucho, lo que no ha hecho sino alimentar ese gusto por pasar más tiempo en su hogar, disfrutando de la familia.

¿Volverá cuando finalice su periodo al frente de la Dirección General de Políticas de Discapacidad?
Nadie es imprescindible en ningún sitio y no tengo una planificación de mi futuro. Creo que pude dejar mi huella en el movimiento asociativo, pero las personas que me han sustituido también han dejado su impronta con éxito. No podría decir qué voy a hacer el día de mañana; lo que he hecho siempre ha sido planificar a corto plazo, aunque es cierto que cuando ha pasado el tren, me he subido. No tengo miedo a los nuevos retos, pero sí que tengo respeto y dudas, claro, ante esas responsabilidades. El secreto es trabajar y aplicar la lógica.

¿España tiene un movimiento asociativo potente en comparación con otros países?
No es que sea potente, sino que, habiendo conocido el que existe en otros países, puedo decir que es el más potente que hay en la Unión Europea (UE) e, incluso, me atrevería a decir que es uno de los más consolidados y maduros del mundo. Es una realidad. El Comité Español de Representantes de Personas con Discapacidad (Cermi), que aglutina a las asociaciones, es una entidad madura, seria, y un interlocutor muy válido ante las administraciones porque reivindica y exige, pero lo hace con un perfil claramente constructivo y, además, con lealtad institucional. Esto es muy importante para conseguir avances en materia de discapacidad.

Un observador alejado del sector de la discapacidad pensaría que, en los últimos 30 años, España ha avanzado mucho en la inclusión social de este colectivo, pero ¿esa sensación se corresponde con la realidad?
Creo que las propias personas con discapacidad muchas veces piensan que se tendría que avanzar más, pero, cuando comparas con otros países del entorno, te das cuenta de lo mucho que se ha progresado y de la diferencia que hay en materia laboral, de inclusión, de educación, etc. Es cierto que hay que avanzar más. Por ejemplo, en educación hay que trabajar para que el cien por cien de las personas con discapacidad que están estudiando lo hagan de forma inclusiva, en escuelas y en colegios con el resto de compañeros, no en centros especiales. No obstante, el 80 por ciento de las personas con discapacidad que están estudiando ya lo hacen en centros normalizados, y ese porcentaje es el más alto de la UE. Nos falta ese 20 por ciento, pero estamos a años luz del resto de países.

En empleo somos un ejemplo para el resto de Europa, porque, además, el trabajo protegido es más real que en otros países. El modelo de empleo protegido que existe en España tiene una serie de ventajas fiscales con respecto al resto de empresas, pero, al fin y al cabo, son compañías que están en el mercado y que tienen que ganarse al cliente por calidad, servicio y precio.

Tremiño no tiene miedo a los nuevos retos, “aunque sí respeto”

Esto es diferente a modelos que hay en otros países de Europa, donde estas empresas están fuera de mercado y hacen una actividad que no compite con otras compañías. Sin embargo, al igual que sucede en educación, esto no significa que esté solucionado. Todavía hay una diferencia de 40 puntos entre la tasa de población activa de las personas con discapacidad y de las que no tienen discapacidad; estamos a años luz. Nos falta mucho por hacer, pero eso no es incompatible con ser el primer país en Europa en generación de empleo para personas con discapacidad.

¿Qué otras barreras quedan por derribar?
Todavía hay barreras sociales complicadas, sobre todo con algunas discapacidades como la enfermedad mental o la discapacidad intelectual, que aún producen rechazo, sobre todo por desconocimiento. Es cuestión de seguir educando al conjunto de la sociedad: las administraciones, la empresa privada, las familias, los ciudadanos, etc. España es un país muy solidario que reacciona siempre muy bien cuando conoce las situaciones, pero hay que conocerlas.

¿La responsabilidad política le deja tiempo para usted mismo?
Qué va. De todos modos, creo que eso va en la persona. Cometiendo errores –que los cometo, con total seguridad–, me entrego al cien por cien a lo que estoy haciendo día a día, y ahora me entrego en cuerpo y alma a la actividad política. No digo que no a nada, voy a todos los sitios que puedo, intento solucionar todos los problemas que se me plantean, que son muchos, y trato de avanzar y mejorar. Además, sé que es por un tiempo limitado, una legislatura, y tengo que hacerlo. Esto hace que esté, quizá, demasiadas horas trabajando y quien lo paga siempre es la familia, a la que no dedico el tiempo que debería.