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26/10/2014 n208
La Organización Internacional del Trabajo (OIT) estima que cada año se producen 250 millones de accidentes laborales en todo el mundo (685.000 al día y 475 por minuto) y 160 millones de casos de enfermedades profesionales. Quienes cuidan de la salud de la población engrosan estas cifras, ya que el sanitario está entre los sectores profesionales con más siniestralidad laboral. ¿Las causas principales? Premura, sobrecarga, escasez de recursos y falta de conciencia personal y administrativa.
Sandra Melgarejo

El primer contagio de ébola en Europa, producido en nuestro país, ha tenido un alto impacto mediático que ha permitido entrever los riesgos a los que se exponen los sanitarios, pero ¿cuáles son las enfermedades más comunes que afectan a estos profesionales? Los dos colectivos que registran más accidentes de trabajo y enfermedades profesionales son los enfermeros y auxiliares de Enfermería, pero los médicos les van a la zaga. Los problemas de salud de estos trabajadores están relacionados con el contacto físico y emocional con los pacientes: contagio de enfermedades, lesiones musculoesqueléticas y patologías de origen psicosocial inducidas por situaciones de estrés o burnout.

Según el Instituto Nacional de Seguridad e Higiene en el Trabajo, hay factores determinantes para la aparición de los riesgos laborales del personal sanitario, como los fracasos terapéuticos, la atención especial que necesitan muchos enfermos, los casos urgentes, los turnos y la escasez de recursos. Los sindicatos van más allá y señalan a la sobrecarga de trabajo como detonante de los problemas de salud de los profesionales sanitarios, aderezada con una escasa cultura de la prevención de riesgos laborales en el sector, ya que no hay una homogeneización de estos planes en España.
Patologías cotidianas

En primer lugar, Pilar Bartolomé, secretaria de Salud Laboral de la Confederación Estatal de Sindicatos Médicos (CESM), detalla que hay que distinguir enfermedades profesionales, accidentes de trabajo y enfermedades relacionadas con la práctica habitual. Algunas de las que no son consideradas profesionales –como estrés, burnout o síndrome del edificio enfermo– se podrían considerar como tal si se demuestra la causa-efecto.

Pilar Bartolomé, secretaria de Salud Laboral de CESM

No obstante, tanto Bartolomé como Mar Rocha, portavoz del sindicato de Enfermería Satse, coinciden en que esta relación es difícil de demostrar. “Ninguna autoridad sanitaria asegura que no hayamos podido contraer la enfermedad fuera del hospital. Tienes que demostrar que el contagio se ha producido en el centro sanitario y no es sencillo”, explica Rocha.

Las patologías cotidianas que no se consideran enfermedad profesional y que el médico o el personal de Enfermería puede adquirir más comúnmente en la práctica diaria son la gripe, los resfriados e, incluso, la tuberculosis y, en el caso de los pediatras, también el sarampión y la varicela; es decir, aquellas que se transmiten por vía aérea, principalmente.

Además, hay algunas que se contagian por contacto de piel a piel, como hongos y eccemas, y que, según la secretaria de Salud Laboral de CESM, “son totalmente evitables, pero, por no usar guantes o por las prisas a consecuencia de la aglomeración, la actitud es un poco más laxa a la hora de prevenir determinados contactos porque se consideran banales”.
Profesionales quemados
El síndrome del profesional quemado, también conocido como desgaste profesional o burnout, se refiere a la incapacidad de soportar la elevada demanda emocional asociada al trabajo. En opinión de Pilar Bartolomé, secretaria de Salud Laboral de CESM, “no es una enfermedad, sino una consecuencia del trabajo”. Las especialidades médicas más afectadas son las que entrañan actividades de riesgo que el profesional tiene que resolver inmediatamente, como Urgencias, Anestesiología y Trasplantes.
Los enfermeros tampoco se libran de la quemazón. Según un estudio publicado por el sindicato de Enfermería Satse, seis de cada diez afirman estar quemados. Lo que sienten los profesionales desgastados son tensiones musculares, agotamiento emocional, inquietud, nerviosismo, ansiedad, temor o angustia, irritabilidad, disminución de memoria, dificultad para tomar decisiones y problemas para concentrarse. En definitiva, los ingredientes fundamentales para que aumenten las probabilidades de sufrir un accidente laboral.
Enfermedades profesionales

La enfermedad profesional es un concepto legal establecido en el artículo 116 de la Ley General de la Seguridad Social. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT), la definición de enfermedad profesional contiene dos elementos principales: la relación causal entre la exposición en un entorno de trabajo o actividad laboral específicos y una patología específica, y el hecho de que, dentro de un grupo de personas expuestas, la patología se produce con una frecuencia superior a la tasa media de morbilidad del resto de la población.

Mar Rocha, portavoz de Satse

El cuadro de enfermedades profesionales fue aprobado por el Real Decreto 1299/2006 y está estructurado en seis grandes grupos, en función de los trabajos y sustancias que exponen al riesgo de contraerlas. ¿Qué enfermedades de cada grupo pueden afectar a los profesionales sanitarios?

El grupo 1 corresponde a enfermedades profesionales causadas por agentes químicos. Así, según indica Bartolomé, este tipo de patologías pueden afectar al personal sanitario que trabaja en los centros quirúrgicos transportando o almacenando gases y líquidos; a quienes trabajan en los tanques e instalaciones de gas; a los técnicos de los dispositivos anestésicos; y a los empleados en el proceso de producción de estas sustancias. “Se ha comprobado que una exposición prolongada puede originar todo tipo de alteraciones en el organismo, por ejemplo, alteraciones hepáticas en personas expuestas a gases como el halotano: cirujanos, anestesiólogos e instrumentistas. Además, el uso de amoniacos en laboratorios puede provocar neumonías y neumonitis”, afirma.

En el grupo 2 están las enfermedades profesionales causadas por agentes físicos como, por ejemplo, radiaciones ionizantes, que pueden afectar a todos los profesionales expuestos a la acción de los rayos X. En este grupo también están las enfermedades provocadas por posturas forzadas y movimientos repetitivos en el trabajo: bursitis crónica de las sinoviales o de los tejidos, patología tendinosa crónica del manguito del rotador, epicondilitis o síndrome del túnel carpiano, entre otras.

Las del grupo 3 son las enfermedades profesionales causadas por agentes biológicos, que pueden afectar a las personas que se ocupan de la prevención, asistencia médica y actividades en las que se ha probado un riesgo de infección. ¿Un ejemplo? El ébola. Las del 4 son las patologías producidas por inhalación de sustancias y agentes no comprendidas en otros apartados, como la asbestosis o la silicocaolinosis, que podrían afectar a los trabadores de la industria farmacéutica.

El grupo 5 engloba a las enfermedades profesionales de la piel causadas por sustancias y agentes no comprendidos en alguno de los otros apartados: sustancias de bajo peso molecular, como productos farmacéuticos, sustancias químico-plásticas, disolventes, adhesivos o formaldehídos; y sustancias de alto peso molecular de origen vegetal o animal, enzimas y microorganismos. Los posibles afectados son dentistas, personal de Enfermería, anatomía patológica y laboratorio. Por último, el grupo 6 es el de las enfermedades profesionales causadas por agentes carcinogénicos, como mesoteliomas, neoplasia maligna de bronquio y pulmón, síndromes linfo y mieloproliferativos, y carcinoma epidermoide cutáneo, que pueden afectar a todos los trabajadores expuestos a radiaciones.

Volviendo al ébola, además de pertenecer al grupo 3 de enfermedades profesionales, según el Real Decreto 664/1997 sobre la protección de los trabajadores contra los riesgos relacionados con la exposición a agentes biológicos durante el trabajo –que clasifica a estos organismos en función del riesgo de infección–, el virus estaría en el nivel cuatro, el máximo (es poco probable que los agentes biológicos del grupo 1 causen una enfermedad en el hombre), es decir a aquellos que, causando una enfermedad grave en el hombre, suponen un serio peligro para los trabajadores, con muchas probabilidades de que se propague a la colectividad y sin que exista generalmente una profilaxis o un tratamiento eficaz.

Aunque el contagio por ébola de la auxiliar de Enfermería Teresa Romero ha sido un caso excepcional, Rocha considera que es un reflejo de la realidad de la profesión: “El personal de Enfermería es el que está las 24 horas del día y los siete días de la semana a pie de cama, en contacto muy directo con el paciente. Además, realizamos técnicas invasivas y entramos mucho más en contacto con los fluidos del enfermo y con la sangre, que es como más fácilmente se contagian las enfermedades infecciosas. Los pinchazos y los cortes accidentales nos ponen en riesgo frente a muchas patologías”.
Bioseguridad y pinchazos
En agosto de 2013 entraba en vigor la transposición, a través del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, de la Directiva Europea de Bioseguridad a la legislación española, tres años después de la publicación de la norma del Consejo Europeo. Un año más tarde, solo cinco comunidades autónomas la han regulado de forma específica: Navarra, Galicia, Baleares, Castilla-La Mancha y la Comunidad de Madrid. “La transposición debería ir mucho más allá del ámbito laboral. Las comunidades autónomas que se rigen por la normativa general tendrían que tener una específica para poder establecer un régimen sancionador si los centros sanitarios no incorporan los dispositivos adecuados”, opina José Luis Cobos, asesor técnico del Consejo General de Enfermería. El Observatorio de Bioseguridad de esta organización está analizando la implementación de la directiva europea en España y espera tener los resultados a principios de 2015. “Se han dado pasos en los últimos años, pero todavía queda mucho que avanzar”, adelanta Mar Rocha, portavoz del sindicato de Enfermería Satse.
Según el Estudio y Seguimiento del Riesgo Biológico en el Personal Sanitario (Epinetac), realizado por la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene (Sempsph) con la colaboración del Consejo General de Enfermería, se producen 14 pinchazos y cortes accidentales por cada 100 camas al año, de los que el 46 por ciento los sufren enfermeros. De cada 100 exposiciones accidentales declaradas de profesionales sanitarios, en una de cada diez el paciente padece hepatitis C; en una de cada 20, VIH; y en una de cada 50, hepatitis B.

Los lugares donde más frecuentemente se producen los pinchazos accidentales son la habitación del paciente (34,7 por ciento), quirófanos y salas de partos (22,9 por ciento), y Urgencias (11 por ciento). El estudio Epinetac estima que la aplicación con carácter general de las medidas preventivas en materia de bioseguridad supondría un ahorro para el sistema sanitario de alrededor del 73 por ciento, respecto a los costes derivados de los pinchazos.
Accidentes de trabajo

Según los datos del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, en 2013 se produjeron más de 26.600 accidentes de trabajo causantes de baja laboral en el sector sanitario, un diez por ciento más que el año anterior. Madrid fue la comunidad autónoma con más casos registrados (4.673), seguida por Cataluña (4.627). La única comunidad que no alcanzó el centenar de casos fue Navarra, con 53. La mayoría de los accidentes fueron leves, excepto 318 graves y 15 mortales.

“En muchas ocasiones, los enfermos precisan de una atención especial, que se presta con carácter urgente y que, a menudo, se realiza a expensas de la propia seguridad del trabajador. Los sanitarios se exponen, sobre todo, a agentes biológicos, lesiones musculoesqueléticas (por cargas y movilización de enfermos), burnout, pinchazos de agujas y agresiones”, comenta Bartolomé. El Ministerio de Empleo destaca como motivo más frecuente de accidentes (9.945) el grupo denominado ‘sobresfuerzo físico, trauma psíquico, radiación, ruido, luz o presión’, seguido por los golpes (5.142).

José Luis Cobos, asesor técnico del Consejo General de Enfermería

El ámbito que más preocupa a los enfermeros son los accidentes de trabajo con riesgo biológico que, normalmente, se producen por pinchazos, tanto en la extracción de analíticas como en la administración de medicamentos por vía intravenosa. “Es fácil que se produzcan accidentes laborales, y más en estos tiempos de crisis en los que las plantillas están recortadas, las jornadas de trabajo han aumentado y hay una mayor exposición al estrés”, señala Rocha.

Por su parte, José Luis Cobos, asesor técnico del Consejo General de Enfermería, indica que “hay una serie de elementos facilitadores del accidente: falta de formación, falta de dispositivos adecuados y, en el caso de que sí los haya, que los dispositivos no cumplan los mejores requisitos de calidad”. “Los dispositivos más seguros (denominados de protección pasiva) son más caros, pero a la larga son más económicos porque evitan los pinchazos, la baja laboral del trabajador y el tratamiento que tiene que recibir por una enfermedad infectocontagiosa (hepatitis C, hepatitis C, VIH, etc.). Es mucho más beneficioso, pero el político no ve el ahorro intangible a largo plazo”, lamenta Cobos.

Como revela la Estadística de Accidentes de Trabajo (EAT) del Ministerio de Empleo y Seguridad Social, de enero a agosto de 2014 se produjeron, en todos los sectores, 270.909 accidentes de trabajo con baja durante la jornada laboral. Las actividades sanitarias ocupan el sexto puesto de siniestralidad (13.819 accidentes), en un ranking que incluye 99 divisiones de actividad, solo por detrás de los sectores de la construcción y agrario, y de las divisiones de actividad de Administración pública y defensa, comercio al por menor y servicios de comidas y bebidas.

Los accidentes de trabajo representan un 10 por ciento de las incapacidades temporales en el sector sanitario. La gran mayoría (cerca de un 90 por ciento) de las bajas son debidas a enfermedades comunes y tan solo un 0,1 por ciento, a enfermedades profesionales. “A la hora de contratar seguros para cubrir los días de baja con reducción de los ingresos, los médicos no tenemos problema porque no se nos considera un grupo de alta incidencia en bajas laborales. Hay más en enfermeros, asistentes técnicos sanitarios (ATS) y auxiliares que en médicos, ya que, cuanto más físico o mecánico es el trabajo, más accidentes laborales se producen”, explica Bartolomé.

Quienes cuidan y curan al enfermo también se duelen. La sobrecarga de trabajo, la escasez de recursos, las prisas y la banalización –propia y ajena– de las consecuencias pasan factura a un colectivo especialmente expuesto a la enfermedad y que, en ocasiones, no tiene en su mano poner en práctica lo que predica: que más vale prevenir que curar.
Atención al médico enfermo
El Colegio de Médicos de Barcelona creó, en 1998, el Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (Paime), una iniciativa pionera en Europa para atender a los médicos con problemas psíquicos y conductas adictivas. Desde entonces, como detalla Serafín Romero, vicepresidente de la Organización Médica Colegial (OMC), han sido atendidos 3.150 atendidos y el 87 por ciento se ha reincorporado al trabajo tras su recuperación. En la actualidad, la mayoría de los colegios de médicos de España han implantado este programa con la ayuda de la Fundación para la Protección Social de la OMC y la colaboración de las Administraciones sanitarias, con el objetivo de velar por la salud de los profesionales y garantizar la calidad asistencial.
Uno de cada diez profesionales puede sufrir este tipo de trastornos a lo largo de su vida profesional, con la consiguiente incidencia en su ejercicio de la Medicina. Como en otros colectivos, también los médicos, por miedo, sentimiento de culpa o estigmatización de la enfermedad, tienden a ocultarla y negarla. No obstante, la responsabilidad profesional del médico y la concienciación y el apoyo de las organizaciones colegiales han ayudado a que la mayoría de los médicos que acceden al programa Paime lo hagan de forma voluntaria espontánea (77 por ciento). Otras vías de acceso son la voluntaria inducida (18 por ciento), la comunicación confidencial (cuatro por ciento) y la denuncia formal (uno por ciento).