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21/09/2014 n203

La ausencia de moléculas de nueva creación ha provocado que los laboratorios se hayan lanzado a la investigación de otras indicaciones para productos ya comercializados. La reducción de costes en I+D, sumada a una optimización de los beneficios, seduce a las compañías. A esto hay que añadir los hallazgos que investigadores independientes logran con fármacos antiguos, impulsados por evidencias clínicas. Sin embargo, éstos reclaman un mayor respaldo público y privado para estas iniciativas, cuya rentabilidad no está del todo clara.


Eduardo Ortega
No están siendo los mejores tiempos para la innovación farmacológica. Los elevados costes de la investigación y la dificultad de encontrar moléculas first in class han provocado que las aprobaciones de nuevos productos estén muy por debajo de las cifras de antaño. Y para muestra un botón: la Agencia Europea del Medicamento (EMA) aprobó 46 nuevos fármacos en 2013, siete por debajo de 2009.

Ello ha dado pie a que esté proliferando la investigación de ‘viejas’ creaciones de los laboratorios: moléculas ya comercializadas que se desarrollan en nuevas indicaciones, impulsadas por la experiencia clínica con los productos y la necesidad de las compañías farmacéuticas de rentabilizar al máximo sus creaciones.

Los últimos datos disponibles al respecto son claros: en 2008, alrededor del 47 por ciento de los medicamentos biológicos en Estados Unidos contaban con utilidad terapéutica para más de una indicación. “Incluso, algunos medicamentos se evalúan hasta en 20 usos adicionales a su primera autorización”, explican desde Pfizer, donde definen este proceso como “muy largo y costoso”.

Elvira Sanz, presidenta Pfizer
Desde la multinacional americana hacen especial incidencia en la capacidad de los productos biológicos para albergar varias indicaciones: “Algunos medicamentos pueden tener un mecanismo de acción que inhibe o modifica procesos biológicos que están involucrados en varias patologías. Concretamente, los biológicos utilizados en artritis reumatoide, psoriasis, etcétera, tienen un claro efecto antiinflamatorio. Como el proceso inflamatorio es común a muchas enfermedades, hay múltiples posibilidades de inhibir una u otra y por tanto muchos usos potenciales”.

Con esta tesis coincide Francisco Zaragozá, catedrático de Farmacología de la Universidad de Alcalá de Henares, en Madrid. “Los medicamentos biológicos interrumpen una serie de cascadas, o reacciones bioquímicas, que son vías de señalización coincidentes, a menudo, en varias enfermedades”.

Sin embargo, Zaragozá también llama la atención sobre los diversos usos que se han descubierto con medicamentos ‘antiguos’, que han visto la luz gracias a la “experiencia clínica, pero, también, gracias a los avances en fisiopatología”. En este sentido, el catedrático llama la atención sobre el carácter de los investigadores que dan con estos hallazgos: “Lo que ocurre, en este caso, es que es necesario tener mucha sagacidad y conocimiento general. Los investigadores están muy polarizados y hay pocos con visión panorámica para entender que los nuevos descubrimientos de los mecanismos de acción pueden traducirse en nuevas indicaciones de moléculas viejas”.

Interés de las compañías
Para Emilio Vargas, coordinador de la Plataforma de Unidades de Investigación Clínica y Ensayos Clínicos del Hospital Clínico San Carlos de Madrid, las razones de este boom de indicaciones está claro: “Hace 15 años no se exploraba tanto esta vía porque había muchas entradas de nuevos medicamentos y las compañías no ponían tanto interés en investigar las vías de actuación de los productos. En cambio, la caída de incorporaciones terapéuticas ha propulsado este fenómeno”.

Desde Pfizer, reconocen este extremo: “Los lanzamientos de nuevos medicamentos son todavía la mayor oportunidad de crecimiento y retorno de la inversión para las compañías innovadoras. Sin embargo, las dificultades para situar en el mercado nuevas moléculas, los intereses por recortar el gasto sanitario y la competencia de genéricos y biosimilares han impulsado estrategias para extender al máximo el ciclo de vida de los medicamentos”. Esta situación, “conjuntamente con la crisis que afecta a la investigación, ha provocado que muchas compañías continúen invirtiendo en el desarrollo y la promoción de medicamentos establecidos”, añaden.

Por su parte, Federico Plaza, director de Government Affairs de Roche, advierte de que “cada vez es más frecuente encontrar casos de desarrollo de nuevas indicaciones de moléculas ya comercializadas; este hecho, además de suponer un esfuerzo adicional para ampliar el potencial terapéutico de fármacos ya existentes, incorporando opciones clínicas a grupos de pacientes en ocasiones muy reducidos, pero con una patología relevante, supone un reto adicional para las compañías investigadoras”.

Sin embargo, aunque reconoce este incremento, Zaragozá opina que todavía “cuesta mucho que las administraciones y las compañías respalden este tipo de investigaciones. Tiene que ser en casos tan llamativos como el de la aspirina, cuando se averiguó que tenía utilidad como antiagregante plaquetario”.
Francisco Zaragozá, catedrático de Farmacología de la Universidad de Alcalá de Henares


Con todo, reconoce grandes logros a través de estas iniciativas, como ocurrió en el caso de la talidomida, medicamento que en los años 60 provocó malformaciones congénitas en 3.000 personas, y eso solo en España. “Ha habido quien se ha atrevido a investigar derivados de este medicamento, en distintos tipos de leucemia, más concretamente en mieloma múltiple, y se está logrando curar pacientes gracias a ello”.

Además, hay que recalcar que el capítulo de costes se reduce bastante, comparado con el de una molécula first in class. “Cuando se busca una nueva indicación para ficha técnica, lo más probable es que todo parta de la investigación preclínica ya hecha”, explica Vargas. “En el caso de indicaciones promovidas por investigadores académicos, se parte además de la observación clínica”, aclara.

Desde Pfizer reconocen que, en principio, “lograr una nueva indicación de un medicamento que ya están recibiendo los pacientes puede ser más sencillo porque se cuenta con más datos sobre su comportamiento, y la seguridad y eficacia de la molécula ha sido probada previamente. Además, existe evidencia científica anterior”. Sin embargo, avisan de que “depende del caso de la segunda indicación y de qué se trate. No es lo mismo un uso pediátrico que una segunda indicación como tratamiento nuevo para otra patología”.

No obstante, Zaragozá afirma que procesos relativamente sencillos como “una modificación galénica o la nanotecnología permite perfilar mucho mejor su actividad. De esta manera se han conseguido logros impresionantes con moléculas antiguas”.

Aunque también la fortuna puede tener algo que ver. “Muchas veces de forma accidental se descubre el beneficio en otra patología. Un claro ejemplo fue sildenafilo (Viagra) que se estudiaba como vasodilador; un efecto no esperado hizo que se desarrollara para disfunción eréctil, aunque también tiene ahora la indicación en hipertensión pulmonar (Revatio)”, detalla la multinacional americana.

El fin: ¿la salud pública?
Ambas partes, investigadores y compañías, consideran que un gran beneficiario del fenómeno de las ‘poliindicaciones’ está siendo la salud pública. “En estos términos, la búsqueda de nuevas indicaciones de moléculas ya conocidas,
Emilio Vargas, coordinador de la Plataforma de Unidades de Investigación Clínica y Ensayos Clínicos del Hospital Clínico San Carlos de Madrid
con un perfil de seguridad acreditado por su continuado uso clínico a lo largo de años, es un ejercicio relevante y de gran contribución. Desarrollar el potencial de los medicamentos ya existentes en nuevas indicaciones es un punto de partida muy significativo en materia de seguridad y, sin duda, hay que aprovecharlo”, explica Plaza.

Emilio Vargas se centra en el “máximo beneficio de pacientes y del Sistema Nacional de Salud”. Además, se podría dar un “retorno de beneficios económicos” si las investigaciones se hacen desde el ámbito de la colaboración público-privada. Por su parte, Zaragozá considera que esto incluso podría conducir a “ahorros” en la sanidad pública. “Es bastante posible, y algunos están trabajando por esta vía”.

Resultados

Finalmente, ¿son rentables estos hallazgos? El catedrático de farmacología considera que sí, pero mucho menos que un nuevo medicamento. Y hay riesgos: “Hay muchos inconvenientes para realizar esta revisión: hay que hacer una inversión y el retorno no está asegurado. Y cuando se registra, el precio financiado que se obtiene puede ser ridículo”. Además, critica la baja valoración que se hace de la innovación galénica.

Federico Plaza, director de
Government Affairs de Roche
Plaza se suma a esta reclamación y considera “fundamental incentivar la I+D de nuevas indicaciones y no penalizar de forma sistemática e indiscriminada su introducción a través de recortes de precios que afectan a todas las indicaciones del producto”. Al mismo tiempo, Vargas opina que “aún queda mucho por hacer en este ámbito, pero debería haber más respaldo para estas iniciativas investigadoras”, una cuestión que apoya también Zaragozá.

Aunque está claro que, ante la ausencia de nuevas moléculas, los laboratorios van a seguir optimizando sus beneficios a través de la búsqueda de nuevas indicaciones en sus productos maduros, nadie sabe cuál será el destino de fármacos libres de patente que están dando evidencia de beneficios en dolencias para las que no están destinados, como metformina en cáncer. Y es que todavía está por ver si las administraciones públicas, una vez pase la crisis financiera, apoyarán este tipo de investigaciones, cuya potencial aportación para el sistema sanitario parece clara.

Más indicaciones,
más protección por patente


El descubrimiento de nuevas indicaciones terapéuticas para un medicamento no solo permite al producto introducirse en una nueva área de negocio, sino que amplía su protección de patente. Explican desde Pfizer que, de acuerdo con el criterio del Convenio de Múnich sobre la concesión de Patentes Europeas, ratificado por España, “las reivindicaciones de segundas indicaciones son adecuadas para proteger nuevos usos de medicamentos ya conocidos. Por este motivo el titular de una patente de segunda indicación está legitimado para impedir a un competidor la comercialización, utilización, ofrecimiento y, promoción de la molécula para el nuevo uso protegido”.

Sin embargo, Federico Plaza, de Roche, considera que esto no lleva a la ampliación del periodo de protección: “El régimen de exclusividad que otorgan las patentes está basado en el producto en sí, no en el descubrimiento de cada indicación, por lo que cada vez es más frecuente que la llegada de nuevas indicaciones se produzca cuando los derechos de propiedad industrial que protegen a una molécula están cercanos a su vencimiento”.