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14/09/2014 n202
El Celador
Yo también quiero ser independiente
Igual que sucede cuando hay mundial de fútbol, estos días pones la radio o enciendes la televisión y solo oyes hablar de la consulta y de la posible independencia de Cataluña. Ya saben 'ustedes-vosotros' (como dice mi amigo Manolo) que yo no me meto en política, y voy a seguir sin hacerlo, pero escuchar todo el rato la misma cantinela me aburre.

En mi hospital también pasa mucho esto de la independencia. Los médicos quieren ir a lo suyo, sin interferencias de órdenes del gerente; los enfermeros, que los médicos no les digan nada; a nosotros, los celadores, también nos molesta que un administrativo nos dé lecciones, y así sucesivamente todos estamos un poco con ganas de independizarnos.

Yo la verdad es que voy a mí aire bastante, me considero casi independizado. Tengo hasta mi propio estatuto: confraternizar lo justo con los superiores para no llevarme disgustos; no pagar nunca mis cabreos profesionales o personales con los pacientes; y el carácter sagrado de los 15 minutos del desayuno para desconectar.

Pero debo reconocer que lo de mirar cada uno hacia adelante, como si lleváramos anteojeras, como los caballos (los burros también, pero no lo digo para que nadie se dé por aludido), no siempre es lo mejor, porque produce falta de comunicación. Provocar muchas veces errores involuntarios, malentendidos, situaciones incómodas que se podían evitar... Por eso recomiendo a nuestros políticos, y a mí mismo y a mis compañeros de trabajo, que nos quitemos esas anteojeras, miremos un poco hacia los lados de forma solidaria (y también por interés propio) y pensemos que esa independencia que anhelamos, confundiéndola a veces con una libertad utópica, nos pone trabas y obstáculos para explorar nuevos caminos. Y ya se sabe que la mejor manera de curar los nacionalismos es viajando.