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14/09/2014 n202

El panorama de austeridad parece haber dejado de lado la formulación farmacéutica como uno de los elementos esenciales para valorar el potencial de un medicamento. Lejos de ser algo superfluo, la innovación galénica puede suponer un revulsivo al reducir los costes a través de la mejora de la seguridad y la adherencia.


Marcos Domínguez
El Real Decreto 16/2012 eliminó la consideración de Innovación Galénica de Interés Terapéutico (IGIT), que permitía excluir a los medicamentos con formas farmacéuticas innovadoras del sistema de precios de referencia y, por consiguiente, de la reducción de precio que tiene aparejada, por un periodo de cinco años. En la actualidad, tan solo unas pocas presentaciones, declaradas IGIT antes de la salida del decreto, pueden gozar de esta exención: en la mayoría de los casos se trata de comprimidos o cápsulas de liberación prolongada, aunque también existen otras formas como parches transdérmicos o dosis unitarias.

La carrera por la reducción del gasto farmacéutico está llevando a una simplificación del concepto del medicamento y su uso, centrándose en el principio activo como principal y, en la mayor parte de las ocasiones, único criterio para valorar su potencial.
Eduardo Luis Mariño, catedrático de Farmacia Galénica de la Universidad de Barcelona
El Ministerio de Sanidad está preparando un baremo que define el grado de innovación de un medicamento, que será una de las patas sobre las que se asiente la financiación farmacéutica en el próximo Real Decreto de Precios que espera el sector. ¿Qué papel jugará la forma farmacéutica en esta valoración?

Eduardo Luis Mariño, catedrático de Farmacia Galénica de la Universidad de Barcelona, recuerda que “cuando vas a la farmacia y pides un medicamento, no te dan un bote con polvos y una balanza para pesar la cantidad”. “Con independencia de lo que signifique legalmente el término de Innovación Galénica de Interés Terapéutico, cualquier modificación en la presentación final para uso de un medicamento que permita mejorar la adherencia o simplificar el cumplimiento de la terapéutica prescrita, debería ser tenida muy en cuenta”, explica.

Cumplir los tratamientos

La adherencia es uno de los principales caballos de batalla de los que defienden poner un interés extra en la innovación galénica. “Cuando ves la cara que ponen los niños cuando se toman un jarabe, te das cuenta de lo importante que es, por ejemplo, cambiar el saborizante de un jarabe pediátrico”, comenta Mariño. De igual forma, en pacientes geriátricos –quienes más medicamentos consumen– aumenta su importancia: pueden tener dificultad para fraccionar los comprimidos o recordar qué medicamentos consumir debido a la cantidad de ellos o a problemas de bioapariencia.

Para el catedrático de la Universidad de Barcelona, la investigación galénica es fundamental en un momento como el actual, en el que aparecen pocas moléculas nuevas, y en un país como el nuestro, donde no hay tanta capacidad para el descubrimiento y desarrollo de nuevos compuestos, además de contribuir de una manera decisiva a contener los costes farmacéuticos. A pesar de ello, cree que la Administración no ha hecho grandes esfuerzos para fomentarla: “No he visto una apuesta clara por su parte”.
Algunos de los medicamentos estereoisómeros más comunes

Es posible que esta falta de impulso se vea reforzada por la desconfianza de quienes ven que buena parte de la innovación galénica que realiza la industria farmacéutica no tiene otro objetivo que desarrollar las posibilidades comerciales de un medicamento. El propio Mariño, en un artículo aparecido en el Boletín de Información Terapéutica del Departamento de Salud de la Generalitat de Cataluña, señalaba que modificaciones en la formulación como el cambio quiral –sustituir el racemado aprobado en primera instancia, donde se mezclan estereoisómeros, por una forma pura de los mismos– “se han aprovechado como estrategia de marketing sin una mejoría significativa de la terapéutica”.

A pesar de ello, los profesionales consultados por ‘Revista Médica’ no creen que se haya producido un abuso de nuevas formulaciones que aportan poco o nada. “La industria farmacéutica siempre está intentando ofertar un número de formulaciones y de presentaciones lo más variado posible para cubrir cuantos más grupos de población posibles”, explica Jesús Molpeceres, profesor de Farmacia y Tecnología Farmacéutica de la Universidad de Alcalá de Henares, quien tampoco piensa que la Administración no esté prestando atención a las innovaciones galénicas: “Está al tanto de los nuevos desarrollos farmacéuticos y nunca negará la financiación a productos que tengan un grado de innovación importante”.

Hay que tomar las cosas con cautela, sin embargo. “Las nuevas formulaciones, sobre el papel, pueden tener muchas ventajas: en la utilización práctica para los pacientes, reduciendo el número de dosis, etc. Pero luego hay que demostrarlo”, dice Molpeceres.
Biológicos, un largo camino que recorrer

A pesar de que la presencia de los medicamentos de origen biotecnológico es cada vez mayor (y seguirá siéndolo), la investigación en formulación ha encontrado una seria dificultad para avanzar más allá de la administración parenteral, con solo unos pocos casos que han conseguido buenos resultados en vía oral. “Con los biológicos, perspectivas hay todas, pero realidades, ninguna”, comenta Eduardo Mariño, catedrático de Farmacia Galénica de la Universidad de Barcelona. “Esto da problemas de estabilidad, solubilidad, adherencia, etc.”.

La vía parenteral es la única de momento para muchos fármacos biológicos
Mariño explica que algunos intentos de ir más allá en este campo resultaron fiascos, como el caso de una insulina de administración por vía pulmonar, Exubera, de Pfizer, que tuvo que ser retirada tras la poca aceptación que tuvo: no mejoraba la calidad de vida del paciente. De cualquier manera, “se sigue insistiendo en esta vía y, tarde o temprano, aparecerán insulinas inhaladas”.

Por su parte, Jesús Molpeceres, profesor de Farmacia y Tecnología Farmacéutica de la Universidad de Alcalá de Henares, considera que el gran reto es “que se consiga la tan traída y llevada vectorización terapéutica, es decir, que el medicamento interaccione con sus dianas terapéuticas sin que produzca efectos adversos en el resto del organismo”. Un camino que, hoy en día, tiene su principal protagonista en el cáncer. El uso de la nanotecnología, en opinión de Molpeceres, también será determinante.

No solo es cuestión de dinero

Por su parte, Guillermo Torrado, también profesor en la Universidad de Alcalá de Henares, opina que la Administración valora las nuevas formas farmacéuticas, “aunque no lo suficiente, ya que cada vez los costes de los nuevos desarrollos son más elevados y, además, suelen ser registros centralizados vía Agencia Europea del Medicamento”.

El baremo de la innovación que incluirá el futuro Real Decreto de Precios y Financiación puede ser una buena oportunidad para recuperar la consideración de la innovación galénica, que podría repercutir, “si no en la financiación, en aumentar los periodos de exclusividad, en reducir las tasas, etc.”. Recalca que no todo es cuestión de dinero, sino que también es muy importante el mantenimiento de una estabilidad normativa, “ya que la investigación suele costar mucho tiempo”.

Con el ahorro como uno de los principales objetivos de las administraciones sanitarias y una cifra, 11.250 millones de euros anuales, de gastos por falta de adherencia a los tratamientos, el fomento de la forma farmacéutica como una vía para mejorar el cumplimiento de la terapia, ya sea a través de un mejor sabor, de menos pastillas, de más facilidad para su consumo o su administración, etc., adquiere plenamente su sentido.
Formulaciones resistentes al abuso

Hay casos en que las innovaciones galénicas no solo son deseadas sino que se vuelven obligatorias para garantizar la seguridad de su uso, tanto para los pacientes como para aquellos que no buscaban un uso correcto de los medicamentos. Es lo que ha ocurrido en el caso de los opiáceos, utilizados para el tratamiento del dolor crónico. El abuso de estos fármacos con fines recreativos en países como Estados Unidos ha sido demoledor: durante la pasada década murieron más adultos por esta causa que por heroína y cocaína juntas.

Los medicamentos opioides se consumían con este fin simplemente masticándolos, pero también machacándolos para inhalar los polvos o disolviéndolos en agua para consumirlos por vía intravenosa. La llegada de las formulaciones de liberación prolongada no hizo más que agravar el problema, ya que contenían mayor cantidad de principio activo, lo que aumentaba el peligro al ser absorbido entero de forma casi instantánea.

Algunas farmacias en EEUU se niegan a tener opiáceos en stock por temor a robos y atracos
Por ello, los laboratorios han comenzado a elaborar formas resistentes al abuso. Las tecnologías son variadas: algunas de ellas buscan que el medicamento sea imposible de aplastar o que al masticarlo se quede como una goma que no se puede deshacer. Otras buscan vías de administración que sean resistentes al abuso, como los parches transdérmicos (así son la mayoría de opiáceos presentes en nuestro país). Hay formulaciones que impiden la liberación del principio activo si no se consumen de la forma prescrita, o que liberan una sustancia que provoca mal sabor o un efecto adverso desagradable si se administra a través de una vía poco ortodoxa. Además, pueden existir combinaciones de varias de estas formas resistentes al abuso.

No se trata de una opción: cuando a principios de 2013 la patente de oxicodona, uno de los opiáceos más vendidos en Estados Unidos, venció y pudieron entrar en el mercado versiones genéricas sin este tipo de formulaciones (que siguen bajo la protección de la patente), la alarma fue de primera magnitud, con los principales periódicos tratando el tema en sus páginas. Debido a ello, el organismo regulador (la FDA) prohibió la salida al mercado de opiáceos que no incluyeran una formulación resistente al abuso.