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07/09/2014 n201
El Celador
Lo que cuesta septiembre
No me puedo quejar, he tenido un mes entero de vacaciones, así que he desconectado muchísimo, tanto que olvidé el nombre de mis compañeros y casi no recordaba dónde trabajo. Pero esta desconexión total tiene también una parte negativa: tengo un síndrome posvacacional de caballo. ¡Se me saltan las lágrimas cuando pienso en la playa! Y en el chiringuito, y en la siesta…
Para salir de este estado, mis compañeros del hospital (ya me he acordado de sus nombres, ¡qué remedio!) me dicen que mantenga una actitud positiva y me recomiendan que cuide mi dieta y mis horas de sueño, y que haga deporte. Pero, queridos míos, lamento comunicaros que el único deporte que voy a hacer por el momento va a ser ver el mundial de baloncesto desde el sillón. ¡Y no sin mi cerveza con su correspondiente tapa! Que, después del ritmo veraniego, si no me tomo un día una caña con unas aceitunillas me entra el mono.
Lo de dormir bien es complicado en estas fechas. En mis años hay dos cuestas que me quitan el sueño, la de enero y la de septiembre. ¡Vaya tela el precio de los libros de texto y del material escolar! En mis tiempos de estudiante no era todo tan caro… o, al menos, yo no me daba cuenta. Normal que los chavales tengan problemas de espalda a causa del peso excesivo de la mochila; si los libros cuestan lo que cuestan, qué menos que lleven tapas duras y, como mínimo, 300 páginas.
Lo único que me hace la vuelta al cole más llevadera son las colecciones, que regresan a los quioscos en septiembre como el turrón vuelve a casa por Navidad. Pero lo que yo atesoro son los primeros fascículos de cada colección porque son los más baratos y porque no soy nada constante, nunca completo ninguna. De momento, ya tengo un casco de Star Wars, un helicóptero de combate, unos moldes para hacer galletas de Mickey Mouse y el mástil de un navío del siglo XVII. Si es que quien no se consuela es porque no quiere.