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17/08/2014 n198
Se siente, “modestamente”, un médico humanista. De niño, José Antonio Bastos se encargaba de llevar tiritas y vendas a las excursiones, “por si a alguien le pasaba algo”, pero su vocación era “espontánea”, no le venía de familia inmediata. Hubo una temporada, muy de pequeño, en la que quiso ser veterinario, pero recuerda querer ser médico “desde siempre”. La idea de poder hacer algo por los demás y su curiosidad le llevaron a involucrarse en Médicos Sin Fronteras (MSF), la organización por la que sintió un ‘flechazo’ y que ahora preside en España.
Sandra Melgarejo
¿La solidaridad es inherente a la condición de médico?
Como médico, tienes una capacidad única de ayudar a otros seres humanos. Quise ser médico para poder hacer algo cuando sentía ese empujón instintivo que tienes de ayudar cuando ves cosas horribles. Tener una profesión que te permite ayudar a otros es un privilegio.


Es médico de familia, ¿por qué eligió esta especialidad?
No soy un médico que aspira a descubrir algo en la ciencia. Mi razón para ser médico es poder apoyar a otras personas, y está relacionada con una curiosidad muy importante por el ser humano. Creo que la Medicina de Familia es la más integral en este sentido, la que más se preocupa por ese enfoque en el ser humano en su totalidad, incluyendo la dimensión familiar. Si pones la parte humanista en la ecuación al elegir especialidad, eres internista, médico de familia o pediatra. No hay otras especialidades que traten a las personas en su globalidad.


Emergencia: se necesitan médicos y enfermeras


Por una combinación excepcional de emergencias en la República Centroafricana, en Siria y en Sudán del Sur, que se suman a los 70 países en los que también trabaja la organización en proyectos normales, MSF busca “desesperadamente” médicos y enfermeras. “Si hay gente que quiere unirse a nosotros, ahora es el momento perfecto. Lo mal que ha ido el mundo en 2013 y en lo que llevamos de 2014 se nota en que, por primera vez, empezamos a estar cortos de profesionales”. MSF necesita médicos y enfermeras generales, que hablen inglés o francés, y que puedan salir en los próximos meses.
¿Cuándo empezó su vinculación con MSF?
Cuando estaba estudiando ya tenía claro que quería hacer medicina rural en zonas muy remotas o medicina tropical. Eran los años 80 y veía por televisión las imágenes de la guerra civil del Líbano, las hambrunas en Etiopía, las guerras civiles en Latinoamérica… y pensaba que me gustaría poder hacer algo allí. Cuando terminé la carrera, hice un repaso por todas las posibilidades de voluntariado y de hacer medicina fuera de España que había en ese momento. La inmensa mayoría eran opciones de apoyo en hospitales misioneros y, aunque no tengo nada en contra, no era lo que buscaba. Pero encontré a MSF, que entonces llevaba solo uno o dos años en España, y se parecía mucho a lo que yo quería hacer: más dinámico, con una preocupación más intensa por cada ser humano que por el problema genérico de la salud pública, y con una combinación de compasión e indignación con la que me identificaba mucho.


¿Cómo fue su primera misión en terreno?
Fue como la historia del primer amor (risas). Terminé la especialidad y empecé a trabajar como médico de familia en el pueblo de Barajas, al lado de Madrid; me encantaba, y me sigue gustando mucho –no me vine a la medicina humanitaria por decepción, para mí fue muy difícil elegir–. En 1991, durante la primera Guerra del Golfo, se produjo un movimiento masivo de refugiados kurdos del norte de Irak hacia Turquía. Ya había pasado el proceso de selección de MSF y llamé por teléfono por si les hacía falta un médico en la zona. Me dijeron que no había plaza, pero que siguiera llamando, así que llamé dos veces a la semana, durante tres semanas o cuatro, hasta que conseguí encontrar un hueco. A los dos días estaba en Turquía y fue bastante impresionante.

José Antonio Bastos formó parte del equipo de emergencia durante la epidemia de cólera en Cochabamba (Bolivia) de 1992 Foto: MSF


En otras experiencias posteriores he aprendido más sobre uno de los aspectos más duros, más tristes y más tenebrosos de la ayuda humanitaria: trabajar en una guerra. Pero en el caso de mi primera misión, se trataba de un grupo de refugiados que había huido de una guerra y que estaba en una zona difícil, en una situación de salud muy mala, pero no era una situación catastrófica ni se veían los elementos más perversos y crueles de las guerras. Ya no estaba viéndolo por televisión, ¡por fin estaba allí trabajando!

La experiencia humana y cultural fue impresionante; aquella zona se parecía mucho a los Pirineos –nací en Jaca (Huesca)–, pero, a la vez, era completamente diferente; y el equipo de gente de MSF era joven y entusiasta como yo, pero muy organizado. Esto último me impresionó muchísimo, había protocolos para todo, guías de tratamiento, criterios diagnósticos, dispensarios de medicamentos… Realmente fue un primer amor, era exactamente lo que yo buscaba: la posibilidad de implicación a fondo en el lado humano encuadrada en una organización que te permite hacerlo de una manera muy eficaz. No se trata solo de un gesto autocomplaciente, sino que lo que haces tiene un impacto. Me enganchó muchísimo.


¿Cuánto duran las misiones?
Las misiones normales son de un año; si no se trata de una situación desbordada es el tiempo ideal para poder adaptarte bien. Cuando llegas al nivel máximo de rendimiento y te empiezas a agotar, te marchas. Las de emergencia duran un mes las que son muy intensas –como llegar la primera semana tras un terremoto–, tres meses las más normales y seis meses algunas. Mis primeras misiones eran de tres y seis meses, sobre todo, por emergencias.

MSF desarrolló un programa nutricional de emergencia para desplazados afectados por la hambruna en Garissa (Kenia), cerca de la frontera con Somalia Foto: MSF


Difícil de compaginar con la vida familiar…
Muy complicado. En mi caso, mi mujer es una enfermera australiana que conocí trabajando con MSF y, a mis 50 años, acabo de tener una hija porque hasta ahora no hubiera podido. Sí hay compañeros que tienen hijos antes, pero no es lo más normal.


Al ser presidente de MSF, ¿ha dejado de ir al terreno?
Sí, ahora sí. La última vez que estuve en el terreno fue en Afganistán en 2010, durante casi dos años. El trabajo de ahora es más de representación, de coordinación internacional –somos independientes, pero estamos coordinados porque MSF es un movimiento global– y de auditoría y control interno. Antes éramos una ONG más hippie, pero ahora tenemos unos 110 millones de presupuesto y más de 3.000 empleados.
¿Y por qué cambió las misiones por la presidencia de la organización?
Creo que viene dado por la edad y, aunque suene pretencioso, por la sabiduría. Al final, te das cuenta de que eres una de las personas que ha acumulado más experiencia y que ha explicado las cosas más veces. Me sigue encantando el terreno y lo echo mucho de menos, pero no está mal ser el ‘abuelo’ de este grupo de gente joven y entusiasta al que mi experiencia le vale para algo. Estoy muy orgulloso de que me hayan elegido presidente y de ser la persona que representa a esta comunidad de locos empeñados en hacer un trabajo dificilísimo y contracorriente. Es muy gratificante.


¿Qué es lo más duro y lo más gratificante de estar en el terreno?
Lo más gratificante es la parte humana de conocer a una combinación de gente: la población para la que trabajas, el personal del país por el que trabajas y los colegas de la cooperación internacional. La intensidad de la relación es única, las circunstancias son muy especiales y el impacto de lo que haces es muy gratificante. Y, a pesar de que las organizaciones internacionales nos llevemos la fama, en cada país al que vamos siempre hay gente increíble haciendo cosas increíbles de las que nunca se sabe nada. Es impresionante comprobar que, aunque algunos seres humanos tienen un toque psicópata horrible, hay muchas personas que tienen un héroe solidario dentro.

Lo más terrible es lo contrario, comprobar cómo los seres humanos son capaces de cometer actos de una crueldad impresionante, como los psicópatas que vemos en las películas americanas; esas cosas son verdad. Hay gente que es capaz de organizar eso de manera estructurada y de hacer cosas como el genocidio de Ruanda, las limpiezas étnicas de los Balcanes o la violencia criminal en México, que son de un nivel de horror inimaginable. Es muy descorazonador ver cómo el gesto altruista y humanitario es brutalmente manipulado por intereses políticos, militares y comerciales de manera regular. Y, como médico, es realmente duro de digerir que la I+D de medicamentos no esté inspirada en buscar el bien común de todos los seres humanos, sino en lo estrictamente comercial.

Madera de médico sin fronteras

Dice José Antonio Bastos que el proceso de selección para formar parte de MSF es ahora “más difícil todavía” que cuando él entró. “Seguimos pidiendo experiencia profesional suficiente. La idea que tienen algunos de irse a una organización voluntaria a África para aprender, en MSF es completamente al revés: solo quienes ya saben hacer muy bien el trabajo pueden enfrentarse a los retos que plantean estas situaciones. La gente para la que trabajamos merece el mayor esfuerzo por nuestra parte porque son los más desafortunados del mundo; el hecho de que estén en una situación desesperada no quiere decir que haya que darles una atención médica de calidad mediocre o profesionales entrenados a medias”.

Así, para ser un médico sin fronteras hacen falta, como mínimo, tres años de experiencia, pero si es más, mejor; hablar inglés y francés; disponibilidad; y la comprobación de las motivaciones personales, del grado de compromiso y de la capacidad de superación del candidato. El sistema de selección es “muy sofisticado” y quienes reúnen los requisitos anteriores, acaban haciendo un test de un día entero en el que se les somete a muchas situaciones de estrés, para saber cómo reaccionan como grupo y como individuos.

¿Cómo les reciben los gobiernos de los países?
Hay de todo. Depende muchísimo de cuál es la relación del gobierno con el problema al que vamos a apoyar. Este año hemos empezado un programa de diagnóstico y tratamiento de la enfermedad de Chagas en México, y el gobierno está encantado y trabajando de manera muy sinérgica con nosotros. Pero hay otros a los que no les hace gracia que estemos presentes porque ponemos en evidencia su falta de capacidad de respuesta. Y cuando los gobiernos son la causa del problema, por supuesto, no hay manera.

Nuestro modelo ideal es cubrir el hueco generado por una necesidad nueva que desborda el sistema local de salud, por incapacidad o por desconocimiento técnico; ayudar a salvar vidas durante ese periodo de tiempo; y, al final, poder entregar de vuelta a las autoridades al cargo su responsabilidad, las habilidades y la capacidad para seguir atendiendo a la población.


¿Y se consigue?
Algunas veces sí, sobre todo en programas verticales por enfermedades en contextos más o menos estables, particularmente en epidemias. Pero en conflictos, rarísimamente.


MSF tuvo que salir de Somalia en 2013, ¿ha ocurrido en más sitios? Una vez resuelto el conflicto, ¿la puerta se puede volver a abrir?
La puerta sí se puede volver a abrir porque en Afganistán, de donde salimos en 2004, ya estamos de vuelta, en unas condiciones diferentes y habiendo aprendido las lecciones. Y nuestra intención no es abandonar Somalia para siempre, sino tener una pausa lo suficientemente prolongada para reflexionar, organizarnos bien y poder volver a trabajar allí. El rasgo común de ambos casos es el de una situación de abuso de la ayuda humanitaria, no solo en la parte económica, sino en la parte de uso de la violencia contra los trabajadores humanitarios. Tenemos una cierta tolerancia al riesgo, lo gestionamos bien –la mortalidad de sectores como la construcción, la pesca o la minería es mucho más alta que en el sector humanitario–, pero hay situaciones en la que la falta de respeto y la falta de apoyo que tenemos para hacer nuestro trabajo es inadmisible. El respeto por la vida humana nos lo aplicamos también a nosotros mismos, no tenemos vocación de mártires, en absoluto.

Ciudadano del mundo

El presidente de MSF nació en Jaca (Huesca) y, aunque vivió muy pocos años allí, se sigue sintiendo jacetano. Después, vivió en Granada, Segovia, Tarifa, Ámsterdam, Londres, Australia… Llevaba 15 años fuera de España cuando volvió en 2010 y se instaló en Barcelona. “Me costó un poco acostumbrarme a hablar español otra vez”. El idioma oficial en la sede de MSF de la Ciudad Condal es el inglés; hay 15 nacionalidades trabajando allí. Así que, al final, José Antonio Bastos se define como un “ciudadano del mundo”.

¿Cómo vive los secuestros o los asesinatos de cooperantes?

Es, con mucha diferencia, lo peor de mi trabajo, sin ninguna duda. Lo más duro, lo peor que te puede pasar como presidente de MSF es que le ocurra algo tan serio a una persona que trabaja en la organización. Es humanamente durísimo porque la sensación de responsabilidad personal es tremenda y el contacto con las familias hace que aprendas de primera mano lo que es el sufrimiento de una familia que tiene a alguien secuestrado o que, directamente, ha perdido a alguien. Es durísimo, además de la responsabilidad que conlleva. Es lo peor.

Lo siguiente peor es estar entre las personas que han tenido que tomar la decisión de abandonar un país, como ocurrió en Somalia.


Ahora que en España también hay gente en situación de necesidad, ¿hay quien opina que quizá no haría falta irse tan lejos a ayudar?
Sí, nos lo dicen. Pero, por suerte para los españoles, MSF no tiene tanto trabajo aquí: no hay epidemias de cólera, ni campos de refugiados, ni malnutrición rampante, ni muertos en bombardeos, como en Siria. No quiero hacer una aritmética sencilla del sufrimiento humano, pero todas las iniciativas solidarias tienen un campo de especialización y la nuestra es luchar contra las muertes evitables y el sufrimiento humano en situaciones catastróficas o muy difíciles, y eso, por suerte, no se produce en nuestro país. Hay muchas iniciativas de la sociedad civil y de ONG que están apoyando a los sectores más desfavorecidos en España, pero en Sudán y en la República Centroafricana, ahora mismo, casi solo está trabajando MSF, hay muy pocas organizaciones.

El presidente de MSF en el hospital de emergencia para refugiados kurdos de Irak durante la primera Guerra del Golfo, en 1991
Foto: MSF


En épocas de crisis, ¿la solidaridad aumenta o disminuye?
MSF en España ha seguido manteniendo y aumentando la base de socios que nos apoyan. En este momento tenemos casi 370.000 personas apoyándonos de manera regular y otras 350.000, de manera esporádica. La cifra ha ido creciendo casi un diez por ciento anual en los últimos años, a pesar de la crisis. Es impresionante y es una buena muestra de que un sector de la población española comparte nuestras preocupaciones.

Si se compara la dificultad por la que ha pasado la inmensa mayoría de los españoles en estos últimos años con el aumento de apoyos en MSF, es mucho más de lo previsible. Creo que sí hay un aumento de la sensibilidad humana, social y solidaria de la población española debido a la crisis. Estamos impresionados con el apoyo de los socios.


Aumenta la solidaridad de la población, pero ¿qué pasa con la oficial?
Que cae en picado. España es el país del mundo que más ha disminuido su contribución a ayuda humanitaria en los últimos cinco años. De todos los sectores en los que ha habido recortes, en el de la ayuda humanitaria se ha recortado un 80 por ciento, casi se ha cortado por la mitad cada año: en 2010, 356 millones; en 2011, 216 millones; en 2012, 72 millones; y en 2013, 41 millones. Va cayendo en picado de manera impresionante y eso es muy preocupante. La contribución de España al Fondo Mundial para la Lucha contra el Sida, la Malaria y la Tuberculosis era puntera; en los años 2008 y 2009 financió con 200 millones este fondo, que es para estar muy orgullosos. Pero en los años siguientes, también cayó en picado: 100 millones en 2010 y en 2011 se suspendió completamente. En 2012 hubo un compromiso por parte del Gobierno de destinar al fondo diez millones, pero nunca se llegó a practicar. Esto deja a España muy tocada en términos de imagen internacional.