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03/08/2014 n196
Marcos Domínguez / Eduardo Ortega

La recuperación que parece estar viviendo la industria farmacéutica, fundamentada en medicamentos biológicos y apoyada en las buenas perspectivas de crecimiento y en la reactivación de líneas de investigación, se encuentra con un escollo: la caducidad de patentes de varios fármacos superventas. Esta situación va a ser especialmente sangrante en 2015. Sin embargo, los interrogantes que todavía existen sobre los biosimilares y su introducción en la actividad clínica, y las prometedoras moléculas que están saliendo al mercado durante los últimos meses (más las que se esperan) permiten pensar que los laboratorios podrán solventar este ‘abismo’ de patentes sin que sus cuentas de resultados registren números rojos.

El optimismo parece haber vuelto a la industria farmacéutica. Tras varios años aquejada por el bajón en la I+D, con varias líneas de investigación que no dieron los resultados esperados, y por el fin de las patentes de varios medicamentos superventas, los laboratorios parecen haber encontrado de nuevo el rumbo, reactivando el desarrollo de productos que han comenzado a mostrar unos inesperados frutos –la inmunoterapia en cáncer, por ejemplo– y con unas perspectivas de crecimiento hasta el final de la década mayores de lo que se pensaba en un primer momento. Según la consultora especializada Evaluate Pharma, el sector espera crecer un 5,1 por ciento anual hasta 2020 a nivel global, un punto más de lo que se estimaba hace menos de doce meses.

El buen momento se vive también en las aprobaciones de medicamentos: el año pasado, en la Unión Europea se autorizaron 57 nuevos fármacos, cifra que no se veía desde 2009. En Estados Unidos fueron 35 los productos autorizados en 2013, aunque el año anterior tampoco había sido malo, aprobándose ocho más.

Sin embargo, no todo son buenas perspectivas. En el horizonte asoma una nueva temporada de expiraciones en la exclusividad de la venta de varios fármacos blockbusters: un ‘precipicio de patentes’, como se le conoce en el sector.

La citada consultora Evaluate Pharma estima que, de aquí a 2020, están en juego 259.000 millones de dólares (193.000 millones de euros) procedentes de las ventas de fármacos cuya patente vence en el próximo lustro. El año clave será, sin duda, 2015: nada menos que 44.000 millones de dólares (33.000 millones de euros), un seis por ciento del mercado mundial, se ve en peligro por el fin de la exclusividad de productos como Glivec (imatinib mesilato, Novartis) o Rituxan (rituximab, Roche). Solo estos dos fármacos acumularon unas ventas en 2013 de más de 9.000 millones de euros. La lista –siempre teniendo en cuenta que la fecha de caducidad de la patente puede ser distinta en la Unión Europea, Estados Unidos y Japón, los principales mercados mundiales– continúa con Spiriva (tiotropio bromuro, Boehringer Ingelheim), Cymbalta (duloxetina, Eli Lilly) o Alimta (pemetrexed, Eli Lilly).

No es la primera vez que ocurre este ‘precipicio de patentes’. En 2012 hubo uno, y peor: 53.000 millones de dólares (40.000 millones de euros), un siete por ciento del mercado mundial, quedaron a expensas de la entrada de genéricos, que compiten con la marca y obligan a grandes bajadas de precio.

Datos de la consultora IMS Health muestran cómo la facturación de productos superventas como atorvastatina o clopidogrel sufrió una regresión de más del 90 por ciento en los cuatro años siguientes a perder la patente. Por ejemplo, Cardyl (atorvastatina, Pfizer) pasó de facturar 173,1 millones de euros en 2009 a 11,8 millones en 2013. “Si no se dispone del pipeline suficiente para reemplazar a estos productos estrella, los ingresos de las compañías se ven seriamente afectados”, explican desde la consultora.

La naturaleza de los biosimilares

Sin embargo, hay diferencias. No es igual el ‘precipicio’ de 2015 que el de 2012 o, mejor dicho, el del periodo 2014-2020 que el de 2007-2013. El que ha pasado ha estado caracterizado por el fin de patentes de productos químicos, moléculas sencillas fáciles de replicar. En el lustro que queda por delante, los superventas que irán ‘cayendo’ son productos biológicos, los auténticos protagonistas de la década. Si en 2006, solo 21 de los 100 medicamentos más vendidos habían sido desarrollados mediante el uso de la biotecnología, en 2020 serán 52, más de la mitad, los que tengan como origen un organismo vivo.

Estos fármacos son mucho más complejos, difíciles de replicar –de hecho, no pueden alcanzar la igualdad completa sino tan solo la similitud, y de ahí el nombre de biosimilares– y, sobre todo, mucho más caros de desarrollar. Es por eso que se prevé que su penetración en el mercado sea más lenta que la de las moléculas químicas, y la erosión en las ventas de los originadores mucho menor. Evaluate Pharma estima que, de los 193.000 millones de euros en juego por la expiración de patentes hasta el final de la década, solo un 46 por ciento se materializará en pérdidas, mientras que en el periodo anterior la proporción fue del 64 por ciento.

Los interrogantes legales que rodean a los biosimilares

Aunque la cuestión técnica parece estar en el camino de resolverse, lo cierto es que todavía quedan muchas barreras en el ámbito legislativo para los medicamentos biosimilares. Su naturaleza legal sigue siendo un interrogante en la mayoría de los países de la Unión Europea, lo cual provoca que sea fruto de polémica.

En el caso español, expertos como Julio Sánchez Fierro, vicepresidente del Consejo Asesor de Sanidad, consideran que la regulación al respecto es poco clara y difusa. Por esta razón, la Comisión de Sanidad del Congreso de los Diputados ha aprobado una proposición no de ley para clarificar y actualizar la legislación específica en materia de sustitución e intercambiabilidad de biosimilares, una iniciativa que ha contado con el apoyo, incluso, del Partido Popular, a pesar de que el Gobierno no se ha querido pronunciar al respecto. Y es que hay que recordar que, tal y como está redactado el punto 93.2 de la Ley de Garantías y Uso Racional de Medicamentos, todavía se seguiría equiparando biosimilares con genéricos.


Así, en el ‘precipicio de patentes’ que ocurrirá en 2015, de los 33.000 millones de euros afectados se espera que se pierdan 12.000 millones. El cálculo para IMS sería parecido: de 40.000 millones de euros en juego, se perdería algo menos de la mitad.

Pero el problema no se encuentra solo en el beneficio económico que pueda dar el producto, sino también en el regulatorio. El reglamento de la Agencia Europea de Medicamentos (EMA) es de reciente creación y todavía no hay una experiencia contrastada con ellos. Por otro lado, su equivalente en Estados Unidos, la Food and Drug Administration (FDA), ni siquiera tiene unas reglas para abordar estos productos propios y está importando las de la EMA, mientras cada Estado del país americano está desarrollando una legislación propia sobre su introducción (en Estados Unidos todavía no hay biosimilares comercializados, cuando en Europa llevan desde 2006). Además, al no existir una intercambiabilidad directa con las moléculas ‘madre’, todavía se desconoce cómo se integrará a estos nuevos productos en la práctica clínica.

Sin embargo, ello no impide que ya se hagan cálculos sobre el potencial ahorro para las administraciones públicas que pueden suponer a largo plazo. Según un estudio de la Asociación Europea de Genéricos (EGA), la patronal del sector a escala continental, el uso de biosimilares de adalimumab (Humira, Abbvie), bevacizumab y trastuzumab (Avastin y Herceptin, Roche) podría reducir el coste de los tratamientos una media del 25 por ciento.

‘Blockbusters’ de reemplazo

En el próximo lustro, tres cuartas partes del top 10 de medicamentos más vendidos globalmente verán sus patentes expirar. Algunos lo harán más temprano (de hecho, rituximab o cetuximab ya no están protegidos por patente en Europa), otros más tarde y otros conseguirán extensiones de patente y prolongaciones del periodo de exclusividad que los haga entrar en la nueva década con sus propiedades comerciales intactas.

No obstante, el relevo de estos blockbusters está garantizado con nuevos lanzamientos que, o abren nuevas posibilidades en áreas terapéuticas poco exploradas, o profundizan en la eficacia de patologías para las que existe un tratamiento actual, pero en las que todavía hay necesidades médicas no cubiertas.

Entre las moléculas más prometedoras, tres han sido aprobadas recientemente. Con Sovaldi (sofosbuvir), para el tratamiento de la hepatitis C, Gilead prevé, según Evaluate Pharma, superar los 5.000 millones de dólares (casi 4.000 millones de euros) en 2018 solo en Estados Unidos. Biogen Idec espera de Tecfidera (dimetilfumarato), terapia contra la esclerosis múltiple, una facturación de 3.700 millones de dólares (2.700 millones de euros) en cuatro años. Por su parte, Roche calcula que Kadcyla (trastuzumab emtansina), que combina la especificidad de un anticuerpo monoclonal y el poder destructor de la quimioterapia para cáncer de mama HER2 positivo, alcanzará los 1.500 millones de dólares (1.100 millones de euros) en el país norteamericano en las mismas fechas.

Por tanto, esta perspectiva de futuro en lanzamientos, sumada a los ya citados interrogantes que todavía suscitan los medicamentos biosimilares, permiten vaticinar que el ‘cambio de marcha’ provocado por la caducidad de patentes de medicamentos biológicos que va a vivir el sector no va a ser, ni de lejos, tan duro como el provocado por la entrada de los medicamentos genéricos de 2012, y que varias compañías todavía están superando.