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13/07/2014 n193
Pobre de mí…

Si alguna vez me pierdo, que no me busquen en Pamplona durante los sanfermines porque allí no voy a estar. Huyo de las aglomeraciones de gente, y de la combinación de muchedumbre y toros, más todavía. Eso sí, no me pierdo un encierro, pero desde el sofá de casa o desde la cafetería del hospital, mientras desayuno con el corazón en un puño.

¿Cómo no me va a preocupar el destino de esos mozos que corren delante (o detrás o debajo, depende del caso) de semejantes morlacos? Lo raro es que no pase más de lo que pasa… También pienso mucho en los compañeros de los servicios navarros de Urgencias, ¡qué cantidad de trabajo! Porque lo que pasa durante el encierro, al final, es lo de menos; lo que les tiene todo el día para arriba y para abajo son los excesos de algunos, los kamikazes que saltan desde la fuente de la Navarrería y demás descerebrados.
Luego alucino con las personas que van a las Fiestas de San Fermín sin alojamiento ni nada. Duermen en bancos, en aceras, en cajeros automáticos, en portales… No me quiero poner pesado, pero todos sabemos de la importancia del descanso y de un sueño reparador para poder afrontar las vicisitudes del día a día. Y digo yo: si a lo que te vas a enfrentar es a una estampida de astados, pues con más razón, ¿no?

La otra mañana, y eso que yo sí duermo bien, se me fue un poco la pinza mientras veía el encierro. Me dio por pensar que los corredores se parecían a la Marea Blanca que recorrió las calles en defensa de la sanidad pública y que los toros eran… En fin, allá cada uno con sus comparaciones. Pobre de mí, como cantan los pamplonicas, que mezclo churras con merinas y todo lo relaciono con lo sanitario.