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06/07/2014 n192
Sandra Melgarejo / Imagen: Miguel A. Escobar y Pablo Eguizábal
Julio Mayol nació el 22 de julio de 1963 en el madrileño, y deprimido por aquel entonces, barrio de San Blas. Crecer allí influyó en su manera de ver la vida y, aunque cree que lo lógico habría sido compensar las carencias aspirando a tener mucho dinero, eso no es lo que le interesa. Apasionado de las redes sociales, cuenta su vida desde un blog, aunque bromea con que se reserva alguna afición oculta para sus memorias no autorizadas. Lamenta no tener más tiempo: “Hay gente que dice que lleva una doble vida; a mí me gustaría vivir el doble”.
¿Es cierto que decidió ser médico a los cinco años?
En realidad, a los cuatro. A los cuatro años decidí que quería ser ginecólogo, pero a los cinco me lo pensé mejor y decidí que quería ser cirujano.

¿Pero cómo sabe un niño de cuatro años qué es un ginecólogo?
En aquella época había muchas series americanas en televisión que trataban sobre médicos y, supongo, que acompañaría a mi madre al ginecólogo y que aquello debió de marcarme. Hasta ahora no he hecho otra cosa que convertir ese sueño de la infancia en realidad.

Julio Mayol ha introducido las Google Glass en su instrumental quirúrgico


¿Y qué le hizo cambiar de opinión y optar por la cirugía?
No puedo justificar qué razonamiento hay detrás de eso, pero debió de ser la influencia de la televisión.

¿Por qué se especializó en Cirugía General y del Aparato Digestivo?
A los siete años me tuvieron que ingresar en el Hospital de La Princesa, entonces Hospital de la Beneficiencia, por un abdomen agudo. Me operaron y sor Filomena, que era la jefa de planta, me contó unas historias que me parecieron fascinantes. Cuando llegué a la carrera me di cuenta de que esta especialidad abarcaba la mayor cantidad de conocimiento y ofrecía los mayores retos, tanto desde el punto de vista de la toma de decisiones como de destreza quirúrgica.

Cirujano televisivo
Participó en El Cirujano, un programa emitido en Cuatro. Para él fue “una experiencia muy enriquecedora y con un componente social importante”, y afirma que le permitió, incluso, reflexionar sobre él mismo y sobre lo que hace. Aunque respeta a los profesionales que no se sienten cómodos ante las cámaras y que no quieren ser mediáticos, está en contra de quienes piensan, “especialmente en nuestro país”, que los cirujanos tienen que vivir en el oscurantismo: “Tenemos una obligación con la sociedad que es comunicar. Hacemos un servicio público y tenemos que devolver el conocimiento a los ciudadanos de una manera asequible para que entiendan los dilemas a los que se enfrentan médicos y pacientes”.


Se le considera uno de los mayores especialistas internacionales en cirugía mínimamente invasiva, ¿cree que llegará a ser nada invasiva?
Seguro. Lo que pasa es que es muy difícil imaginar el futuro sin tener en cuenta lo que uno sabe y, normalmente, imaginas cosas que, luego, no pasan exactamente igual. Probablemente, en unos años habrá nanocirugía, es decir, seremos capaces de introducir partículas inteligentes que, bajo la acción percutánea, podrán ejecutar lo que nosotros hacemos ahora abriendo, entrando y extirpando, por ejemplo, un tumor.

Antes hablaba de las series americanas sobre médicos, ¿su paso por el Beth Israel Hospital de Boston se pareció en algo a lo que veía en televisión?
Allí los hospitales se parecen bastante a como son en las series y el Beth Israel, mucho más. Hay un famoso libro sobre médicos, La casa de Dios, que está basado en las experiencias de un residente en este hospital. Allí había algunas cosas muy características: una cierta fascinación tecnológica, mucha más que en Europa; un concepto de élite para los médicos y los cirujanos muy superior a lo que hay en nuestro país; y una posición muy importante de las enfermeras. Mi hijo nació allí, así que conozco cómo funciona el sistema sanitario en Boston como médico y como usuario. Los profesionales tienen una formación muy específica y son obsesivos con la comunicación, no solo con los pacientes, sino con la sociedad que les rodea.   



En España queda camino por recorrer en este sentido…
La comunicación no ha sido una preocupación en nuestro sistema sanitario, pero empieza a serlo. Lo fundamental en la relación médico-paciente es la comunicación; si no hay comunicación entre un médico y su paciente no existe proceso asistencial, y sucede lo mismo con la Enfermería y con otros profesionales sanitarios. Si no hay comunicación entre un individuo que tiene un problema y alguien que le puede ayudar, todo lo demás es inútil.

En el MIT, el Instituto Tecnológico de Massachusetts


¿De ahí su afición por las redes sociales?
Empecé a utilizarlas algunas porque me permitían estar en contacto con colegas y amigos de Estados Unidos, pero otras tienen que ver con algunos defectos de mi personalidad. Tengo una necesidad compulsiva por hacer cosas, no llego a tener un desorden de la atención, pero estoy muy al límite (risas). Por ejemplo, Twitter me permite reflexionar en 140 caracteres e interaccionar con mucha gente. En algún sentido, soy como un pequeño adicto de la interacción con los demás y de la información.

En 2010 nació la Unidad de Innovación del Clínico, ¿para qué?
Nuestro objetivo no ha sido solamente la innovación tecnológica, porque pronto nos dimos cuenta de que la innovación tecnológica sin una reorganización del sistema no lleva realmente a beneficios. Lo importante era innovar en tres elementos: innovación en el modelo de negocio de todo lo que hacemos; innovación tecnológica, especialmente en Tecnologías de la Información y la Comunicación (TIC), que haga posible los cambios dentro del sistema; e innovación social, porque si no cambiamos cómo trabajamos y cómo vemos los problemas, resulta imposible que utilicemos un nuevo modelo de negocio o una nueva tecnología.

Escritor, a medias, de novela negra
Julio Mayol escribe desde muy joven, pero nunca ha terminado un libro: “Escribir una novela requiere planificación y mucho trabajo, no puede ser una dedicación a tiempo parcial, y no tengo tiempo, pero espero tenerlo cuando me jubile”. Ya tiene alguna novela negra medio empezada: “Me interesan los dilemas a los que se enfrentan las personas que trabajan en los servicios de inteligencia. Me gusta ver la parte oscura de la gente, lo que hay debajo de la piel. Creo que, en parte, la cirugía consiste en ver lo que la realidad esconde, incluso la mía”. De momento, se conforma con escribir relatos cortos en su blog, que le permiten “disfrutar y contar historias”. Todos tienen que ver con el entorno 2.0, una zona que conoce muy bien y en la que hay “situaciones que son las mismas que las que pasaban hace 500 o 3.000 años, pero que en el ámbito tecnológico tienen mucha gracia”.


A través de esta unidad, se puso en marcha la Incubadora de Ideas del Hospital Clínico, ¿ya ha salido alguna idea brillante de ahí?
La Incubadora de Ideas fue una manera de identificar el talento que había dentro y fuera de la institución, y ser un punto de encuentro de gente que, normalmente, no pasa tiempo junta: investigadores, biólogos, médicos, ingenieros… Tenemos que escucharnos unos a otros porque si solamente escuchamos una parte de la historia, es imposible inventar un futuro diferente y responder de una manera novedosa a los retos que supone la medicina. Ya han salido proyectos y tenemos algunos registros hechos, tanto en software como en el manejo de la depresión posparto o soluciones tecnológicas para la apnea del sueño, por ejemplo.



También dirige el consorcio M+Visión, ¿en qué consiste?
Es un consorcio promovido por la Consejería de Educación de la Comunidad de Madrid y en alianza con el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), con la idea de transformar el ecosistema de la innovación en Madrid en el área de la tecnología biomédica. Es lo mismo que planteábamos desde la Unidad de Innovación, es decir, poner juntos a ingenieros, médicos, otros profesionales sanitarios y gente del área de los negocios para empezar a solucionar problemas evidentes de una manera diferente.

Eclecticismo musical
El director de la Unidad de Innovación del Hospital Clínico comparte canciones a través de las redes sociales y la variedad de su selección es muy llamativa: Adele, The Beatles, George Michael, Aviador Dro… “Es que soy un individuo un poco ecléctico”, bromea. Afirma que le gusta mucho la música y lamenta que dios le diera orejas, pero no oído. “Me encanta la música, aunque no entiendo nada de música, y, sobre todo, me gustan las historias de las canciones. Desde Adele a los Beatles, todos cuentan historias y, además, de una manera breve, lo que hace que no me fatigue. Elijo la música en función de mi estado de ánimo”.


Aparece en una lista de los 500 españoles más influyentes, ¿qué supone esto para usted?
Supone que hay alguien a quien le debo caer bien (risas). Que conste que yo no tenía ni idea de que estaba propuesto para eso y es difícil saber lo que significa… Desde luego, tengo una cierta posición: soy profesor en la Universidad Complutense de Madrid, soy director de Innovación y cirujano en el Hospital Clínico… Pero no es que yo sea influyente, es que los sitios en los que estoy son muy influyentes. En realidad, sin toda la gente que hay alrededor en instituciones como estas, yo no tendría opción a aparecer en este tipo de listados. Así que lo que eso demuestra no es mi influencia, sino lo buenos que son los sitios en los que estoy.



Qué modesto para ser cirujano…
En serio, creo que uno no es solo uno, sino lo que los demás le hacen; todos los seres humanos somos poco como individuos. Estoy donde estoy no solo por lo que valgo, sino porque otros han confiado en mí.