¿Quiere recibir Revista Médica en su correo de forma gratuita?
08/06/2014 n188
Jorge Matías-Guiu
“Hago más que los demás
porque solo duermo cuatro horas”

El jefe del Servicio de Neurología del Hospital Clínico San Carlos de Madrid está activo 20 horas al día. Por eso pudo hacer su tesis doctoral durante el MIR y convertirse, entre otras cosas, en el catedrático de Neurología más joven de España. Reconoce que dirige un servicio “muy obsesivo desde el punto de vista docente”, pero no podía ser de otra manera porque también es presidente de la comisión nacional de la especialidad. Perteneció al grupo de jóvenes rebeldes que cambiaron “todo menos el nombre” a la Sociedad Española de Neurología (SEN).

Sandra Melgarejo
Imagen: Miguel A. Escobar
Nació en Barcelona, trabajó en Alicante y ahora vive en Madrid. ¿Cómo han sido las etapas de este viaje?
Mi padre era médico rural dentro de la ciudad de Barcelona, en una zona muy humilde, de crecimiento producido por la inmigración. Le acompañaba muchas veces a ver pacientes por calles sin asfaltar, incluso por la noche, de manera que siempre tuve un cierto compromiso con la Medicina social. Me presenté al MIR y entré en el Hospital Vall d’Hebron, donde hice la especialidad de Neurología…

¿Por qué Neurología?
Siempre me había gustado la Cardiología, pero, durante el servicio militar, me estalló un lanzagranadas y tuve un trauma acústico. Entonces, me pareció que dedicarme a la Cardiología, donde tenía que utilizar continuamente el fonendo, iba a ser una incomodidad porque tengo un acúfeno, aunque ya ni lo noto. Y como la Cardiología y la Neurología, sobre todo en esa época, tenían mucha relación, pasé de forma natural a la Neurología.

“Siempre he sabido rodearme de muy buenos colaboradores”, afirma Matías-Guiu. En la imagen, en la LVIII Reunión Anual de la Sociedad Española de Neurología (SEN)


Estábamos en el Vall d’Hebron…
Fue una residencia dura, de ver mucho paciente, con muchas guardias. Aprendí mucho y tuve la oportunidad de hacer la tesis doctoral durante la residencia. La hacía por la noche, como hacíamos tantas guardias… Cuando acabé la residencia, el del Vall d’Hebron no era un servicio de Neurología importante, tenía muy poco papel en la SEN y los que no teníamos padrinos teníamos que hacer oposiciones.
Un árbol genealógico de 40 ramas
“Mi padre recogió genealogía de la familia y cuando mi hijo Jordi tenía 14 o 15 años le convencí para que me ayudara, con una doble intención: primero, aficionarle a la genealogía; y segundo, conseguir que le entrara el gusanillo de la investigación”. Parece que el plan dio resultado porque han conseguido retroceder 40 generaciones y Jordi Matías-Guiu es neurólogo, como su padre. Además, el hijo tiene una habilidad que no tiene su progenitor: es capaz de leer manuscritos en catalán muy antiguo. Las indagaciones de ambos han derivado en una investigación histórica sobre la Guerra de Sucesión en Cataluña, que esperan convertir en libro algún día.

Así es como llegó a Alicante.
Sí, nos presentamos 150 personas y gané una de las dos plazas que había. Cuando llegué al Hospital de Alcoy, tuve que organizar algo que, hasta ese momento, no existía: un área sanitaria de Neurología. Ahí empieza mi faceta de gestor, y lo debí de hacer bien porque la Consejería de Sanidad de la Comunidad Valenciana me dio más competencias de las que me correspondían por cargo. Después de seis años maravillosos organizando la Neurología desde cero, pasé, brevemente, al Hospital San Juan de Alicante y, de allí, al Hospital General de Alicante, siempre por oposición. Este último servicio estaba muy desestructurado, pero había muy buenos compañeros, y lo convertimos en uno de los mejores servicios de Neurología del país.

¿Cuándo comienza su faceta como profesor universitario?
Estando en Alcoy, salió una convocatoria de profesor asociado en la Universidad de Alicante. Fui a informarme justo una hora antes de que acabara el plazo y, por casualidad, llevaba un currículum en la cartera, así que eché la instancia en ese momento. Al cabo de dos meses, me encontré como profesor asociado de la Universidad de Alicante, prácticamente sin saber dónde estaba la facultad.

A los pocos años, gané la plaza de profesor titular. Uno de los miembros del tribunal me preguntó que cómo era posible que, con la edad que tenía, hubiera hecho todo lo que había hecho, no le cuadraban las cifras. Le contesté que soy una persona de ciclo corto, que duermo solamente cuatro horas al día y que, por lo tanto, puedo hacer más cosas que los demás (risas).

¿Solo duerme cuatro horas?
Sí. Es cierto, pero desde hace unos seis o siete años no soy capaz de tener la actividad que tenía antes por la noche. No tengo sueño, pero tampoco tengo la claridad para escribir trabajos ni para planificar cosas, y de ahí mi afición por el cine y las series.

Volvamos a la universidad...
En ese periodo me tocó ser decano en funciones, vicedecano… Tengo suerte y, cuando hay líos, siempre estoy metido en medio (risas). Luego salió la plaza de catedrático y me convertí en el catedrático de Neurología más joven de España. Es más fácil ser catedrático que ser profesor titular, es curioso.

En 2004, durante una reunión de presidentes de las sociedades iberoamericanas de Neurología


¿Y en qué momento decidió trasladarse a Madrid?
Empecé a plantearme la cuestión de moverme tras doce años de jefe de servicio en Alicante. Estaba entre Madrid y Barcelona, y finalmente elegí Madrid.

¿Por qué?
En Barcelona estaban mis padres, pero… Fue por cuestiones de complejidad política, no voy a extenderme más. La oferta de Madrid fue más transparente y el gerente del Clínico San Carlos, José Soto, cumplió todos los compromisos que adquirió conmigo y, probablemente, más. Le planteé un proyecto que le pareció interesante y he tenido autonomía para hacerlo. Es un excelente gerente y estoy muy satisfecho de haber venido. A la vista están los buenos resultados que hemos conseguido todo el equipo.

¿Se siente madrileño, barcelonés o alicantino?
Uno no es de donde nace, sino de donde pace. En la Comunidad Valenciana he estado fenomenal, tengo muchos amigos, me gusta mucho estar en Alicante y una parte de mi corazón es claramente alicantino. Está claro que nací en Barcelona y tengo mis connotaciones catalanas, sobre todo leridanas, pero en Madrid también me siento muy a gusto.

Cuando estaba en Barcelona era cercano al Barça; cuando estuve en la Comunidad Valenciana, al Valencia Club de Fútbol, porque el pobre Hércules no suele sobresalir mucho; y ahora mi corazón –hay muchos que hemos salido del armario– está en el Atlético de Madrid (risas).
Noctámbulo del séptimo arte
Cuando dan las 12 de la noche, Matías-Guiu comienza a devorar películas. Le gusta cualquier género cinematográfico, pero tiene debilidad por el director Frank Capra y por la película de Ernst Lubitsch El bazar de las sorpresas: “La he visto más de 25 veces. Creo que no comprendes bien una película hasta que la has visto diez veces porque siempre hay detalles que se escapan, así que no es infrecuente que vuelva a verlas”.
Como duerme poco, también se ha aficionado a las series de televisión. Entre sus favoritas están Juego de Tronos y True Detective. “Juego de Tronos es una serie excepcional, pero puedo aguantar a que la emitan por televisión, no soy como esta gente que es incapaz de esperar y la ve en internet en inglés”. También ha hecho sus pinitos como asesor de guiones. Ha colaborado en las series Hospital Central y MIR, y en el corto producido por la SEN Adivina quién viene a comer mañana.

Qué chaquetero…
No… Eso refleja el traspaso de mis afinidades. Sufro mucho cuando juega el Atleti (risas).

Su hijo también es neurólogo e hizo la residencia en el Clínico de Madrid, ¿cómo fue la convivencia?
Él fue uno de los primeros números del MIR –porque  aquí, para tener plaza, hay que ser de los primeros– y hubo mucha discusión en la familia sobre si se formaba en el hospital del padre o no. Pero él se ha formado muy bien porque el servicio tiene muy buenos neurólogos y le han considerado uno más, no porque yo esté aquí. Antes de que eligiera la plaza le planteé que, a lo mejor, podía sentirse un poco incómodo, pero él argumentó que si el Clínico era el mejor sitio no era justo que él tuviera que renunciar a formarse aquí teniendo uno de los mejores números del MIR.

Usted fue muy relevante para la puesta en marcha de la Estrategia Nacional de Ictus…
Esta estrategia ha cambiado la faz del ictus en España. Y espero que suceda lo mismo con la estrategia en enfermedades neurodegenerativas que estamos elaborando.

También es director del Instituto de Neurociencias del Clínico, catedrático de la Universidad Complutense, vicepresidente de la SEN… Duerme cuatro horas, pero, aun así, ¿hay tiempo para todo?
Soy bastante sistemático y siempre he sabido rodearme de muy buenos colaboradores. Yo no soy nadie, soy mi gente.

Eduardo Martínez Vila relevó a Jorge Matías-Guiu en la presidencia de la SEN en el año 2008


¿Cómo empieza su vinculación con  la SEN?
Los neurólogos nacemos en la SEN; hay gente que todavía no ha hecho la especialidad y que ya es socia. La SEN y la Neurología son casi una, creo que no hay equivalente en otras especialidades. Justo cuando acabé la residencia, ocupé el cargo de secretario del Grupo de Vascular. En esa época, los de este grupo éramos los jóvenes rebeldes de la SEN, queríamos renovar aquello y había una cierta necesidad de cambio generacional. Promovimos varios candidatos a la presidencia de la SEN, pero siempre perdían contra el candidato institucional…
Hasta que decidimos que me presentara yo. He sido el presidente más votado en la historia de la SEN, y el más joven. Mi mensaje electoral fue un poco directo: “Lo vamos a cambiar todo menos el nombre”. El día de las elecciones nevó en Barcelona, fue todo muy discreto (risas). Hicimos una reforma adecuada y fuimos muy respetuosos con lo anterior. Nos abrimos a los socios, incorporamos la defensa de la especialidad y del neurólogo joven, y dimos a la SEN una estructura de servicio. Esto es lo que ha generado una cierta complejidad administrativa, que es lo que ha hecho que me mantenga en la SEN.