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08/06/2014 n188
¿Cuánta comida proporciona un hospital a sus pacientes, cuánta electricidad consume o qué cantidad de residuos genera y adónde van a parar? Solo un gran centro asistencial como el nuevo La Fe de Valencia necesita cerca de 36 millones de kilowatios de energía eléctrica para proporcionar luz a sus instalaciones y equipamientos, y otros 27 millones y medio de la misma unidad de medida en gas para el uso de la calefacción y otros aparatos térmicos. Si se considera que en España existen unos 800 hospitales públicos y privados, en seguida se percibe que se trata de verdaderas fábricas y no solo de grandes salas y pasillos donde se ejerce la Medicina.

Javier Barbado

Las cifras que reflejan la actividad de un hospital más allá de la asistencia no dejan de sorprender a quien se adentra a conocerlas. Todo en un centro sanitario se cuantifica, incluso en un servicio tan cotidiano y visible como puede ser la hostelería. En este caso, por lo general se cede a empresas privadas su gestión, de modo que uno, cuando acude a visitar a un familiar a su clínica o bien debe permanecer ingresado por enfermedad, se encuentra con verdaderos restaurantes especializados en dietas prescritas por los médicos.

El Vall d’Hebron de Barcelona, por ejemplo, moviliza 869.000 platos de comida cada año, y, si centramos la atención en las proporciones diarias, podemos revelar que en el Virgen de la Arrixaca de Murcia se sirven 219.065 menús a lo largo del año para pacientes que cuestan 1.903.455,79 euros y que se componen de desayuno, comida, merienda y cena. Y, para los profesionales, solo comida y cena diarias suponen 33.824 menús anuales por los que se paga a la entidad contratada 514.463,04 euros.

Por todo ello, el lugar de trabajo por antonomasia del profesional sanitario requiere de otros especialistas a menudo menos notorios para los ciudadanos que los sanitarios: los ingenieros y los trabajadores de mantenimiento, quienes deben lidiar con la factura del gas, la electricidad y el agua para conseguir más con menos y preocuparse también por los residuos, que se clasifican de forma distinta en función de cada comunidad autónoma e incluso de cada centro.

Cada uno de los hospitales de España moviliza una cantidad de energía y de residuos que equivaldría a la de muchos hogares juntos. Sin embargo, sería un error comparar las cifras de esas variables en unos y otros porque dependen de su tamaño e incluso de cómo se clasifiquen los recursos y materiales en cada autonomía. De hecho, hasta los menús que se sirven a los pacientes difieren, como es lógico, en función de la empresa que los gestiona aunque preserven una serie de características pensadas para algunos perfiles comunes de los pacientes como, por ejemplo, el que se atribuye al enfermo con diabetes, con celiaquía o con hipertensión arterial.

En todo caso, no está de más explicar los datos a los que ha tenido acceso ‘Revista Médica’ de algunos hospitales muy destacados en el Sistema Nacional de Salud por su competencia clínica y asistencial, pero mucho menos conocidos por sus emisiones energéticas, tratamiento de desperdicios y estrategias de rendimiento eficiente y conservación medioambiental, entre otras facetas que descubrimos aquí.
Los residuos y su transformación

Así, por ejemplo, de los ocho hospitales que componen el Instituto Catalán de la Salud (ICS), el Vall d’Hebrón de Barcelona, debido a su volumen, se desmarca como el que más energía física gasta y más cantidad de basura genera. Ésta última se divide en cuatro niveles conforme a la normativa vigente en Cataluña, que, como se ha advertido, difiere de la de otras comunidades autónomas (en la de Madrid existen siete y en Andalucía, cuatro, por citar dos) que agrupan, a su vez, los cuatro géneros de elementos distinguibles en cualquier hospital, a saber: residuos urbanos “asimilables” y “no asimilables”, biológicos y citostáticos, de acuerdo con la explicación referida a esta publicación por el director de Infraestructuras y Servicios Técnicos del ICS, Ramón Ortiz. Pero, ¿qué se entiende por cada uno de estos materiales de desecho?

En realidad, la división responde al sentido común, ya que los urbanos son aquellos desperdicios que cualquiera produce en su propia casa y por “no asimilable” se entiende aquél que merece un tratamiento aparte por su naturaleza específica como el papel, el plástico o los compuestos orgánicos derivados, en su mayor parte, de las cocinas del centro. En este sentido, según ha subrayado el subdirector de Gestión Gerencia de Atención Integrada de Guadalajara, José Manuel Manzano, “hay que tener en cuenta que, en España, los residuos que van a los vertederos son del orden del 80-90 por ciento, y que en las plantas de reciclaje apenas se pueden recuperar de forma rentable el 4-8 por ciento; el resto debe ir al vertedero y, por lo tanto, el reciclaje es muy bajo”.

En segunda instancia, los elementos que se consideran “peligrosos” incluyen tanto a los restos biológicos como a los derivados, en su mayoría, de tratamientos como los que atañen al cáncer. Para hacernos una idea, en 2013 el Vall d’Hebron produce alrededor de dos millones y medio de kilogramos de desperdicios urbanos y asimilables (niveles segundo y tercero en esta autonomía); 1.453.680 litros de biológicos y otros 388.620 litros de citostáticos. En cuanto al consumo de electricidad, el mayor de los hospitales del ICS gasta 30.231.269 kilowatios de electricidad; 74.712.133 kilowatios de gas y 331.942 metros cúbicos de agua.

Si miramos con lupa esos números y los comparamos –en este caso sí cabe hacerlo– con los de los otros siete centros de Atención Especializada, aparte de la variación evidente en función del tamaño de cada uno descubrimos que uno no muy voluminoso como el Hospital Tortosa Verge de la Cinta produce, sin embargo, una cantidad de citostáticos bastante mayor que la generada por otros más grandes: “La razón es que se trata del referente en tratamientos de Oncología de la zona del Ebro”, resuelve Ortiz. Para ser precisos, 205.127 litros de estos productos no exentos de toxicidad emanan de sus instalaciones frente a los apenas 41.592 litros del mismo material generados en el Arnau de Vilanova de Lleida, que le gana en dimensiones como se ve enseguida al repasar la factura energética de electricidad y de agua de cada uno.
La cogeneración y el vapor de agua también cuentan

En efecto, la luz se revela como un indicador fiable del volumen del hospital, pero también lo puede ser de la habilidad de sus gestores para producir lo mismo con menos, como sucede si se reemplazan los tubos fluorescentes o las bombillas clásicas por otras de bajo consumo o por los led (del inglés light-emitting diode o diodo emisor de luz): “Esa sustitución, si se hace en los espacios amplios como las zonas comunes y de paso, supone un retorno rápido” de energía y dinero, asegura Ortiz. El propio ICS en su conjunto –matiza–, que además de hospitales integra el 75 por ciento de la Atención Primaria catalana, rebajó el 2,44 por ciento como promedio en todos los centros de kilowatios de energía a la hora “sin contar con el modelo de compra energética”, que también ha reportado una considerable contención del gasto a esta institución.

Pero Ortiz afina todavía más en este capítulo de la producción de energía por un hospital y alerta de que, en función de que sea antiguo o moderno, el centro recurre en mayor o menor medida a formas como el vapor, derivada de la cogeneración que se llevaba a cabo antaño y que se traduce en un mayor consumo de gas y menor de electricidad: “El Vall d’Hebron, desde el punto de vista histórico, ha funcionado con ese procedimiento [la cogeneración: proceso por el cual se obtiene de forma simultánea energía eléctrica y térmica], y, por lo tanto, su producción de vapor es muy elevada” como se confirma al echar un ojo, una vez más, a los números: 74.712.133 kilowatios de gas y 30.231.269 kilowatios de electricidad.
La odisea de prescindir del papel

Por otro lado, la atención hospitalaria española se halla inmersa en la aventura de reconvertir el almacenamiento de datos, en especial los de la historia clínica de los enfermos, al formato digital con el consiguiente ahorro en papel, que simplemente desaparece. Claro que ese objetivo todavía está muy lejos de lograrse en su totalidad y es de esperar que, durante varios años, el papel engrose la producción del edificio hospitalario, que a menudo ostenta la condición de referente docente e investigador, no solo asistencial, ámbitos en los que esa materia prima tardará en difuminarse, si es que lo hace, a tenor de los expertos.

En este aspecto, fuentes del Hospital Nuestra Señora de Candelaria de Tenerife, en Canarias, han resaltado, entre las iniciativas del centro, “la reducción del consumo de papel al año mediante la implantación de nuevas tecnologías como la informatización de diferentes procedimientos clínicos y de gestión, así como la concienciación colectiva de sus trabajadores sobre los beneficios ambientales que supone la cultura del reciclaje en el entorno”. De hecho –aseguran– se han reciclado 31,8 toneladas (31.820 kilogramos) de papel durante el año pasado, lo que supone cinco más que las recuperadas en 2012. “Además, en 2013 se recogieron 15.980 kilogramos de cartón, una acción que arrancó por vez primera en 2012 con la recogida de 13.680 kilogramos y que, en tan solo dos ejercicios, ha demostrado el éxito potencial de difundir la cultura del reciclaje”.
El pan nuestro de cada día

No menos relevante resulta el suministro de las comidas que, en una organización sanitaria, adquieren una dificultad adicional: la de adecuarlas a los regímenes especiales que lleva parejo el tratamiento de cada paciente. “Esta cuestión se resuelve de forma directa por medio el sistema de gestión de las cocinas; allí quedan definidos los condicionantes de las dietas”, corrobora Ortiz. En el caso de los hospitales del ICS, el consumo en cantidad de alimentos varía, además, por otra razón: que se incluya o no en el centro la merienda como una cuarta comida diaria.

Si volvemos la mirada a un gran hospital tradicional de la capital, el Clínico San Carlos de Madrid, nos hacemos una idea de lo que se come en un centro como éste: 1.200 barras de pan, 650 piezas de fruta, 350 yogures, 190 litros de leche y 250 raciones de macarrones diarios. En este caso, el personal de hostelería elabora hasta 30 tipos de dietas, entre ellas las llamadas absoluta, absoluta enteral, astringente, basal, basal pediátrica, blanda… o las especiales para diabetes, diálisis, insuficiencia renal, condición hipocalórica, pancreatitis, menú de inicio, tolerancia a líquidos, sin sal, etc.

Por último, una cuestión que, al parecer, no ha calado hondo hasta bien avanzado el tercer milenio se refiere a concebir el hospital como una organización productora de energía que debe mantenerse en el tiempo con el mínimo coste, la máxima eficiencia y la menor contaminación posible al medio ambiente. Este trío de apariencia utópica comienza a resolverse por medio de algunos planes específicos, como los que se han señalado antes. A este respecto, Manzano Robles confirma a ‘Revista Médica’ que “en efecto, no hay expertos en el mundo de la gestión hospitalaria para resolver este asunto. Hay un desconocimiento muy grande debido a que la prioridad es la puramente médica. Pero, a día de hoy y cada vez más (porque no hay otro camino), hay muchas soluciones más eficientes y energéticamente rentables respecto a las convencionales”. “Solo hace falta –incide– voluntad para llevarlas a cabo aunque también requieren inversión y gestión a medio plazo y no a corto”, sentencia.

En todo caso, las prioridades médicas y asistenciales del hospital pasan por “maximizar la seguridad de las instalaciones, el funcionamiento de los equipos electromédicos y el confort de los pacientes”, del mismo modo que “los principales elementos que deben funcionar las 24 horas son la electricidad, el sistema térmico del edificio y los quirófanos”. Pero comienza a ponerse en evidencia que el ahorro energético y el respeto por el entorno no tienen por qué colisionar con el correcto tratamiento del enfermo. No es improbable que suceda lo contrario.