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25/05/2014 n186
El Celador
La placenta
de Diego Costa
Como paso del fútbol, no pienso hablar de la final de la Champions, que ya hemos tenido bastante, pero sí que hablaré de uno de sus protagonistas, porque la historia se las trae. ¿Pues no coge Diego Costa y se va, nada más y nada menos, que a Belgrado para que le echen una pomada a base de placenta de yegua? Yo es que flipo. Vale que no se quisiera perder la final, ¿pero estamos locos? Dudo mucho que un equipo como el Atlético de Madrid no disponga de lo mejorcito de la medicina deportiva para tratar a sus jugadores y, si no hay nada que se pueda hacer, pues ajo y agua.
Que sí, que la esperanza es lo último que se pierde y que hay que intentarlo todo, que jugar una final así no es algo que pase todos los días –de hecho, al Atleti es la segunda vez que le pasa–, pero es que a mí me parece que, por mucho gel de placenta de yegua que uno se unte, el tejido muscular no se regenera así como así. Y si de verdad funciona, ¡quiero tres botes! No va a haber quién me pare en los partiditos de paddle que echo con los colegas.
No soy el único que desconfía de este tratamiento, que conste. He leído en los periódicos que los expertos también dudan de que el remedio funcione. Por ejemplo, el doctor que le salvó la rodilla a Rafa Nadal dice que eso de que se rompa un músculo y se cure a los dos días no existe, ni siquiera en los milagros. Y otro traumatólogo comenta que, bueno, que algo acelera la reparación del músculo dañado, pero que su efectividad solo se ha probado en caballos.
Los hay que dicen que Diego Costa tiene algo de pantera, pero de equino yo no he oído nada… En fin, supongo que había que echar el resto, pero me parece que quienes son considerados modelos a seguir tendrían que tener más cuidado con lo que hacen. Sobre todo cuando se trata de la salud y de tratamientos milagrosos. No deja de sorprenderme que, por contrato, los futbolistas no puedan realizar ciertas actividades consideradas de riesgo, pero que no pase nada si les da por visitar a un curandero… Curioso, ¿no?