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11/05/2014 n184
Julio Ancochea “Soy neumólogo
 por mi espíritu poético”
Sandra Melgarejo
Imagen: Pablo Eguizábal

Asegura que siempre ha sido un soñador y que los soñadores quieren volar alto. Julio Ancochea es, desde 2001, el jefe del Servicio de Neumología del Hospital Universitario de La Princesa, en Madrid, un equipo que funciona como una orquesta y donde se entrelazan “los afectos y los conceptos”. Este gallego de corazón –nacido en Madrid “por una serie de circunstancias”– se mete en todos los fregados (Separ Solidaria, la Universidad Autónoma, Asomega, Inidress, etc.) y cuando se compromete con algo, se compromete “hasta el final”. Amante de la poesía, recita a Mario Benedetti para que quede constancia de que es un hombre de grandes fidelidades: “Compañera, usted sabe que puede contar conmigo no hasta dos ni hasta diez, sino contar conmigo”.
Empezó como MIR en La Princesa y ahora es el jefe del Servicio de Neumología. Lleva toda una vida dedicado a este hospital…
Llegué a La Princesa en 1983; estaba haciendo el servicio militar y había sacado un número estupendo en el MIR. Me incorporé al hospital y me quedé para siempre. Realmente, La Princesa es mi vida: aquí hice la residencia, aquí me enamoré y aquí desarrollé mi vocación como neumólogo. A menudo digo que soy neumólogo militante, creyente y practicante. Soy una persona de grandes fidelidades: el amor a Galicia, a mi pueblo –Puebla de Trives, en Orense–, a todo lo que rodea mi infancia, a mi familia, a mis raíces, a los olores, los colores, los inviernos, el esquí en Manzaneda… La expresión máxima de mi fidelidad, desde el punto de vista profesional, es La Princesa. Fui residente, fui asistente voluntario, saqué el número uno de mi OPE –aquello fue muy duro– y elegí La Princesa,

Con su gran amigo el doctor Antoni Xaubet, tras una conferencia en la Sorbona de París

donde fui director médico (1994-1998), quizás el más joven de España, y me convertí también en uno de los jefes de Servicio más jóvenes.

Este hospital es diferente, tiene una larga y fecunda historia, de más de 160 años, y unas profundas raíces universitarias –está vinculado a la Universidad Autónoma de Madrid desde hace más de cuatro décadas y es el hospital que eligen los alumnos para hacer el MIR–. Eso lo vivimos más los que desarrollamos nuestra carrera profesional aquí; hay una especie de sentimiento de pertenencia, La Princesa te agarra. Es un hospital pequeñito, pero científicamente muy potente. El Instituto de Investigación de La Princesa fue el segundo en acreditarse en Madrid, casi a la par que el de La Paz, y es, posiblemente, el más fecundo en producción científica de calidad con unas líneas de investigación muy consolidadas. En La Princesa nos llevamos bien, somos un equipo, sentimos los colores, y en algún momento hemos tenido la oportunidad de demostrárselo a las autoridades sanitarias y, si me apuras, al mundo.

¿Se refiere al susto que les dio el Gobierno autonómico cuando anunció la conversión de La Princesa en un centro geriátrico?
Aquello fue tremendo. Para algunos de nosotros fue el colmo de la sinrazón. Somos un hospital de tamaño medio situado en el centro de Madrid –el metro cuadrado en el barrio de Salamanca puede adquirir cifras superlativas– y no tenemos Pediatría, Obstetricia ni Ginecología. La Princesa es un hospital muy apetecible y yo, desde que era director médico, sabía que, de alguna manera, somos un hospital frágil, pero tenemos unas raíces muy profundas.

Al día siguiente de la crisis, los movimientos de adhesión generados llegaron a ser emocionantes. Albert Jovell, que en paz descanse y a quien tanto quiero, me reenvió una carta dirigida al consejero de Sanidad en la que mostraba el apoyo a La Princesa de los cientos de miles de pacientes integrantes del Foro Español de Pacientes. Pero eso fue generalizado: el Consejo Asesor de la ministra, el Consejo Asesor del Gobierno de Madrid, las sociedades científicas masivamente, las asociaciones de pacientes, las universidades… Y lo más insospechado fue la reacción de los vecinos del barrio de Salamanca defendiendo su hospital. Pasamos unas semanas tremendas y, después de todos esos sinsabores, hoy vemos aquello como algo emocionante, que nos consolidó. Sirvió para destacar los valores ocultos de este viejo hospital, pero cargado de futuro, que la opinión pública no conocía.
Merengue y celeste
Ancochea se sabe de memoria la alineación del Real Madrid yeyé, aquel que ganó la sexta Copa de Europa, y recita los nombres de los jugadores de carrerilla. Con ocho años estaba interno en los maristas: “Era un mocoso y deseaba salir a los recreos, coger una pelota y jugar al fútbol”. También es del Celta de Vigo “porque los de Orense son del Celta”. “Entonces era el equipo gallego por excelencia; el Deportivo de La Coruña era un equipo ‘ascensor’, no llegaba a nada”, recuerda. Hoy comparte su afición por el Real Madrid con sus hijos Julio y Gonzalo. ¿Y si se enfrentan el Real Madrid y el Celta de Vigo? “Habría que ver la situación de la tabla”, responde entre risas.

En Mestalla, con sus hijos, durante la final de la
Copa del Rey entre el Barça y el Real Madrid


Ancochea es socio compromisario del Real Madrid


También es profesor titular y coordinador del rector para asuntos en Ciencias de la Salud de la Universidad Autónoma de Madrid, donde usted estudió. Nuevamente llegó para quedarse…
Vine de Orense, después de ganar ‘cesta y puntos’ en los maristas para hacer Medicina en la Autónoma, y aquí me quedé. También siento un gran amor por esta universidad.

Volviendo a La Princesa, ¿ha dicho que aquí fue donde se enamoró?
Así es. En aquellos años de juventud, uno tenía una tendencia enamoradiza (risas). Además, no es por presumir, pero en aquella época algunos residentes teníamos mucho éxito con las chicas (risas). Conocí a la que hoy, y desde hace más de 25 años, es mi mujer. Vuelvo a las grandes fidelidades: me enamoré para siempre y tengo dos hijos, Julio y Gonzalo. Ella es enfermera del quirófano de Traumatología y, cuando la conocí, estaba en Reanimación y lo alternaba con Cuidados Intensivos. Muchos días venimos juntos a trabajar.

De hecho, viven por aquí cerca, ¿no?
Sí, es una de las grandes ventajas, venimos caminando. Cojo el coche para ir a la universidad y poco más.

¿Por qué estudio Medicina?
Tengo una foto en la que salgo, con apenas dos años, con un fonendo colgado al cuello. Inicialmente, creo que influyó mi familia: mi abuelo era el médico forense de Puebla de Trives; un hermano de mi madre también era médico; y el tío Julio –por el que yo me llamo así–, que estaba casado con la hermana mayor de mi madre, era médico en Madrid. En mi entorno familiar había mucho médico, pero soy médico por vocación. Desde niño sabía lo que quería ser de mayor; lo que no tenía claro era esto del aire ni de la Neumología, pero ya desde chaval era un médico en potencia, del Real Madrid y del Celta de Vigo. Esas eran las tres cosas que estaban claras.
Poetas ENTRE SUS PACIENTES
El poeta Antonio Hernández es paciente de Julio Ancochea. Su obra Nueva York después de muerto acaba de ser reconocida con el Premio Nacional de Crítica Literaria 2014. Ancochea, a quien está dedicado el libro, considera que es “la mayor expresión de la poesía total contemporánea”. Pero es que también han sido pacientes suyos otros dos premios nacionales de poesía: Félix Grande, ya fallecido, y la mujer de este, Francisca Aguirre, quien escribió el poema En defensa del aire, dedicado a Ancochea.

¿Y por qué se decantó finalmente por la Neumología?
Había varias especialidades que me atraían, pero escogí la Neumología no sé muy bien por qué. Siempre he tenido un espíritu un tanto poético y, quizá por ello, el milagro de la respiración y el intercambio de gases me seducían especialmente. Además, es una especialidad muy clínica en la que tenemos áreas de investigación apasionantes, pero, al mismo tiempo, tenemos técnicas y pruebas que dan respuesta no solo a la Neumología, sino a muchos otros servicios del hospital.

Cuando habla en público se le nota ese deje poético, ¿escribe poesía?
Tengo espíritu poético, pero me produce mucho rubor… He escrito recientemente un poema para las mujeres que padecen linfangioleiomiomatosis (LAM), una enfermedad extraordinariamente rara que afecta a unas 120 mujeres en España.

Ancochea en la cordillera de los Andes; al fondo, el Aconcagua

Son mujeres jóvenes, en edad fértil, que luchan por salir adelante. En las enfermedades raras se investiga poco; en las ultrarraras, nada. A las grandes multinacionales farmacéuticas les interesan las enfermedades altamente prevalentes, pero hasta muy recientemente no hemos conseguido que se despertase el interés por las enfermedades intersticiales del pulmón.En concreto, la LAM exige un compromiso por nuestra parte. El eslogan de la LAM Foundation, que es muy potente en Estados Unidos, es cruel: ‘Mujeres jóvenes que no verán crecer a sus hijos’. Nosotros no podemos permitir esto, tenemos que investigar y que luchar. El poema que escribí se titula LAM tiene nombre de mujer y lo leí hace unas semanas, durante la presentación de un libro sobre la enfermedad en el Palacio de Cibeles, en Madrid. El poema finaliza así: “Aire para respirar/Aire para vivir/Las mujeres con LAM respiran futuro/Porque el futuro también tiene nombre de mujer”. Mi obra poética es muy simple, pero me gusta la poesía.

Leo mucho, me apunto frases, reflexiono sobre ellas, aprendo de los demás… Algunas de esas frases forman parte de mi filosofía de vida. Por ejemplo, Ángel Gabilondo –es muy amigo mío, le admiro y le quiero mucho– tiene un libro que se llama Alguien con quien hablar. Es un libro que se lee muy rápido, pero es muy profundo, y yo lo llevo a mi terreno porque expresa muy bien lo que es la relación médico-paciente. Ángel dice: “El ritmo de la vida, de la respiración, de la sangre habita en cada palabra. Son latidos de la palabra. Brotan en la espera de alguien con quien hablar y, si cabe, con afecto, decirnos”. Esta relación es la base de la Medicina; podemos avanzar en la genómica, en la proteómica, en la traslación, en la biología molecular, en las técnicas de imagen… Pero somos personas que trabajamos por y para las personas, y los pacientes piensan, sienten, lloran, sufren… Igual que yo.

Ha dicho en varias ocasiones que “la Medicina es ciencia, pero también arte y sentimiento”…
En nuestro servicio estamos desarrollando desde hace unos meses un proyecto que se llama ‘Be neumo, be you’, con el que pretendemos profundizar en una Medicina más humana y humanista, recuperar nuestros valores y reflexionar sobre el verdadero significado de las palabras. Hemos escrito un decálogo que incluye el respeto a la vida y a la dignidad de las personas, el rigor y la competencia científica, y la Medicina basada en la evidencia, pero también la Medicina basada en la afectividad, sin renunciar al componente humanista, a la vocación, al espíritu universitario, a la humildad, al trabajo en equipo… Ser médico lleva implícitas la generosidad y la solidaridad con el más necesitado. Efectivamente, la Medicina es ciencia basada en la evidencia, pero también es el arte del ejercicio de nuestra profesión y sentimiento.

Usted ha sido fumador, ¿por qué lo dejó?
Empecé a fumar por tontería, como todos. Éramos tan tontos que pensábamos que ligábamos más, que fumar nos hacía más interesantes, y eso es una estupidez. Empecé a fumar de una manera rutinaria y, probablemente, ni siquiera disfrutaba del cigarrillo. Hace ya 15 años que tomé una de las decisiones más importantes que he tomado en mi vida: dejar de fumar. Hoy lo veo con perspectiva; el fumador es un enfermo crónico que necesita ayuda, de ahí que los neumólogos hayamos desarrollado unidades especializadas de tabaquismo. El tabaquismo es un drama y es, quizá, la gran epidemia del siglo pasado y, todavía, de nuestro siglo. Es un gran negocio y una gran mentira.

Julio Ancochea en su “refugio”: El retiro


La casa familiar de Puebla de Trives (Ourense)

EL RETIRO Y SAN SEBASTIÁN, VISITAS OBLIGADAS
“El Retiro es, a menudo, mi refugio. Desde los Jardines de Cecilio Rodríguez voy a ver al Ángel Caído de Bellver, tras respirar hondo en La Rosaleda. Más tarde, saludo a Pío Baroja en la parte alta de la Cuesta de Moyano”, relata Julio Ancochea. Otro de sus lugares preferidos, más allá de Puebla de Trives (Orense), es San Sebastián, la ciudad favorita de Marga, su mujer. Allí viajan dos veces al año: a finales de febrero,

En San Sebastián, la ciudad favorita de su mujer

para darse un homenaje en la Sidrería Zelaia, junto a sus amigos Mayte y Arturo; y en septiembre, coincidiendo con el festival de cine.

En su opinión, ¿qué habría que hacer con el tabaco?
En primer lugar, tengo que decir que no soy un experto en tabaquismo y que soy un hombre progresista y tolerante. Eso sí, como coordinador de la Estrategia Nacional de EPOC fui uno de los que promovió la actual ley antitabaco, pero no soy de esos médicos que van echando sermones por la calle. Lo fundamental es lo de siempre: la educación para la salud desde la infancia, tanto en el colegio como en el ámbito familiar. La gente tiene que ser consciente de la realidad y de los efectos deletéreos del tabaquismo, así como del impacto económico y de los costes intangibles. ¿Cuánto euros vale una unidad de calidad de vida? ¿Cuántos euros vale que puedas darle tres patadas a un balón cuando juegas con tus hijos o con tus nietos?

Coordina Separ Solidaria, ¿cómo surgió esta iniciativa?
En 2006 tuve el honor de ser elegido presidente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ). Los neumólogos, sobre todo los jóvenes, me apoyaron masivamente porque querían cambiar la sociedad.

En los campamentos de refugiados saharauis de Tinduf, con los rectores y las vicerrectoras de las universidades madrileñas 

Aquello fue emocionante para mí y pude sacar adelante todos los proyectos que había soñado porque tenía la fuerza de los votos. Nos dimos cuenta de que teníamos que llegar a la sociedad; de que los médicos, a veces, son aburridos y utilizan un lenguaje con excesivos tecnicismos; y de que teníamos que abrir las ventanas, dejar entrar el aire e intentar volar. Así nacieron Separ Pacientes y Separ Comunicación, pero me faltaba algo…

Yo era consciente de que una sociedad científica, además de sus fines puramente científicos y profesionales, tiene un compromiso social. Así es como nace Separ Solidaria, que, para los neumólogos, era casi una necesidad, porque la Neumología viene de la tisiología, de la tisis. La tuberculosis es una epidemia de injusticia que siempre ha afectado a los colectivos más desfavorecidos desde el punto de vista social y sanitario: a los pobres de los países pobres y a los pobres de los países ricos, que también los hay.

¿Cuesta implicar a la gente o hay muchos neumólogos solidarios?
Los jóvenes neumólogos, enfermeros y fisioterapeutas tienen profundos valores, son generosos y solidarios, y la iniciativa ha seguido creciendo. Generalmente, son personas que quieren plasmar en hechos sus ideales. Separ Solidaria crece, cada vez hay más gente ilusionada y ahora estamos buscando alianzas. Por ejemplo, con las universidades públicas madrileñas desarrollamos la Alianza Sahara Salud. En este sentido, el recién creado Instituto de Innovación y Desarrollo de la Responsabilidad Social Sociosanitaria (Inidress) va a tener mucho que decir, porque es un reflejo de lo que se puede hacer trabajando en red. Hay un proverbio zen que dice “nosotros somos mejores que tú o que yo”, e Inidress [del que es coordinador de Cooperación Institucional] ya agrupa a más de 40 instituciones públicas y privadas. Queremos desarrollar proyectos que parecen imposibles, pero que no lo son.

Al principio ha hablado de su amor por Galicia. ¿Es por eso por lo que también es vicepresidente de la Asociación de Médicos Gallegos (Asomega)?
Los médicos gallegos compartimos muchas cosas: proyectos, ilusiones, la pasión por la palabra –nos gusta hablar de nuestra tierra y de nuestras raíces– y el amor a Galicia. Me siento muy gallego, aunque nací en Madrid por una serie de circunstancias, pero toda mi infancia estuvo ligada a Puebla de Trives y eso ha marcado mi vida. Y esto de la morriña debe de ser verdad, porque cuando un gallego está fuera de Galicia se siente más gallego. No puedo pasar ni un fin de semana sin saber a qué hora juega el Celta ni contra quién, y me compro de vez en cuando La Voz de Galicia.

Asomega está atravesando un momento económico difícil y tenemos que recuperar nuestra identidad, pero, además de peso político sanitario, tiene lo más importante: el sentimiento de ‘galeguidad’ de los médicos de la diáspora. Uno de los sueños es hacer una red de aulas Asomega por el mundo, porque hay médicos gallegos por todo el mundo, sobre todo en Latinoamérica. La asociación tiene mucho potencial y, después de este paréntesis en el que todo es más difícil como consecuencia de la situación económica, se oirá hablar mucho de Asomega.