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27/04/2014 n182

José Antonio Otero ha sido reelegido
presidente del Colegio de Médicos de
Valladolid, puesto que ocupa desde
junio de 2010, siendo el primer médico
de Atención Primaria en ostentar el
cargo en la institución pucelana. Este
asturiano nacido en Cangas de Narcea
ha abierto a ‘Revista Médica’ las
puertas de su consulta en el Centro de
Salud Gamazo para compartir con los
lectores sus inicios, sus recuerdos y sus
referentes en el mundo de la Medicina.
Elsa García / Imagen: Pablo Eguizábal

Nos gustaría conocer más al hombre que hay detrás de la bata. ¿Cómo es su día a día?
Mis días empiezan temprano. Llego al centro de salud a eso de las ocho de la mañana y suelo atender pacientes hasta la una y media o las dos, además de venir aquí los jueves por la tarde y sin contar que siempre hay alguna visita a domicilio que hacer. Procuro comer en casa todos los días, y todas las tardes me paso después por el Colegio de Médicos hasta las siete o las ocho. Es un día muy normal y procuro sacar tiempo para dar un paseo después de cenar.
¿Recuerda qué le llevo a elegir la Medicina como profesión?
Otero, en la de toma posesión como presidente del Colegio en 2010
No recuerdo haber querido ser otra cosa que no fuese médico. Nunca he querido ser otra cosa ni me planteé hacer algo que no fuese Medicina. En mi casa no hay antecedentes de gente que se dedicase a ello, ni en la familia materna ni en la paterna; así que al pensar en el porqué de esto entiendo que puede deberse a que había dos personas a las que yo admiraba como personas, además del trabajo que desempeñaban. Uno de ellos era el médico de mi pueblo, Celestino Sol, que falleció hace ya muchos años. Era el médico de cabecera de la familia y muy amigo de mi padre.

Además, había un cirujano en Madrid que solía pasar los veranos en mi pueblo, el Dr. Barreiro, una eminencia en su campo, ya fallecido también, que era amigo de la familia. Iba mucho a la sastrería que regentaba mi padre, a pasar allí el rato. Yo sentía una gran admiración por el trabajo que suponía que hacían ambos.
Si nos remontamos a sus años de carrera, ¿recuerda alguna asignatura ‘hueso’ o era un alumno ejemplar?
Todas y ninguna (ríe). No fui un estudiante excepcional, tuve algunas notas buenas, pero no tenía asignaturas que odiase o que se me atragantasen.
Ha mencionado a un médico rural que le marcó a la hora de elegir su profesión. ¿Cómo ha cambiado esa Medicina de pueblo desde que usted era interno hasta la atención hospitalaria de hoy día?
Han cambiado muchas cosas, pero creo que lo sustancial se mantiene. La relación de los médicos con sus pacientes sigue siendo fuerte. Creo que eso no ha cambiado mucho, a pesar de que se pueda decir que los médicos estamos muy desprestigiados… No opino que lo estemos.

Los pacientes siguen teniendo confianza en nosotros al igual que se tenía en aquellos años en los médicos de cabecera y en los médicos de los hospitales, que entonces eran casi dioses. Ahora no es tanto así, pero la relación de confianza entre los médicos y los pacientes de antes y los de ahora es muy similar.
Usted es asturiano, pero jamás ha ejercido allí como médico. ¿Le hubiera gustado ser el médico del pueblo donde nació, en vez de desenvolverse más en el ámbito de los centros sanitarios urbanos?
Es casi lo mismo. He ejercido medicina rural en la provincia de Segovia, pero es cierto que en Asturias nunca trabajé. Puedes preguntarte: ¿cómo siendo de allí y tendiendo Facultad de Medicina en Asturias acabé estudiando en Valladolid?
José Antonio Otero junto al consejero de Sanidad Antonio María Sáez Aguado
Fue gracias a mi hermano mayor; sin él, probablemente no habría podido estudiar Medicina. Mi pueblo está a 100 kilómetros de Oviedo, lo que me habría obligado a trasladarme fuera igualmente. Sin embargo, mi hermano, que ya vivía en Valladolid, tiró de mí para que hiciera aquí la carrera.

Una vez terminada mi época de estudiante, estuve trabajando en pueblos de Segovia. En el que más tiempo estuve fue en Carbonero el Mayor. Pero luego, al llegar a Valladolid, comprobé que esto se asemeja mucho a un pueblo, porque llevo atendiendo a los 1.500 o 1.700 pacientes que tengo desde hace más de 15 años y eso nos permite tener un conocimiento mutuo muy importante. Nos tratamos en la consulta, nos vemos en la calle, tienen mi teléfono móvil y hemos establecido, a fin de cuentas, una relación que es similar a la que mantiene un médico rural en cualquier pueblo con sus pacientes.
¿Echa de menos su tierra?
Uno siempre es esclavo de donde nace y, sobre todo, cuando tienes la suerte de nacer en una tierra tan bonita y con tan buena gente como los asturianos –aunque los castellanos también son buena gente–.Voy muy a menudo, como una vez al mes, porque mi madre sigue viviendo allí, pero no lo echo de menos. Desde luego que me gusta ir, pero mi vida y mi familia están aquí.
A lo largo de estos años ejerciendo la Medicina, ¿hay alguna anécdota que se le haya quedado grabada en la memoria?
El presidente de los médicos de Valladolid en una rueda de prensa celebrada en la sede colegial
Hay curiosidades que me hicieron reír en ocasiones con pacientes y enfermeras, pero no recuerdo ninguna en concreto… Además, soy malísimo contando chistes e historias (ríe). Hubo una relacionada con un paciente transexual con el que hubo un malentendido divertido; el paciente tenía sentido del humor y yo hice el ridículo de una manera espantosa. Aún hoy nos acordamos, porque sigue siendo mi paciente, y nos hace gracia.

En una consulta como esta pasan 30 personas cada día y la mayor parte tienen historias de dificultad, de molestias y de enfermedad, pero intentamos sacar algún rato para los momentos relajados y divertidos.
¿Qué considera lo más gratificante de su trabajo?
Me gusta muchísimo esta profesión, pero no hay día que no reniegue de ella. Hoy mismo, por ejemplo, un inconveniente informático hace que la atención que prestamos ya no sea correcta y eso me cabrea. En otras ocasiones te enfadas simplemente porque es uno de esos días en los que sales de la consulta pensando “pobre hombre, le he dado una mala noticia”, “qué mal está llevando esta enfermedad tal o cual persona” o “qué triste he visto hoy a Fulanita porque tiene tal disgusto familiar”. Ese tipo de cosas hace que cada día me vaya de aquí diciendo “maldita profesión”. Pero me gusta, y creo que es la carrera más vocacional que existe, sacerdocio aparte. Es una profesión en la que si no tienes vocación, no te levantas al día siguiente para volver.
Ha sido reelegido presidente del Colegio de Médicos de Valladolid, ¿qué le aporta este puesto para querer seguir en él?
Creo que todas las personas tenemos una responsabilidad, que todos deberíamos hacer algo más por los demás. Unos lo hacen colaborando con organizaciones no gubernamentales, otros en diferentes asociaciones, otros con hobbies o participando en una asociación vecinal.  Creo firmemente que una persona no tiene que limitarse a hacer bien su trabajo.

José Antonio Otero ha recibido a ‘Revista Médica’ en el Centro de Salud Gamazo
Había un político en España, ya fallecido, que decía que tenía vocación de servicio. Muchos tenemos la misma vocación y nos divierte hacer cosas en beneficio de nuestra profesión, de nuestros colegas y de los ciudadanos, siempre y cuando la gente quiera que lo hagamos.

Es simplemente por eso, porque esto ni se cobra ni te cuesta dinero; sólo faltaba, ¿no? (ríe). Pero exige trabajo, tiempo y, lo más importante, responsabilidad. Cualquier comentario que vayas a hacer, te lo tienes que pensar dos veces porque estás representando a 3.000 médicos, cada uno de su padre y de su madre. A mí personalmente y a todos los que estamos en la Junta Directiva es lo que más nos preocupa: el hecho de tener que contar hasta diez siempre que hacemos algo o damos a conocer algo a los medios de comunicación.
Ha mencionado a dos personas que le influyeron mucho a la hora de decidir qué carrera seguir, ¿cuáles fueron los referentes en los que se fijó cuando empezó a ejercer?
Aunque no fuese médico, mi padre ha sido fundamental en mi formación, en mi manera de ver las cosas y en la escala de valores que tengo. Él me inculcó la honradez, la honestidad… En fin, cosas que procuro tener muy presentes siempre.

Luego, a lo largo de mi trayectoria profesional, me he encontrado médicos a los que uno llama maestros. Por ejemplo, el Dr. José María Manso, de Valladolid y fallecido hace un par de años, era un médico por el que yo sentía una gran admiración y muchísimo respeto. Era un médico excepcional desde el punto de vista clínico y más excepcional todavía desde el punto de vista humano.

En el área quirúrgica, recuerdo que estuve con un interno varios años, el Dr. Ramos Seisdedos, que para mí fue un ejemplo a seguir por su seriedad, su rigor y su manera de enfocar las cosas.

Hay otros tantos, y muchos de ellos no son catedráticos ni jefes de servicio, sino compañeros de los que he aprendido muchísimo. En este mismo centro de salud aprendo algo nuevo cada día de algún compañero.