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02/03/2014 n174
Córdoba adoptó a este sevillano desde que acabó Medicina. En Cerro Muriano comenzó las milicias universitarias y tres años más tarde ya recorría Posadas con una infatigable vespino. La pielonefritis de su madre activó una vocación médica que ahora acentúa practicando “la medicina de la afectividad” en una residencia de ancianos. Serafín Romero, secretario general de la Organización Médica Colegial, revela a ‘Revista Médica’ que un protagonista del sector le ha marcado de forma especial
María Márquez

Imagen:
Pablo Eguizábal
Los inicios de su trayectoria colegial han ido de la mano de su amigo el senador Jesús Aguirre…
La idea de dar el paso al ámbito de los colegios profesionales fue de Jesús, algo que en su momento nos pareció descabellado. En aquella época vivíamos alejados de este ámbito, no le veíamos gran utilidad. Jesús, que es una persona muy valiente, tiene algunas frases que le caracterizan como “no nos quejemos de las cosas, intentemos cambiarlas”. Este fue el lema que nos transmitió. Cuando dimos el paso y ganamos, pensamos: “y ahora qué”. Casi ni sabíamos dónde estaba el cuarto de baño del Colegio de Córdoba.

¿Eran todos amigos?
Nos conocíamos a nivel profesional. No sé cómo lo hizo Jesús, pero lo cierto es que esa directiva colegial de 2001 ha dado sus frutos, muchos hemos sido después presidentes de la corporación.

En su etapa de presidente del Colegio de Médicos de Córdoba, con la delegada de Salud, Isabel Baena



¿Cómo le convenció Aguirre siendo usted ‘anticolegial’?
Lo de ‘anticolegial’ me gustaría que se quedase entre comillas, nunca lo he sido, pero sí entendía que el colegio no tenía mucha operatividad. Lo decidí por amistad, pero cuando me propuso ser secretario general, ya me parecieron palabras mayores. Una cosa era ir de vocal de Atención Primaria y otra era ir de secretario. Nuestras esposas nos recalcaron que si nos metíamos en el mundo colegial, antepusiésemos la amistad por encima de todo.

¿Cómo fue ese primer día en el Colegio de Córdoba?
Recopilamos programas de otros colegios, y Jesús bebió bastante de la primera candidatura de Juliana Fariña en Madrid. Aquel día fue de gran sensación de responsabilidad al verme sentado en el despacho.

¿Y abandonó la consulta?
Cuando entramos al colegio, no dejamos de ejercer como médicos. A Jesús Aguirre se le facilitó una liberación, pero yo he ejercido hasta que me presenté a presidente en Córdoba. Soy médico de familia, con un cupo asignado, pero entendí que las circunstancias que tenía en ese momento no me permitían hacer bien mi trabajo. Por eso empecé a ser urgenciólogo, médico de dispositivo de urgencia, aunque me supuso algo difícil, decirle “adiós” a mi cupo. Escribí una nota diciendo que era temporal, aunque finalmente se ha alargado más de lo que pensaba.

¿Lo echa de menos?
No lo echo tan de menos porque sigo trabajando dos días por semana. He llegado a un acuerdo, con una ligera reducción de sueldo, y me han asignado una residencia de ancianos, que me hace descubrir una nueva faceta, con connotaciones muy gratificantes y de mucho compromiso profesional.
Un médico rural que iba en una Vespino a ver pacientes


¿Desde cuándo está en la residencia?
Justo ahora cumplo un año.

¿Qué ha aprendido de esta experiencia?
El médico de familia atiende a las personas desde que nacen hasta que se mueren, ese es el valor. Me acuerdo cuando pregunté a una chica embarazada si estaba vacunada de la rubeola y me dijo: “sí, me vacunó usted en el colegio”. También he tenido la suerte de conocer a familias de hasta cuatro generaciones. La diferencia estriba en que ahora solo atendemos a pacientes mayores que, principalmente, tienen una discapacidad importante, y lo que es más trágico, la enfermedad que les domina es la soledad, por eso están allí. Son enfermos pluripatológicos y polimedicados. Ejercemos la medicina de la afectividad, que forma parte del quehacer del médico de familia y de cualquier médico, y que aquí es quizás más llamativa.

¿Ha redescubierto ese aspecto de la relación humana?
Más que redescubrir, se ha acentuado un poco esa faceta de la Medicina, en la que prima la afectividad por encima de los fármacos. Las principales causas de consulta son el miedo y la soledad. Hicimos un estudio reciente en Posadas porque parece que, en comparación con otros municipios, destaca por la elevada frecuentación. Cuando preguntamos a los pacientes, ellos admitían que el principal motivo de consulta era la soledad.

‘Desestrés’ en la ciudad
Llegando a la cuarentena, Romero decidió que el ‘futbito’ se acababa para él y que paseando y “viendo pasar el tiempo” en Córdoba podría olvidar el estrés igual o mejor que pateando un balón. Su amigo Jesús Aguirre no le convence para el ‘paddle’, pero sí para los ‘peroles’ y demás eventos de ‘los pichurriquis’, una de peña de amigos.
¿Cuál es su labor en la residencia?
La actuación se hace desde el ámbito público. La residencia se llama ‘El mirador’. Se tuvo conocimiento de una gran demanda médica, especialmente de urgencias. Los pacientes estaban adscritos a un solo médico y generaba una carga importante de trabajo. Desde que acudimos allí se han conseguido cosas importantes: el propio personal de la residencia se ha integrado en la actividad de la unidad, y se intenta disminuir la polimedicación.

En la etapa anterior como APD, ¿siempre ha trabajado en Posadas?
Desde 1983.

¿Recuerda algún momento especial con los pacientes?
Tuve suerte de escoger este pueblo, y posiblemente me ha dado más el pueblo a mí que yo a ellos. Guardo muchas anécdotas, entre las más simpáticas, que alguien le ponga mi nombre a su hijo porque he atendido el parto. Y entre las más terribles, la muerte de un joven por leucemia. Yo me quedaría con la vida y con la muerte, en ambos procesos es muy importante que esté un médico, ayudando a nacer y a morir.

¿Por qué eligió Posadas?
Me presenté a la oposición de Atención Pública Domiciliaria (APD). Uno escogía según el número. Yo tuve la suerte de que además escogí algo que había priorizado. He tenido suerte.

¿Conocía el pueblo antes de ir a trabajar?
No.

En 2009 toma posesión como secretario general de la Organización Médica Colegial



Porque usted es de…
Soy de Sevilla. Hasta los 26 años soy sevillano, y a partir de esa edad soy cordobés. Algunos dicen que aún se me nota el acento sevillano, que no lo he perdido. Y soy del Sevilla y de Triana, pero sin pasiones. Pero también ejerzo de cordobés. Mis hijos han nacido en Córdoba y mi vida profesional se ha desarrollado allí.

Así que no tenía ninguna referencia de Posadas…
Uno ponía en una lista los pueblos en base a varios criterios. Por ejemplo, que no estuvieras solo, que hubiese buenas comunicaciones… Posadas es un pueblo que está a 30 kilómetros de Córdoba, en la vega del Guadalquivir, tiene una parada de tren. También se miraba el número de cartillas, porque en base a eso cobrabas. Pero yo esencialmente prioricé que hubiera otro compañero y que estuviese cerca de mi casa.

¿Iba y venía desde Sevilla?
No, ya me quedé a vivir, porque el horario era de ‘veinticuatro horas por siete días’. Nos poníamos de acuerdo entre compañeros para hacer las guardias los domingos. En aquella época había bastante autogestión, más autonomía que ahora y no significaba que diésemos peores resultados. Por otro lado, el punto de urgencias de los vecinos era la casa del médico. Si no estabas en casa, llenabas la puerta de cartelitos avisando de dónde estabas. Siempre tenía una moto en la puerta de mi casa preparada con mi maletín.

¿Qué moto era?
Una vespino.

Junto con otros compañeros, ha liderado la creación del Foro de Médicos de Atención Primaria



¿Ese cambio de Sevilla a Posadas cómo lo vivió?
No fue dramático ni excesivamente incómodo porque estaba deseando encontrar trabajo. En los años ochenta había 1.800 plazas MIR para 20.000 aspirantes, en mi promoción de Sevilla éramos 1.200 personas y salimos 500, con lo que aprobar el MIR era una tarea imposible. Además, en aquella época teníamos que hacer la ‘mili’ y era difícil estudiar el examen. Me presenté dos veces, lo suspendí, y entonces llegó la oposición de APD. No me preocupé por lo urbano o lo rural, sino por trabajar ya, y trabajar a los 26 años con una plaza propia fue toda una ilusión. Deseaba independizarme.

¿Conoció a su mujer en Posadas?
No, en la facultad. Ella es médico también.

¿La ‘mili’ le obligó a dejar la carrera en algún momento?
Fui pidiendo prórrogas para esquivarla. Siempre me tocaba ‘marina’, que eran dieciocho meses, por lo que recién acabada la carrera me presenté a las milicias universitarias. Dejo el último libro un 29 de junio y el 1 de julio ya dormía en Cerro Muriano, a las diez de la noche, cuando había estado estudiando hasta las seis de la mañana el día anterior. Un cambio brusco, me quedé sin pelo prácticamente.

Cerro Muriano…
Es un centro de reclutamiento que está en Córdoba. Mira por dónde empieza mi relación con Córdoba, un verano del ochenta. Yo le digo a mis hijos que hice ‘el erasmus’ en Cerro Muriano.
La 'mili' y el huevo frito de su madre


¿Cuántos meses tuvo que estar allí?
Primero, tres meses de campamento en Cerro Muriano. Como era médico, entré por la rama sanitaria y estuve otros tres meses en Madrid, en el Hospital Gómez Ulla, donde hacíamos una preparación para oficial en el ámbito sanitario. Los meses de práctica los hice en Sevilla en un cuartel que ya no existe, en el grupo de artillería antiaérea, también como médico.

Así que en total…
Un año de mili.

¿Cómo recuerda la experiencia? Al menos le dejaron ejercer de médico…
Me acuerdo de lo positivo, que era entablar relaciones con compañeros de otros lugares del país. No tengo malos recuerdos. Si tengo que decir algo, es que solo me sirvió para poner en valor el huevo frito que me hacía mi madre por la noche, para valorar a tu familia, a tu madre, y el tenerlo todo hecho. Un huevo frito del que pudiese salir la yema…

Ha comentado que se presentó al MIR dos veces…
La primera en Madrid, haciendo milicias.

La ministra de Sanidad Ana Mato sonríe ante el relato de Serafín Romero



Si hubiese aprobado, ¿qué hubiese elegido?
Medicina Interna. Yo quería ser médico de hospital, como la mayoría de mis compañeros. Por entonces, la Medicina de Familia se quedaba para las últimas plazas. Si cuando empecé a estudiar alguien me dice que voy a desarrollar mi vida profesional en un pueblo, quizás no hubiese hecho Medicina. Lo hubiese rechazado por desconocimiento, todos visualizábamos la Medicina como hospitalaria.

¿Por prestigio?
Prestigio, desconocimiento… Te enseñaban excesivamente para la Medicina hospitalaria, y creo que esto sigue ocurriendo. Está costando un trabajo enorme que la Medicina de Primaria, de ‘trinchera’, se valore. Esa es la esencia de la troncalidad, ver la Medicina de forma integral para luego elegir el camino.

Y si tuviese que elegir ahora mismo entre una especialidad de hospital o la medicina rural, me quedaría con esta última.

¿Por qué Medicina Interna?
Es un poco la Medicina de Familia del hospital, es la integradora en un hospital. Estoy haciendo de internista del 90 por ciento de las demandas de la población, que es la Medicina de Familia.

Dirigiéndose en 2010 a Trinidad Jiménez, entonces ministra de Sanidad, en el II Congreso de la Profesión Médica



¿Le defraudó en algo la carrera?
La veo como en dos partes. Los primeros tres años, fue mi despertar a la vida política y social. Entré en 1974, un año antes de que muriese Franco. Era prácticamente imposible que hubiese clase un día, cuando no apoyábamos a los mineros, estábamos con la gente del puerto de Sevilla…

¿Se vivía esto de forma especial en la Facultad de Medicina?
En todas las facultades, en toda España.

Lo que eché en falta en la carrera fue la práctica con pacientes. Me acuerdo en tercer curso, en la planta séptima del Hospital Universitario de Sevilla, cuando alguien dijo: “hay un hígado de ocho traveses de dedo en el 721”, e íbamos diez a tocar el hígado, hasta que el paciente nos dijo: “por favor, hoy me duele mucho”. La carrera estaba muy masificada.

Pudo ser alcalde con varios partidos
Gracias a su prestigio como médico en Posadas, un pueblo de Córdoba, los diferentes partidos políticos allí representados pensaron en él y le ofrecieron encabezar sus listas electorales para ser alcalde. Romero admira la labor que hacen estos gestores locales, pero prefirió seguir centrado en sus pacientes.
¿Hasta qué punto le influyó ese despertar político?
Participé, pero no he estado nunca en vanguardia política. Fue un despertar y empezar a darme cuenta de qué iba. Otros compañeros de mi promoción sí eran referentes. Yo era uno más. En el ámbito político no he estado nunca, y eso que ya de médico rural me han invitado desde todos los signos políticos para dar el paso a la política municipal, pero entendí que un médico no debe estar en ese debate, porque hacerlo bien de médico no significa que lo hagas bien de político.

¿Por qué decidió estudiar Medicina?
Eso es algo que tengo que agradecerle a mi madre. En mi familia no hay ningún médico y yo no tenía vocación. Se me daban bien las ciencias, pero las letras también me gustaban. En sexto de bachiller, sin saber a qué me iba a dedicar, enferma mi madre de pielonefritis con riesgo importante para su vida, por lo que ingresa casi un mes en el hospital. En ese momento se despertó algo en mí: ver a los médicos cómo se preocupaban, ver cómo salía adelante mi madre… Entonces decidí hacer Medicina, y curiosamente en COU había una optativa de ‘Introducción a la Medicina’, en la que tuve la suerte de encontrar a un médico que me afianzó más mi vocación, y que es el actual vocal de médicos jubilados del Colegio de Sevilla.

Ahora, mi hija está haciendo la residencia de Familia.

Pero no se arrepintió de la decisión…
Para nada. La Medicina, después de seis años de estudio y treinta de ejercicio, solo me ha dado satisfacciones.

Ni cuando estaba dubitativo pensó en otra carrera…
No. Ni entre que acabé de estudiar y me puse trabajar, el peor de los momentos, lo dudé.

Y en los últimos 13 años su experiencia se enriquece con la etapa colegial. ¿Qué balance hace?
Es una etapa muy enriquecedora en lo profesional, pero esencialmente en lo personal. Uno se enriquece del conocimiento de las macroestructuras y de las dificultades que conllevan, y a veces te llevas alguna desilusión porque la política está por encima de la profesión. Ahora con el Foro de la Profesión Médica estamos intentando informar y airear los problemas. En lo personal, he tenido la suerte de ‘estar a hombros de gigantes’, con la suerte de que mi amigo [Jesús Aguirre] era todo un referente en Córdoba; estoy ahora con Juan José Rodríguez Sendín, que era un gurú para nosotros, alguien de referencia en la Atención Primaria. He aprendido mucho de ellos y de los miembros de la Permanente. Si uno ‘abre las orejas’, aprende mucho. Es una suerte convivir en el día a día con personas que tienen tanta competencia profesional, tanta visión y liderazgo. Me considero un buen alumno porque intento sacar lo máximo posible de los que me rodean.
Albert Jovell, quien más le ha marcado


De este trabajo en el ámbito nacional, ¿con qué se queda?
Yo tuve la suerte, o la mala suerte, de entrar en el Colegio de Médicos de Córdoba cuando se iniciaba el debate de la colegiación. Un diciembre ‘desayunamos’ con una Ley de Acompañamiento que ya no exigía la colegiación. En enero, pensamos que se nos caía el mundo, y que supondría una sangría de médicos, pero la cosa no fue para tanto. Desde 2001 llevamos esta tarea. Esta es una etapa que ha marcado, sobre todo, al que ha estado en el ámbito andaluz. Y parece que voy ‘arrastrando’ el problema, porque cuando parecía solucionado, llego al Consejo General de Médicos y vuelve el problema. Hay un hecho definitivo que es la sentencia del Tribunal Constitucional, que marca este tema. Es importante también el acuerdo al que hemos llegado ahora con el ministerio.

¿Le ha impactado alguien a quien ha conocido?
Podría poner muchos ejemplos: Jesús Aguirre, el presidente del Consejo General de Médicos… Pero si tengo que dar un nombre de quien me haya marcado en esta etapa a nivel profesional y también personal, ese ha sido Albert Jovell. Poder estar con él, hablar con él, conocer su visión de la Medicina, la visión horizontal, como decía él, desde el punto de vista del enfermo.

¿Su familia cómo ha llevado esta entrega al mundo colegial?
Solo puedes estar satisfecho cuando tienes una familia como la que yo tengo. Mi mujer siempre ha entendido que yo me tenía que mover en otros ámbitos, y siempre me ha apoyado. Cuando decido venir a Madrid, me apoyaron. Pero también tengo un débito, y es que mis hijos han crecido demasiado rápido, y no solamente desde que estoy en el ámbito colegial, también cuando trabajaba de APD, muchas horas, cuando ellos eran pequeños. Afortunadamente, tengo una familia que vive en sintonía, y diría que es feliz, y eso me ayuda a descansar bien por las noches. Esto es fundamental, porque todo lo demás es temporal.

¿Ve cercano el final de su etapa colegial?
Aspiro a seguir haciendo lo que estoy haciendo, estoy encantado de tener la suerte de poder estar aquí, pero también estaba encantado siendo secretario del Colegio de Córdoba. Este año hay elecciones, y me gustaría seguir participando en el mundo de los colegios.

En su despacho de la Organización Médica Colegial, en Madrid



¿Le gustaría seguir como secretario?
Esa es mi labor.

No le ha ‘quemado’ el cargo…
Estoy encantado. Tiene ventajas, porque tengo información y a la vez trabajo con el personal de los colegios. Y en esta casa que es el Consejo General de Médicos hay personal muy cualificado que trabaja por áreas, mucho de lo que somos capaces de sacar a la luz es gracias a su trabajo. Cuando entré aquí, hace ya cinco años en julio, me propuse impulsar el ámbito de la Secretaría.

¿Qué reto le gustaría dejar cumplido cuando se vaya del Consejo General?
Tengo la suerte de que cuando se acabe esta etapa colegial, volveré con mi cupo, del que me he distanciado hace ya mucho tiempo.

Pero de los asuntos que lleva ahora, no se ‘perdonaría’ dejar pendiente…
Recuperar a un compañero para trabajar a través del Programa de Atención Integral al Médico Enfermo (Paime) ha sido una gran satisfacción. Por otro lado, me disgustaría irme sin haber completado la idea de que este Consejo General es la suma de todos, y de que no creamos que yendo cada uno por su lado se puede ser más fuerte o más importante. Quiero conseguir que se entienda que vamos ‘todos a una’.

¿Cree que los colegios no lo tienen claro?
Se tiene claro, hemos dado pasos, pero hay que consolidarlos. Este Consejo General ha sido fuerte cuando hemos ido todos de la mano.

¿Verá cumplido el Pacto político por la Sanidad?
Los que peinamos canas ya sabemos que este tipo de pactos se cumplen hasta donde se cumplen, nunca acaban siendo del cien por cien. Me iría con un mal sabor de boca del Consejo General si no hubiese sido capaz de explicarle a los políticos que la sanidad tiene que quedarse fuera del debate político.