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19/01/2014 n168
Guillermo Sierra:
“Los médicos
lloramos mucho
y nos movemos poco”
El traumatólogo y expresidente de la Organización Médica Colegial (OMC) recuerda con nombres y apellidos a cada uno de los médicos que le han marcado desde su niñez en Santander. Uno destaca sobre todos: su profesor de Patología Quirúrgica en Valladolid, Hipólito Durán. Con él aterrizó en el Madrid de los 70 y descubrió su faceta colegial, que cambiaría su vida. Sierra repasa con ‘Revista Médica’ alegrías y decepciones como protagonista de diversos momentos clave para la profesión.
María Márquez

Imagen:
Miguel Ángel Escobar
¿Recuerda de forma especial algún momento de la infancia en Santander?
Es la mejor época de la vida de una persona. En mi familia había paz y tranquilidad, era un ambiente agradable. Tenía muchos amigos en Santander, allí estudié en los Escolapios. En el pueblo, Arredondo, veraneábamos, y era un verano muy largo. En noviembre teníamos la matanza, que era un espectáculo, más aún cuando eres un niño.

¿Qué tal era como estudiante?
Me iba bien, aprobaba todo en junio (risas). Me gustaba el deporte, jugaba al fútbol y al baloncesto.

¿Tenía claro que estudiaría Medicina?
No. Mis mejores notas eran en matemáticas, y me pusieron la etiqueta de ingeniero. En sexto de bachiller fui unos días a la casa de un médico amigo de mis padres, Jesús Hermoso. Tenía por entonces 16 años. Iba con él a su consulta de médico en Escalante. Allí vi la problemática de la gente, y empezó a gustarme. A lo mejor si hubiera ido a un despacho de ingenieros o arquitectos, también me hubiera gustado, pero coincidió así. Esta experiencia despertó en mí la curiosidad.

Con la ministra Ana Pastor, de la que destaca el consenso que alcanzó con la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias



¿Su padre quería que fuese médico?
No, fue su amigo el que lo propuso. Me gustó el ejercicio de la medicina en un ambiente rural.

¿Qué es lo que más le impresionó?
En esas consultas veía sobre todo el contacto humano, la problemática de las familias… Además, a mi casa venía mucho otro médico, don José de la Torre, que era como de la familia. Más tarde me fui a Valladolid, a la universidad, y me encontré con un claustro de profesores extraordinario. Desde Anatomía con don Pedro Gómez Bosque, a Fisiología, Medicina Interna, Ramón Velasco en Patología General… Por aquella época, de 1964 a 1970, era insuperable. Con el catedrático de Cirugía, de Patología Quirúrgica, tuve un ‘flechazo profesional’. Hipólito Durán explicaba un tema y te enganchaba. Le copiaba todo: cómo se miraba las manos, cómo se ponía la bata… Estuve de interno con él, y cuando se vino a Madrid, le acompañamos un grupo de recién licenciados.

¿Cómo era Valladolid en esos años 60?
No era una gran ciudad, sino más bien pueblerina, pero tenía un gran ambiente universitario. Y tenía una ventaja: la condición de universal. Allí nos juntábamos gente de todos los lugares de España. Fue un gran enriquecimiento cultural, conocías la gastronomía de cada sitio… Eso nos enriquecía mucho.

Junto a Fernando Lamata, secretario general de Sanidad en la primera etapa de Elena Salgado



¿Alguna curiosidad de aquella etapa de aprendizaje en el hospital universitario?
La primera vez que entré en un quirófano, me acuerdo que había dos mesas de mármol. En una estaban operando una vesícula, y en la mesa de al lado, Durán operaba un estómago. Ver operar a este catedrático era una maravilla. Todavía vive, gracias a Dios. Tenía además unas cualidades humanas increíbles, de cariño al enfermo. Pasábamos visita a los pacientes los sábados y domingos en el Hospital Clínico de Madrid. Allí tuve otro jefe de un carisma personal enorme, Luis Ferrández.

¿Cuándo se decidió por la Traumatología?
En el Hospital Clínico. Hipólito Durán operaba todo, por entonces había Cirugía General, pero empezaban ya a surgir las especialidades. La Traumatología empezó a tener más cuerpo gracias a Pepe Palacios, quien empezó a hacer los ‘fines de semana traumatológicos’. También influyó que de crío me gustase mucho el bricolaje… Al entrar en la universidad sabía que iba a hacer Cirugía.

¿Por qué?
Porque era más resolutiva. Era bastante manitas, me gustaban los juegos de construcción… Me veía más como cirujano. Además de eso, me encontré con una persona con un carisma tan grande como Hipólito Durán. Dentro de su Servicio en el Clínico había una persona que se dedicaba a Traumatología, que era Luis Ferrández.



Estos médicos precursores de la especialidad, ¿se habían formado fuera de España?
Se formaban aquí, y de vez en cuando hacían salidas al extranjero. Luis Ferrández estuvo casi un año en Italia, haciendo operaciones de columna. Era lo que se hacía: aprendías una técnica, venías aquí y la ponías en práctica.

Finalmente recaló en el 12 de Octubre…
Sí. Con Luis Munuera y Paco Nieva. En esa época empezó la Seguridad Social, la problemática de la libranza de guardias, y empezó a despertarse el espíritu reivindicativo…

¿En usted?
Sí. Era un hospital fabuloso. Todos acabábamos de terminar la residencia y lo que nos gustaba era trabajar, operar a las cuatro o cinco de la mañana… Todos deseábamos ‘hacer manos’. Teníamos jefes de Servicio muy jóvenes que eran fabulosos. Conseguimos que se pagasen las guardias por aquel entonces. Alberto Berguer era uno de los médicos más participativos, uno de los cabecillas.

En ese momento vi el mundo sindical y conocí el mundo de los colegios, y me incliné más por la defensa de la profesión a través de las instituciones profesionales. Estuve de vocal de Hospitales en el Colegio de Madrid.

Ahí fue también la época de la Coordinadora de Hospitales, un movimiento muy reivindicativo.

Como presidente de la OMC ha estado cerca de los círculos de poder político. En la imagen, con Guillermo Vara, expresidente de Extremadura



¿En qué año?
En 1987. Procedía del conocido como ‘el espíritu de Guadalajara’, encabezado por Jaime Sánchez, un médico anatomopatólogo. Empezamos a defender nuestros derechos médicos desde todas las ideologías políticas. El único fin era profesional: pedir que se contara con los médicos. Ya entonces lo pedíamos, porque sabíamos que todo cambio de futuro nunca se iba a conseguir sin nuestra colaboración, y el tiempo nos ha dado la razón. Éramos cinco portavoces. Las peticiones de entonces siguen vigentes: participación en las comisiones; que hubiera juntas facultativas… Veían con preocupación que los médicos controlásemos las cosas. El PSOE perdió una ocasión enorme para haber hecho una reforma sanitaria muy importante. No nos escucharon.

¿A qué lo achacaron?
A que no teníamos una ideología definida. Había gente de derechas, de izquierda, centro… Pedíamos participar. Cerraron el asunto sacando una ‘exclusividad’, repartiendo dinero. Pero no buscábamos eso, sino que al profesional se le pagara por la implicación en las comisiones. Era una forma de empezar a hablar de la gestión del profesional. Eso les ponía nerviosos. Los políticos, de una ideología y de otra, tienen mucho miedo a eso.
En ese momento coincidimos con un gran ministro de Sanidad, Julián García Vargas, al que creo que le superó el propio partido. Estoy convencido de que nos entendía mejor que el partido. Por desgracia, el PP, que vino después, tampoco ha solucionado el problema. No creo que sea un tema de ideologías sino de comportamientos.

¿El Hospital 12 de Octubre lideró ese movimiento reivindicativo en Madrid?
También participó el Ramón y Cajal, el Puerta de Hierro…

¿Cómo recuerda esos años de ejercicio?
Fabulosos.

Ha concurrido en dos ocasiones hasta la fecha a la presidencia del Colegio de Médicos de Madrid. En 2012, junto al equipo de su candidatura



¿Algo negativo?
Con el paso de los años te arrepientes un poco del tiempo que restaste a la familia, a mis hijas y mi mujer. Pero la verdad es que desde el punto de vista profesional era maravilloso. En las asambleas hablábamos todos el mismo idioma, con la necesidad de dignificar la profesión.

¿Simultaneó la labor asistencial con la acción reivindicativa?
Sí, seguíamos trabajando. Yo nunca he estado liberado. Tampoco como presidente de la Organización Médica Colegial (OMC). Creo que un médico que defiende la profesión no puede perder el cordón umbilical con lo que defiende. Saber sobre el terreno qué ocurre. Me alegro de haberlo hecho así. El día que acabé mi etapa en la OMC, seguí pasando consulta y operando en quirófano. No tuve que hacer ningún reciclaje.

Así que fue una época intensa…
Sí, tenía que sacrificar muchos fines de semana, quitando tiempo para mi familia.

La mayor intensidad fue…
Desde el año 1987 hasta 2005, cuando dejé la OMC. Casi 20 años de mucho esfuerzo y trabajo, pero no me arrepiento de nada.

¿Qué le enorgullece más de esa etapa?
Es difícil, porque cuando hay un conflicto y la gente te pregunta al final “¿qué has conseguido?”… Es difícil. Yo creo que la pregunta debería ser “¿qué hubiera pasado si no hubiésemos hecho este enfrentamiento?”. La sociedad se tiene que rebelar, a lo mejor no se consigue lo que pretendemos pero sí evitamos muchas cosas que pudieran ocurrir si no hubiéramos reaccionado.

¿Piensa en algún momento en concreto al decir eso?
Pienso en todo lo que está pasando últimamente. Hay una corruptela en este país… Aceptamos muchas cosas, y no se pueden aceptar. Aquí han tirado dinero y a las personas que trabajaban para el Estado no les ha pasado nada.

¿Le pasó factura alguna de sus ‘rebeliones’?
Muchas veces se ha interpretado mi comportamiento como una ideología, cuando yo he dicho siempre que me considero ‘sudista’ (me la suda la derecha y me la suda la izquierda). Creo que hay personas honradas en ambos sitios, y sinvergüenzas por igual.



Echando la vista atrás, ¿ve más desafección hacia los colegios que antes?
Cada vez hay más distanciamiento. No sé si hay falta de receptividad o de comunicación, pero la gente sí está alejada. Y es una pena, porque si todos participáramos y en las elecciones colegiales el que saliese elegido lo hiciese con un 80 por ciento, daría una fuerza enorme para defender a la profesión.

¿Concretaría algún logro de su etapa en la OMC?
Me siento especialmente orgulloso de haber conseguido la acreditación; también de haber participado activamente en el desarrollo de la Ley de Ordenación de las Profesiones Sanitarias, de la que tanto se habla hoy en día, y que es fabulosa. En ella jugamos un importante papel tanto la OMC como el Consejo General de Enfermería. Tanto es así que la ministra de entonces, Ana Pastor, tuvo que parar el debate parlamentario porque todavía no estábamos de acuerdo con algunos capítulos. La ministra fue sensible y hay que agradecerle eso.
Por otro lado, creo que Ana Pastor se tomó cierta revancha conmigo y pudo interferir en el proceso electoral de la OMC porque yo no me presté a ir en contra del Gobierno socialista, porque no era mi función. Ahí creo que fue injusta. Y, sin embargo, reconozco que en la LOPS fue una buena ministra.

¿La destacaría sobre el resto de ministros?
Yo traté sobre todo a Julián García Vargas. Tuvo la grandeza, pese a haber sido el ministro con el que más nos enfrentamos incluso con una huelga de seis meses, de que en ningún momento fue rencoroso ni vengativo, sino todo lo contrario. Felipe González ha reconocido que, sin la firma de los sindicatos en el último momento de aquella huelga, tendría que haber cambiado su gobierno.

¿Qué retos le quedaron pendientes?
Muchos. Me gustaría haber logrado una mayor dignificación de la profesión y que los médicos no llorásemos tanto en ‘el muro de las lamentaciones’. Los médicos lloramos mucho y nos inquietamos y movemos poco, defendemos nuestra parcelita y solamente cuando vemos que esa parcela hace agua, nos preocupamos, pero no en otros momentos.
Fue una buena idea haber comprado el edificio de la OMC, enfrente de las Cortes, donde tiene que estar una profesión emblemática como es la nuestra. De todas formas, yo soy un insatisfecho, siempre pienso que se hubiese podido hacer mucho más.
También me enorgullezco de haber abierto las puertas de par en par a la Atención Primaria, algo reconocido por ellos.

¿No está tan humanizada como antaño?
Se ha burocratizado. Se ha perdido el contacto con la gente, con las familias… También es verdad que son épocas diferentes, hay más pacientes… Pero esto hay que potenciarlo porque es necesario.
Por otro lado, desde que empezamos a hablar en la OMC de efectos adversos, ya no se oye hablar de errores médicos. Hicimos una labor de educación social en el que no solo interviene el médico, sino también el sistema, el hospital, la planificación, etc.

Pasando al terreno familiar, ¿alguna de sus hijas ha tenido vocación médica?
Ninguna. La mayor hizo Administración y Dirección de Empresas, y la otra, Farmacia.

En la consulta de Traumatología del Hospital Sanitas de La Zarzuela, en Madrid

¿Le gustaría que se hubiesen dedicado a esto?
En parte sí. Pero en un momento dije ‘observamos la crisis que padecemos al comprobar que nuestros hijos no quieren hacer Medicina’. A finales de los 80, cuando los hijos de nuestra generación empezaban a elegir la profesión, vieron la difícil situación que atravesamos.
Posiblemente sí me gustaría que mis nietos se dedicasen a la Medicina. Por ahora son pequeños. Entiendo sin embargo que es una profesión dura, de sacrificio, y ahora nos están dando muchos ‘palos’ porque no reaccionamos.
Hace dos años tuve la desgracia de perder a mi mujer, y por supuesto la echo en falta. Era extraordinaria y muy comprensiva con todo lo que he dedicado a la profesión. Los amigos también son fundamentales para mí. Son el punto de apoyo al que recurres muchas veces.

¿Ha seguido teniendo una relación estrecha con Cantabria o se siente ya madrileño?
Soy madrileño porque Madrid me ha recibido y me ha enseñado que es la ciudad más cosmopolita que hay. Aquí procedemos de todas partes, y nadie pregunta nada. No hay nacionalismos, cada uno va a sus cosas y hay un respeto enorme hacia las personas. Creo que en eso es de ‘chapó’. Mis hijas y mis nietos nacieron aquí y lo llevo en el corazón. He sido muy feliz en Madrid.
En Cantabria tengo casa en un pueblo, y siempre que puedo voy. Allí están mis orígenes, amigos de la infancia, correrías de niño, paseos en bici…

¿Practica deporte?
Es fundamental, despeja la mente, te hace competitivo y te mantiene en forma. Hago bicicleta y juego al golf.

¿Y el fútbol?
Soy forofo del Racing, y me gusta mucho el Atlético de Madrid, me es muy simpático.

¿Volvería a Cantabria tras su jubilación?
No, repartiré mi tiempo entre los dos sitios. Tengo muchos lazos aquí. Madrid es una ciudad muy buena para vivir. No sé si me adaptaría a un nivel de vida provinciano donde todo el mundo esté cotilleando y hablando.

¿Tiene algún plan para cuando llegue ese momento?
El fallecimiento de mi mujer me ha enseñado que hay que vivir el momento y que todo es relativo, no puedes hacer planes de futuro. Hace unos días, estaba jugando al golf con Jenaro Bascuas y apareció muerto de repente, de un infarto. Habíamos hablado de planes… Hay que vivir el momento, ser honestos y reivindicativos.
Mantenerse vivo supone defender tus derechos, y cuando renuncias, dejas de ser libre.